Capítulo 32 #2
Fruncí los labios y luch é contra el impulso de responderle con las mismas formas.
—Sí, lo entiendo.
—Espero que no hayas hecho nada tan imprudente como para mandar al traste nuestro plan. —Su voz sonó amortiguada, como si hubiera acercado una mano al móvil para que nadie más lo oyera.
Tragué saliva porque, probablemente, la verdad no le habría gustado ni un pelo.
—¿Cómo dices? Perdona, no te oigo bien, aquí casi no hay cobertura —improvisé con la esperanza de esquivar la pregunta.
Oí que inspiraba con fuerza.
— Leila , no me jodas.
—Jo, no te oigo —farfullé—. Te llamo cuando llegue, ¿vale? —Colgué a toda prisa y volví a guardar el teléfono en el bolso con un gesto nervioso.
Por el rabillo del ojo me di cuenta de que Vince había arqueado una ceja; desde luego, él tampoco se había tragado la mentira que le había soltado a Ethan . Decidí volver a mirar por la ventanilla con la esperanza de que no hiciera preguntas.
Una esperanza en vano, porque su voz llenó el espacio del Camaro, que de repente se me volvió demasiado angosto.
—No se lo has contado, ¿verdad?
—¿Eh? ¿De qué hablas?
—De lo que pasó en el ascensor, después del partido contra los Bulldogs.
Me volví para mirarlo.
—Tú tampoco… tú tampoco se lo has dicho a Madison .
— Madison no es mi novia. —El tono con que lo afirmó no dejaba lugar a dudas: estaba harto de tener que repetirlo.
—Es que no quería complicar las cosas —me justifiqué.
—Entonces, supongo que tampoco le dirás nada de lo de esta noche.
—Solo hemos dormido en la misma cama.
A Vince se le escapó una media sonrisa amarga.
—No digo lo contrario. Solo digo que ya son unos cuantos secretos para esconderle a tu novio. —Hizo una pausa y añadió—: En realidad, son unos cuantos secretos en general, teniendo en cuenta que tampoco le has dicho nada de Ethan a Thomas .
Mi corazón dio un vuelco.
—¿Qué tiene que ver mi hermano?
Vince se encogió de hombros.
—Me llamó la noche antes del partido en New Haven para preguntarme desde cuándo estabais juntos.
Casi me atraganto con mi propia saliva.
—Espera, él… ¿lo sabe?
Vince asintió y yo empecé a notar un extraño zumbido en los oídos y la garganta cada vez más seca.
—¿Le dijiste algo? —me apresuré a preguntar, porque si Thomas descubría lo del pacto con Ethan , sería un desastre absoluto en todos los frentes.
—¿Qué se supone que tenía que decirle?
—No lo sé, ¡cualquier cosa!
Vince me miró como si me hubiera vuelto loca.
—No le dije nada. Fingiré que esta reacción que acabas de tener es normal.
Suspiré. Me froté la cara y después el cuello porque, de pronto, me sentía envuelta por una asfixiante sensación de calor.
—Ley, ¿qué te pasa? —exclamó, preocupado.
Abrí la ventanilla, necesitaba desesperadamente un poco de aire fresco.
Asomé la cabeza y cerré los ojos para inspirar hondo.
Estaba consiguiendo normalizar la respiración cuando Vince dio un volantazo repentino hacia el arcén, ignorando los cláxones de los demás coches y los insultos de los conductores.
—¿Qué haces? —alcancé a preguntar, con la voz estrangulada y los ojos a punto de salirse de mis órbitas.
No dijo una palabra. Apagó el motor y salió del coche antes de cerrar la puerta de golpe tras de sí. Lo seguí con los ojos, alarmada, y me aferré a la manilla mientras rodeaba el coche hasta llegar a mi lado.
—Baja —dijo con voz suave pero firme.
—No quiero bajar —me opuse como una niña pequeña.
—No vamos a ir a ninguna parte hasta que me cuentes qué está pasando.
¿Lo decía en serio?
—No pasa nada.
Resopló y se cruzó de brazos; apartó la mirada un instante antes de volver a centrarla en mí con más determinación si cabe.
—Esto no me parece nada, Ley.
Miré alrededor; era consciente de que estábamos dando un espectáculo ridículo. Los dos parados en el arcén de una carretera transitada, hablando a través de una ventanilla abierta.
Si en ese momento pasara una patrulla de la policía, se acercaría para preguntar qué estábamos haciendo, sería un lío que preferiría ahorrarme. Tenía que decirle algo, lo que fuera con tal de que desistiera.
—Es solo que… que… — Vince alzó las cejas como si quisiera incitarme a continuar—. Thomas no tendría que haberse enterado.
—¿Por qué?
—Porque ya sabes cómo es. —Bajé la cabeza—. Si algo no lo convence, siente la necesidad de intervenir y protegerme. Pero la mayoría de las veces lo único que consigue es liar las cosas todavía más.
De repente, la expresión de Vince cambió y se volvió más insegura.
—¿Ese es el problema? ¿Tienes miedo de que tu hermano pueda armar jaleo?
Asentí y relajé la intensidad con la que sujetaba la manilla.
Él aprovechó la ocasión y abrió la puerta.
Se inclinó hasta ponerse a mi altura y me miró a los ojos.
Mejor dicho, me escrutó durante varios largos segundos.
Luego bajó la cabeza y miró al asfalto. Cuando volvió a observarme, advertí un destello particular en sus ojos.
—¿Me estás diciendo la verdad?
Fruncí el ceño.
—¿Por qué debería mentirte?
—Porque nos besamos. Hemos dormido en la misma cama.
Por no mencionar lo que podría haber pasado en Mount Hood , con Ethan casi en la habitación de al lado.
Ayer fuiste al ClubSeven porque yo también iba y hace un momento has fingido que no tenías cobertura solo para colgar.
—No podría replicar con la misma credibilidad—.
Intento darle sentido a todo esto, pero es bastante difícil creer que a él le parezca bien.
Y, sobre todo, me cuesta creer que una relación como esa te parezca bien a ti, porque te conozco.
Si fuera al revés, le habrías cortado las pelotas.
No sabía qué decir. Necesitaba inventarme algo. Tenía que hacerlo, de lo contrario, todo se vendría abajo. Aun así, no dije nada.
—Hay algo que no me estás contando —continuó Vince , implacable—. Y si el motivo por el que omites no sé qué verdad es el mismo por el que temes que tu hermano pueda intervenir, entonces será mejor que me lo digas primero a mí.
No ganaría aquella batalla. Era un hecho, pero admitirlo todo era demasiado arriesgado. No me fiaba de Vince cuando mi hermano estaba de por medio; era demasiado leal a Thomas . Lo sabía de sobra.
Me sentí acorralada.
—¿Para que puedas correr a contárselo todo?
Él negó con la cabeza.
—No. Para evitar que, sea lo que sea, llegue a enterarse.
Las palabras se me quedaron atascadas en la garganta. Lo miré a los ojos y, por un instante, tuve la sensación de que podía ver todo aquello que intentaba ocultarle.
¿Qué haría si le confesaba la verdad? Sobre todo, ¿qué haría Ethan ? Vince estaba allí, delante de mí, y me miraba con aquellos ojos claros tan dulces, invitándome a decir la verdad, a confiar en él. No quería ceder, pero no tenía alternativa.
Una ráfaga de aire helado se coló en el coche y tuve un escalofrío. Me mordí el labio y bajé la cabeza.
—Le rompí una consola.
—¿Qué? —Parpadeó, confundido—. ¿De qué hablas?
—Unos días antes del partido contra los Huskies de Connecticut , Ramirez dio una fiesta en su fraternidad.
Era tarde y yo no podía dormir. —Me aclaré la garganta y me removí incómoda en el asiento del coche—.
Así que me colé en la fiesta y pedí que bajaran el volumen de la música, pero nadie me hizo caso.
El despertador iba a sonar al cabo de pocas horas, estaba enfadada y muerta de sueño, así que pensé que podía parar la música echando cerveza sobre la carísima consola que la reproducía.
Vince frunció el ceño.
—¿Le rompiste la consola a Ramirez?
—Creía que era de Ramirez, pero resulta que era de Ethan .
Vince cerró los ojos; parecía a punto de perder los nervios.
—Déjame adivinar, te pidió que le compraras otra.