Capítulo 24 #3
—Esos capullos pensaban que iban a machacar al «equipito de pueblo», pero los hemos mandado a sus casas con el rabo entre las piernas —exultó Blake , que me dio una palmada en el hombro tan fuerte que me desplazó un par de pasos adelante. Volví con él, le rodeé el cuello con un brazo y respondí:
—Mucha Ivy League , pero nos los hemos comido con patatas.
Cuando nos calmamos un poco, cogí el teléfono para comprobar si tenía alguna llamada o mensaje de Sierra. Aunque no me sorprendió no encontrar ninguno, porque ya eran casi las nueve de la noche, tuve que reprimir una punzada de decepción. La echaba mucho de menos.
—Por un momento la cosa se ha puesto muy negra. — Nate se dejó caer en un banco, agotado.
Zac , nuestro portero mágico, se estaba quitando las protecciones y le respondió con la frase que el entrenador nos repetía siempre:
—Lo único que cuenta es el resultado.
Ethan pasó por nuestro lado sin decir nada; tenía los hombros tensos y el rostro ensombrecido con una expresión hostil. Con el ceño fruncido, se sentó para quitarse la equipación, sacó una toalla de su bolsa y luego se dirigió a las duchas.
Ni siquiera una victoria como aquella bastaba para que dejara de estar cabreado con todo el mundo durante un segundo. Vi que Nate lo observaba desaparecer en los baños y negaba con la cabeza; parecía tan resignado como yo.
—¿Se puede saber por qué cojones nadie ha puesto todavía nuestro himno?
—se quejó Sebastian, el segundo portero, desde el medio del vestuario con las cejas arqueadas y los brazos abiertos—.
Tenemos que celebrarlo, capitán. Ya sabes lo que toca hacer.
—Me guiñó un ojo y yo respondí con una enorme sonrisa.
Puse a todo volumen « Gimme! Gimme! Gimme! (A Man After Midnight )» de ABBA en mi móvil. Aquella canción se había convertido en una especie de ritual para las victorias que conseguíamos fuera de casa, una forma de compensar la ausencia del calor de nuestros aficionados de Corvallis .
Cada jugador cantó una estrofa. Yo aproveché el momento para quitarme la equipación imitando un estriptis. Cuando llegó mi turno, los chicos me señalaron a la espera de que comenzara el espectáculo.
Cogí la primera cantimplora que encontré y la utilicé como micrófono. Por encima de la voz de Agnetha Fältskog, canté:
— « There’s not a soul out there …» —Me subí a un banco vacío y la destapé—. « No one to hear my praaayer …».
Cuando llegó el estribillo, todas nuestras voces estallaron dentro del vestuario mientras yo me echaba el agua por encima. Luego me dediqué a mojar a mis compañeros con las demás cantimploras que encontré mientras ellos realizaban una torpe coreografía con pasos descoordinados.
Antes de que la canción llegara a su fin, Nate cogió su móvil y grabó unos segundos del caos que estábamos montando para subirlo a las redes con el hashtag #ByeBulldogs.
No me cabía ninguna duda de que, si algún jugador de Yale veía aquel vídeo, intentaría partirnos las rodillas ipso facto, pero estábamos demasiado revolucionados como para comportarnos como personas maduras.
Después de darnos una ducha, nos pusimos la ropa elegante que estábamos obligados a llevar en los desplazamientos. Blake odiaba ir con chaqueta y corbata. A mí, en cambio, no me desagradaba aquel aspecto más formal. En realidad, pensaba que me quedaba la mar de bien.
El autobús que tenía que llevarnos de vuelta al hotel ya nos esperaba a la salida del pabellón, no muy lejos del campus de Yale .
Antes de subir, sin embargo, distinguí a mi padre entre la multitud de amigos y familiares que se agolpaba en la salida.
Vi que estaba rodeado por un par de periodistas deportivos con los micrófonos apuntados hacia él mientras respondía a sus preguntas con su típica seguridad arrogante, como si el partido lo hubiera ganado él.
No pude evitar entristecerme. A mi alrededor, los padres y los familiares de los jugadores de Yale , a pesar de la derrota, los abrazaban y los animaban con unas sonrisas llenas de un orgullo que yo jamás había visto en el semblante de mi padre.
Pensé que aquella noche ellos habían perdido, pero poseían algo que ningún trofeo podría darme jamás.
Hubo una época en la que veneraba hasta el suelo que pisaba Callum ; me habría arrancado el corazón del pecho con tal de que me mirara con tanto orgullo y amor.
Pero luego empecé a ver al hombre que era realmente: alguien sediento de dinero y poder a quien se le daba muy bien mostrar una fachada de perfección, pero que era incapaz de amar y, en el fondo, era un corrupto.
Cuando los periodistas se marcharon y se percató de mi presencia, se recolocó la bufanda alrededor del cuello y caminó en mi dirección. Apreté la bolsa de hockey que llevaba colgada al hombro e inspiré hondo mientras mis compañeros empezaban a subir al autobús, junto con el entrenador Turner .
—Hijo. —Forzó una sonrisa que no llegó a sus ojos y que no le devolví. Era un maestro fingiendo complicidad entre padre e hijo cuando sabía que la gente o la prensa nos prestaba atención.
Por mi parte, no soportaba que ahora se mostrara agradable conmigo solo porque había ganado.
—¿A qué debo el honor de contar con la presencia del senador esta noche? —Ni siquiera hice un esfuerzo por sonar entusiasmado. Hacía años que nuestras conversaciones habían adquirido un matiz impersonal.
—He venido a ver jugar a mi hijo en un partido importante fuera de casa, ¿acaso es un crimen?
—¿Y para hacerlo has tenido que traerte a uno de tus lacayos? —Eché un vistazo por encima de su hombro, hacia el hombre que lo esperaba frente a un coche negro, el mismo con quien lo había visto cuchichear durante el partido.
—Bueno, no puedo desentenderme de mi trabajo —explicó con un gesto distraído de la mano.
«Como siempre», pensé. No se lo dije porque no me apetecía mantener aquella conversación con él. En realidad, no quería tener ninguna conversación con él.
—Muy bien, ¿y ahora ha llegado el momento en que me felicitas o vas a hacer una lista detallada de todos los errores que he cometido durante el partido?
Él se irguió y tensó la mandíbula.
—Las críticas son lo que te permite mejorar, hijo. —Su tono distaba mucho de ser afectuoso o alentador—. En el segundo periodo, por ejemplo, te has encerrado demasiado y no has podido marcar ni un solo gol.
Suspiré profundamente. Era el momento de los reproches.
—Por no hablar de la pelea. —Hizo una pausa, como si quisiera medir mi reacción—. Has montado una trifulca innecesaria y con ello has corrido el riesgo de perjudicar a todo el equipo. Un capitán jamás debería permitir que pasen ese tipo de cosas, mucho menos provocarlas.
Cuanto más lo escuchaba, más ganas tenía de marcharme y dejarlo allí solo con sus tonterías.
Era consciente de todos los errores que había cometido, pero, joder, también había hecho unas jugadas increíbles y gracias a mi astucia habíamos ganado. Sin embargo, para él era más importante destacar mis errores.
Siempre había sido así: ignoraba mis méritos o, en el mejor de los casos, les restaba importancia.
Negué con la cabeza y reprimí una risita amarga.
—Gracias, papá. Me alegro de contar con tu apoyo.
—Oh, vamos, no se llega a la NHL a base de estúpidos halagos y zalamerías.
Por más que la rabia me consumiera por dentro, evité responder. Cuando oí que el motor del autobús a mi espalda se ponía en marcha y los chicos me llamaron para que subiera, me despedí de él con un gesto desganado de cabeza y me dispuse a marcharme. En ese momento, mi padre me agarró del brazo.
—Espera un momento.
—¿Qué más quieres?
—He visto que no has confirmado tu asistencia a la boda. Quedan menos de dos meses. Te pedí que fueras mi padrino, así que necesito una respuesta.
—¿Acaso tengo elección?
Mi padre arqueó las cejas; tenía el rostro desencajado.
—¿Por qué? ¿Rechazarías la propuesta?
En ese momento fui yo quien alz ó las cejas.
—¿Te sorprende?
A juzgar por su expresión, la respuesta era un «sí».
—Escúchame bien. —Se pasó una mano por los labios con un gesto nervioso, como si intentara encontrar las palabras adecuadas—.
Ese día toda la atención mediática estará puesta sobre nosotros.
Así que no importa si preferirías quemarte a lo bonzo antes que hacer de padrino: tú estarás allí, a mi lado.
Harás todo lo que te pida con una sonrisa estampada en la cara y fingirás que eres la persona más feliz del mundo al ver que tu padre se casa. ¿Te ha quedado claro?
Me señaló con el dedo y el asco que sentí al oírlo hablar de esa forma me llevó a prometerme que ardería en llamas antes que convertirme en alguien como él.
—No es un favor que me haces a mí —continuó en voz baja—.
Esta boda tendrá un gran impacto en mi imagen pública y repercutirá en mi campaña electoral.
Eso significa que, si las cosas salen como digo, ganaré votos, confianza y alianzas.
Es una gran oportunidad no solo para mi carrera, sino también para tu futuro en el hockey, para el de tu madre cuando le den el alta y, sobre todo, para el de tu hermana.
La sangre me hirvió cuando oí cómo se aprovechaba de ellas dos. Nos quedamos mirándonos en silencio durante un larguísimo momento mientras intentaba reprimir las ganas de arrancarle la cabeza y utilizarla como disco en un partido de hockey.
—Iré a la boda y seré tu padrino —afirmé entre dientes—. Pero no pienses ni por un segundo que me trago las tonterías que dices. No lo haces por mí, ni por mamá ni por Sierra. Lo haces por ti mismo, porque eres un cabrón egoísta.
No le di la oportunidad de responder: me di la vuelta y subí al autobús para marcharme lejos de él.