Juego sucio: Empieza el partido Capítulo 33
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Capítulo 33

Vince

Estaba inclinado sobre la barandilla intentando recuperar el aliento después de las carreras de portería a portería que el entrenador nos había obligado a hacer al final del entrenamiento.

Una auténtica tortura, sobre todo después de pasar horas probando todo tipo de esquemas de juego.

Pero aquella tarde necesitaba descargar toda la energía que me quemaba por dentro, aunque sabía que nada me ayudaría a calmarme.

—¿Se puede saber quién te ha cabreado esta vez?

—me preguntó Blake en cuanto se puso a mi lado, entre una bocanada de aire y un ataque de tos.

Después de la discusión que habíamos tenido en el hotel de New Haven , los chicos se habían disculpado con la excepción de Ethan .

Aunque sus palabras seguían escociéndome, había decidido no volver a sacar el tema.

—Nadie —respondí a mi amigo.

—Claro, nadie. — Blake me dio un golpecito en la protección del hombro—. Por cómo te mueves, parece que quieras matar a alguien.

No andaba muy desencaminado. En efecto, había alguien con quien quería acabar.

Llevaba el dorsal dieciocho y renqueaba al fondo de la pista, como el resto del equipo.

Me levanté la visera del casco para observar mejor a Ethan ; sin darme cuenta, apreté los dientes con tanta fuerza que sentí un pinchazo en la mandíbula.

Después de lo que había descubierto el día anterior, cada fibra de mi cuerpo deseaba verlo desplomarse en el suelo.

Todos los problemas de nuestro equipo eran culpa suya y, ahora que además sabía lo que le había hecho a Leila , mi aversión hacia él se había multiplicado exponencialmente.

Sin embargo, Leila me había hecho prometer que guardaría el secreto y que no me enfrentaría a Ethan bajo ningún concepto.

Temía que pudiera vengarse de ella si descubría que había hablado.

O incluso peor: que toda la historia llegara a oídos de Thomas si acabábamos peleándonos.

Mantendría mi palabra, aunque supusiera un esfuerzo titánico. Pero eso no significaba que no fuera a perder horas de sueño con tal de intentar averiguar quién era la chica que, según Ethan , estaba tan coladita por él que había llegado a obsesionarse.

—Por curiosidad —le pregunté a Blake , jadeando por el esfuerzo—, ¿sabes si Ethan salía con alguien antes de hacerlo con Leila ?

—¿ Ethan ? —Pensó en ello; estaba tan agotado como yo—. El año pasado hubo una chica, pero luego le puso los cuernos con Malcolm . Después de eso, nada.

Arqueé una ceja.

—¿Estás seguro? El nombre Alyssa no te suena de nada, ¿verdad?

—Pues no, ¿por qué?

—Parece que estaba con Ethan hasta hace unos meses.

Se volvió para mirar a nuestro compañero de equipo y negó con la cabeza.

—No sé nada. Pero conozco a Trisha . Hace unas mamadas alucinantes —me informó con una sonrisa de satisfacción—. Te paso su número, si quieres.

Me esforcé para contener una carcajada y esta vez fui yo quien le dio un golpe en el hombro.

—Tal vez otro día.

—Pasado mañana es San Valentín, podríamos organizar algo.

Lo miré extrañado.

—¿Tú y yo?

—¡No, tío, qué cojones! —exclamó indignado—. Tú, Trisha y yo. Las chicas se ponen como locas con estas fiestas de mierda. ¿Qué mejor ocasión para divertirnos un poco?

—¿No habías colgado las pelotas después de aquel voto de castidad? —le pregunté, perplejo.

Blake se encogió de hombros como si quisiera restarle importancia.

—He descubierto que ninguna chica vale tanto como para decidir el destino de mis pelotas.

—Oh, ¿te rompió el corazón? —deduje, porque lo cierto era que no estaba al corriente de su vida sentimental desde hacía un tiempo.

—Yo le rompí el corazón a ella y decidió devolverme el favor.

—Lógico. Mi abuelo siempre decía que, si haces sufrir a una mujer, puedes estar seguro de que tarde o temprano encontrará la manera de hacerte saber cómo se sintió ella.

Blake meditó mis palabras y luego negó con la cabeza.

—Sí, menuda mierda.

—¡Cerrad el pico, señoritas! —nos reprendió el entrenador Turner , que impuso el silencio en la pista—. ¡Tenéis que ahorrar energía durante los descansos!

Blake y yo intercambiamos una mirada cómplice y volvimos a bajarnos las viseras.

—Sí, entrenador —respondimos al unísono.

Cuando hizo sonar el silbato, regresamos de inmediato a nuestras posiciones para la última ronda de carreras. Fue un entrenamiento despiadado; los músculos nos ardían por el esfuerzo excesivo. Sin embargo, por agotador que resultara, aquel dolor era tan satisfactorio que me empujó a darlo todo.

Llegué al vestuario casi casi arrastrándome. Algunos de los chicos me dijeron que irían al Marsy , pero aquella noche no tenía ganas de acompañarlos. Tras darme una ducha caliente, me colgué la bolsa al hombro y me dirigí al comedor para meterme algo en el estómago.

En cuanto entré, vi que habían decorado la sala para San Valentín con un par de días de antelación. Del techo colgaban una infinidad de globos rojos con forma de corazón y en el mostrador de los postres había bandejas de bombones y cupcakes glaseados.

Me encogí de hombros y me serví una ración de arroz con pollo y verduras a la plancha como guarnición. Cuando fui a sentarme, distinguí la inconfundible melena verde de Sam .

Estaba sentada en una de las muchas mesas vacías, no muy lejos de la mía; cenaba sola.

Pensé en acercarme, pero dudé. Después de todo lo que había pasado con Leila , no sabía hasta qué punto estaba resentida conmigo. En la cabaña de los abuelos de Nate se había mostrado distante; aun así, pensé que estaría bien intentar charlar un rato con ella.

—Hola, Sam —la saludé. Dej é la bolsa en el suelo—. ¿Esperas a alguien?

—Hola, Vince —respondió, sorprendida—. No, no espero a nadie.

—¿Puedo? —Señalé el asiento vacío frente a ella.

Aunque con cierta vacilación, Sam asintió.

—¿Estás bien? Porque tienes pinta de que te acaba de pasar por encima una apisonadora.

—El entrenador nos ha machacado hoy. —Me senté—. Estoy deseando tirarme en la cama y dormir el resto de la semana.

—La dura vida de los deportistas. Deberían daros una medalla al mérito por vuestro servicio a la comunidad —bromeó divertida.

—Has dado en el clavo, muchacha. —La señalé con el tenedor con gesto solemne, y eso le arrancó una carcajada.

Me alivió comprobar que su actitud conmigo se había suavizado.

Me remangué la sudadera deportiva, dispuesto a devorar mi cena—.

Oye, ¿qué haces aquí sola? —le pregunté tras dar el primer bocado.

— Leila está trabajando en la redacción. En el periódico se están preparando para un concurso importante. Estaba tan concentrada en sus apuntes que ni siquiera me he atrevido a proponerle que cenáramos juntas.

No habíamos vuelto a hablar ni a vernos desde que la había llevado de vuelta a su residencia.

Al llegar al campus, me había ofrecido a acompañarla hasta su habitación, con la esperanza de aprovechar la ocasión para hablar de nosotros dos, pero me repitió que no podían vernos juntos.

Bastó aquel recordatorio para que todo mi cabreo con Ethan volviera a aflorar.

Cuando bajó de mi coche, Leila se había despedido de mí con una incomodidad evidente y la mirada triste. Me habría gustado meterla de nuevo en el coche y besarla hasta quedarme sin aliento; en lugar de eso, la había dejado ir con un gesto de la cabeza, una despedida fría y distante.

—¿Está bien? —le pregunté a Sam como si nada, porque no sabía qué le había revelado Leila .

—Sí, solo está un poco agobiada con el periódico, las clases y bueno… —Se rascó la frente vacilante, como si estuviera valorando si seguir hablando o callarse—. Ethan ha quedado con ella dentro de un rato en nuestra residencia.

Dejé de masticar el arroz y la miré. Ella me observó a su vez mientras evaluaba mi reacción. Una reacción que no tardó en llegar, porque sentí que la sangre me hervía en las venas y que un nudo me cerraba la garganta con tanta fuerza que hasta me costaba tragar.

No era eso lo que Leila me había dado a entender: si su relación no era más que una fachada de cara al público, ¿qué necesidad tenían de verse en privado?

—¿Ah, sí? —La posesividad nunca había sido algo que me caracterizara, así que no supe explicarme el malestar que me invadió de repente. Tenía ganas de reclamar algo que ni siquiera me pertenecía.

Sam asintió.

—En cualquier caso, ahora que ya sabes cómo están las cosas entre ellos, no tienes motivos de preocupación. — Sam hizo una pausa para tragar un bocado y añadió con tono mordaz—: Pensándolo mejor, no deberías preocuparte en ningún caso: no es tu novia.

Entrecerré los ojos y encajé la provocación.

—La situación entre ellos no me molesta por eso, Sam . Después de lo que pasó con Logan Fallon no me gusta un pelo la idea de que Leila esté a solas con un chico que la ha chantajeado.

— Ethan no es Logan , te lo garantizo. Es arrogante y mimado, de eso no hay duda. Pero desde que le propuso el acuerdo, en ningún momento ha intentado aprovecharse de ella.

Resoplé y me crucé de brazos, como si el propio acuerdo que la había obligado a aceptar no fuera ya de por sí una forma de aprovecharse de la situación y de Leila .

Sam debió de intuir el rumbo de mis pensamientos porque intentó matizar sus palabras.

—Me refiero a que, al principio, pensé que todo el plan tenía como objetivo acostarse con ella; al parecer eso ni siquiera se le pasa por la cabeza.

Inspiré profundamente.

—¿Y eso debería tranquilizarme?

—Quizá no. Pero he pensado que querrías saberlo igualmente.

Suspiré y me froté la cara. Saber que dentro de poco estarían juntos hizo que casi se me pasara el hambre.

Cuando fui a apartar la bandeja, la mirada de Sam se desplazó por encima de mi hombro y sus ojos se abrieron ligeramente.

No me dio tiempo a descubrir qué había llamado su atención porque dos manos me cubrieron los ojos y un perfume dulzón, que reconocí al instante, me envolvió.