Capítulo 27
Leila
—¿Es que te has vuelto loca? —La voz potente de Sam resonó por el altavoz de mi móvil, apoyado en el borde del lavabo mientras me daba la última pasada de pintalabios rojo—.
¿Se puede saber qué demonios se te ha metido en la cabeza?
—Mi compañera de piso parecía estar en contra de la decisión que había tomado; no podía culparla por ello.
—No lo sé, ha sido una propuesta… ¡instintiva!
—Gesticulé desesperada antes de acomodarme las mangas largas del crop top de encaje negro que me había puesto sobre un sujetador del mismo color y que creaba un efecto de mostrar sin mostrar—.
Cuando Madison me ha dicho que irían allí he sentido la necesidad de…
—¿Marcar territorio?
—¡No! —negué con decisión, aunque me daba cuenta de que no resultaba del todo convincente. Me llevé un mechón de pelo detrás de la oreja y suspiré—. Solo quiero hablar con él, averiguar si de verdad se lo ha contado todo a Madison .
—¿Y no podías llamarlo? ¿Mandarle un mensaje? ¿O hablar con él en la cafetería?
Enmudecí. Podía mentirme a mí misma todo lo que quisiera, pero Sam no se dejaba engatusar: las dos sabíamos que todo aquello no era más que un pretexto para verlo y, quizá, un ataque de celos por Madison de forma inconsciente.
Cogí el teléfono, le di la espalda al espejo y me apoyé en el lavabo. Me avergonzaba tanto de mí misma que incluso contemplar mi reflejo en el espejo me resultaba difícil.
—No sé por qué lo he hecho —me limité a decir, y era la verdad.
—Es muy sencillo: te ha dado un ataque de celos.
—Fruncí el ceño de inmediato y estuve a punto de replicar, pero las palabras murieron en mis labios—.
Es decir, os besasteis y, por lo que me contaste, fue intenso, aparte de traumático para una servidora —insistió Sam , como si no me lo hubiera repetido ya un millón de veces desde que se lo había confesado—.
Cuando te has enterado de que iba a salir a pasárselo bien con otra, la parte más instintiva de ti ha sentido la necesidad de reivindicar que Vince te pertenece a ti.
—No quiero reivindicarlo —discrepé, contrariada ante aquella posibilidad—. Solo quiero…
—¿Hacer que te desee y recordarle a qué está renunciando?
— Sam había dado en el clavo, como siempre; ser consciente de ello fue todavía más humillante—.
Cariño, has cogido toda su virilidad y su autoestima y las has hecho pedacitos al hacerle creer que aquel beso no significó nada.
No necesitas llamar su atención; tú ya vives en sus peores pesadillas recurrentes.
—Rió con malicia, pero a mí no me hacía ninguna gracia.
Menudo lío había montado.
Una notificación me informó de que Ethan había llegado.
Con un suspiro derrotado se lo dije a Sam y me despedí de ella.
Terminé de vestirme: me puse unas medias, una falda de cuero de cintura alta y mis botas militares de siempre.
Había optado por un conjunto discreto, pero sexy.
Me abrigué con la cazadora de cuero, guardé el teléfono y la cartera en un bolsito de bandolera y me solté el pelo de la cola, que me arreglé como pude con las manos.
Durante el trayecto en coche, que resultó ser el más largo de toda mi vida, entre Ethan y yo se instauró un silencio sepulcral.
Yo iba en el asiento del copiloto mordiéndome la uña del pulgar y suspirando.
Cuanto más nos acercábamos al ClubSeven , más notaba una molesta presión en el centro del pecho.
—¿Vas a calmarte o qué? — Ethan cerró por tercera vez la ventanilla de mi lado, que yo no dejaba de bajar obstinadamente.
—Aquí dentro hace calor —protesté, y la volví a abrir unos centímetros.
—Estamos a dieciséis grados —sentenció entre dientes antes de volver a cerrarla una vez más y bloquearla.
Lo miré atónita.
—¿De verdad acabas de activar el seguro para niños?
—Sí, porque te estás comportando como una cría.
Muy divertido, dicho por alguien que había tenido una rabieta por una consola estropeada. No lo dije en voz alta para no empeorar la situación, pero no pude evitar esbozar una mueca de rencor. Lo dejé estar. Ethan también volvió a concentrarse en la carretera.
Para distraerme, saqué el móvil del bolso y le escribí a Sam .
Leila : ¿Por qué me has dejado hacer semejante estupidez?
Su respuesta no tardó en llegar.
Sam : ¿De qué hablas?
Leila : ¡De Ethan !
Sam : Un momento, ¿ahora resulta que es culpa mía?
Leila : ¡Deberías habérmelo impedido! Eso hacen las amigas, te impiden cometer estupideces.
Sam : ¡Lo he intentado!
Leila : ¡No lo suficiente!
Sam : ¿Y qué más tenía que hacer?
Leila : ¡Decirme que no fuera!
Vi que los tres puntitos desaparecían y reaparecían en la pantalla una y otra vez, señal de que Sam estaba escribiendo y borrando la respuesta constantemente.
Dejé de mirar el móvil, eché la cabeza hacia atrás y suspiré por enésima vez. Me sentía frustrada. Mi amiga no tenía la culpa, por supuesto, pero necesitaba desahogarme con alguien, enfadarme solo conmigo misma no me bastaba.
Dejé de torturarme el labio inferior y rectifiqué.
Leila : Perdona, no es culpa tuya. Nos vemos mañana, te quiero.
Como única respuesta me envió un sticker de una peineta dentro de un corazón. Era nuestra forma de mandarnos cariñosamente a la mierda cada vez que resolvíamos nuestras pequeñas trifulcas. Sonreí y guardé el teléfono en el bolso.
—Parece que esto está a tope —exclamó Ethan al ver la cola que se había formado en la entrada.
Desde la plaza donde había aparcado el coche se veía a la perfección la entrada del local. Se había formado una cola muy larga; eso era raro, teniendo en cuenta que era un simple lunes por la noche.
— Vince ya ha llegado, su coche está ahí. — Ethan hizo un gesto con la barbilla para indicar un punto en el aparcamiento de enfrente, que también estaba abarrotado de vehículos.
El Camaro negro destacaba entre todos; con su carrocería reluciente y su morro agresivo, era imposible no fijarse en él.
Ethan se desabrochó el cinturón de seguridad y yo permanecí inmóvil. Tenía los ojos clavados en la multitud; el eco de la música resonaba incluso fuera del local. Todo aquello estaba mal.
—Ya no estoy tan segura de que sea buena idea.
—¿Qué quieres decir? —Cuando me giré hacia él, Ethan ya tenía una mano en la manilla, listo para bajar.
—Ha sido una estupidez venir aquí, sobre todo contigo. Quiero volver a la residencia.
Sus cejas salieron disparadas hacia arriba mientras resoplaba por la nariz.
—Es un poco tarde para cambiar de idea. —Sacó las llaves del contacto y acabó de quitarse el cinturón—. Sea cual sea tu problema, supéralo. —Bajó del coche y cerró de un portazo.
Lo miré durante unos segundos, atónita, y lo mandé a la mierda mentalmente antes de salir del coche yo también.
Dejamos atrás el aparcamiento. Gracias a mi amistad con Marcus , el portero, nos saltamos la cola y el control de acceso.
Dejamos los abrigos en el guardarropa, atravesamos la oscura galería que conectaba la entrada con las salas y, una vez que llegamos al final del pasillo, tomamos la puerta de la izquierda, que conducía a la discoteca.
La larga fila de la derecha, frente a una cortina roja, permitía acceder al Velvet Nights , uno de los clubes de estriptis más famosos de la zona.
Yo no había entrado nunca, pero sabía que los hombres estaban dispuestos a dejarse muchos billetes para disfrutar del espectáculo.
Tras cruzar la puerta de la discoteca, descubrí que aquella noche pinchaba un DJ muy conocido de la zona.
Eso explicaba por qué estaba tan lleno de gente, pensé.
Los graves de la música hacían vibrar incluso el suelo, mientras las luces estroboscópicas proyectaban haces azules y rojos sobre la pista, donde la multitud ya se había desencadenado.
—Una vez vi un documental sobre focas y dijeron que, para protegerse del frío, se amontonaban así —grité junto al oído de Ethan para que me oyera por encima de la música—. Ellas, al menos, no iban colocadas de crack.
Me miró del todo desconcertado mientras reprimía una mueca burlona.
—¿Ves documentales sobre focas?
Un poco ofendida, me encogí y bajé la vista para ocultar la punzada de incomodidad que me atenazaba el estómago.
Por algún motivo, cada vez que le contaba una anécdota un poco más personal o extravagante a un chico, la reacción era siempre la misma: se burlaban de mí o no me entendían, en el mejor de los casos.
El único que jamás había ridiculizado todas mis rarezas, y al que incluso le parecían interesantes, estaba allí dentro, perdido en algún recoveco del local, enrollándose con una chica que probablemente había decidido hacerme la vida imposible.
Ethan se aclaró la garganta y se metió las manos en los bolsillos.
—¿Vamos a buscar algo de beber? —propuso mientras observaba al camarero, que se divertía sirviendo bebidas con pequeñas acrobacias a unos metros de nosotros.
Asentí y nos acomodamos en los dos únicos taburetes que habían quedado libres en un extremo de la barra.
Ethan pidió una cerveza para él, mientras que yo opté por una cerveza de raíz.
Aproveché para preguntarle al camarero dónde estaba Zane , el barman de toda la vida del ClubSeven .
Nos conocía bien a mi hermano, a sus amigos y a mí: gracias a él siempre había conseguido gorronear algo de beber, a pesar de que todavía no había cumplido los veintiuno.
—En Hawái, guapa. Vuelve la semana que viene —gritó su compañero mientras preparaba nuestras bebidas. Sonrió cuando silbé, impresionado.
Nos entregó los vasos y siguió atendiendo a otros clientes.
—Bueno… — Ethan se llevó la jarra a los labios y dio un trago—. ¿Cuál es tu plan?
—¿Qué, eh… de qué plan hablas? —pregunté, genuinamente confundida.
Ethan puso los ojos en blanco.
—El plan que supongo que ideaste cuando me pediste que te acompañara aquí.
Parpadeé un par de veces. No había trazado ningún plan.
Ese era el plan: ir al ClubSeven .
—Prefiero dejarme llevar por el instinto —respondí antes de dar un sorbo por la pajita.
—Eso no funciona nunca.