Juego sucio: Empieza el partido Capítulo 34
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Capítulo 34

Leila

Estaba sentada a la mesa, con una rodilla doblada contra el pecho y un cuenco de cereales entre las manos. Observaba a Sam moviéndose por la habitación.

El martes por la noche, cuando nos habíamos vuelto a ver, le había contado todo lo que había pasado en Olympia entre Vince y yo.

Ella me había parecido distraída, a ratos incluso desinteresada.

Aquella actitud me extrañó; cuando le pregunté si todo iba bien, me respondió que el día anterior había tenido una noche agotadora con sus padres.

Me aseguró que esa era la razón de su mal humor, pero no había querido entrar en detalles.

Lo había dejado estar con la esperanza de que se le acabara pasando, pero aquella mañana aún no me había dirigido la palabra; era extraño que no me hubiera dicho nada porque normalmente a esa hora ya había despotricado contra el despertador, el café aguado o el horario absurdo de las clases.

Parecía perdida en sus pensamientos mientras rebuscaba en el armario, cosa que hacía como si escoger el jersey adecuado pudiera decidir el rumbo del día que tenía por delante.

Dejé el cuenco en la mesa y me pregunté si debería preguntarle qué había pasado con sus padres para que estuviera tan afectada.

Cuando salió de su habitación, fue hasta la nevera y se sirvió un vaso de zumo en riguroso silencio. A continuación, se encerró en el baño. Oí correr el agua del lavabo y comprendí que tenía pocos minutos disponibles antes de que se marchara a clase. Decidí coger el toro por los cuernos.

Cogí el cuenco de cereales, me levanté y fui a llamar a la puerta del baño. No esperé a que me diera permiso para entrar porque ninguna de las dos lo hacía nunca.

—Buenos días. —Crucé el umbral y me senté en la tapa bajada del váter antes de meter la cuchara para remover los cereales—. ¿Todo bien?

Sam se estaba lavando los dientes. Llevaba el pelo verde recogido con una pinza grande, vestía unos vaqueros y aún tenía la camiseta del pijama puesta.

—Sí, como siempre.

—¿Estás segura?

Apartó la mirada del espejo y la dirigió hacia mí.

—Claro, ¿por qué me lo preguntas?

—No sé, pareces… distante.

Sacudió la cabeza y volvió a mirar al frente.

—Me he levantado con el pie izquierdo, solo eso.

—Ya me he dado cuenta. ¿Quieres hablar de ello?

—No es nada del otro mundo, solo estoy molesta por cómo fue la cena del lunes, ya te lo dije.

Así que ese era el único problema. Por una parte me sentí aliviada, pero por otra no entendía por qué esperaba tanto para contármelo. Siempre nos lo contábamos todo.

—¿Quieres decirme qué pasó? —pregunté mientras seguía comiendo cereales.

—Lo de siempre. Creía que sería una cena como las demás, pero me tendieron una emboscada.

—Se enjuagó la boca con colutorio antes de continuar—: Al llegar al postre, mi padre consideró que era el momento oportuno para informarme de que unos días antes él y mi madre habían pasado por delante de un quiosco y, qué casualidad, habían encontrado una revista con un primer plano de mi cara.

Fruncí el ceño sin comprender nada.

—¿Y qué?

Cerró el grifo, guardó el cepillo de dientes y se secó la boca con la toalla.

—Ellos no sabían nada de Milo ni de las sesiones de fotos.

Me quedé mirándola con la cuchara a medio camino de la boca durante unos instantes mientras ella empezaba a cepillarse el pelo.

—¿Por qué no se lo habías dicho?

—Porque ya sabes cómo son. ¡Unos maniáticos del control!

Entendía su punto de vista, aunque a mí siempre me habían parecido unos padres atentos y preocupados por el futuro de su hija, nada más.

—Te quieren, Sam . —Intenté suavizar las cosas con una sonrisa cariñosa, pero no surtió el efecto deseado porque, a juzgar por cómo apretó los labios, tuve la impresión de que se había puesto todavía más nerviosa.

—No soporto que se sientan con derecho a intervenir en mi vida cada vez que no comparten una decisión mía, solo para asegurarse de que todo salga según sus planes. Sus planes incluyen una carrera de Medicina, unas prácticas en un hospital prestigioso y cero distracciones.

—¿Te lo dijeron durante la cena?

Asintió mientras se recogía el pelo en una coleta alta.

—Dijeron que exponerme de esa manera perjudicaría mi imagen y mi credibilidad como futura cirujana. Según ellos, ningún hospital prominente me tomaría en serio si mi cara apareciera en una revista de moda. En pocas palabras, me prohibieron continuar.

—Lo siento mucho, Sam . Estoy segura de que, si lo habláis con calma, encontraréis un término medio.

—Ya veremos, todavía estoy demasiado enfadada para pensar en llegar a un acuerdo. —Suspiró, apoyó la espalda contra el lavabo y me miró—. Bueno, no quiero seguir hablando del tema. Por cierto, ¿qué quería Ethan anoche? No me dijiste nada.

Sí, bueno, no había sido por mi culpa. Cuando había vuelto la noche anterior, no me había dado tiempo ni a saludarla porque se había atrincherado en su cuarto.

—Quería hablar conmigo de la sesión de cine de mañana por la noche.

—¿La que organiza el comité de estudiantes por San Valentín? —preguntó arqueando una ceja.

Asentí.

—Me dijo que Alyssa iría. Aunque me habría encantado chillarle en toda la cara que ya sé que no existe ninguna Alyssa , me mordí la lengua y le seguí el juego.

—¿Entonces vas a pasar San Valentín con él?

—La «noche » de San Valentín —maticé—. Ya sabes que no puedo echarme atrás. Además, solo tenemos que ver una película en el auditorio del campus. No se trata de una cena romántica en la última planta del Empire State Building .

—¿ Vince lo sabe?

Fruncí el ceño, no tanto por la pregunta en sí, sino por el matiz acusador que había percibido en su voz.

—No hemos hablado desde que volvimos. Aún no he decidido si debería contárselo o no. No quiero que se enfade y tampoco quiero hacerle daño.

En realidad, le había dado vueltas durante toda la noche y me había prometido que se lo contaría ese mismo día.

Sobre el papel no le debía ninguna explicación, pero una parte de mí quería ser sincera.

No obstante, temía que aquella situación se sumara a sus demás preocupaciones: además de gestionar el desastre con su padre, también tendría que lidiar con el comportamiento enloquecido de su compañero de equipo, y todo sería culpa mía.

—Bueno, en cualquier caso, que sepas que Madison forma parte del comité organizador y ayer, en la cafetería, prácticamente lo obligó a…

—Un momento. —Parpadeé, confusa—. ¿Ayer, en la cafetería? ¿Cenaste con Madison ?

Sam pareció desconcertada por mi pregunta, pero luego se encogió de hombros como si no tuviera ninguna importancia.

—Sí, se me olvidó decírtelo. —Fue a su habitación y se puso a buscar una camiseta. La seguí hasta el umbral—. No cené con Madison —me explicó—. Vince se sentó en mi mesa y al cabo de un rato ella también se sentó.

Fruncí el ceño y traté de pensar en por qué aquella noticia me había provocado una sensación de quemazón en el estómago.

—¿Cómo… cómo viste a Vince ? —pregunté, tanteando el terreno. No había vuelto a hablar con él desde que me había traído a la residencia casi dos días antes; supuse que seguiría dolido por la frialdad con la que nos habíamos despedido.

Sam se había metido dentro del armario mientras inspeccionaba una prenda tras otra.

—Bueno, ya sabes, me pareció el Vince de siempre.

—Y ellos dos estaban… —Dejé la frase en suspenso, pero Sam entendió al momento adónde quería llegar, porque dejó de rebuscar entre la ropa y me miró.

Asintió, aunque parecía lamentarlo.

—Entre ellos no ha cambiado nada, Ley.

Fue como recibir una bofetada en la cara; me sentí estúpida porque no tenía ningún derecho a sentir esa decepción.

Después de haberle confesado la verdad sobre Ethan , ni Vince ni yo habíamos hablado de lo que sentíamos el uno por el otro.

A pesar de todo, la situación entre nosotros seguía siendo la misma de antes.

Aunque no debería esperar nada de él, una parte de mí pensaba que debería haber reaccionado de algún modo.

—Irán juntos a la sesión de cine —me dijo Sam . Al oír aquellas palabras me arrolló una oleada de celos y rabia. Mi amiga estaba a punto de añadir algo, pero el teléfono empezó a sonar. Resopló, se giró hacia el escritorio y cogió el móvil—. ¡Hola, Lucy ! No, qué va, no molestas.

Fruncí el ceño. ¿Quién era Lucy ? Ninguna de sus amigas ni de sus compañeras de clase se llamaba así.

La observé mientras se dejaba caer sobre el colchón y se acomodaba mejor el teléfono contra la oreja.

—¿Esta noche? ¡Sería genial!

Me extrañó todavía más. Normalmente, si salía con otras chicas del campus, me arrastraba con ella.

—¡Vale, hablamos luego para concretar los detalles! —Hizo una breve pausa y sonrió—. ¡Tengo muchas ganas!

Colgó y dejó caer el teléfono a su lado. Levantó la vista y en ese momento se dio cuenta de que la estaba mirando.

—Es una de las chicas con las que trabajé en la última sesión de fotos. —Lo dijo como si se estuviera justificando; yo asentí de todos modos.

—Me ha propuesto que salgamos juntas esta noche para ir a uno de los locales de los que Milo es socio, ya sabes, para tener bebidas gratis sin necesidad de enseñar un documento de identidad.

—La dejé hablar, porque, honestamente, no sabía qué decir.

Mi cerebro solo pensaba en Vince y Madison en la sesión de cine, abrazados mientras veían una película romántica conmigo en la misma sala—.

Te invitaría —añadió Sam cuando se incorporó.

Fue hasta el armario y al final se puso lo primero que encontró—, pero sé que estás ocupada con el artículo para el concurso.

—¿Y tú no tienes clase?

Su cabeza asomó por el cuello estrecho del jersey de cuello vuelto, con el pelo todo revuelto.

—Sí, claro, pero… —vaciló mientras se peinaba con los dedos—. Pensaba que no ser ía una noche muy de tu estilo.

—¿De mi estilo?

Sam bajó la mirada un instante, como si buscara las palabras adecuadas.

—No me malinterpretes, es que Lucy es el tipo de persona que tú siempre has detestado: le encanta el lujo desmedido, es una presencia fija en todas las fiestas más exclusivas, tiene tarjetas de crédito sin límite.

—Se volvió hacia el espejo y observó su reflejo mientras se ponía unos pendientes—.

Por eso no te lo he comentado, sabía que preferirías pasar otra noche escribiendo y documentándote antes que salir con nosotras.

Apreté los labios y me tragué la respuesta que se me había quedado atascada en la garganta: a Sam tampoco le gustaba esa clase de gente, al menos que yo supiera.

Crucé los brazos sobre el pecho e inspiré hondo para evitar hacer un drama de todo aquello. Sin embargo, la verdad era que no me había sentado bien que me hubiera dejado fuera del plan sin darme siquiera la posibilidad de elegir.

—De acuerdo —me obligué a decir—. Bueno, pues que os divirtáis.

Esbozando una ligera sonrisa, me dio un beso en la frente.

—Te quiero —murmuró antes de salir de nuestro apartamento en la residencia.