Capítulo 33 #3
—Soy el capitán del equipo de hockey y el hijo de un senador.
Hay muchos chicos que querrían estar en mi lugar y muchas chicas que querrían salir conmigo.
El problema es que nadie ha hecho el esfuerzo de mirar más allá de la superficie.
Solo ven la pista de hielo, las victorias, los títulos, el sexo, las noches en las que hago reír a todo el mundo.
A base de que me trataran como un trofeo, un bufón o un objeto a través del cual pueden conseguir cinco minutos de fama, empecé a olvidar quién soy de verdad.
—Hice una pausa mientras daba vueltas al vaso entre las manos.
Me terminé el agua y me apoyé en el respaldo de la silla—.
Por eso Madison me viene bien, porque es la exacta proyección de lo que la gente se espera de mí.
—¿De verdad lo crees? —Me pareció percibir una nota de melancolía en su voz—. ¿Piensas que los demás no te ven tal como eres realmente?
Asentí.
—¿Y qué me dices de Leila ?
Oír su nombre me provocó una punzada en el pecho, pero me las apañé para permanecer impasible.
—¿Qué quieres que te diga?
Sam cruzó los brazos sin apartar los ojos de mí.
—No te hagas el longuis conmigo. Tú y Madison sois lo que sois, vale, pero ¿y Leila ? ¿No piensas hacer nada ahora que estás al corriente de la situación?
En las últimas veinticuatro horas había pensado en ello sin parar. Incluso había dejado de lado el caos descomunal de mi casa, en Olympia . Sin embargo, aún no había encontrado una respuesta. Había demasiadas cosas en juego y no podía permitirme cometer errores.
—¿T ú qué harías, Sam ? —repliqué, impotente—. ¿Traicionarías la confianza de la única persona que te ha visto tal como eres, incluso aunque supieras que todo está condenado a terminar porque dentro de unos meses te marcharás de aquí?
Me estudió con atención; tenía los ojos entrecerrados.
—Tal vez no. Pero ¿sabes lo que pienso? —Apoyó los codos sobre la mesa y se inclinó hacia mí—.
Que te estás escondiendo detrás de la promesa que le hiciste a su hermano porque tienes miedo.
Miedo de que, si te entregaras a ella, al final ya no querrías irte de aquí, alejarte de Leila .
Llevas demasiado tiempo soñando con jugar en la NHL como para permitir que una mujer lo complique todo cuando estás a solo un paso de la meta.
Sentía su mirada desdeñosa excavando en mi interior para llegar hasta ese punto sensible que intentaba ignorar desde hacía años. No dije nada. No podía. Porque si abría la boca, tendría que admitir que… tenía razón .
—¿Eso me convierte en un cobarde? —Más que una pregunta dirigida a Sam , era una reflexión en voz alta para mí mismo.
—Ante sus ojos, sí.
Estaba de acuerdo con ella, aunque solo en parte.
Podía entender que no acercarme a Leila por lealtad hacia Thomas me hiciera parecer un cobarde, pero una parte de mí lo consideraba simple sentido común. Sam no lo entendería. Y Leila tampoco.
Me mordí el labio y le sonreí para intentar quitarme de encima aquella extraña sensación de frustración que me oprimía el pecho.
—Buen trabajo, doctora. Creo que la sesión de terapia puede darse por concluida en este momento.
Sam intuyó mi intención de escabullirme y no insistió.
—Serán cincuenta dólares, gracias. —Extendió una mano sobre la mesa.
Me reí.
—Perdona, ¿es que la primera sesión no era gratis?
—Esa está reservada para los amigos.
—Tú y yo somos amigos.
Ella sonrió con sarcasmo y alzó la barbilla.
—No, Vince . No lo somos ni de lejos.
Entrecerré los ojos y fingí que su cinismo me había ofendido. Aunque, por otra parte, estaba hablando con Samantha Baldwin ; tendría que habérmelo esperado.
—Pues es una lástima, porque no llevo efectivo encima. —Rebusqué en los bolsillos de los vaqueros y dejé en su palma lo único que encontré.
Sam bajó la vista y arqueó una ceja.
—¿Vas a pagarme con un caramelo?
—No te quejes. —Le guiñé un ojo—. Es más de lo que has recibido nunca por mi parte.
Le dediqué una sonrisa perspicaz, de esas que solía utilizar para llevar por el mal camino hasta a la chica más virtuosa. No es que quisiera hacer nada con ella. Solo pretendía relajar un poco el ambiente, como siempre.
Sin embargo, vi que sus mejillas se teñían de rojo mientras se guardaba el caramelo en el bolso como si nada. Aquella reacción me dejó desconcertado.
La miré un segundo más para comprobar si habían sido imaginaciones mías, pero se agachó para coger la bandolera antes de ponerse en pie. Fue a recoger la bandeja, pero se le cayó al suelo.
Cuando se inclinó para recogerla, mascullando algo que se perdió entre el murmullo de la cafetería, me apresuré a ayudarla. En ese momento me di cuenta de que le temblaban las manos.
Cuando volvió a incorporarse, tenía las mejillas al rojo vivo.
Durante medio segundo, se me nubló la mente.
—Gracias por la ayuda, pero tengo que irme.
Se ha hecho tarde y necesito pasar por la biblioteca —dijo a toda prisa.
Sin darme tiempo a responder, se colgó la bandolera al hombro, hizo un gesto con la mano para despedirse y se dirigió apresuradamente hacia la salida con la bandeja en las manos mientras yo me quedaba allí plantado, con la sensación de que me había perdido algo importante.