Capítulo 25
Vince
El breve trayecto en autobús estuvo amenizado por cánticos y comentarios jocosos y, cuando regresamos al hotel, los chicos seguían eufóricos por la victoria.
Antes de dirigirnos a nuestras habitaciones, Blake propuso que nos tomáramos algo en el bar del vestíbulo; todos estuvimos de acuerdo.
Incluso el entrenador Turner hizo una excepción y nos permitió celebrar la victoria, si bien nos hizo prometer que no íbamos a beber en exceso.
Me uní a mis compañeros, pero tenía la cabeza en otra parte desde que nos habíamos marchado de la pista de hielo.
A pesar de que la conversación con mi padre me había aniquilado por completo el entusiasmo, estaba decidido a que no se notara. No quería estropearle la noche a nadie; los chicos se merecían celebrarlo.
—¿Sabéis? Echaba de menos un poco de competición de verdad. — Zac se acomodó en uno de los sofás dispuestos en forma de herradura en un rincón tranquilo de la sala—. Esa excitación que te empuja a dejarte la piel y dar el máximo para marcar un mísero gol o detener cualquier bólido.
—Esa excitación de la que hablas también se conoce como «miedo a que te den por culo». — Blake levantó su Bud Light, dio varios tragos y volvió a dejarla sobre la mesa situada entre los sofás antes de hincar el diente en el bocadillo que había pedido.
—Llámala como quieras, pero cuando ganamos a Connecticut fue demasiado fácil; no me divertí. ¿Entiendes a qué me refiero?
—¿Hoy te has divertido? —le pregunté.
—¡Joder, sí! ¿Por qué, tú no?
Asentí con una sonrisa enorme.
—No veas si me he divertido. —Comprendía a la perfección su punto de vista. Cuanto más difícil era un partido, más excitante resultaba el juego. No estaba muy de acuerdo con que los Huskies hubieran sido fáciles de vencer, pero, respecto a los Bulldogs de Yale , no había ni punto de comparación.
Ethan emitió un sonoro bufido cargado de desprecio mientras se llevaba la botella a la boca y clavaba sus ojos afilados en mí.
—Yo también me habría divertido en tu lugar.
Arqueé una ceja.
—¿Qué insinúas?
Con una sonrisa burlona, negó con la cabeza y respondió:
—Déjalo, no arruinemos la noche.
—Tú preocupado por hacer lo correcto —se mofó Blake —. Eso sí que es una novedad.
La acusación de Blake le hizo tensar los hombros. Luego, Ethan dejó su cerveza sobre la mesa con tanta brusquedad que Nate exclamó:
—¿Se puede saber qué te pasa ahora?
—La actitud de nuestro capitán me ha parecido extraña, solo eso.
—El tono cortante con el que pronunció aquella palabra me hizo intuir por dónde iban los tiros—.
O sea, primero nos llena la cabeza con estupideces sobre la importancia de la cohesión, del juego en equipo y bla, bla, bla, pero, en cuanto se le presenta la oportunidad de marcar el gol decisivo, no duda ni un puto segundo en dejarnos de lado en uno de los partidos más importantes de toda la temporada para llevarse el mérito de una victoria que, a partir de ahora, solo se asociará a él.
Fruncí el ceño y me incorporé; no podía ni quería creer lo que estaba oyendo.
—¿En serio me estás acusando de ser tan egoísta?
—troné. Podía aceptar cualquier comentario por su parte, pero no que dijera que había aprovechado una jugada para lucirme a costa de mis compañeros—.
El tiempo se estaba acabando; tenía el puck y solo he pensado en marcar.
Si le hubiera dado demasiadas vueltas, lo más probable es que ahora no estuviéramos celebrando la victoria.
—Podíamos haber marcado siguiendo una de las jugadas que hemos entrenado día y noche durante las últimas semanas, pero la idea ni siquiera se te ha pasado por la cabeza.
— Ethan observó a los demás chicos, pero tenían la mirada clavada en el suelo de mármol del hotel.
Después bufó de nuevo—. No soy el único que lo piensa; simplemente, soy el único que se atreve a decirlo en voz alta.
Yo también observé a mis compañeros, atónito, pero ellos, en lugar de corregirlo, se limitaron a permanecer en silencio.
Fue como recibir veinte puñaladas por la espalda.
—¿Me estáis tomando el pelo? —Me puse en pie, decepcionado.
—Tío, venga, siéntate —dijo Nate , que también se levant ó—. Nadie tiene nada contra ti, en serio. Sabemos que has salvado el partido y te lo agradecemos. Ese gol ha sido algo…
—Inesperado —añadió el segundo portero—. Nada más.
Ethan sonrió con desprecio.
—¿Ahora se llama así? ¿Inesperado?
—Cierra la puta boca —le gritó Nate —. Últimamente parece que tu pasatiempo favorito sea meter cizaña en el equipo.
Ethan lo fulminó con la mirada, pero no dijo nada más. Se limitó a negar con la cabeza y volvió a dar un trago a su cerveza.
Nate intentó darme un tirón del brazo para que me sentara, pero me zafé de su agarre. Ya no tenía ganas de estar con ellos.
—Me voy a dormir, estoy cansado.
Advertí decepción en los ojos de Blake y del resto de mis compañeros, excepto en los de Ethan , por supuesto, pero no bastó para detenerme.
Me dolía saber que me veían como un capitán egoísta. Había sido una jugada arriesgada, era cierto, pero a veces en el deporte hay que correr riesgos. Saber aprovechar las oportunidades. Actuar siguiendo el instinto. Sorprender al contrincante.
Y, a diferencia de lo que creían, no me importaba una mierda la gloria personal. Lo había hecho porque sabía lo importante que era para «todos nosotros» ganar a Yale .
Me dirigí al ascensor que ya se encontraba en la planta baja. Me sentí aliviado al ver que estaba vacío. Pulsé el botón de la séptima planta, apoyé la cabeza contra la pared de espejo que tenía a la espalda y cerré los ojos.
Hacía una hora era la persona más feliz del mundo; ahora me sentía como si un camión me hubiera pasado por encima repetidamente. Me bajé la cremallera de la chaqueta y me desabroché dos botones de la camisa. Hacía calor en la cabina y estaba nervioso.
El ascensor subió dos pisos antes de detenerse porque alguien lo había llamado. Levanté la cabeza justo cuando las puertas se abrieron; lo que vi me dejó sin aliento.
Leila . Sujetaba una bolsa de comida para llevar.
Cuando nuestras miradas se cruzaron, dejó de mascar el chicle y abrió sus grandes ojos verde agua de par en par.
Tenía el pelo recogido en una coleta algo despeinada. Vestía su cazadora de cuero, unos vaqueros y unas botas militares.
Siempre me había gustado el contraste entre un estilo punk ligero y la delicadeza de sus facciones. No quería llamar la atención, nunca, pero era imposible no fijarse en ella.
Mientras permanecía inmóvil ante las puertas abiertas del ascensor durante una décima de segundo, vi que sus ojos descendían hasta mi labio partido. Entonces, apartó la mirada y volvió a mascar el chicle. Entró, pulsó el botón que la llevaría hasta la última planta y me dio la espalda.
El ascensor subió de nuevo. Ninguno de los dos dijo una palabra. En la cabina se instauró un silencio pesadísimo; era como si los dos hubiéramos dejado incluso de respirar.
—¿Has ido a buscar algo de comer? —Fue la primera pregunta que se me ocurrió; solo quería rebajar la tensión del momento.
Leila se limitó a asentir y me ofreció una de esas sonrisas que se dedican a los desconocidos por pura educación.
Porque volvíamos a ser dos perfectos desconocidos.
El silencio se instauró de nuevo entre nosotros. Estaba tenso. De repente, tenía la sensación de que me faltaba el aire. Me aclaré la garganta.
—Blink-182, fantástica elección —dije mientras observaba el parche que llevaba cosido en la chaqueta. Sabía que era uno de sus grupos favoritos y necesitaba un pretexto para mantener viva la conversación.
Pero lo único que recibí fue, una vez más, aquella maldita media sonrisa cuando se giró en mi dirección. Luego volvió a mirar al frente.
Había decidido mostrarse fría conmigo y no podía culparla por ello.
La última vez que nos habíamos visto, Leila nos había oído a Blake y a mí comentando que su presencia en la cabaña de los abuelos de Nate se había convertido en un problema, sobre todo después de que la noche anterior hubiera estado a punto de acabar en la cama con ella, a pocos metros de la habitación de su novio.
Miré la flecha roja del ascensor que señalaba hacia arriba: todavía faltaban cuatro plantas para llegar a la mía. Algo se activó dentro de mí. Había sido una noche de mierda y, aun así, me había bastado tenerla cerca —durante cuánto, ¿cinco o seis segundos?— para sentirme mejor.
No quería que aquella sensación se evaporase. Quería tenerla cerca de mí, y también que me hablara. Pero me quedaba muy poco tiempo para conseguir romper el hielo de verdad.
—Solo para que lo sepas, tu novio está en el bar del vestíbulo —la provoqué. Creí que así sería más fácil obtener una reacción por su parte.
Me miró de reojo y yo incliné la cabeza a un lado.
—Ya lo sé, hemos quedado en la azotea para celebrar la victoria. —Levantó la bolsa de comida para llevar y me la mostró—. Subirá dentro de nada.
Al oír aquellas palabras, apreté los dientes y cerré los puños a ambos lados del cuerpo.
Iban a celebrar la maldita victoria juntos.
En la azotea del hotel.
Ellos dos solos.
Esa idea desató una llamarada en mi pecho, junto con una absurda necesidad de reclamar algo que ni siquiera era mío. Tuve que recurrir a toda mi fuerza de voluntad para no decir ni cometer ninguna estupidez.
Seguimos subiendo, ahora solo faltaban tres plantas. Tenía que olvidarme cuanto antes de aquellos ridículos celos y aprovechar el poco tiempo que me quedaba.
En un gesto impulsivo, di un paso hacia ella.