Capítulo 35
Leila
Tras pasar la mañana en clase y la tarde en la redacción, conseguí sacar un rato libre para ir a correr después de la puesta de sol. Lo necesitaba desesperadamente. Si seguía dándole vueltas a lo de Sam , Vince , Madison , Ethan y mi hermano, me explotaría la cabeza.
Corrí durante más de una hora, comprobé el reloj de vez en cuando para no pasarme con los tiempos. Si todo iba bien, a las ocho y media estaría bajo la ducha para que a las nueve pudiera acomodarme en el sofá y devorar los nuevos episodios de The White Lotus .
El Apple Watch que llevaba en la muñeca empezó a sonar y en la pantalla apareció el nombre de mi hermano.
No tenía ganas de hablar con él en ese momento.
Era imposible ocultarle nada; siempre captaba alguna señal extraña que me acababa desenmascarando.
Se pondría a hacer preguntas y dudaba mucho que pudiera mentirle sin que se diera cuenta.
Reduje el ritmo hasta correr suavemente; me quité los auriculares mientras rechazaba la llamada. Después le mandé un mensaje:
Leila : ¿Todo bien?
Thomas : Depende. ¿Por qué has colgado?
Leila : Estoy corriendo.
Thomas : Entonces sí, todo va bien.
Leila : Hablamos mañana, ¿vale?
Thomas : ¿A qué hora empiezas las clases?
Leila : La primera es a las 10.
Thomas : Vale, ya te llamaré yo.
No añadió nada más, no me sorprendió. Mi hermano no era alguien que en persona hablara por los codos, mucho menos por teléfono.
Cuando miré la hora y me di cuenta de que ya eran las ocho y diez, salí a toda prisa por el sendero que me llevaría de vuelta a la residencia. En cuanto llegué, me metí en la ducha.
Salí poco después con un albornoz ceñido a la cintura y me cepillé el pelo mojado. Faltaban menos de diez minutos para las nueve; como empezaba a tener hambre, metí una pizza congelada en el microondas.
Mientras se hacía, abrí la nevera y saqué un refresco Dr. Pepper .
Cuando la cena estuvo lista, apagué la luz de la habitación, me senté en la cama con la espalda apoyada en el cabecero, dejé la pizza y el Dr. Pepper en la mesilla y me coloqué el portátil sobre las piernas.
Pulsé « Play », lista para disfrutar de la velada.
Sam ya había salido, así que tenía todo el apartamento para mí sola.
Una hora después, estaba absorta en el segundo episodio. Casi me había terminado el Dr. Pepper y tenía las cortezas de la pizza acumuladas en el plato.
El episodio estaba a punto de llegar al final cuando, de repente, oí un golpecito contra el cristal de la ventana. Al principio pensé que me lo habría imaginado o que era un ruido que procedía del ordenador, pero entonces lo oí de nuevo. Y otra vez. Y otra.
Me quedé inmóvil. Aparté el portátil a un lado y me levanté para comprobar qué pasaba. Cuando llegué a la ventana y corrí la cortina, la mandíbula casi se me cayó al suelo.
Vince . Estaba ahí fuera.
Desde el entresuelo de mi residencia lo veía perfectamente, con otra piedrecilla preparada en la mano, iluminado por la luz de las farolas que bordeaban el caminito peatonal del campus.
—Abre. —Su voz me llegó amortiguada a través del cristal. Entonces, Vince empezó a trepar hasta mi planta, agarrándose a los ladrillos y al canalón.
—Pero ¿qué demonios…? —Abrí la ventana del todo y un escalofrío me recorrió el cuerpo cuando noté el aire frío de la noche en mi piel. En cuanto lo tuve delante, lo miré incrédula—. ¿Qué haces?
Sin responder, se coló en mi habitación como si fuera lo más normal del mundo. Se enderezó, se sacudió el polvo de los vaqueros y me miró.
—En las pelis siempre parece mucho más fácil.
Cerré la ventana y me volví en su dirección a la espera de una respuesta.
—Tenemos que hablar —dijo. Se quitó la chaqueta del equipo de hockey y la dejó en la silla del escritorio.
—¿Nosotros dos?
Vince arqueó una ceja.
—¿Ves a alguien más?
Parpadeé; estaba desconcertada.
—¿Era demasiado complicado usar la puerta principal?
—Demasiado poco espectacular, diría yo —respondió con una sonrisa ladeada.
Luego su mirada descendió por mi cuerpo y algo en él cambió.
Una sombra fugaz cruzó sus ojos. Por cómo tragó saliva y se esforzó por no quedarse embobado mirándome las piernas o el escote del albornoz, parecía que se había olvidado por un instante del motivo por el que se había colado en mi habitación.
Me aclaré la garganta, incómoda, y crucé los brazos sobre el pecho.
—¿De qué quieres hablar?
Vince echó un vistazo a su alrededor y vio el portátil encendido, los restos de la pizza y el Dr. Pepper sobre la mesilla.
Frunció el ceño.
—¿Estás sola?
—¿Ves a alguien más? —lo imité. Él sonrió mientras se rascaba una ceja—. ¿ Sam no está?
Negué con la cabeza.
—Ha salido esta noche.
Vince asintió, como si tomara nota de la situación.
Entonces se acercó; sentí que mi cuerpo se calentaba al instante.
No sabía si se debía a que era muy consciente de que estaba desnuda bajo el albornoz, excepto por las braguitas, o porque su presencia había vuelto a desencadenar aquel torbellino de pensamientos que tenía que ignorar.
De todo lo que me rondaba la cabeza, su relación con Madison no se encontraba en absoluto en el último puesto de mis preocupaciones.
En realidad, en ese momento encabezaba la lista.
—Hola —dijo Vince con una voz más grave y áspera. Una nueva oleada de calor me recorrió de la cabeza a los pies.
—Hola —respondí. Hice un esfuerzo por permanecer impasible.
—Me han dicho que estás trabajando en un artículo importante, ¿cómo lo llevas? —Era una pregunta sencilla, inocente desde cualquier punto de vista; aun así el tono ronco con que la formuló me estremeció.
—Bastante bien —respondí. Me ajusté mejor el cinturón del albornoz alrededor de la cintura.
—Bien.
—Bueno, ¿has escalado hasta mi ventana para preguntarme por el artículo?
Sonrió. Luego negó con la cabeza.
—Tenía ganas de verte.
—Nos vimos hace dos días.
—Tenía ganas de volver a verte —se corrigió, y avanzó otro paso.
Tragué saliva y retrocedí un poco, porque de repente el ambiente en la habitación se había vuelto más tenso.
—Ahora que me has visto, ¿te sientes mejor?
Él asintió y se acercó todavía más; estaba a un centímetro de mí.
—Desde luego. —Me observó unos segundos y luego noté un cambio en su expresión, como si algo lo hubiera inquietado—. Ayer vi a Sam en la cafetería, me dijo que Ethan tenía que venir a verte. ¿Qué quería?
Lo miré en silencio. Estaba sorprendida y molesta a la vez al descubrir que Sam había sentido la necesidad de contárselo sin ponerme al corriente; también porque él hubiera venido solo para preguntar qué había pasado con Ethan .
—¿Ahora sois confidentes? —solté. Fue superior a mí, no pude contener la irritación que se escondía en la pregunta.
—¿Confidentes? No, solo le pregunté por ti. —Sabía que no tenía ningún motivo para enfadarme, ni con él ni con Sam , así que intenté deshacerme de aquel sentimiento injustificado.
—En cualquier caso, solo quería hablar conmigo de la sesión de cine de mañana. —Encontré el valor para decírselo y no ocultarle nada: si él podía ir con Madison , ¿por qué no debía saber que yo iría con Ethan ?
En sus ojos capté una sombra de pesar. Fue tan solo un instante, pero lo suficiente como para provocarme una punzada de culpa. Vince mantuvo la mirada fija en la mía.
—¿Vas con él?
—Y tú con Madison —le hice ver; mi voz volvió a sonar con acritud.
Frunció el ceño, parecía molesto.
—Bueno, la verdad es que todavía no lo he decidido. Quería verte a ti antes de decidir qué hacer con ella.
—Oh… —dije. Sus palabras me habían pillado por sorpresa—. ¿No… no lo has decidido todavía?
Negó con la cabeza mientras yo intentaba asimilar lo que acababa de decir.
Quería verme «a mí» para decidir qué hacer con «ella».
Entonces recordé lo que acababa de decirle yo. Sentí regresar aquella sensación de culpa, la misma que me había oprimido el pecho durante toda la noche mientras le daba vueltas a cómo decirle que pasaría la noche de San Valentín con Ethan .
Bajé la vista y me mordí el labio.
—Perdona, creía que… —murmuré, arrepentida. Pero no fui capaz de añadir nada más. Solo esperaba que le resultara más fácil aceptar la situación entre Ethan y yo ahora que sabía la verdad.
—No importa —dijo, pero estaba claro que mentía.
Lo comprendí por cómo se pasó una mano por la nuca y se agarró el pelo entre los dedos.
Luego se sentó en el borde de mi cama y respiró hondo.
Tenía la mirada apagada. Parecía cansado.
Exhausto. Sentía la necesidad de hacer algo, ayudarlo de alguna manera, pero no sabía por dónde empezar.
No se me daban bien esas cosas.
La música de los créditos finales del episodio que estaba viendo, procedente del portátil que había dejado sobre la cama, llamó su atención. Levantó la vista hacia la pantalla y volvió a mirarme arqueando una ceja.
—¿Te he estropeado los planes?
—Si de verdad quieres saberlo, estaba intentando seguir la trama. Pero has llegado y… —Señalé los créditos y fingí estar molesta— he perdido el hilo.
Él soltó una risita. Aquel sonido grave consiguió relajar parte de la tensión que flotaba en la habitación. Sin decir nada más, tomó el portátil y lo dejó en el suelo. Luego me miró en silencio.
—Ven aquí, Ley. —Hizo un gesto con la mano para que me sentara en su regazo.
Esa idea me provocó un escalofrío.
—Será mejor que no —me obligué a decir, consciente de que, si me acercaba, la situación sería imposible de controlar.
—Sé perfectamente lo que es mejor. —Sus ojos no se apartaron de los míos—. Pero estoy cansado de hacer siempre lo correcto.
Aquellas palabras me golpearon de lleno.
Por mucho que intentara resistirme, me desarmó la forma en que me miraba, con una súplica velada en sus ojos azules.
Me rendí y me senté encima de él. Me apoyó una mano en las piernas, que quedaron al descubierto por la apertura del albornoz.
El contacto de su mano cálida sobre mi piel me estremeció.