Capítulo 35 #4
—¿He hecho algo que no te haya gustado? —La preocupación sincera que percibí en su voz me enterneció profundamente.
Ni siquiera yo entendía por qué me estaba comportando así. O tal vez lo sabía, pero prefería fingir que no.
—Me ha gustado todo lo que hemos hecho. —Le puse una mano en el hombro—. Has estado increíble, de verdad. Tu fama de mujeriego te precede y ahora entiendo el motivo —me reí por lo bajo—. Pero ya hemos terminado, puedes irte.
—Vale, para un momento. —Frunció el ceño—. ¿Por qué te estás comportando así?
—¿Así cómo? —Me aparté un poco—. Solo te he dicho que puedes irte y que puedes salir por la puerta. Pero si prefieres la ventana, adelante, Spiderman . —Levanté las manos en señal de rendición, intentando aligerar aquella tensión cada vez más palpable en el aire.
Vince me observó un momento y parpadeó , desconcertado. Luego dio un paso hacia delante y me puso las manos en las caderas. Me tensé de forma automática. En sus ojos vi un destello de decepción y entonces retiró las manos.
No quería hacerle daño, pero el contacto físico después de lo que habíamos hecho me parecía algo demasiado íntimo cuando yo necesitaba volver a poner cierta distancia entre nosotros.
—No sé por qué has pensado que quería marcharme, pero no tenía ninguna intención de dejarte sola. Quiero quedarme aquí. Justo aquí. —Enfatizó esas dos últimas palabras.
— Vince … —Suspiré y me pasé una mano por la frente—. No hace falta que lo hagas.
—¿Hacer qué?
—Tratarme con guantes de seda solo porque yo soy yo —dije —.
¿Recuerdas lo que te dije en el ascensor, en New Haven ?
No quería un anillo. Quería un momento. Y lo hemos tenido.
Un momento precioso. Pero ahora se ha acabado.
Y ya sé lo que hacen los chicos después de un momento como este.
Así que no te preocupes, eres libre de irte. Estaré bien.
Vince permaneció en silencio unos segundos y me estudió con expresión grave. Luego, algo se encendió en sus ojos. Me puse en guardia.
—Tienes miedo de que vuelva a pasar, ¿verdad?
—¿A qué te refieres?
—Me estás invitando a marcharme porque tienes miedo de despertarte mañana por la mañana y ver que estás sola, igual que te pasó con Travis . —Dio un paso hacia delante. Su expresión se había suavizado y me sentí más expuesta que nunca. Podría negarlo, pero habría sido inútil. Tenía razón.
Aquel peso que había sentido en el pecho era el miedo a sentirme decepcionada al ver cómo se iba por su propia voluntad. O peor todavía, el miedo a descubrir que estaba sola en la cama a la mañana siguiente.
—No va a pasar, Ley. —Volvió a ponerme las manos en las caderas y me atrajo hacia él—. No he estado contigo porque no tuviera nada mejor que hacer. Lo he hecho porque quería —me aseguró—. Y también quiero hacerlo ahora. Y querré hacerlo mañana. Y al día siguiente.
Por mucho que sus palabras me hicieran latir el corazón con fuerza, me obligué a apartar la mirada, porque no quería oírlo hablar de ese modo. Había aprendido por las malas que algunos hombres eran muy hábiles para mentir. Y no estaba dispuesta a dejar que nadie volviera a engañarme.
—¿Por qué? —pregunté en voz baja, quebrada por momentos—.
¿Por qué has decidido de repente derribar esos muros que llevas años manteniendo en pie con tanta obstinación?
—Hablaba muy en serio, aunque por dentro temblara—.
¿Qué te ha hecho cambiar de idea sobre nosotros dos?
¿Qué ha cambiado respecto a hace un año?
¿O respecto a cuando, en el ascensor, me dijiste que el hockey era tu prioridad y que la lealtad hacia mi hermano estaba por encima de cualquier otra cosa?
El silencio que se produjo a continuación duró lo que me pareció una eternidad.
—No ha cambiado nada —admitió con un suspiro—. Solo he comprendido que no tiene por qué ser por fuerza una cosa o la otra. Puedo tener el hockey. Puedo seguir siendo leal a tu hermano. Y estar contigo sin renunciar a lo demás.
Lo observé unos instantes mientras intentaba encontrar en sus palabras alguna señal de que estaba mintiendo. Pero no había nada. Ninguna vacilación. Ninguna actuación.
—¿Y cómo piensas hacer que todo esto funcione? —pregunté—. Hasta que esta historia con Ethan no termine, no podemos dejarnos ver juntos en público. En cualquier caso, si lo nuestro saliera a la luz, mi hermano también se enteraría.
—Hablaré con él —afirmó—. No puedo ocultarle algo así, sería un cabrón si lo hiciera.
Casi me eché a reír por lo absurda que era aquella frase.
Los dos sabíamos que, después de la experiencia con Travis , mi hermano jamás permitiría que otro deportista entrara en mi vida, alguien cuyas prioridades, después del deporte, eran las fiestas y las mujeres.
Thomas confiaba en Vince , sí, pero confiaba en él como amigo; aceptar que pudiera ser algo más para mí…
era algo muy distinto. Sin embargo, una parte de mí sabía que aquello no era más que una excusa.
En el fondo, era más fácil echarle la culpa a Thomas que admitir que el problema era yo.
No podía permitirme bajar la guardia, y mucho menos era capaz de romper aquel mecanismo de defensa que me impulsaba a levantar muros para impedir que los demás se acercaran a mí. Unos muros que me mantenían a salvo, pero que al mismo tiempo me atrapaban.
—Estás hecha un lío, Ley. — Vince me dedicó un amago de sonrisa, seguro que había intuido mis dudas—.
Pero no importa. Hablaba en serio antes.
Ve al baño. Cuando salgas, me encontrarás en tu cama esperándote.
—Su voz estaba impregnada de una ternura que me golpeó de lleno en el corazón—.
Y cuando mañana por la mañana abras los ojos, seguiré aquí. A tu lado.
Me quedé clavada en el sitio, perdida en sus ojos, aturdida por sus palabras. El corazón me galopaba en el pecho y los pensamientos nadaban en un mar de confusión.
Pero, por mucho que deseara creerle, sentía que una parte de mí —arraigada en lo más hondo— me gritaba que tarde o temprano Vince acabaría haciéndome daño.
Quizá el día en que se marchara de Corvallis para perseguir su futuro como jugador profesional. O cuando se diera cuenta de que había comprometido para siempre su amistad con Thomas por mi culpa. O, simplemente, cuando se cansara de mí, como habían hecho todos los demás antes que él.
Frente a los ojos de Vince , que me observaban con una mezcla de ternura y deseo, una certeza aterradora se abrió paso dentro de mí: si no era él quien acababa decepcionándome y marchándose, al final sería yo quien le haría daño.
Aquel pensamiento bastó para convencerme de que era mejor detenerse antes de que fuera demasiado tarde.
Juego sucio continuará…