Juego sucio: Empieza el partido Capítulo 30
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Capítulo 30

Vince

La habitación estaba en penumbra y todo seguía revuelto, tal y como la habían dejado los hombres del FBI después del registro.

Cerré la puerta y me aseguré de no tocar nada.

Si no habían encontrado nada comprometedor entre todo aquel papeleo, significaba que lo que buscaban estaba muy bien escondido.

Estaba convencido de que las respuestas estaban encerradas en la caja fuerte.

—¿Dónde está? —preguntó Leila ; su voz era apenas audible.

—Ahí detrás. —Hice un gesto con la cabeza y señalé un panel de la estantería que había al fondo de la habitación.

Leila frunció el ceño, confundida, mientras yo me acercaba a los libros colocados en un estante inferior. Metí los dedos detrás de un tomo de economía y pulsé un pequeño interruptor oculto.

Oí el ligero zumbido de los engranajes al ponerse en marcha.

El panel de la estantería se desplazó hacia delante unos milímetros y luego se deslizó hacia la izquierda para revelar un nicho secreto del que emergía una caja fuerte empotrada de forma perfecta en la pared.

Todavía recordaba la sensación de asombro que había experimentado de niño cuando vi cómo mi madre movía los libros para revelar aquel escondite inesperado.

—Aquí está —dije; retrocedí un paso para que pudiera verla mejor.

Leila permaneció un instante en silencio, con las cejas un poco arqueadas y la boca entreabierta.

—¿Ya no se esconden detrás de los cuadros?

—A Callum no le gustan los cuadros —respondí. Observé la caja fuerte junto a ella—. ¿Crees que podrás abrirla?

La examinó con atención, luego inspiró hondo y negó con la cabeza.

—Es una caja fuerte de última generación, lo que significa que tendrá varios dispositivos de cierre para asegurar la puerta en caso de que alguien intente forzarla. —Me miró y supe cuál sería su respuesta antes de que la dijera en voz alta—. Básicamente, es imposible abrirla sin dejar rastro.

Suponía que sería una tarea complicada, pero aun así me sentí decepcionado.

—Lo siento —dijo—. Podemos hacer algunas pruebas e intentar adivinar la combinación, pero, suponiendo que sea una secuencia de seis cifras, sin conocer los números exactos tendríamos al menos un millón de combinaciones posibles.

—Que son demasiadas —murmuré, desanimado.

—Puede que tu padre haya escondido el código por aquí, en alguna parte.

—Los ojos de Leila recorrieron cada rincón del despacho hasta que se detuvieron en la enorme estantería que teníamos frente a nosotros—.

Las personas con una adicción tienden a esconder las sustancias de las que abusan en los lugares más insospechados.

A veces, por miedo a que alguien las descubra, y otras, simplemente porque no quieren compartirlas.

—Habló en voz baja, como si reflexionara para sí misma.

Luego volvió en sí, parpadeó y se aclaró la garganta—.

La clave es averiguar cuál es el único lugar donde, según él, nadie buscaría jamás.

Volvió a mirarme; parecía que esperaba que me pusiera manos a la obra.

Vacilé un instante, luego me acerqué al escritorio y abrí el primer cajón: solo encontré algunos bolígrafos, tarjetas de visita y una calculadora. Probé con el segundo, pero allí tampoco había nada útil.

—¿Los cajones del escritorio? ¿En serio? — Leila trató de sofocar una carcajada—. Y pensar que te consideraba el más brillante de los dos.

Resoplé y cerré el cajón de golpe.

—Lo he intentado.

—Habría sido una opción demasiado obvia —replicó, divertida—. ¿Alguna vez has oído hablar de Richard Feynman ? —preguntó.

Negué con la cabeza.

—Era físico. Premio Nobel en 1965. Durante el Proyecto Manhattan se divertía abriendo cajas fuertes y cámaras acorazadas, aunque no conociera la combinación.

—Hizo una pausa, como si esperara una reacción por mi parte.

Yo la observaba e intentaba averiguar adónde quería llegar, pero la verdad era que no tenía ni idea de lo que hablaba.

Lo único que sabía era que me parecía muy sexy mientras desgranaba información y su mente trazaba quién sabía qué plan—.

Según Feynman , las personas tienden a elegir combinaciones con un significado personal: cumpleaños, aniversarios, números repetidos o fechas fáciles de recordar.

—Se movió lentamente hacia delante y deslizó los dedos por los lomos de los libros que había frente a ella—.

También decía que, a menudo, esos números acaban escritos en un papelito escondido cerca de allí.

Normalmente, muy cerca de la caja fuerte.

—Extrajo un libro y lo hojeó antes de sacudirlo ligeramente.

No cayó nada. Lo devolvió a su sitio y cogió otro.

Me acerqué a ella.

—O sea… ¿crees que mi padre podría haber escondido el código de la caja fuerte dentro de alguno de estos libros?

Leila se encogió de hombros sin dejar de hojear los ejemplares.

—No sería ni el primero ni el último en hacerlo.

Suspiré, escéptico. Pero al final la imité. Aunque no creía que eso fuera a llevarnos a ninguna parte, empezamos a revisar libro tras libro.

Pasaron varios minutos en un silencio cargado de expectación hasta que, de uno de los libros que había en el centro, un viejo ejemplar encuadernado en tapa dura desgastada, se deslizó un trocito de papel doblado en cuatro; tenía los bordes amarillentos por el paso del tiempo.

Mi mirada se cruzó con la de Leila ; ella tenía los ojos tan abiertos como yo.

—¿Será lo que creo que es? —pregunté, incrédulo.

Leila parpadeó; parecía tan sorprendida como yo. Se inclinó para recogerlo. Lo abrió con cuidado y sus ojos se hicieron todavía más grandes al leerlo.

Asentí. Y el corazón me empezó a martillear en el pecho.

Se incorporó y me tendió el papelito.

—Uno, uno, cero, tres, dos, cero. ¿Te dice algo?

Entrecerré los ojos mientras intentaba relacionar aquellos números con algo familiar. Luego, de repente, se me encendió la bombilla.

—Espera… el 3 de noviembre de 2020. Es el día en que lo eligieron senador.

—¿Lo ves? — Leila sonrió, satisfecha—. Feynman tenía razón. La gente siempre elige fechas importantes.

Apunté la linterna del móvil hacia el teclado de la caja fuerte para iluminarlo y pulsé los números de la combinación.

Un clic seco rompió el silencio y ambos nos tensamos. Luego sonó otro ruido. La cerradura se desbloqueó y la puerta de la caja fuerte se entreabrió.

—Hostia, se ha abierto —exclamé incrédulo.

—Hostia, ha funcionado —exclamó ella.

No perdí ni un segundo y me dispuse a descubrir qué guardaba mi padre allí dentro.

La luz de mi teléfono reveló una pila de expedientes, papeles enrollados, un par de sobres sellados y…

billetes. Había tantos fajos ordenados a la perfección y sujetos con gomas elásticas que ni siquiera sabría por dónde empezar a contarlos.

—Guau. Mira aquí, ¿tu padre está preparando una huida a un paraíso fiscal o son los ahorros para la compra de la semana? —intervino Leila con su típica ironía mordaz.

Tomó uno de los fajos de la caja fuerte y pasó el pulgar por los bordes para hojearlo rápidamente, con lo que se produjo un leve frufrú. A continuación, se lo acercó a la cara e inhaló profundamente.

—Ah, el inconfundible olor de la supremacía. Ahora que lo pienso, me merecería una recompensa semejante por haberte ayudado a infringir la ley, ¿sabes?

Bufé con una leve sonrisa.

—Encontraré la forma de recompensarte cuando hayamos terminado. ¿De acuerdo, Bonnie ?

« Bonnie », en honor a los viejos tiempos. Por cómo me miró, comprendí que Leila había pillado la referencia.

—¿Todavía te acuerdas? —me preguntó con la voz teñida de nostalgia.

Jamás olvidaría aquella noche. Durante una fiesta en la fraternidad de Matthew Ford , Leila se había encerrado en la habitación de su hermano para ver Bonnie y Clyde mientras Thomas había salido corriendo a la otra punta de la ciudad cuando se enteró de que Vanessa lo había ido a buscar a la residencia universitaria.

Yo había ido a hacerle compañía a Leila .

Pero cuando habíamos visto casi media película, me di cuenta de que estar a su lado era un suplicio, porque había bebido unas copas de más, ella estaba guapísima y yo apenas podía contenerme para no cometer alguna estupidez.

Así que le propuse que le diéramos un giro a la noche, solo para distraerme.

La convencí y acabamos colándonos en el Memorial Union , el edificio más grande del campus, que a aquellas horas estaba desierto. Leila burló las cámaras de vigilancia y consiguió forzar la cerradura de una entrada secundaria con una facilidad que me dejó pasmado.

—Si Bonnie te viera ahora mismo, estaría orgullosa de ti —le había dicho entre la sorpresa y la admiración.

—Recuerda que toda Bonnie necesita a su Clyde … Veamos si estás a la altura. —Con una risa traviesa me tendió una horquilla; fui yo quien forzó la siguiente puerta siguiendo sus instrucciones.

Una vez dentro, nos comportamos de la peor forma posible.

Gritamos por los pasillos, dibujamos unos bigotes ridículos en los retratos de los fundadores colgados en las paredes.

Luego nos colamos en la cafetería, saqueamos los helados del congelador como dos niños rebeldes y dejamos una nota sobre el mostrador de la cocina antes de marcharnos que decía: « Bonnie y Clyde os dan las gracias por el banquete».

Nos lo habíamos pasado en grande. Me divertí mucho con ella, pero, por encima de todo, deseé con todas mis fuerzas que fuera ella quien se divirtiera.

—No ha pasado tanto tiempo —respondí, mientras el recuerdo de aquella noche se desvanecía en mi mente.

—¿Eso crees? Si no recuerdo mal, hacía poco que había empezado primero.

—Bueno, eso significa que aún tengo una memoria excelente, lo que demuestra que, de los dos, el más brillante sigo siendo yo. —Le quité el fajo de billetes de la mano y lo devolví a su sitio.

—Claro, cómo no —replicó con una media sonrisa divertida—. Vamos, Clyde , manos a la obra.

Volvió a concentrarse en la caja fuerte y yo hice lo mismo. Saqué una carpeta amarilla y empecé a hojear el contenido. A mi lado, Leila había cogido otra.