Capítulo 32
Leila
Habían pasado unos cuarenta minutos desde que nos habíamos marchado de Olympia .
Vince conducía sin decir una palabra, con los ojos fijos en la carretera y la mandíbula tensa, sacudiendo la cabeza de vez en cuando.
Cargábamos sobre nuestros hombros con el peso de lo que había ocurrido sin necesidad de hablar de ello: sabía que estaba dándole vueltas a la discusión con su padre y a las sospechas relacionadas con la suspensión de las visitas en la clínica donde se encontraba su madre.
Antes de salir, no obstante, Vince había hecho un esfuerzo por dejar a un lado el mal humor y regalarle a Sierra el desayuno que le había prometido. También nos había acompañado Janelle , que me siguió pareciendo un poco recelosa conmigo.
—Esta es para ti —había dicho Sierra cuando, con la mirada muy concentrada, había dibujado un corazón con una «V» en su interior con sirope de arce y le había ofrecido la tortita a su hermano.
La ternura que encerraba aquel gesto me había golpeado de lleno en el pecho. A él se le había escapado una sonrisa débil y cansada pero llena de amor; dibujó una carita sonriente sobre la pila de tortitas de su hermana para responder a su gesto.
Cuando llegó el momento de la despedida, Sierra se aferró a su cuello y él le acarició el pelo.
—Volveré pronto, te lo prometo —le susurró al oído y le dio un beso en la frente.
Después de subirnos al coche, Sierra se había quedado en el umbral de la puerta para seguir cada uno de nuestros movimientos con sus grandes ojos al borde del llanto. No se movió hasta que salimos por la verja y desaparecimos tras la última curva para incorporarnos a la carretera.
Si para mí había sido triste dejarla allí, no quería ni imaginar cuánto lo había sido para Vince .
Siempre había ignorado la realidad asfixiante en la que había crecido, una realidad de la que jamás había hablado con nadie.
Por primera vez pensé que en el fondo tal vez nos parecíamos más de lo que nunca habría imaginado. Nadie mejor que yo podía comprender cómo se sentía una persona al darse cuenta de que su propia familia, en lugar de ser un puerto seguro, era un lugar del que huir, poblado de secretos y vergüenza.
—¿Desde cuándo están así las cosas? —pregunté en voz baja, jugando con los anillos que me adornaban los dedos.
—¿A qué te refieres?
—A la situación en tu casa.
Él hinchó las mejillas mientras reflexionaba.
—Desde hace un tiempo, diría. Desde que hace dos años mi padre encerró a mi madre en aquel centro de rehabilitación.
A partir de entonces, todo fue degenerando poco a poco.
No es que antes fuera un cuento de hadas, Callum nunca ha sido ningún santo, pero en algún momento el poder se le subió a la cabeza.
—¿Y tu madre? ¿Qué le pasó?
—Tuvo una crisis nerviosa. Vivir así durante años la destruyó.
Los focos, la prensa, los rumores constantes sobre amantes jóvenes, los cotilleos…
A ojos de la gente, el senador Callum Rise es la imagen de la perfección: un hombre íntegro con una familia envidiable.
Tardé un tiempo en entenderlo, pero la verdad es que durante años nos exhibió solo para ganarse el favor de la opinión pública, a mi madre como si fuera un trofeo y a mí como el hijo ideal, la futura promesa del hockey.
Pretendía que ella apareciera sonriente y devota bajo los focos, mientras en privado él se concedía todas las libertades con otras mujeres.
—Hizo una pausa y frunció los labios; tenía los nudillos blancos de la fuerza con la que aferraba el volante—.
Con el tiempo, seguir interpretando el papel de esposa feliz en galas benéficas y apoyarlo con elogios en público se volvió agotador.
Entonces pasó a ser un estorbo para su carrera.
Poco después llegó el divorcio, seguido de otras crisis nerviosas más graves.
Así que mi padre pensó que lo mejor era que se hicieran cargo de ella en una clínica fuera de la ciudad, para que pudiera encontrar algo de paz y tiempo para curarse. Al menos eso fue lo que nos dijo.
Permanecí en silencio unos segundos.
—¿Y fue así? ¿Le sirvió de algo?
Vince asintió.
—En cierto modo, sí. Mi padre me aseguró que la enviaría a uno de esos centros exclusivos con jardines perfectos y terapias de vanguardia para reequilibrar mente y cuerpo.
Un sitio donde podría dedicarse a sus aficiones y recuperarse lejos de la presión del mundo exterior.
Lo cierto es que cuando fui a verla las primeras veces estaba mejor.
Más tranquila, más serena. Pensé que una vez llegara a esa meta, podría volver a casa.
Pero los médicos insistían en que aún no estaba preparada y que, por su bien, teníamos que prolongar el ingreso.
—Inspiró hondo—. Cuando quise intervenir, tomar las riendas de la situación, de repente prohibieron las visitas.
No entendía por qué la retenían allí, si ella estaba bien.
Cada vez que pedía explicaciones, ya fuera a mi padre o a los médicos, me daban respuestas evasivas.
Ahora sé que él estaba detrás de todo esto.
Bajé la mirada mientras le daba vueltas a lo que me había contado. No pude evitar sentirme culpable.
—Ahora entiendo a qué te referías.
Él me miró, confundido.
—¿De qué hablas?
—Aquella noche en Mount Hood . Cuando me acusaste de no haber estado ahí cuando me necesitabas.
Vince suspiró y negó con la cabeza.
—No te preocupes, Ley. —Me puso una mano en la pierna y la acarició suavemente.
Estaba segura de que quería tranquilizarme, pero su contacto tan solo consiguió hacerme arder la piel.
Cuando retiró la mano, el corazón me dio un vuelco al echar de menos ese contacto—.
Estaba enfadado, en ningún momento pensé que tuvieras ninguna culpa.
—¿Por qué no me habías hablado de ello hasta ahora? Si lo hubiera sabido…
—¿Habría supuesto alguna diferencia?
No respondí. No sabía qué decir. Tal vez sí, tal vez no.
La noche en que me rechazó, un año atrás, había sido una de las más humillantes de mi vida.
Estaba en segundo lugar de la lista, tan solo por detrás de la mañana en que me había despertado desnuda en mi cama, con una notita al lado en la que Travis me felicitaba por mis prestaciones.
Me daba a entender que ya había conseguido su objetivo y que a partir de ese momento ya no tendríamos nada más que decirnos.
Aunque la situación no era la misma y la intención no se podía comparar ni de lejos, me había sentido rechazada del mismo modo, humillada e insuficiente.
Vince siempre había dicho que era fría como un iceberg porque nunca permitía que mis emociones me dominaran, pero eso no significaba que no las sintiera, solo que las tenía bajo control.
Desde aquella noche más que nunca había necesitado recordármelo.
Su pregunta quedó flotando entre nosotros, y mi silencio fue elocuente.
Vince volvió a concentrarse en la carretera mientras yo me aplastaba contra el asiento, perdida contemplando distraídamente el paisaje que se deslizaba al otro lado de la ventanilla. Pasó otra hora así, el silencio en el coche se volvió insoportable.
—¿Quieres que ponga algo de música? —propuse; quería intentar aligerar el ambiente.
Asintió. Pulsé el botón de encendido; tras unas interferencias, una melodía familiar empezó a sonar en el habitáculo.
Me sobresalté un poco porque reconocí la canción enseguida: « Every breath you take ». Mi reacción no le pasó inadvertida a Vince , que me miró de reojo. Contuve el impulso de dejarme llevar por el ritmo; no me parecía el mejor momento.
Sin embargo, no pasó mucho tiempo hasta que noté sus dedos tamborileando al compás de la música contra el volante de cuero, casi sin darse cuenta.
—¿La conoces? —Lo miré, sorprendida.
—¿Quién no la conoce?
—Jolín, la cantaba siempre de pequeña. Cuando soñaba con convertirme en una estrella del pop de fama mundial, por supuesto.
Mi confesión lo pilló desprevenido; por primera vez desde que nos habíamos subido al coche lo oí reír. Fue un sonido bajo, casi apagado, pero muy reconfortante.
—Soy incapaz de imaginarte cantando una canción —respondió sin apartar la vista de la carretera.
Arqueé una ceja.
—¿Estás de broma? Tengo una voz estupenda.
—¿En serio?
Asentí con decisión.
—Canté en el coro de la iglesia durante años.
Me miró con escepticismo.
—¿Cantaste en el coro de la iglesia? —Cuando asentí a modo de respuesta, añadió—: Muy bien, veamos.
—¿Qué? Ni hablar, olvídalo. —Negué con la cabeza mientras me reía nerviosa.
Cantar delante de él sería mucho más embarazoso que el despertar de aquella mañana. Vale, quizá no tanto. Nada podía ser más embarazoso que ese momento.
—Venga, no puedes dejarme con la miel en los labios.
—Antes que cantar prefiero volver a pie.
Vince soltó una risita y la tensión de sus hombros pareció relajarse un poco.
—Entonces ya canto yo.
Antes de que pudiera decir nada más, Vince empezó a canturrear el estribillo. Su voz baja y ronca se mezclaba con el timbre de Sting en una combinación inesperada, agradable. No pude evitar sonreír.
—No se me da tan mal, ¿verdad? —comentó al advertir mi mirada de aprobación.
—Si no puedes ganarte la vida con el hockey, siempre podrías intentar triunfar en la industria musical.
—Es una opción —me siguió la corriente divertido. Al final yo también me solté y acabamos cantándola juntos.
La atmósfera ligera que se había creado se desvaneció justo cuando la melodía de mi teléfono sonó y el nombre de Ethan parpadeó en la pantalla.
Eché un vistazo a Vince , que en cuanto vio la pantalla dejó de cantar y volvió a ensombrecerse.
Durante un momento pensé en no contestar, pero habría sido raro, así que deslicé el dedo por la pantalla y me llevé el teléfono al oído.
—Hola.
—Hola, ¿estás bien? No he sabido nada de ti desde ayer. —Si no lo conociera, incluso me habría parecido que estaba preocupado por mí.
—Sí, todo bien, estamos volviendo a Corvallis .
—Mejor, porque no ha sido fácil explicarles a mis compañeros que mi novia ha preferido irse con su amiguito en lugar de pasar el tiempo conmigo.