Juego sucio: Empieza el partido Capítulo 30 #2
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Capítulo 30 #2

—Parecen documentos legales —dijo tras echar un primer vistazo.

Empecé a leer las hojas que tenía entre las manos y enseguida distinguí el justificante de una transferencia realizada a un tal Quentin Lorenz: era una cantidad exorbitante, pero aquel nombre no me decía nada.

Al pie del documento había una firma, la de mi padre.

La fecha reciente encendió todas mis alarmas.

—Esto de aquí parecen… ¿proyectos?, ¿contratos?

— Leila estaba pasando las páginas de un documento lleno de gráficos, números y firmas; parecía confundida—.

Creo que tienen que ver con su campaña electoral.

¿Hay algo más ahí dentro? —Alargó la mano y sacó más carpetas de documentos, entre ellos los papeles del divorcio de mis padres y una pequeña agenda con una lista de números de teléfono sin nombres que los acompañaran.

Yo saqué otro expediente; contenía una hoja de tamaño A4 doblada en el interior. Cuando la abrí, lo primero que vieron mis ojos fue el nombre de la clínica donde estaba ingresada mi madre y todos sus datos personales. El corazón empezó a latirme cada vez más fuerte.

Mientras Leila estaba concentrada en otros documentos, me aparté hasta llegar junto a la ventana y revisé el contenido del dosier.

Aparecían su diagnóstico —psicosis paranoide—, el tratamiento prescrito y la fecha de ingreso.

Una frase en negrita me golpeó con tanta fuerza que mis piernas estuvieron a punto de ceder.

«Visitas no autorizadas por disposición del tutor legal».

Aunque ya se habían divorciado, Callum se había convertido en su tutor legal en el momento en que los médicos habían declarado clínica e injustamente que mi madre no estaba en pleno uso de sus facultades mentales.

Parpadeé; estaba en shock. Una parte de mí siempre había sospechado que él se encontraba detrás de aquella decisión, pero ver la confirmación por escrito fue como recibir un puñetazo en el estómago.

La misma fecha volvía a aparecer, por lo que creer en las casualidades era muy difícil.

—¿ Vince ? —La voz suave de Leila resonó en mis oídos—. ¿Qué pasa? ¿Has encontrado algo comprometedor?

No respondí. Era incapaz de hablar. Ella se acercó despacio, antes de que pudiera detenerla, me quitó el documento de las manos. Vi que lo leía atentamente. Cuando llegó al punto clave, se quedó petrificada.

—Su tutor legal…

—Mi padre.

Abrió los ojos de par en par y me miró.

—No puede ser verdad.

—Lo es. —Señalé el expediente que había revisado justo antes, el de la transferencia a Quentin Lorenz—. Mira las fechas. Coinciden.

Leila volvió a la caja fuerte para buscar el justificante e intentar darle un sentido a todo aquello.

—¿Conoces a este tipo? ¿Trabaja en la clínica?

—No, lo más probable es que solo sea un testaferro. El que cobra el dinero y luego se lo hace llegar a ellos para que la operación no pueda relacionarse con la clínica.

Leila permaneció en silencio durante unos segundos. Vi que se mordía el labio, como si buscara las palabras adecuadas. Al final, habló en voz baja.

—¿Por qué motivo tu padre pagaría a la clínica para impedirte ver a tu madre?

Me froté la cara con una mano y suspiré profundamente.

—No lo sé, pero si está dispuesto a pagar tanto dinero para mantenerla aislada, significa que mi madre sabe algo que podría destruirlo.

Bajó la mirada y apretó la hoja que aún tenía entre las manos.

—¿Crees que el FBI estaba buscando este documento?

Negué con la cabeza, abatido.

—¿Por qué el FBI tendría que preocuparse por mi madre? No, creo que hay algo más.

—¿Y qué harás ahora?

Tenía la respiración irregular; la rabia que sentía se mezclaba con una sensación de impotencia que me oprimía el pecho.

No podía hacer nada.

No tenía permiso para ver a mi madre y descubrir qué estaba pasando.

Confesarle a mi padre que había encontrado estos documentos sería contraproducente, porque hallaría la manera de borrar cualquier rastro y salir limpio de todo esto.

Nunca había podido ponerlo entre la espada y la pared.

Podría denunciarlo, pero entonces Sierra lo descubriría todo.

La idea de que pudiera verse arrastrada por un escándalo, cuyas dimensiones yo mismo ignoraba, me paralizaba.

Tal vez, lo mejor que podía hacer por ahora era guardarme aquella información para mí. Tenía una ventaja sobre él. Tan solo debía averiguar cómo utilizarla y esperar el momento adecuado para atacar.

—Irme a dormir, supongo —dije resignado.

—¿A… a dormir? —repitió, boquiabierta, mientras parpadeaba—. ¿Hablas en serio?

—Sí. Dejémoslo todo en su sitio y volvamos arriba. —La dejé atrás, me acerqué a la caja fuerte y empecé a guardar los documentos en su interior.

—Pero, Vince … —farfulló desconcertada—. Acabas de descubrir que tu padre…

Me giré hacia ella y la interrumpí antes de que terminara la frase.

—Lo sé, Ley. Sé perfectamente lo que he descubierto.

—La voz me salió más brusca de lo que pretendía, así que respiré hondo y suavicé el tono.

Leila no tenía la culpa; no quería usarla como una válvula de escape—.

Pero tengo que pensar en hacer lo correcto.

Si esta historia —sea lo que sea— estallara, mi hermana se ver ía involucrada. No puedo correr ese riesgo.

Mis palabras parecieron afectarla porque se quedó callada. Luego se mordió el labio y asintió lentamente.

—Eso lo entiendo. —Se acercó y me tendió la hoja—. Pero al menos hazles fotos, podrían serte útiles si estos documentos acabaran desapareciendo.

Sí, era una buena idea. Lo habría pensado yo mismo si la rabia no me hubiera ofuscado.

Después de sacar las fotos, me aseguré de dejarlo todo justo como lo habíamos encontrado y salimos del despacho. Cuando regresamos al primer piso y nos detuvimos frente a nuestras habitaciones, el silencio pareció volverse más espeso, casi opresivo.

Estaba a punto de darle las buenas noches, esta vez de verdad, cuando ella apoyó una mano en mi hombro desnudo. Me pareció sentir su contacto delicado hasta en los huesos. Tuve una necesidad casi incontrolable de abrazarla, pero me contuve.

Temía la reacción de mi propio cuerpo. La vulnerabilidad de mi mente. Me conocía demasiado bien. Después de todo lo que había pasado, perderme entre las piernas de una chica era el tipo de evasión que habría buscado. Pero con ella no podía hacer tonterías.

—No tenemos por qué despedirnos. Podemos hablar, si quieres. Escuchar un poco de esa música que tanto te gusta… o incluso no hacer nada, si lo prefieres —sugirió.

—¿Qué dices? —pregunté, confundido.

—Que no quiero dejarte solo.

—Todo va bien, no te preocupes.

—No mientas. Nunca se te ha dado bien hacerlo.

Bajé la cabeza y un pequeño suspiro escapó de mis labios.

—Vale, no estoy bien. Es evidente. Pero puedo apañármelas solo.

—Ya sé que puedes hacerlo. — Leila dio un paso hacia mí; su voz ahora era apenas un susurro—.

Te estoy diciendo que no quiero que lo hagas.

—Me acarició todo el brazo hasta tomarme la mano.

La apretó con la suficiente fuerza para dejarme claro que no pensaba irse—.

Tenemos nuestras diferencias, lo sé. Y mañana seguirán ahí, desde la primera hasta la última.

Pero esta noche hagamos como si no existieran.

Déjame ser para ti lo que tú siempre has sido para mí.

La miré e intenté descifrar cada matiz de su mirada.

—¿Qué he sido para ti?

—Alguien presente. —Su respuesta me dejó sin palabras. Pero lo que más me desconcertó fue el abrazo que me dio justo entonces.

Desde que la conocía, podía contar con los dedos de una mano las veces que se había permitido un gesto como ese. Pensé que debía de darle muchísima pena si en cuestión de unas pocas horas ya me había concedido dos. Pero no importaba. Aceptaría aquel abrazo sin rechistar.

Le rodeé la cintura con los brazos y la estreché contra mí. Sentí cómo su cuerpo se adhería al mío con una naturalidad desarmante. Un calor familiar me atravesó el pecho y se extendió por todas partes. Por un momento tuve la certeza de que todo estaba en su lugar.

Cuando se apartó, tuve que hacer un esfuerzo sobrehumano para disimular la amargura que me provocó aquella separación. Pero no me soltó la mano. Abrió la puerta de mi habitación y me arrastró al interior sin ninguna prisa.

—Ley… —intenté decir, pero me calló con una mirada tranquilizadora.

Cerró la puerta a mi espalda. Cuando la cerradura hizo clic, inspiré bruscamente.

Era consciente de que tenerla en mi cama, aunque solo fuera para hablar, sería como echar gasolina sobre el fuego de los impulsos que intentaba mantener bajo control con desesperación.

Y, honestamente, no sabía cuánto podría resistir.

Diez minutos después, estábamos tumbados en mi cama con algunos cojines colocados entre nosotros formando una especie de barrera. Los había puesto yo para recordarme a mí mismo la línea que nunca debía cruzar, y ella no se había opuesto.

El ruido de la lluvia llenaba la habitación mientras estábamos tumbados sobre la colcha. Yo tenía un brazo detrás de la cabeza. Leila estaba de lado y me observaba mientras jugueteaba con el borde de la almohada.