Capítulo 28 #2
Olga volvió al trabajo con movimientos rápidos y precisos mientras yo la observaba con atención.
—¿Y quién dice eso?
Levantó la vista hacia mí y una chispa de diversión le iluminó los ojos.
—Secreto profesional. —Me guiñó un ojo con discreción y volvió a concentrarse en su tarea.
Me quedé quieta un instante, con las manos cubiertas de harina suspendidas en el aire. ¿Era posible que Vince le hubiera hablado de mí?
Aquel descubrimiento inesperado despertó algo en mi vientre y una comisura de mis labios se elevó sin que pudiera contener una sonrisa.
—¿Y qué más dicen de mí?
—Oh, muchas cosas. —Hizo una pausa y luego añadió con complicidad—: Pero, como ya he dicho, debo mantener la boca cerrada.
Negué con la cabeza y me reí por lo bajo. No insistí. La ayudé a marcar cruces sobre las hogazas con los dientes de un tenedor, en silencio, hasta que oí el inconfundible golpeteo de la lluvia contra los cristales.
Olga y yo levantamos la vista al mismo tiempo hacia el gran ventanal de la cocina. Una ligera brisa agitaba las ramas desnudas de los árboles del jardín. El corazón me dio un vuelco.
—Ah, solo faltaba la lluvia —se lamentó Olga con un profundo suspiro. Se lavó las manos bajo el chorro de agua del grifo—. Regreso enseguida, señorita; voy a comprobar que todas las ventanas estén bien cerradas.
Asentí y volví a quedarme sola y cohibida. Así, mientras esperaba a que Olga o Vince entraran de nuevo en la cocina, me enjuagué las manos y yo también salí de allí.
Esperaría en el gran vestíbulo que conducía a las escaleras de la planta superior. Mientras tanto, empecé a deambular por el largo pasillo, cuyas paredes estaban cubiertas de fotografías familiares.
Un primer plano de Callum mirando al objetivo con una expresión que transmitía toda su autoridad e imponencia.
Seguí avanzando y me detuve ante un retrato de Vince vestido con el uniforme de hockey.
En la foto todavía tenía unas facciones casi de niño y llevaba ortodoncia, un pequeño detalle que me enterneció.
La imagen que había al lado parecía sacada de alguna revista de lujo.
Su padre estaba sentado en un sillón en el centro, con sus dos hijos de pie a ambos lados.
Vince ya se había convertido en el chico que era ahora, quizá un poco más joven, y Sierra debía de tener cinco o seis años.
Los tres sonreían; con la ropa a juego parecían el retrato de la típica familia estadounidense.
Noté, sin embargo, que su madre no aparecía en ninguna de aquellas fotos; pensé que era una coincidencia extraña.
Seguí caminando; el silencio que reinaba en aquella casa parecía irreal.
Había cámaras de seguridad por todas partes.
Los suelos brillaban como espejos y las lámparas de araña de cristal difundían una suave luz.
Me pregunté cómo sería crecer en un entorno como aquel.
A decir verdad, siempre me lo había preguntado. Cada vez que de niña me invitaban a casa de alguna compañera del colegio y comparaba sus casas y sus familias perfectas y su realidad con la mía, no podía evitar sentir cierta envidia y preguntarme cómo habría sido mi vida si yo hubiera sido esa niña.
Me preguntaba si, en una casa como la suya, y con una familia como la suya, habría tenido una vida más tranquila, normal y quizá feliz.
Porque en mi casa no había nada que fuera digno de ver ni de envidiar.
No había nada normal. Nada acogedor ni cariñoso.
Siempre me había avergonzado de ello; por este motivo, desde pequeña no había dejado entrar a nadie.
Cada vez que cruzaba la puerta de entrada, nunca sabía qué iba a encontrarme: a mi padre completamente borracho, a mi madre cubierta de moratones o a mi hermano furioso.
Mi casa nunca había sido un refugio, sino más bien un campo de minas. Por ese motivo, cuatro años antes, me había marchado con Thomas a Corvallis en cuanto se había presentado la oportunidad adecuada.
Entré en otro pasillo y me encontré ante una puerta entreabierta desde la que se divisaba una sala de billar. En cuanto me asomé, un aroma a cuero y madera invadió mis fosas nasales.
Vi una enorme librería repleta de volúmenes encuadernados en piel que ocupaba toda la pared del fondo de la sala, con dos elegantes sillones colocados delante. Un disco de hockey con el logotipo rojo de una rueda alada grabado destacaba en una de las estanterías de madera oscura.
Junto a la entrada también había un pequeño mueble bar. Movida por la curiosidad, comprobé que estaba abastecido a la perfección. Encendí una de las lámparas suspendidas sobre la mesa, que proyectó un cálido resplandor sobre el tapete verde.
Pasé los dedos por el borde, fascinada, y observé las bolas colocadas con precisión en forma de triángulo. Los tacos estaban expuestos a la vista, alineados en la pared de enfrente, y me entraron muchas ganas de jugar una partida.
No pude reprimir aquel deseo: me quité la cazadora de cuero y la dejé sobre uno de los sillones; luego cogí un taco y lo impregné de tiza.
Coloqué la bola blanca detrás de la línea de fondo y, con un golpe seco, la lancé contra las demás bolas, que se esparcieron en todas direcciones.
Un par de ellas entraron directamente en las troneras. Me felicité para mis adentros.
Estudié bien la posición de la número cuatro y también la emboqué.
—Buen tiro. —La voz áspera de Vince me tomó por sorpresa.
Me giré y lo encontré apoyado en el umbral. Con los brazos cruzados, un hombro recostado contra el marco de la puerta y los tobillos entrelazados.
Ni siquiera lo había oído llegar.
Me incorporé con tranquilidad y apoyé el taco sobre la mesa mientras intentaba sondear su estado de ánimo.
No parecía molesto por mi incursión en aquella sala.
Es más, la tensión que lo había acompañado durante las últimas horas parecía haberse relajado un poco.
Supuse que ver a su hermana había ayudado.
—Gracias. Como todos mis tiros, por otra parte —presumí con orgullo. Una sonrisa fugaz asomó en sus labios—. ¿Estás bien? —le pregunté.
Se frotó el rostro antes de asentir.
—Sierra se ha despertado en cuanto me ha oído abrir la puerta de su habitación. Seguía muy alterada. Me ha preguntado quiénes eran las personas que ha visto entrar en casa y qué querían, pero he podido tranquilizarla. Hemos tenido que leerle un par de cuentos antes de que volviera a dormirse.
Asentí con la cabeza e ignoré la punzada de celos irracionales que me atravesó al imaginar a Vince y a Janelle unidos y cómplices mientras intentaban tranquilizar a la niña.
Janelle había sido la niñera de Sierra durante años y ahora era la futura esposa de Callum , por lo que era normal que fuera una figura de referencia tanto para ella como para Vince .
Sin embargo, no podía dejar de pensar en la mirada que me había lanzado en cuanto me había visto.
—¿Dónde está Janelle ahora? —pregunté, echando un vistazo por encima de los hombros de Vince .
—Quería intentar descansar un poco, estaba bastante afectada.
Asentí y murmuré un «Comprensible» mientras bajaba la vista y fingía que me recolocaba los anillos que llevaba en los dedos.
Vince se apartó del marco de la puerta y se dirigió hacia el mueble bar. Cogió dos vasos cuadrados de cristal, les echó unos cubitos de hielo y dos dedos de brandi. Se acercó a mí y me tendió uno.
—Son casi las tres de la mañana. Los dos estamos cansados y ha empezado a llover. Quédate aquí e intenta descansar un poco tú también, no tiene sentido volver a Corvallis ahora —me dijo. No podía llevarle la contraria—. Janelle te ha dejado una muda en el cuarto de invitados.
—Muy amable por su parte. —No logré disimular el tono punzante. Me humedecí los labios con el licor y añadí—: Me ha dado la impresión de que no le ha hecho mucha gracia verme aquí.
Apoyé el vaso en el borde de la mesa y miré a Vince , que no apartó los ojos de mí ni siquiera cuando dio un sorbo a su brandi. Mi atención, en cambio, quedó atrapada por el movimiento de su nuez al tragar y por los poderosos músculos de su antebrazo al flexionarse.
Parecía esculpido en mármol.
—Imagino que no esperaba verme llegar acompañado de otra persona. —Se limpió los labios con el dorso de la mano y dejó el vaso junto al mío. Algo en su respuesta me hizo pensar que no era del todo sincero.
—¿Y por qué iba a afectarle tanto verte acompañado de otra persona?
Una sombra de incertidumbre cruzó su rostro. Parecía a punto de decirme algo, pero se contuvo. En lugar de eso, se acercó tanto que me atrap ó entre su cuerpo y el borde de la mesa, lo que me dejó sin aliento.
—No quiero hablar de ella —me susurró al oído—. Y tú tampoco quieres.
Con un movimiento lento y medido, se inclinó hacia delante para coger el taco que estaba a mi espalda y luego se apartó, lo que me permitió volver a respirar.
Tenía que haberse dado cuenta de la reacción de mi cuerpo al contacto con el suyo porque me ofreció una sonrisa ladeada antes de dirigirse al lado opuesto de la mesa.
«Capullo».
—¿Cuándo fue la última vez que jugamos una partida? —Se inclinó sobre el billar, apuntó y, con un golpe seco, embocó la bola número siete.
Salí de mi aturdimiento y me volví por completo hacia él.
—¿Te refieres a la última vez que te gané? —Fingí que lo pensaba unos segundos—. No lo sé, el año pasado, creo. En el Marsy , después de uno de vuestros partidos.
—Ha pasado mucho tiempo —comentó; su voz tenía un leve matiz de aflicción.
Asentí y le robé el taco de las manos. Me incliné, estirando los brazos, y el crop top de encaje que llevaba se me subió un poco y dejó al descubierto parte de la espalda. Golpeé la bola blanca y la número dos acabó en la tronera de la esquina izquierda.
—¿No has encontrado a ningún rival a tu altura con quien enfrentarte desde entonces?
—Nadie que haya sabido plantarme cara como tú.
Todavía estaba inclinada cuando se me escapó una sonrisita de satisfacción. Apunté a la bola roja, pero se detuvo a pocos milímetros de la tronera. Me incorporé y me volví hacia Vince .