Capítulo 29
Vince
No sabía qué era peor: si el desastre que se había abatido sobre mi familia hacía apenas unas horas o pensar que Leila se encontraba en la habitación de al lado, con el pijama de la chica a la que me había tirado el verano pasado y que dentro de unos meses se casaría con mi padre, lo que me devolvía al desastre que se había abatido sobre mi familia esta noche.
Me froté la cara y me giré para ponerme de lado, con la cara orientada hacia la ventana.
Seguía lloviendo. En la mesita de noche, mi teléfono parpadeaba sin parar por las notificaciones de los mensajes de Madison , a los que no tenía ninguna intención de responder: no estaba en condiciones de pensar también en ella.
Durante el viaje en coche desde el ClubSeven hasta Olympia , cuando Leila se había adueñado del volante del Camaro, había avisado a Blake y le había mencionado por encima que había ocurrido algo grave en casa y que había tenido que marcharme a toda prisa.
Le había pedido que se lo contara a Madison , porque si le escribía yo no me dejaría en paz hasta conocer todos los detalles.
Eso habría implicado reconocer que no me había ido solo.
Saber que estaba con Leila la habría vuelto loca; no quería correr el riesgo de que montara otra escenita como la de la cabaña de los abuelos de Nate .
Leila también había avisado a Ethan , que, sorprendentemente, no había puesto pegas a que viniera conmigo.
Me había parecido raro, «muy» raro, igual que también me había parecido raro que en New Haven , con Ethan esperándola, Leila me hubiera besado en el ascensor.
Seguía sin entender casi nada de todo aquello, pero en ese momento tenía otro quebradero de cabeza en el que pensar.
Suspiré y volví a mirar el techo. Tenía el cerebro lleno de miles de cosas. Todavía me costaba creer que el FBI hubiera entrado en mi casa.
Llevaba un tiempo sospechando que mi padre escondía algún asunto turbio.
Había demasiadas cosas que no me cuadraban.
Era extraño que hubiera ido a visitar a mi madre a la clínica después de tanto tiempo y que ella hubiera sufrido una recaída justo entonces.
Más raro incluso que hubieran suspendido sus visitas tras aquel encuentro.
Por no mencionar la conversación telefónica de la que me habló Leila . Aquel fragmento en el que decía que «en cualquier caso, el partido estaba ganado». ¿Era posible que mi padre estuviera implicado en algo ilegal? Me costaba creerlo.
En suma, nadie llegaba adonde había llegado él sin algún que otro secreto oscuro, pero el FBI era demasiado incluso para un hombre como mi padre.
Por no mencionar que todo había sucedido delante de los ojos aterrorizados de Sierra. No había forma de que pudiera olvidar una escena como esa.
Me giré de nuevo para ponerme del otro lado, cerré los ojos, pero sin éxito.
Estaba demasiado inquieto para dormir. Sentí la necesidad de actuar, tenía que hacer algo que me permitiera ver las cosas con claridad.
Se me pasó por la cabeza la idea de colarme en el despacho de mi padre y rebuscar entre sus documentos.
El problema era que, si descubría algo comprometedor, ya no podría dar marcha atrás.
Me incorporé, apoyé la espalda contra el cabecero de la cama y me quité la camiseta del pijama. Siempre hacía demasiado calor en aquella casa.
Cogí el móvil de la mesita y escribí un mensaje.
Vince : ¿Estás dormida?
No había pasado mucho rato desde que me había despedido de Leila , así que era probable que siguiera despierta. Su respuesta inmediata me lo confirmó.
Leila : Tú, por lo visto, no.
Vince : No consigo pegar ojo.
Leila : Ha sido una noche difícil, es comprensible.
Y yo estaba pensando en empeorar la situación.
Alargué el brazo para coger el paquete de cigarrillos que guardaba en el cajón de la mesita, junto con el mechero. Saqué uno y me lo coloqué entre los dientes sin encenderlo.
Vince : ¿Y tú por qué no duermes?
Leila : Porque un tío muy insistente me manda mensajes a estas horas de la noche.
Me reí por lo bajo y escribí la respuesta.
Vince : Vaya, mándalo al infierno.
Leila : Hasta el diablo lo devolvería.
Vince : Entonces es un tipo duro, me gusta.
Dejé el teléfono sobre las piernas y me encendí el cigarrillo.
Leila : «Duro» no es uno de los primeros adjetivos que me vienen a la cabeza cuando pienso en él.
Cogí el móvil de nuevo.
Vince : ¿Y qué se te pasa por la cabeza cuando piensas en él?
Leila : La mayoría de las veces, que es un auténtico idiota.
Su respuesta me arrancó otra carcajada.
Di unas cuantas caladas y me quedé mirando un punto vacío de la habitación mientras valoraba si escribirle o no lo que tenía en mente.
Al final, decidí correr el riesgo.
Vince : Ley…
Leila : ¿Sí?
Vince : ¿Sabes manipular una caja fuerte?
Me quedé mirando el teléfono, apretado en la mano, a la espera de ver aparecer los tres puntitos en la pantalla. Nada.
Vince : ¿Sigues ahí?
Seguía sin responder. Ni siquiera lo había leído, maldita sea.
Aparté la colcha, apagué el cigarrillo en el cenicero de la mesita y me levanté de la cama.
Ley no era el tipo de persona que se escandalizaría por una pregunta como esa.
No sabía mucho sobre su pasado, pero sí sabía a ciencia cierta que Thomas se había metido en un montón de problemas cuando vivía en Portland .
Y Leila me había dado la impresión en algunas ocasiones de que le había cubierto las espaldas y de que había aprendido de él muchas más cosas de las que estaba dispuesta a admitir.
Además, sabía que era capaz de forzar cerraduras y abrir puertas cerradas con llave: lo había visto con mis propios ojos en el pasado.
Dejé el teléfono en la cama y me dirigí hacia la puerta. Cuando la abrí, di un respingo hacia atrás y solté un grito de miedo, un grito del que seguro que me avergonzaría el resto de mi vida.
—¡Shhh! —exclamó Leila plantada en el umbral. Me dio una palmada en el pecho—. ¿Quieres despertar a todo el mundo?
Entró en mi habitación y cerró la puerta tras de sí.
—¡Joder, casi me da un infarto! —Me masajeé el punto donde me había golpeado, a ella no parecía importarle. Mi corazón seguía latiendo a toda velocidad.
—¿Se puede saber qué demonios se te ha ocurrido? —La habitación estaba a oscuras, pero algunas luces del jardín se filtraban a través de las ventanas mojadas, y vi que Leila me observaba con el brazo apoyado con firmeza sobre la cadera izquierda.
El pijama de seda que le había prestado Janelle le iba como un guante. Cuando cometí el error de bajar la vista hacia el escote, me di cuenta de que probablemente no llevaba sujetador.
La garganta se me secó al instante y el dolor en el pecho se transformó en una oleada de calor que me obligó a apartar la mirada.
Ya había sido bastante difícil contener el impulso de besarla cuando la había aprisionado contra la columna del ClubSeven . O cuando la había visto inclinada sobre mi mesa de billar, con esas piernas kilométricas tentándome y haciéndome desear que las cosas entre nosotros fueran distintas.
Pero tenerla a un paso de mí, en mi dormitorio, consciente de lo que «no» llevaba bajo aquella ropa, acabaría destrozando mi ya de por sí frágil autocontrol.
Me acerqué al escritorio, cogí la botella de agua que había traído conmigo y bebí un par de tragos mientras intentaba ordenar mis pensamientos.
—¿Y bien? —insistió.
—Justo iba a buscarte para hablarte de ello —dije al fin, y dej é la botella.
Cuando volví a mirarla, cruzó los brazos y entrecerró los ojos.
—Te escucho.
—Bueno, he pensado que, como mi padre no está, podría aprovechar y echar un vistazo por ahí.
—Estoy segura de que manipular una caja fuerte es mucho más que «echar un vistazo por ahí» —puntualizó.
Suspiré y me pasé una mano por la frente.
—Quizá así consiga algunas respuestas.
—¿Qué tipo de respuestas?
—Cualquier cosa que explique el registro del FBI en plena madrugada en mi casa, en la casa de un senador.
Permaneció en silencio unos segundos mientras sopesaba mis palabras. Entonces añadí:
—Tengo que saber qué está pasando. Si el FBI está metido en esto, significa que hay algo gordo.
Podrían estar investigándolo por corrupción, fraude, blanqueo de dinero o quién sabe qué más.
Callum hará todo lo posible por taparlo, y no puedo volver a Corvallis dejando a Sierra a merced de una situación tan grave de la que no sé nada.
Leila bajó la mirada un momento para reflexionar, luego volvió a levantar la cabeza para observarme.
—¿Estás seguro al cien por cien de que quieres hacerlo?
No tuve que pensarlo ni un segundo. Asentí.
—Segurísimo.
—De acuerdo, entonces —susurró—. Te ayudaré.
—¿En serio? —Intenté disimular mi sorpresa, pero la voz me traicionó.
Se encogió de hombros.
—No sé si lo conseguiré, depende del tipo de caja fuerte. Pero puedo intentarlo.
El mero hecho de que estuviera dispuesta a ayudarme en semejante locura ya era suficiente.
Acorté la distancia entre nosotros y me detuve a un paso de ella. Tuve que contener el impulso de hacer algo estúpido, como colocarle un mechón de pelo detrás de la oreja.
—Gracias.
Ella negó con la cabeza.
—Lo hago solo porque, si te dejara solo, tardarías menos de cinco segundos en meterte en problemas.
—Debería sentirme ofendido —protesté, aunque no podía decir que estuviera equivocada.
—Tal vez… —El destello de diversión que vi en sus ojos me arrancó una pequeña sonrisa. Fui hasta mi cama y cogí el móvil para encender la linterna—. Tenemos que ir con cuidado, porque mi padre no puede darse cuenta de nada —le advertí.
—Las infinitas cámaras que hay en esta casa podrían ser un problema, ¿no te parece?
—De eso me encargo yo.
Me lanzó una mirada escéptica, como diciendo: «Más te vale que sepas lo que haces». Sin añadir nada más, volví junto a ella y la conduje hacia la puerta. Antes de llegar al despacho, me aseguré de bajar el interruptor general desde el cuadro eléctrico para desactivar el sistema de vigilancia.
—¿No crees que tu padre podría sospechar por esta interrupción repentina de las cámaras? —susurró a mi espalda.
—Con la tormenta de esta noche no será difícil hacerlo pasar por un simple apagón.
Leila inclinó ligeramente la cabeza, como si estuviera valorando mi respuesta, luego asintió.
—Claro.
—Ahora sígueme. —Con el dorso de la mano le rocé el brazo y avanzamos juntos hacia el despacho de mi padre.