Juego sucio: Empieza el partido Capítulo 31
84%

Capítulo 31

Leila

Me despertó un calor insólito pero agradable que me rodeaba la espalda y la cadera. Abrí los ojos lentamente y parpadeé un par de veces para acostumbrarme a la luz que inundaba la habitación.

Una habitación que tardé unos segundos en reconocer por estar aturdida.

Poco a poco empecé a recordar: estaba en la habitación de Vince , ya era por la mañana y había dejado de llover.

Aun así, recordaba las persianas bajadas y…

Miré el espacio vacío a mi lado; me di cuenta de que ya no estaba en el mismo lado de la cama en el que me había quedado dormida.

Me había movido al otro extremo.

La barrera de cojines que Vince había colocado entre nosotros para delimitar nuestros espacios había desaparecido.

Cuando miré hacia abajo y vi su mano apoyada en mi cintura, contuve el aliento al comprender que el calor que sentía contra la espalda emanaba de su cuerpo.

El corazón empezó a martillearme contra el esternón. Presa del pánico, pensé en escabullirme a la habitación de al lado antes de que Vince se despertara y se diera cuenta de la situación.

Hice ademán de apartar su mano de mi cintura, pero un pequeño movimiento a los pies de la cama captó mi atención.

Cuando levanté la cabeza, me encontré con dos grandes ojos claros que me observaban abiertos de par en par, iguales que los de un pequeño tarsero.

Casi me da un infarto.

Me incorporé de golpe sujetando la manta contra el pecho, aunque no tenía nada que cubrir. En el suelo distinguí los cojines que, evidentemente, había tirado al suelo mientras dormía.

—Ey, hola… —balbuceé mientras me esforzaba por dedicar la sonrisa más cariñosa que pude a la niña. Sin duda, tenía que ser la hermana de Vince . Eran como dos gotas de agua.

—No te había visto nunca, ¿quién eres? —En su vocecita aguda había una pizca de recelo y curiosidad que la hacía adorable.

—Me llamo Leila . —Me coloqué el cabello despeinado detrás de las orejas con la absurda intención de estar presentable ante una niña de siete años, mientras Vince se movía aún dormido bajo la colcha.

Sierra me observó con el ceño fruncido y la cabeza ladeada.

—¿Por qué duermes con mi hermano?

De todas las preguntas posibles, aquella era la única que esperaba que no me hiciera, y tuvo el poder de sumirme en el bochorno más absoluto.

Me aclaré la garganta justo cuando Vince , en un gesto involuntario, me rodeó la cintura con más fuerza. Me tensé al percibir su contacto.

Con cierta torpeza, aparté su mano. Él masculló unas palabras ininteligibles, pero no le hice caso. Estaba más ocupada intentando encontrar una respuesta adecuada, aunque mi cerebro se había quedado en blanco.

Por suerte, justo en ese momento Vince abrió los ojos. Se los frotó con toda la calma del mundo y luego nos echó un vistazo a mí y a su hermana, que seguía a los pies de la cama.

Casi podía ver los engranajes de su mente poniéndose en marcha mientras intentaba darle sentido a la escena que tenía delante.

—¡Por fin, dormilón! He subido las persianas para despertarte, pero has seguido roncando como un tractor. —Sierra se abalanzó sobre su hermano y empezó a saltar sobre el colchón mientras reía a carcajadas.

Su pelo, larguísimo y rubísimo, oscilaba sobre su espalda a cada salto entre los gemidos ahogados de Vince . Aquella escena me arrancó una sonrisa y me desplacé hacia el borde de la cama para dejarles un poco de espacio.

—Hola, Terremoto —murmuró él con la voz ronca por el sueño—. ¿Qué haces despierta tan pronto después de lo que pasó anoche?

—He oído a papá, ha vuelto, y me he despertado. ¿Quieres que te dé una buena noticia? Hoy puedo quedarme en casa y no ir al cole.

La expresión de Vince se volvió más seria.

—¿Papá ha vuelto?

Sierra asintió y luego se dejó caer entre nosotros con un suspiro teatral. Estiró las piernas sobre la colcha arrugada, cruzó los brazos sobre el pecho y me dedicó una sonrisa pícara.

—¿Eres su novia?

La garganta se me secó por segunda vez y sentí que las mejillas me ardían.

—Oh, no… no, yo… —tartamudeé como una tonta mientras Vince contenía una risita—. Solo soy una amiga —dije al fin con un esfuerzo descomunal.

La pequeña arrugó la nariz mientras reflexionaba sobre mis palabras.

—Pero si solo sois amigos, ¿por qué dormís abrazados?

Tierra, trágame.

—Muy bien, princesa —intervino Vince , que le revolvió el pelo antes de levantarse de la cama—. ¿Qué te parece si bajamos a desayunar ahora?

Sierra lo observó un instante; parecía como si estuviera valorando si hacerle caso o no. Al final, se encogió de hombros y saltó de la cama.

—¡Vale, pero solo si hacemos tortitas!

—¿Con chocolate? —le propuso su hermano y los ojos de Sierra se iluminaron como si volviera a ser Navidad.

—¡Sí! ¡Con chocolate!

—Entonces serán tortitas con chocolate. Espérame abajo, voy enseguida. —Le hizo un gesto hacia la puerta y Sierra trotó hasta allí a la vez que canturreaba una canción sobre el festín de tortitas que pensaba darse.

Antes de salir, se volvió hacia mí y, con una sonrisa radiante, me preguntó:

—¿Te gustan las tortitas con chocolate?

—Oh, eh, claro —respondí. Seguía un poco aturdida por aquel insólito despertar.

Su sonrisa se volvió incluso más luminosa y un gritito triunfal salió de su garganta.

—¡Voy corriendo abajo!

En cuanto desapareció por la puerta y el silencio cayó sobre nosotros, Vince se volvió para mirarme con una expresión avergonzada en el rostro.

—Buenos días. —Se pasó una mano por el pelo despeinado—. Bueno, ya has conocido a mi hermana.

—Así es. —Me rasqué la punta de la nariz; me sentía un poco torpe. No obstante, no podía esconder que una parte de mí se había divertido con aquella escena entre hermanos.

—Espero que no te hayas sentido incómoda. Sierra es… —Se mordió el labio, seguro que intentaba encontrar las palabras adecuadas.

—Es muy dulce —terminé por él—. Se parece a ti.

—Sí, eso dice todo el mundo.

Recogió los cojines del suelo mientras yo, en un gesto involuntario, me embobé observando su cuerpo cubierto tan solo por los pantalones del pijama.

Las horas de actividad física se reflejaban en sus pectorales definidos, en los músculos robustos del cuello y en sus abdominales esculpidos.

Pensé que poder admirar esa imagen nada más despertarme no estaba mal.

En absoluto.

—¿Todo bien por ahí? —me preguntó. Tenía un cojín bajo el brazo y su voz me devolvió a la realidad.

—Sí, ¿por qué? —lo miré confundida.

—Porque parecías un poco distraída. —Alzó una comisura de su boca.

Lo observé sin pestañear, pero en cuanto capté la indirecta me puse roja como un tomate y apreté los labios en una línea rígida que lo hizo sonreír todavía más.

—Solo estaba dándole vueltas al hecho de que tu hermana nos ha visto durmiendo juntos. Vete tú a saber lo que habrá pensado —balbuceé mientras me levantaba de la cama.

Él asintió y fingió que se tragaba mi excusa; aquel brillo descarado en sus ojos azules —todavía más intensos bajo la luz matutina— decía todo lo contrario.

—Pensará que somos muy buenos amigos —se rio.

—O pensará que, cuando sea mayor, ella también podrá dormir en la misma cama con sus «amigos» —dije enfatizando la última palabra para provocarlo.

La sonrisa se le borró al instante y aquella reacción tan previsible me arrancó una carcajada.

—Quizá debería hablar con ella luego.

—Tal vez sí, buena idea —confirmé.

Entonces añadió:

—No sé si te has dado cuenta, pero esta noche te has movido bastante mientras dormías. —Terminó de recoger los cojines y empezó a hacer la cama.

—¿De verdad? —Le eché una mano, necesitaba hacer cualquier cosa con tal de ocultar mi incomodidad.

—He estado a punto de despertarte, pero te he puesto una mano en el hombro y te has calmado. Luego … te has acurrucado contra mí.

Lo miré en silencio un instante; no abrí la boca.

¿Me había acurrucado contra él?

Dios mío, qué vergüenza.

Él se sonrió mientras yo entrecerraba los ojos.

—Esto te divierte, ¿verdad?

Terminó de doblar el borde de la sábana sobre la colcha y levantó la cabeza para mirarme.

—Podría seguir hablando de ello durante todo el día.

Le dediqué una mueca que lo hizo sonreír todavía más.

—Creo que ha llegado el momento de irme a mi habitación. A vestirme —declaré, roja como un tomate. Estaba descartado quedarme allí un segundo más.

Di unos pasos hacia la puerta, pero antes de llegar Vince vino tras de mí.

—Eh, espera. —Me giré y me encontré con su mirada; estaba serio.

—No te preocupes, ¿vale? —me tranquilizó con aquella dulzura que siempre lo había caracterizado—. No ha pasado nada grave. —Me mordí el labio; no sabía si responder o no. Al final, me limité a asentir y me escabullí de la habitación.

Me refugié en el cuarto de al lado y cerré la puerta con un suspiro antes de apoyarme contra la fría madera.

—Nada grave, claro —murmuré para mis adentros.

Unos quince minutos después, cuando bajé al piso de abajo, descubrí que el desorden había desaparecido y que la casa lucía tan bonita y majestuosa como siempre. Estaba en el vestíbulo y el aroma dulce a la mantequilla de las tortitas me envolvió, mezclado con el chisporroteo de las sartenes.

Al otro lado de la puerta abierta de la cocina, vi a Vince y a Sierra enfrascados en la preparación de las tortitas mientras vertían la masa sobre la sartén entre risas. Olga , de pie junto a la encimera, estaba limpiando los cubiertos.

Me detuve un instante en el umbral para observar a Vince .

A juzgar por el pelo húmedo, se había dado una ducha.

Vestía unos vaqueros oscuros y un jersey negro de cuello alto que se ajustaba a sus hombros de una forma deliciosa.

Como siempre, parecía ajeno a su atractivo mientras le manchaba la nariz a su hermana con un poco de masa, lo que despertó un chillido en ella.

Sierra no tardó en pagarle con la misma moneda. Cuando Olga se volvió para mirarlos, sacudió la cabeza como si estuviera acostumbrada a sus escaramuzas en la cocina.

Recordé los días en que de pequeña disfrutaba preparando dulces con mi familia.

El domingo era mi día favorito. Mi madre madrugaba y el aroma de las galletas recién horneadas llenaba toda la casa.