Capítulo 31 #2
Mis hermanos y yo nos escabullíamos de la cama y bajábamos las escaleras a toda prisa. Nos poníamos a su lado y nos dejaba trastear en la cocina. Nos daba porciones de masa, nos enseñaba a cortar las galletas con moldes y canturreaba viejas canciones que ya nos sabíamos de memoria.
Era nuestro momento. El único momento de normalidad que se nos permitía tener.
Nunca duraba mucho.
Bastaba el sonido pesado de los pasos de nuestro padre para que nos tensáramos. Nuestras risas se apagaban, nadie se atrevía a seguir hablando o cantando.
Los dedos de nuestra madre empezaban a temblar, nosotros nos quedábamos inmóviles con la mirada clavada en el suelo, a la espera de averiguar si pasaríamos aquel día sin problemas o si nuestro padre encontraría una excusa para explotar.
Siempre acababa estallando.
De repente, di un respingo cuando oí la voz de Callum a mi espalda: me volví y lo vi en el pasillo que conducía a la cocina, con el teléfono pegado a la oreja mientras se desgañitaba contra el pobre de turno al otro lado de la línea.
— ¡No me interesa lo que digan los informes, Bobby ! ¡El FBI no hace un registro de esta manera, sin llevarse nada, por casualidad!
Vi que Sierra, que estaba de espaldas, también se estremecía.
—¡Sabían que estaba en Washington D. C. y decidieron actuar en mi ausencia! —tronó mientras se anudaba la corbata.
Sierra, Vince y Olga se giraron hacia la puerta. En ese momento se percataron de mi presencia, pero todos teníamos puesta la atención en Callum , que pasó junto a mí y se dirigió a las escaleras para ir hasta su despacho.
— Olga , ¿te ocupas tú? —le pidió Vince haciendo un gesto hacia Sierra, que tenía los ojos al borde del llanto. La mujer asintió, dejó los cubiertos sobre la encimera y se acercó a Sierra para consolarla. Siguieron preparando juntas las tortitas.
Vince caminó hasta llegar junto a mí en el pasillo. Cerró la puerta de la cocina con una calma aparente, porque su mirada dejaba entrever el nerviosismo que se agitaba en su interior.
—No quiero que Sierra lo oiga. Puedes quedarte en la cocina con ellas, si quieres.
—No pasa nada, voy contigo —lo tranquilicé. Fui tras él por el pasillo y luego por las escaleras hasta el despacho de su padre, que ya estaba sentado en su butaca con gesto de exasperación.
Seguía hablando al teléfono y sostenía el aparato con tanta fuerza que temí que fuera a romperlo. Parecía que no se había percatado de nuestra presencia ni de que había dejado la puerta abierta.
—Es un mensaje. Quieren que sepa que pueden machacarme en cuanto quieran y que la próxima vez no dudarán en hacerlo.
—Se pasó una mano por el rostro y presionó un dedo contra el escritorio—.
Si los periodistas piden declaraciones, ¡mándalos a la mierda, Bobby !
—estalló, y se levantó de golpe y se giró hacia la ventana—.
¡Quiero el nombre del traidor! Si el gobernador da un paso atrás, estamos jodidos, ¿lo entiendes?
—Permaneció callado mientras escuchaba la respuesta tan solo un segundo, porque entonces colgó y lanzó el teléfono contra el escritorio en un arrebato.
Le dio la espalda a la puerta y se quedó inmóvil un momento con las manos en las caderas, bajo la chaqueta. Su espalda subía y bajaba debido a la respiración irregular.
—¿Se puede saber qué está pasando? —exclamó Vince en ese instante, cuando decidió entrar en el despacho. Yo me quedé en el umbral, dispuesta a ponerme a su lado si fuera necesario.
Callum se volvió en un movimiento repentino, tenía la cara roja por la ira.
—Ahora no, Vincent , no es el momento.
—¿Ahora no? ¿Lo dices en serio? —replicó; no aceptaba aquella respuesta—. ¿El FBI entra en nuestra casa en plena noche, lo deja todo patas arriba y lo único que me dices es que no es el momento?
Callum lo miró unos segundos y contrajo la mandíbula.
—Lo tengo todo bajo control, es lo único que necesitas saber —zanjó.
No fue hasta ese momento que sus ojos se posaron en mí. Su expresión mutó de nuevo y se volvió más recelosa.
—¿Y tú quién eres? —Miró a su hijo antes de volver a examinarme con frialdad.
Vince abrió la boca para responder, pero me adelanté.
—Me llamo Leila —dije, y mantuve la voz firme mientras me acercaba a Vince —. Estudio en la Oregon State con su hijo.
Callum me estudió de la cabeza a los pies y se detuvo un segundo más de lo necesario en mi indumentaria.
Llevaba la misma ropa que anoche, lo que me había puesto para ir al ClubSeven ; a la luz del día no era la mejor elección, era consciente de ello, pero no dejaría que eso me intimidara.
Si había alguien que tenía motivos para avergonzarse era él, no yo.
—¿Y qué haces aquí? —preguntó arqueando una ceja con soberbia.
—Ahora no deberíamos preocuparnos de eso, ¿no te parece? —intervino Vince .
Callum se volvió hacia él y, al fin, le concedió su atención.
—Escucha, hijo, me encantaría quedarme aquí para hablar contigo de todo este asunto, pero, como te imaginarás, hoy hay cosas más importantes que requieren de mi presencia en otra parte.
—¿Hoy? —estalló Vince —. ¿Eso significa que vuelves a marcharte? ¿Cuándo has llegado, hace una hora o dos?
Su padre levantó la vista al cielo; estaba perdiendo la paciencia.
—Es posible que el gobernador quiera verme. ¡No puedo quedarme de brazos cruzados mientras alguien intenta echarme!
Vince resopló y negó con la cabeza.
—Increíble, lo único que te importa es tu campaña electoral y tu trabajo —lo acusó—. Sierra está aterrorizada, papá. Necesita que alguien esté a su lado.
—¡Pues hazlo tú! —replicó Callum , harto.
—¿Y cómo lo hago? — Vince dio un paso al frente y alzó la voz—.
¿Cómo puedo permanecer al lado de mi hermana si resulta que no solo vivo a trescientos kilómetros de aquí, sino que ni siquiera sé qué coño pasa en nuestra familia?
Lo único que sé es que el FBI ha puesto patas arriba toda la casa.
¿Sabes cuándo suele intervenir? Cuando alguien infringe las leyes federales, Callum .
Su padre apretó los labios hasta formar una línea fina.
—No he infringido una mierda. Estoy seguro de que se trata de juego sucio por parte de alguno de mis adversarios. Cuando lo haya solucionado todo, volveremos a hablar de ello, te lo prometo. Hasta entonces, Olga y Janelle se ocuparán de Sierra en nuestra ausencia.
Vince no respondió al momento. Bajó la cabeza y una risa amarga se le escapó de los labios.
—¿Sabes qué? No importa. Haz lo que te dé la gana; total, siempre acaba pasando lo mismo. —El desprecio y la decepción que transmitía su voz me golpearon más a mí que a su padre, que lo observó marcharse del despacho con expresión impasible.