Capítulo 28 #3
—¿Intentas decirme que soy insustituible? —Incliné la cabeza mientras acariciaba el taco.
Una risa baja y aterciopelada brotó de su garganta mientras se frotaba el cuello con la punta de los dedos.
—En una mesa de billar, sí, eres insustituible, sin duda. —Luego se acercó y me robó el taco—. Es una pena que te hayas oxidado.
Fruncí el ceño.
—¿Y tú qué sabes?
—Te vi jugar en el Marsy con aquellos chicos hace un par de semanas. —Rodeó la mesa y se preparó para su siguiente tiro. Entonces, alzó los ojos hacia mí—. Antes de que apareciera Ethan .
«Y de que nos besáramos delante de él».
Golpeó la bola blanca, que rebotó, salió despedida de la mesa y aterrizó con un golpe seco sobre el parqué reluciente.
Comprendí al instante que verme con Ethan seguía siendo una herida que aún le escocía.
Vince , con la mandíbula tensa y los ojos reducidos a dos rendijas, permaneció mirando el punto donde se había detenido la bola.
No dije nada. Un silencio sombrío había calado en la sala. Me aclaré la garganta y di otro sorbo a mi brandi.
Un sorbo mucho más largo.
—Aquella noche estaba fingiendo. —Por un instante, me asaltó el deseo de contarle toda la verdad, pero bastó pensar en las posibles repercusiones para hacerme cambiar de idea.
Así que añadí—: Quiero decir, con aquellos chicos.
Eran dos retrógrados blandengues y quise darles una pequeña lección.
—Fui a recoger la bola blanca y se la pasé deslizándola por la mesa—.
Tal vez a ti también te vendría bien una demostración —lo amenacé en tono juguetón para intentar rebajar la tensión del ambiente.
Vince se incorporó y dejó el taco sobre la mesa.
—¿Crees que puedes ganarme?
—Siempre lo he hecho —afirmé mientras me acercaba.
Me lanzó una mirada desafiante. Agarró la bola y empezó a jugar con ella entre los dedos.
—Siempre te he dejado ganar.
Casi resoplé.
Afilé la mirada para que admitiera el farol, pero su seriedad me desorientó.
—¿Y por qué harías algo así?
Se encogió de hombros.
—Porque si te hubiera ganado todas las veces, habrías acabado perdiendo el interés. —Avanzó a su vez y nos quedamos a pocos pasos el uno del otro—. Pero no me malinterpretes, eres buena.
—¿Perder el interés en…? —empecé a preguntar, perpleja.
—En jugar conmigo —terminó Vince , lo que me dejó sin palabras.
Lo miré en silencio, sorprendida ante aquella confesión.
Vince se acercó un poco más y se detuvo justo delante de mí.
Me puso la bola blanca en la mano, pero yo solo presté atención a su perfume, que me envolvía, a la forma en que sus ojos, del azul más fascinante que había visto en toda mi vida, recorrieron mi cuerpo con un descarado interés para volver a subir después y detenerse en mi rostro.
Me ruboricé y cometí el grandísimo error de dejar que mi mirada descendiera hasta sus labios.
El recuerdo del sabor de nuestro beso me contrajo el estómago.
—Parece algo demasiado bonito para confesárselo a una chica a la que detestas. —La voz me salió tan baja que no sabía si me habría oído.
Una sonrisa insolente curvó las comisuras de su boca mientras, con un gesto demasiado natural, tomó un mechón de mi cabello y se lo enrolló en los dedos índice y corazón.
—Mira a tu alrededor, Ley. Estás en mi casa. Si te detestara tanto como crees, ahora mismo no estarías aquí.
Deslizó la mano desde mi pelo hasta mi cuello y me acarició con suavidad el contorno de la mandíbula con el pulgar. Sentí que mi corazón latía cada vez más fuerte, tanto que temí que pudiera notarlo bajo la piel fina de mi garganta.
—No sé por qué has venido al ClubSeven esta noche ni por qué has preferido acompañarme, en lugar de quedarte allí con tu novio…
—dijo en voz baja, arañando cada sílaba, haciéndome pensar que le gustaría hacer lo mismo conmigo—.
Lo que sí sé es que tengo muchísimas ganas de besarte, Ley.
—Se acercó hasta rozar mis labios con los suyos y susurró—: Pero no lo haré.
No ahora. Porque te arrepentirías, de nuevo.
—Dejó de acariciarme y me observó con tanta intensidad que sentía su mirada arder dentro de mí—.
No quiero volver a ver nunca más esa expresión en tu cara cuando te bese —sentenció.
Se apartó realizando un esfuerzo evidente y rompió nuestro contacto visual.
Yo, en cambio, me quedé mirándolo aturdida, con el corazón desbocado y el cuerpo en llamas.
Todas las palabras que podría haber dicho se quedaron atrapadas en mi garganta.
«Cuando te bese».
¿Significaba eso que, tarde o temprano, volvería a hacerlo?
—Vamos, tienes que descansar un poco, te acompaño a tu habitación. —Contemplé la mano que me tendía, pero no la tomé. Tenía los dedos temblorosos y sudorosos, y no quería que lo descubriera. Tragué saliva y dejé la bola sobre la mesa.
Di unos pasos con intención de dejarlo atrás, pero terminé deteniéndome a su lado. Abrí la boca para decir algo que tuviera un mínimo de sentido, pero luego la cerré. Vince arqueó las cejas, a la espera.
—Creo que voy a necesitar un cepillo de dientes. —Fue lo primero que se me ocurrió; eso lo pilló por sorpresa. Una carcajada escapó de sus labios mientras se pellizcaba el puente de la nariz—. ¿De qué te ríes? —fingí que me había ofendido.
— ¿Acabo de confesar que me muero de ganas de besarte y lo único que se te ocurre decirme es que necesitas un cepillo de dientes? ¡Tú sí que sabes aniquilar la autoestima de un hombre!
—La higiene es fundamental —me mantuve firme, porque era mucho más fácil que responder a lo que acababa de decirme—. Bueno, ¿dónde está el cuarto de invitados?
Vince se pasó la lengua por una comisura de la boca y negó con la cabeza.
—En el piso de arriba. Cuenta con un kit de baño e incluye un cepillo desechable, para tu felicidad.
—Genial, pues vamos allá. —Me adelanté y salí de la sala de billar todavía acalorada y con la respiración acelerada. Vince se situó detrás de mí, pero tuve que dejarlo pasar para que me guiara.
Subimos las escaleras hasta la planta superior, donde me señaló fugazmente la habitación de Sierra y la de Janelle ; después la suya: estaba situada al otro extremo del larguísimo pasillo. Al lado, se encontraba la habitación de invitados, que esa noche usaría yo.
Cuando entramos, me enseñó el baño privado y cómo bajar las persianas mediante el botón que había junto a la mesilla.
—En cuanto llegue mi padre y aclare con él todo este asunto, podremos irnos. Si tenemos suerte, mañana estaremos de vuelta en Corvallis a última hora de la tarde. Siento que vayas a perder un día de clase.
—No hay problema, pediré los apuntes y me pondré al día con el trabajo —lo tranquilicé, pero justo en ese instante el ruido de la lluvia aumentó de intensidad, lo que me inquietó todavía más.
Él debió de darse cuenta de que algo había cambiado en mí porque me observó con preocupación.
—¿Todo bien?
Asentí, forzando una sonrisa.
—No soy la mayor fan del mal tiempo, ¿recuerdas?
Vince no insistió, pero por cómo me miraba supe que no estaba convencido.
Jamás le confesaría a nadie el motivo por el que las tormentas me aterraban.
Eso significaría traer a la superficie el recuerdo más doloroso de mi vida.
De «nuestras» vidas: mi hermano Thomas también evitaba hablar del tema.
Él había optado por enterrarlo bajo un cúmulo de silencios y yo respetaba su decisión haciendo lo mismo.
Al menos esa era la excusa que yo misma me contaba.
En el fondo sabía que la verdadera razón por la que nunca habíamos hablado de aquella noche —la noche del accidente— era la vergüenza que sentíamos.
Nos avergonzábamos de nuestras vidas, de todo lo que habíamos sufrido por culpa de nuestro padre y el ciclo de toxicidad que habíamos terminado alimentando sin ser conscientes.
Aunque mi hermano había tenido la suerte de encontrar a una persona que lo quería a pesar de todo, estaba convencida de que eso nunca me pasaría a mí.
Si me abría con alguien, dejaría de verme igual.
La imagen que tenía de mí desaparecería, borrada por el peso de mi historia.
Dejaría de apreciarme y, por supuesto, no me amaría por quien era de verdad.
En el mejor de los casos, sentiría lástima. Y yo no quería la compasión de nadie.
Parpadeé para cortar aquellos pensamientos y me di cuenta de que Vince estaba mirando alrededor mientras se pasaba una mano por la nuca. Cuando se dio cuenta de que lo observaba, volvió a concentrarse en mí.
—¿Quieres… no sé, quieres que me quede un rato contigo hasta que amaine la lluvia?
La ternura con la que me habló me llegó directa al corazón, pero no iba a aceptar su oferta. Las cosas entre nosotros seguían siendo demasiado raras y no estaban resueltas, así que prefería estar sola.
—No te preocupes. Necesitas descansar igual que yo. Solo es un poco de lluvia.
Aunque con un velo de reticencia, al final cedió.
—Vale, de acuerdo. Si necesitas cualquier cosa, estaré en la habitación de al lado.
—Claro. Lo mismo digo. —Al cabo de un segundo, me di cuenta de que había hablado sin pensar.
Vince frunció el ceño mientras contenía una sonrisa provocadora en la comisura de la boca.
—¿Crees que podría necesitarte?
—¡No! Claro que no —me apresuré a negar, pero la voz me tembló de forma casi imperceptible, traicionando la vergüenza que intentaba camuflar.
Él sonrió divertido y yo deseé que la tierra me tragara. Por suerte, no siguió insistiendo y se despidió con un:
—Descansa.
Antes de salir de la habitación, con una mano apoyada en la puerta, añadió:
—Todavía no te lo he dicho, pero gracias.
—¿Por qué?
—Por estar aquí.
Guardé silencio, aunque sonreí débilmente mientras notaba cómo se me encendían las mejillas.
—Tú habrías hecho lo mismo por mí —respondí sin vacilar.
Él asintió con aire pensativo.
—Sí, lo habría hecho.
Al instante siguiente, desapareció y cerró la puerta tras de sí.