Capítulo 28
Leila
Conduje el Camaro de Vince hasta Olympia , en el estado de Washington.
A aquella hora de la noche, la carretera estaba casi desierta.
Vince iba sentado a mi lado. Estaba tenso, tamborileaba frenéticamente con los dedos sobre la rodilla y tenía la mirada fija más allá del parabrisas.
No abrió la boca, salvo para indicarme qué camino debía seguir.
Tres horas después, crucé la verja de su casa.
Era la primera vez que visitaba aquel lugar y me quedé impresionada ante la imponente mansión que se presentó ante mí. La sensación de sentirme inadecuada y fuera de lugar se instaló en mi estómago, pero no dije nada.
Avancé despacio, rodeada de jardines tan cuidados que daba la impresión de que uno se encontraba en un parque privado.
En medio del camino de grava se alzaba una gran fuente de la que brotaba agua.
En cuanto apagué el motor en una explanada, Vince dejó de agitar la rodilla, abrió la puerta de golpe y salió a toda prisa del coche.
Fue directo a la entrada. En ese momento, una joven de rasgos latinos abrió la puerta de madera maciza, decorada con vidrieras historiadas. Ojos oscuros y profundos, piel ambarina y una larga melena ondulada que le llegaba hasta la cintura.
Abrazó a Vince con fuerza en el umbral y le dijo algo al oído. Parecía tan alterada y angustiada como él. Según me había contado Vince , en la casa solo estaban Sierra, Janelle y la asistenta.
Deduje, por tanto, que aquella chica era Janelle . La niñera de Sierra y futura esposa del padre de Vince . Había oído hablar de ella, sabía que era más joven que el senador Callum , pero no imaginaba… Dios mío, no imaginaba que tuviera nuestra edad ni que fuera tan guapa.
Me aclaré la garganta. Aunque me sentía incómoda, me acerqué a ellos para entregarle las llaves del coche a Vince .
En cuanto me vio llegar, Janelle se apartó del abrazo y su frente reflejó desconcierto.
No se presentó ni me invitó a entrar: agarró a Vince por un brazo y lo arrastró hacia el interior.
—¿Qué ha pasado? —le preguntó él, nervioso. Se volvió hacia mí y me hizo un gesto para que lo siguiera adentro.
En aquella situación, me sentía fuera de lugar y como un estorbo, pero no tenía alternativa y entré.
Una vez en el vestíbulo, observé que algunos cuadros colgados en las paredes estaban torcidos y otros se encontraban tirados por el suelo.
En una enorme vitrina, trofeos, medallas y reconocimientos relacionados con el hockey estaban puestos de cualquier manera, como si alguien los hubiera movido y luego los hubiera recolocado sin orden ni concierto.
—No lo sé. Sierra, Olga y yo ya estábamos acostadas en la cama cuando nos hemos encontrado a los federales en la puerta con una orden de registro. —Entramos en el salón, que, evidentemente, habían puesto patas arriba.
Muebles volcados, los cojines de los sofás de cuero recolocados a toda prisa, alfombras amontonadas en las esquinas de la estancia.
—También han entrado en el despacho de tu padre —añadió Janelle , preocupada—. Pero se han ido sin llevarse nada, al menos eso me ha parecido.
—¿Qué esperaban encontrar? ¿Y por qué coño los federales están investigando a Callum ? —estalló Vince .
Me acerqué y le apoyé una mano en el hombro con la esperanza de calmarlo.
Su espalda se elevó y descendió lentamente mientras inspiraba hondo.
Sentía la tensión de sus músculos incluso a través de la camisa.
Habría querido hacer algo más, pero tenía la sensación de que nada serviría en aquel momento.
—No tengo ni idea. No nos han dicho nada. Solo han rebuscado en el vestíbulo, el salón y el despacho —le explicó Janelle , que se colocó a su lado mientras yo daba un paso atrás—. No sé qué estaban buscando, todo ha sido frenético —terminó.
—¿Dónde está ahora? ¿Por qué no contesta al teléfono? —preguntó él.
—Está en Washington D. C. por una reunión del Senado. He podido hablar con él justo antes de que Sierra te llamara. Le he contado todo lo que había pasado. Estará aquí mañana; hará todo lo posible por llegar cuanto antes.
Vince resopló y se frotó la frente, pero Janelle le tomó una mano y se la apretó.
—Estoy segura de que tu padre resolverá todo esto. No tenemos nada que temer. —Con la mano libre le acarició una mejilla.
Vince no se apartó de su contacto; de hecho, la miré a los ojos. Y aunque no debía ni quería sentir celos en semejante situación, noté cómo se me encogía el estómago. Tenía la impresión de que la complicidad entre ellos iba mucho más allá del simple afecto familiar.
Antes de que pudiera dar marcha atrás para no seguir presenciando aquel espectáculo, Vince se liberó de su mano y retrocedió medio paso.
—¿Dónde está Sierra? ¿Y cómo se encuentra?
—En su habitación, durmiendo —lo tranquilizó Janelle , que dejó caer los brazos a los costados—.
Se ha despertado sobresaltada por todo el alboroto.
Olga y yo hemos tardado más de una hora en tranquilizarla y conseguir que volviera a acostarse.
Me ha hecho prometerle que, cuando llegaras, la despertarías para darle las buenas noches.
Vince asintió y miró a su alrededor.
—Deberíamos ordenar esto antes de…
—No —lo interrumpió ella—. Tu padre me ha pedido expresamente que lo dejemos todo tal y como está, creo que quiere ver con sus propios ojos dónde han metido las manos.
Vince suspiró de nuevo antes de asentir.
—Vale, de acuerdo. ¿Tú estás bien? ¿Y Olga ?
—Estoy bien, ahora. Olga está en la cocina, ya piensa en el desayuno, así que supongo que ella también está bien. Siento haberte preocupado y haberte hecho conducir hasta aquí en mitad de la noche.
—No te preocupes, estaba en buena compañía. —Lanzó una mirada fugaz hacia mí y la expresión de gratitud que vi en su rostro me infundi ó cierta tranquilidad—. Voy a despertar a Sierra para decirle que estoy aquí.
Janelle lo acompañó hasta las escaleras que conducían a la planta superior sin prestarme la menor atención. Caminaba a su lado y seguían murmurando; apenas distinguí las palabras «escándalo» y «susto».
Yo los seguí porque no sabía qué otra cosa hacer, pero me detuve al pie de la escalera; me sentía perdida en aquella villa de techos altos y suelos de mármol.
Allí dentro era una intrusa y la situación no era la mejor.
No quería invadir su espacio; pensé que lo correcto era dejar que Vince pasara un rato con su hermana sin nadie más alrededor.
Sierra ya debía de estar lo bastante alterada.
—¿No vienes? —me preguntó Vince , que me sacó de mi ensoñación cuando ya había llegado a mitad de la escalera.
Janelle , a su lado, me observaba con una sombra de recelo o tal vez de fastidio. No entendía el motivo, pero estaba claro que no le hacía ninguna gracia tenerme en su casa.
Me rasqué la cabeza bajo la mirada ceñuda de Vince y dije:
—Creo que será mejor que me quede aquí.
Frunció el ceño todavía más.
—No digas tonterías, ven con nosotros.
Me crucé de brazos y miré a mi alrededor, incómoda. Más allá del distribuidor en el que me encontraba, oí los sonidos de alguien trajinando en la cocina. Pensé que podría ayudar a la asistenta a preparar el desayuno; al menos así mi presencia tendría algún sentido.
—No te preocupes —lo tranquilicé con una pequeña sonrisa—. Haz lo que tengas que hacer, yo me quedo aquí abajo.
Vince no dijo nada y se limitó a mirarme confundido. En ese momento, Janelle enlazó su brazo con el de él y lo animó a subir. Tras un instante de vacilación, le hice un gesto apenas perceptible con la cabeza, como si le diera permiso. Sin decir una palabra, volvió a darme la espalda.
Cuando me quedé sola, suspiré y me dirigí a la cocina, guiada por el aroma del café que empezaba a flotar por la casa.
La asistenta se percató de mi presencia antes incluso de que tuviera tiempo de saludarla; estaba amasando junto a la encimera. Levantó la vista de golpe.
—Disculpe, no quería asustarla. —Le tendí la mano—. Soy una amiga de Vince .
Aunque parecía desconcertada, se limpió las manos con un paño de cocina y me estrechó la mano.
—Encantada, yo soy Olga . No se preocupe, no me ha asustado. Es que ha sido una noche muy movida.
Asentí despacio.
—Lamento mucho lo que ha pasado. Si puedo ayudarla en algo, lo haré encantada.
Me miró atónita.
—No permitimos que los invitados colaboren en las tareas domésticas —respondió con una sonrisa cansada y agotada.
—Para mí no supone ningún problema, de verdad. —Me enjuagué las manos con rapidez y me coloqué a su lado, porque no pensaba quedarme allí mirando sin hacer nada—. Se me da bien la cocina, se lo aseguro. — Olga permaneció en silencio unos segundos mientras me observaba con perplejidad.
—Dígame una cosa, «amiga de Vince »: ¿por casualidad tiene nombre?
Su comentario me arrancó una suave carcajada: tenía razón, ni siquiera me había presentado.
—Me llamo Leila , Leila Collins .
Vi cómo sus cejas se alzaban un instante antes de que su expresión volviera a relajarse.
—Oh… —Una sonrisita le curvó los labios—. Es un placer conocerla, señorita Collins .
—El placer es mío, y puedes tutearme. —Apoyé las palmas sobre la encimera—. Bueno, ¿cómo puedo ayudar?
—Vaya a descansar y nada más, señorita —dijo, recalcando la última palabra. Comprendí que jamás abandonaría las formalidades—. Si el señor Rise descubriera que una invitada me ha ayudado, me temo que me despediría en el acto.
—Bueno, pero… él no está aquí, ¿verdad? —dije con una sonrisa traviesa y un tono que pretendía resultar persuasivo—. No hay motivo de preocupación.
En ese momento, al ver que Olga formaba pequeñas hogazas con la masa, empecé a hacer lo mismo.
—Prometo que no convertiré tu cocina en un campo de batalla —bromeé. Al final, aunque negó con la cabeza, Olga no opuso más resistencia.
—Es verdad todo lo que dicen de usted.
—¿Qué dicen de mí? —pregunté sorprendida, pero también curiosa.
—Que es muy testaruda. Cuando se le mete algo entre ceja y ceja, es imposible hacer que cambie de opinión.