Capítulo 27 #3
—Lo que pasó en la cabaña. Y en el ascensor.
—No sé de qué hablas —respondió, confundido.
—¡Estoy hablando de que le contaste a Madison lo nuestro! —exclamé, irritada.
—No le he dicho nada.
Lo miré sorprendida.
—¿No?
Vince negó con la cabeza lentamente.
—No.
Oh… Bien.
Sentí cómo el peso que se había instalado en mi pecho se volvía un poco más ligero.
—Bueno, pues ella sospecha algo. Te lo garantizo.
—¿Y qué te hace pensar eso? —preguntó. No parecía nada preocupado.
—Porque cuando me la he encontrado esta tarde en la cafetería, antes de venir aquí, me ha mirado de «esa » forma.
Vince arqueó la ceja derecha.
—¿Cómo?
—Con la típica mirada que le diriges a la chica que ha puesto las manos sobre algo que es tuyo —expliqué, con un resentimiento evidente en la voz.
Vince sofocó una risita, lo que no hizo más que empeorar mi estado de humor, que ya era pésimo.
—¿Te parece divertido? —Entrecerré los ojos y lo fulminé con la mirada—. Madison tiró las llaves de mi coche a un río helado cuando no me consideraba un problema, imagínate lo que podría hacer ahora.
—Te estás preocupando por nada. Mads no hará nada porque no sabe nada, te lo juro. Y no se va a enterar.
Apreté los dientes y reprimí la punzada de fastidio que sentí al oír que Vince se refería a ella con un apodo tan familiar y cariñoso.
—Y, para que quede claro… —continuó y retiró la mano de mi cintura para ponerla por encima de mi cabeza. Apoyó el antebrazo desnudo contra la columna y se inclinó sobre mí—. Yo no soy suyo —me susurró al oído.
Un escalofrío me recorrió la espalda.
No era suyo, pero estaba allí con ella.
Le apoyé las manos en el pecho en un nuevo intento de apartarlo, pero justo cuando lo toqué sentí la misma descarga eléctrica fuerte e intensa que había experimentado las únicas dos veces que habíamos estado tan cerca.
Me di cuenta de que para Vince tampoco debía de ser una sensación indiferente, porque bajó la vista hasta mi boca. Vi que inspiraba profundamente. Como si estuviera luchando contra el deseo de besarme.
¿Lo haría? ¿Allí, en aquel pasillo oscuro, con la música retumbando contra las paredes y el riesgo de que nos descubrieran? Solo de pensarlo se me secó la garganta, aunque sabía que no tendría el valor de posar sus labios sobre los míos. Sobre todo, después de lo que le había dicho en el ascensor.
—Tengo… tengo que irme. —No quería ni imaginar qué pasaría si Ethan me buscaba y me encontraba allí.
Presioné el pecho de Vince con las manos, pero él volvió a oponer resistencia. Me sujetó ambas muñecas, las llevó hacia abajo y volvió a acercarse a mi oído. Y cuando habló, sentí su aliento cosquillearme el lóbulo.
—He pasado una semana torturándome, compadeciéndome como un imbécil. —Una de sus manos se deslizó por mi clavícula y después por mi cuello. La piel empezó a hormiguearme bajo su contacto—. Puede que me lo mereciera o puede que no. Lo mínimo que puedes hacer ahora es decirme por qué has venido aquí.
Su pregunta me pilló desprevenida. No esperaba que fuera tan directo; a pesar de mis esfuerzos, dudé bastante hasta que respondí:
—Por el mismo motivo que tú. Para divertirme. —Intenté esbozar una sonrisa convincente, pero no coló.
—Los lunes Sam no está y tú no eres tan imprudente como para entrar sola en un sitio como este.
Eso significa que has venido con Ethan —dedujo—.
Pero estás aquí conmigo. Y me permites tocarte como si él no te importara lo más mínimo.
Y no es la primera vez. Así que te lo pregunto de nuevo: ¿por qué estás aquí?
Lo miré, atrapada por la incertidumbre. No sabía cómo salir del apuro, qué excusa inventarme.
Su móvil sonó en ese momento y me salvó. Vince lo sacó del bolsillo y se quedó mirando la pantalla unos instantes, preocupado.
Contestó enseguida, se apartó de la columna y me dio la espalda. Oí que murmuraba frases en voz baja, pero aun así se percibía inquietud en su tono. Cuando colgó, se pasó una mano por la frente y maldijo entre dientes.
—¡Joder!
—¿Qué pasa? —pregunté, alarmada.
No obtuve respuesta. Vince volvió a darme la espalda y echó a correr por el pasillo en dirección a la salida.
—¡ Vince , espera! —Lo seguí sin pensarlo dos veces.
Me desvié hacia el guardarropa para recoger la chaqueta que había dejado al llegar al local. Para mi desgracia, me encontré a Ethan jadeante e inquieto, que me cortaba el paso.
—¿Dónde demonios te habías metido? ¡Te he buscado por todas partes! —Me agarró por un hombro y, santo cielo, parecía preocupado.
—Oh, yo… eh… me he encontrado a Vince —confesé. En el fondo, él ya sabía que había ido al ClubSeven para vigilarlo.
Ethan suspiró de alivio y después se pasó una mano por el pelo.
—Joder, podrías haberme avisado, este sitio está lleno de chiflados. Lo último que necesito es cargar con el destino de una chica en la conciencia.
Ah, por eso estaba tan preocupado. Temía acabar metiéndose en problemas.
Imbécil.
—¿Adónde vas tan rápido? —preguntó al ver que me pon ía la cazadora a toda prisa.
—Salgo un momento a tomar el aire.
—Te acompaño.
Ethan hizo ademán de escoltarme hacia la puerta, pero lo detuve.
—No, mejor no.
—¿ Vince está ahí fuera? ¿Tienes miedo de que se caliente al verme? —En su rostro apareció una expresión burlona.
—Hablo en serio. —Pensé que, por una vez, merecía la pena ser sincera—. Le ha pasado algo. No sé qué, pero no quiero empeorar la situación.
Lo miré a los ojos y, aunque intuí cierta resistencia, al final me hizo el favor de desistir. Levantó las manos en señal de rendición y dio un paso atrás.
—Iré a por otra cerveza. Después, salgo a buscarte. —Dios mío, jamás toleraría aquella actitud déspota si Ethan fuera mi novio de verdad.
Asentí con la cabeza y me dirigí a la salida. Una vez fuera, distinguí a Vince en el aparcamiento; se dirigía hacia su coche. Suspiré aliviada porque temía que la charla con Ethan me hubiera costado cara.
—¡ Vince ! —Corrí para alcanzarlo y lo sujeté por un brazo antes de que abriera la puerta. Tenía la respiración agitada, el rostro pálido y estaba temblando—. ¿Qué ha pasado? ¿Por qué estás tan alterado?
—No estoy seguro, era mi hermana, me ha llamado desde el teléfono de su niñera… —balbuceó mientras se pasaba una mano por la frente—. Me ha dicho que unos agentes han entrado en casa y lo han puesto todo patas arriba. —Tenía la voz rota por la angustia—. El FBI.
—¡¿Qué?! —lo interrumpí, incrédula—. ¿El FBI ha entrado en tu casa? ¿Por qué?
—No… no lo sé. —Le faltaba el aire y estaba sudando—. Pero necesito ir ahora mismo a Olympia para averiguarlo. He llamado a mi padre y no contesta al teléfono, ¡joder! —Agarró la manilla de la puerta, pero lo detuve una vez más.
—Espera, voy contigo.
No iba a permitir que condujera hasta Olympia a esas horas de la noche y en aquel estado de alteración. Por nada del mundo.
Parpadeó un par de veces antes de decir:
—¿Qué? No, Ley, vuelve dentro. Por favor, no necesito que…
No le di tiempo a terminar la frase. Me acerqué y le sujeté el rostro entre las manos.
—He dicho que voy contigo —repetí.
— Olympia está a tres horas de aquí.
—No importa.
—Es tarde.
—No importa. —Lo repetí con tanta determinación que Vince exhaló un largo suspiro tembloroso y cerró los ojos: sabía que no iba a cambiar de idea.
Le acaricié una mejilla; mi mano parecía diminuta sobre aquel rostro de facciones esculpidas.
Él me estrechó entre sus brazos con tanta fuerza que me dejó sin aliento, pero no me quejé.
No se me daban bien las demostraciones de afecto, no las ofrecía nunca.
Sin embargo, en aquel momento, no di marcha atrás: quería que entendiera que no estaba solo y que todo saldría bien.