Juego sucio: Empieza el partido Capítulo 24 #2
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Capítulo 24 #2

El silbato del árbitro rasgó el aire para dar inicio al partido. Nuestros palos se precipitaron hacia el disco, pero fui yo quien se hizo con la posesión gracias a un movimiento rápido y decidido.

¡Sí!

Taché mentalmente el primer punto de mi plan. Apreté el stick con más fuerza y salí como una flecha hacia el área rival. Los defensas de Yale intentaron frenarme, eran rápidos, pero yo estaba tan concentrado en el objetivo que conseguí desmarcarme enseguida.

Uno de los defensas volvió a la carga y se pegó a mí. De reojo vi que se trataba de un tal Rowen . Un tipo duro, famoso por dejarse llevar más por el instinto que por la razón.

Justo lo que necesitaba para llevar a cabo también el segundo punto de mi lista.

Me impulsé con las piernas para aumentar la velocidad, con la vista clavada en la portería, que estaba cada vez más cerca. Tenía a Rowen pegado al cogote: en aquel momento, la única manera que tenía para impedirme marcar era cometer una falta, lo que nos llevaría al tercer punto de mi plan.

Me desplacé a la zona derecha de la pista mientras intentaba abrirme paso hacia el centro y, cuando me encontré a un paso de marcar, Rowen estiró el palo y enganchó la pala a la cuchilla de mis patines, lo que provocó una caída violenta sobre el hielo.

Me golpeé las rodillas bastante fuerte, pero sentí una satisfacción inmensa al ver que el árbitro levantaba el brazo y pitaba la falta.

Rowen acabó en el banquillo con una penalización de cinco minutos por juego peligroso, mientras que nuestro equipo se ganó un power play cuando tan solo llevábamos unos pocos minutos de partido.

Los aficionados de Yale no se lo tomaron nada bien, los jugadores rivales también protestaron y despotricaron contra nosotros y contra Rowen por haberse ganado la penalización.

Me puse en pie de un salto, pero Kyle Trent me empujó contra el plexiglás de la mampara y me presionó el pecho con el stick .

—¡Qué hijo de puta, lo has hecho adrede!

Me lo quité de encima con un empujón rudo y, por el rabillo del ojo, vi que mis compañeros llegaban para echarme una mano, mientras los Bulldogs intentaban calmar a su delantero.

—Sois una fuente de inspiración. —Mi pulla lo dejó sin palabras.

Sin duda, eran buenos, pero también hay que reconocer que jugaban sucio. Podían meterse por el culo esa falsa superioridad moral.

—Me parece que ahora la suerte os hace más falta a vosotros que a nosotros —lo provoqué de nuevo. La respuesta de Kyle fue una especie de mueca de desprecio; estaba hecho un manojo de nervios y en la cara se le notaban las ganas de arrancarme la cabeza.

—Chúpame la polla, Rise .

Hice un gesto con la cabeza y miré por encima de su hombro antes de responder:

—Estoy seguro de que Adam lo sabe hacer mejor que yo.

Kyle tenía los ojos inyectados en sangre.

Unas semanas atrás, había corrido un rumor absurdo por un grupo de Telegram; al parecer los habían pillado a los dos follando en las duchas.

En realidad, me daba igual, pero en aquel momento tan solo pensé en aprovechar aquel cotilleo a mi favor.

Además, no estaría nada mal neutralizar a dos jugadores en cuestión de segundos.

El puñetazo de Kyle me golpeó en la barbilla antes de que pudiera evitarlo. El impacto fue tan fuerte que el casco salió despedido y el dolor irradió por toda mi cara. El segundo derechazo lo frenó a tiempo Blake , que se abalanzó sobre él por detrás y lo derribó.

Los jugadores de Yale atacaron a Blake y se le echaron encima. Los nuestros respondieron de la misma manera.

En un abrir y cerrar de ojos, se había desatado el infierno.

Volaron guantes, palos y cascos. Yo me convertí en objetivo de otro jugador al que no conocía. No me gustaba la violencia y nunca era el primero en lanzar un golpe, pero, si la situación lo requería, sabía defenderme.

El público estaba fuera de sí, no podía distinguir si protestaba contra nosotros o si estaba alentando la pelea.

El silbato del árbitro, tan agudo como para estar a punto de perforarme los tímpanos, restauró el orden entre los jugadores; de forma gradual dejamos de pegarnos y nos separamos los unos de los otros.

El árbitro se abrió paso a gritos. Ni siquiera hizo falta que lo dijera: por supuesto, la trifulca tenía que acabar.

Uno a uno, nos levantamos para ponernos en pie. Estaba jadeando, pero intenté recomponerme y volví a ponerme el casco. La cara me palpitaba de dolor y, cuando me limpié la boca con el guante, descubrí que el labio inferior me sangraba.

Vi que el entrenador Turner nos observaba desde la distancia con tanta rabia que tragué saliva con dificultad. Se sujetaba con fuerza a la barandilla de acceso al hielo y me di cuenta de que le temblaban los dedos.

«Mierda».

Nos había pedido que no lo pusiéramos en un aprieto y habíamos fracasado en ello.

A mi pesar, en ese momento no pude contenerme y eché un vistazo a las gradas.

Vi a mi padre, sentado con la espalda tiesa como el palo de una escoba, el rostro tenso y los ojos clavados en mí con una indignación capaz de helarme la sangre.

No era un hombre de muchas palabras; bastaba una mirada para saber lo que pensaba.

Pero no tenía tiempo para preocuparme por eso porque a mi espalda el árbitro ya estaba estudiando las consecuencias de nuestras acciones y recibiríamos sanciones.

No abrí la boca porque sabía que me lo había buscado. Me preparé para que me expulsaran por conducta violenta, soportar los gritos del entrenador durante lo que quedaba de temporada y los reproches de mi padre por haberlo humillado delante de toda aquella gente.

El árbitro se dirigió hacia Kyle y hacia mí. Nos examinó con una mirada que dio a entender que nos consideraba los únicos responsables de la pelea.

—¡Expulsión por conducta violenta! —gritó, pero lo hizo mirando solo a Kyle .

Un momento. Parpadeé.

¿Y yo?

—¿Qué? —protestó Kyle , secundado por sus compañeros de equipo—. ¡Me ha provocado!

—Después de que lo estamparas contra la mampara —intervino Blake .

Por la mirada que le lanzó Kyle , estaba claro que tenía ganas de hacerle lo mismo.

Otro largo pitido del árbitro nos hizo callar a todos.

—Tú has sido el primero en golpear. —El árbitro miró a Kyle —. Dos veces.

—Sí, porque él… —intentó decir, pero se detuvo y apretó los labios en una línea dura cuando otro silbatazo rasgó el aire. El delantero partió el stick en dos y nos mandó a la mierda al árbitro, a mí y a cualquiera que se atreviera a mirarlo. Salió de la pista mientras seguía despotricando.

Gracias a la superioridad numérica consecuencia de la expulsión de Kyle y a la penalización inicial de Rowen , logramos colocarnos tres tantos arriba al final del segundo tiempo, pero Yale había demostrado que era un equipo agresivo, y los ataques de sus jugadores, como habíamos previsto, no nos daban tregua.

A mitad del tercer periodo, como era de esperar, los Bulldogs empataron el partido y desataron la locura entre sus seguidores. La presión empezaba a aplastarnos.

Estábamos cerca de la portería rival cuando Blake se deslizó por el lado derecho de la pista junto a Ethan , que, con un disparo con efecto, envió el puck hacia Nate en la zona de ataque; un rival interceptó el disco.

Fui tras él, bajé para defender y luché por hacerme con la posesión.

Con un movimiento rápido de muñeca, se lo pasé a Blake , que lo dirigió hacia la portería. Falló por un pelo.

—¡Joder! —Un grito cargado de frustración salió de mi boca y, sin querer, mis ojos fueron a parar a mi padre, que, por supuesto, me devolvió una mueca de desaprobación. Me di cuenta de que la persona sentada a su lado le susurraba algo al oído mientras me señalaba a mí y a la pista.

Suspiré, aparté la mirada e intenté mantener la concentración. El partido estaba llegando a su fin y no tenía tiempo que perder. Seguimos así, en ese duelo entre los Beavers y los Bulldogs marcado por cambios de línea, pocas penalizaciones y una tensión que aumentaba con cada segundo que pasaba.

Cuando faltaban pocos minutos para el final, nuestros adversarios nos regalaron una oportunidad de oro. Tenía en mente un tiro arriesgado, difícil porque me encontraba en nuestra zona defensiva y la portería rival estaba demasiado lejos. Eché un vistazo al marcador y decidí jugármela.

Aproveché la distracción de uno de sus defensas en la banda, una jugada que habíamos preparado en el vestuario, intercepté un pase y, desde la distancia, realicé un disparo largo y potente hacia la portería.

Con el corazón en un puño, observé el disco volar por el aire. Con aquel tiro, tal vez acababa de mandar a la mierda el partido o quizá podría ser nuestra salvación.

Mis compañeros empezaron a gritarme, temían lo peor. Los rivales siguieron la trayectoria del puck con la tensión reflejada en los ojos, y entonces… Boom. Con un golpe seco, el disco se coló en la red justo en el preciso instante en que la sirena anunciaba el final del partido.

No tenía ni idea de qué coño acababa de hacer, pero, joder, ¡acabábamos de ganar a Yale !

La mayoría de los seguidores de los Bulldogs se lamentaron; vi que algunos se marchaban del pabellón con el rostro teñido de decepción y otros incluso me aplaudieron para reconocer el mérito de aquella jugada. Mis compañeros se quedaron pasmados durante unos segundos.

Ethan me observaba con los dientes apretados y una mirada cargada de desprecio.

Me pregunté por qué me tenía manía, pero enseguida me distraje con los gritos eufóricos de los pocos aficionados de nuestro equipo que habían acudido a ver el partido: gritaban mi nombre a pleno pulmón para reclamar mi atención.

La imagen del entrenador Turner saltando con los puños en alto fue lo último que vi antes de que mis compañeros se me echaran encima gritando con todas las fuerzas que les quedaban.

Tras romper el abrazo colectivo, saludamos a los aficionados. Poco a poco, las gradas empezaron a vaciarse. Cuando los técnicos apagaron los focos, patinamos hacia la salida con los cascos bajo el brazo. Nos dirigimos al vestuario, donde continuamos con una alborotada celebración.