Capítulo 30 #3
A decir verdad, no habíamos hablado mucho.
A pesar del resentimiento que había alimentado hacia ella después de nuestro beso en el ascensor y la decepción que había sentido durante los días siguientes al verla con Ethan como si no hubiera pasado nada, era innegable que su presencia conseguía aliviar un poco aquel peso que me oprimía el pecho.
—¿Cómo acabaste jugando al hockey? —preguntó de repente, rompiendo el silencio.
Me tomé un momento para reflexionar con la vista puesta en algún punto indefinido frente a mí.
—Empecé a los seis años. Mi padre jugó en los noventa, pero tuvo que dejarlo por una lesión. Antes que Callum , mi abuelo también formó parte de los Detroit Red Wings . Fue él quien me empujó por primera vez hacia ese camino.
—Parece que tu familia lo lleva en la sangre. —Me sonrió.
—Supongo que sí.
—¿Hay algún equipo de la NHL interesado en ti?
—Tal vez. Pero todo dependerá de cómo termine la temporada.
—Entonces, ¿quieres seguir los pasos de tu abuelo? ¿Con los Detroit Red Wings ? —Inclinó la cabeza ligeramente y me dedicó una de las miradas más dulces que le había visto jamás—. El sueño de tu vida.
Asentí. Era mi sueño desde niño, cuando mi abuelo y yo veíamos juntos los partidos. Haría todo lo que estuviera en mi mano para conseguirlo.
—Me parece increíble. Fuiste la primera persona de quien me hice amigo en Corvallis … —Su voz descendió un tono, como si estuviera reflexionando sobre lo que iba a decir—. Será raro no verte por aquí cuando te marches, dentro de unos meses.
—No desapareceré —me apresuré a tranquilizarla, pero no estaba del todo seguro de que fuera a ser así.
En el fondo, no había nada que me mantuviera atado a Corvallis .
Mi familia no vivía allí. Mis amigos se acabarían marchando, igual que yo.
Thomas ya se había trasladado hacía un par de años.
Y Leila , cuando terminara la universidad, también se iría quién sabía adónde.
—Claro que desaparecerás. —Rio por lo bajo, pero en sus ojos me pareció entrever una sombra de melancolía—.
Es el destino de todas las estrellas mundiales del deporte.
Serás aclamado, venerado; la gente se volverá loca cuando te encuentre por la calle y se tirará de los pelos con tal de hacerse una foto contigo.
—Ese ascenso a la fama parece la hostia de divertido —comenté. Ella se rio y yo no pude evitar hacer lo mismo—. ¿Y tú qué harás? —pregunté con curiosidad.
Leila se puso boca arriba; tenía las manos entrelazadas sobre el vientre y la vista clavada en el techo.
—No lo sé. Podría intentar dedicarme al periodismo, pero… a veces pienso que no es para mí.
—¿Por qué no? Se te da bien.
—Es posible, aunque de vez en cuando tengo la sensación de que persigo ese objetivo solo porque parece la decisión correcta, no porque sea lo que quiero en realidad.
Me giré para ponerme de lado y apoyé la cabeza en la palma de la mano para verla mejor.
—Entonces, ¿qué querrías hacer de verdad?
Leila se volvió hacia mí y se mordió el labio.
—Recorrer la Ruta 66. Ver los pingüinos de la Antártida. La aurora boreal en Laponia y las pirámides de Egipto… Me gustaría explorar el mundo.
—Hazlo.
Ella resopló con suavidad y negó con la cabeza.
—No es tan fácil para gente como yo.
—¿Por qué no?
—Bueno, porque, para empezar, la vida para quien no tiene medio millón de dólares en una caja fuerte es un poquito más complicada —ironizó—.
Además, no lo sé, nunca lo he pensado en serio.
No es más que una de esas listas de objetivos que haces a las dos de la madrugada cuando no puedes dormir.
Te dices que algún día harás todo eso, pero en el fondo sabes que no sucederá jamás.
—No necesitas medio millón para ver pingüinos. Y tampoco tienes que hacerlo todo de golpe. Tienes toda la vida por delante y ningún obstáculo insalvable ante ti; poco a poco podrás conseguir todo lo que quieras.
Ella no respondió y volvió a mirar el techo. Aquella conversación quedó suspendida entre las paredes de mi habitación. Yo también me tumbé de nuevo boca arriba.
Fuera ya empezaba a amanecer; no habíamos pegado ojo en toda la noche.
Había bajado las persianas para sumir la habitación en la oscuridad y el silencio, interrumpidos tan solo por la lluvia, que era cada vez más intensa.
El estruendo lejano de un trueno hizo que Leila se tensara; lo hizo de forma casi imperceptible, pero aun así lo advertí.
—Será mejor que intentemos descansar al menos un par de horas antes de que llegue tu padre. Después nos espera otro viaje en coche —dijo mientras se giraba hacia el otro lado y me daba la espalda.
Pensé en la reacción de Leila ante la tormenta cuando estuvimos en la cabaña de Nate y las palabras de Sam flotaron en mi mente.
—Ley, ¿por qué te asustan tanto las tormentas?
—No me gustan, ya lo sabes —respondió secamente, sin siquiera darse la vuelta.
Era mentira. Mejor dicho, no era toda la verdad. Había algo que se negaba a contarme, estaba seguro de ello. Del mismo modo que también estaba seguro de que se había girado adrede para ocultar cualquier rastro de lo que sentía en ese momento.
—Sí, lo sé, pero a veces no parece que…
— Vince —me interrumpió con un tono tan áspero que me callé al instante. Permanecí a la espera de que dijera algo más. Cuando habló, fue lapidaria—: Quiero dormir.