Capítulo 24
Vince
En el vestuario reinaba el caos.
Como antes de cada partido, cada uno de los veintidós jugadores del equipo —los seis que empezaríamos sobre el hielo y los demás, listos para sustituirnos cuando fuera necesario— se preparaba a su manera: había quien escuchaba música, quien hacía estiramientos, algunos comprobaban el estado de los sticks y otros, el filo de los patines.
Era una atmósfera muy distinta a la que se respiraba al final del partido, cuando el aire estaba impregnado de una mezcla de sudor y gel de ducha.
Las puertas de las taquillas se abrían y cerraban con frenesí.
Los bancos estaban llenos de toallas húmedas tiradas de cualquier manera y los móviles sonaban sin cesar.
Había una única cosa que esos dos momentos tenían en común: la tensión y la adrenalina que se mezclaban con los cánticos de los aficionados en las gradas, que creaban un ambiente de pura excitación.
En ese momento estábamos casi listos para saltar al hielo. Con los uniformes y las protecciones puestos, y los palos de hockey sujetos con firmeza entre las manos, nos reunimos alrededor del entrenador, frente a la pizarra en la que había dibujado un gran rectángulo.
—Lo repito: así es como suelen colocarse.
—Su voz tronó en el vestuario del equipo visitante mientras trazaba flechas para indicar los movimientos de nuestros adversarios—.
Estos son sus delanteros. Se moverán muy rápido hacia nuestra zona en cuanto se hagan con la posesión del disco, así que espero un ataque muy agresivo desde el principio.
Seguid el esquema en el que habéis trabajado, por favor.
Pero antes de salir ahí fuera, vuestro capitán tiene algo que deciros.
El entrenador, con quien había charlado aquella misma mañana durante el desayuno, me pasó su rotulador. Con un suspiro, intenté liberar parte de la tensión. Luego me acerqué a la pizarra y observé a cada uno de mis compañeros.
—Anoche, antes de acostarme, volví a ver el partido de Yale contra Princeton y me fijé en un detalle que se me había escapado antes.
Su línea de defensa es más débil cuando reciben un ataque a gran velocidad.
—Señalé un punto de la pizarra y expliqué—: Sus extremos tienden a dejar espacios en las bandas, sobre todo cuando los defensas se incorporan al ataque.
Si conseguimos movernos muy rápido y con determinación, podemos hacerles daño por los laterales.
—Pero ellos son muy fuertes en la zona ofensiva —replicó Ethan .
—Por eso nuestra defensa tiene que ser más sólida que nunca.
—Marqué las posiciones de los defensas y seguí hablando—: Cuando perdamos el disco, quiero que volváis inmediatamente a la línea de defensa, y tenéis que hacerlo cubriendo las bandas y el centro.
Aquí —tracé otro círculo— es donde debemos concentrarnos más.
—Levanté la vista hacia ellos y añadí—: No podemos dejar ni un solo espacio descubierto, tenemos que ser la jodida Muralla China.
Mis compañeros respondieron con murmullos de aprobación. Tapé el rotulador y se lo devolví al entrenador. Regresé junto al equipo e inspiré hondo.
Aquella sería la última temporada regular para muchos de nosotros y estábamos bajo presión.
Además, sentía sobre mis hombros la responsabilidad de mantener la armonía del equipo.
Si fracasaba, el entrenador, nuestra universidad y toda la ciudad no me lo perdonarían.
Porque así funcionaban las cosas: si ganabas, ganaban todos.
Pero si fracasabas, la culpa era solo tuya.
—Tenemos nuestros problemas, lo sé —dije—, pero si queremos llegar al torneo del Frozen Four —y queremos lograrlo—, «tenemos» que ganar este partido, y la única forma de conseguirlo es manteniéndonos unidos.
Debemos comunicarnos, jugar en equipo. —Miré a Ethan , que se limitó a apretar los dientes.
Pensé que nos tocaría dejar a un lado el resentimiento hasta que terminara el encuentro—.
Hasta ahora no hemos perdido ni un solo partido fuera de casa, así que hagamos todo lo necesario para que hoy no sea la primera vez.
Extendí el brazo hacia el centro del grupo y cerré el puño mientras dedicaba una mirada de ánimo a mis compañeros. Uno tras otro, todos los chicos acercaron su puño al mío; luego se unieron Zac , Nate , Blake y, por último, Ethan , que, sin apartar sus ojos resueltos de los míos, dijo:
—Me niego a perder contra esos pardillos.
En un solo movimiento, todos nuestros nudillos chocaron.
Cuando salimos del vestuario visitante, los cánticos de los aficionados que llenaban el pabellón hacían vibrar las paredes del túnel que nos conduciría a la pista.
Joder, no había nada más electrizante que el chute de adrenalina que nos arrolló.
Una vez que llegamos a la entrada, los focos se atenuaron y el humo artificial se elevó para invadir toda la pista de hielo.
El pabellón estaba abarrotado de seguidores de los Bulldogs, que agitaban banderas y bufandas azules y blancas, mientras «Run this town» sonaba por encima del estruendo de las gradas.
Sonreí orgulloso en cuanto distinguí una pancarta con la mascota de los Beavers , que ocupaba dos filas enteras.
Jugar fuera de casa era una desventaja considerable, pero el apoyo de nuestros hinchas estaba incluso ahí, y sobre todo, en los desplazamientos más difíciles.
El locutor anunció por los altavoces al primer jugador de los Bulldogs y el entrenador Turner aprovechó la ocasión para acercarse y darnos las últimas instrucciones.
Nos animó a que les pateáramos el culo a nuestros rivales, que evitáramos faltas innecesarias y que no lo avergonzáramos por nada en el mundo.
—Y recordad: tenéis que ir siempre al lugar donde estará el disco, no donde está en ese momento —concluyó con esa cita de Wayne Gretzky , el mejor jugador y entrenador de la NHL.
Cuando oí mi nombre, aferré el collar con mi número grabado, un regalo de Sierra, y presioné los labios contra la superficie, como hacía siempre antes de cada partido.
Los aplausos y los vítores de nuestros seguidores nos acompañaron mientras entrábamos en la pista uno tras otro.
Dejé vagar la mirada entre las más de cinco mil personas que llenaban el pabellón y me sentí más vivo que nunca.
Era una sensación difícil de describir, se te subía a la cabeza y te hacía querer cada vez más.
No importaba si entre aquellos gritos también había pitidos, o si durante el partido corrías el riesgo de romperte los huesos más veces de las que habr ías podido imaginar.
No era sano que esas cosas te dieran placer, lo sabía, pero ningún jugador de hockey podía definirse como una persona cuerda al cien por cien.
Tanto nosotros como el equipo rival comenzamos a calentar dando unas vueltas alrededor de la pista.
Los ojos se me fueron al reportero del periódico universitario, que ya estaba tomando notas sentado en primera fila.
A su lado vi que había dos asientos vacíos y supuse que serían para Leila y Sam .
Por un momento me pregunté por qué Leila no había llegado todavía.
Luego pensé en cómo me hacía sentir su ausencia.
Ser consciente de que estaba allí por Ethan me cabreaba muchísimo.
Pero la idea de no verla en absoluto quizá me enervaba todavía más.
Aparté la mirada para tratar de alejar aquellos pensamientos, pero cuando volví a concentrarme en los ejercicios de calentamiento con los demás chicos, lo que vi en las gradas fue casi peor: mi padre estaba sentado en primera fila junto con un hombre vestido de traje y corbata al que no había visto nunca.
Fruncí el ceño, desconcertado. No tenía ni idea de que fuera a venir; saber que estaba allí presente, listo para criticar y juzgar cada uno de mis movimientos, me inquietó muchísimo.
Era una de las razones por las que hace años decidí que no quería que viniera a mis partidos o entrenamientos. Ya no era el chaval ingenuo del principio, había comprendido que no venía para apoyarme, sino para juzgarme, y sus comentarios siempre me hacían sentir un inútil.
Hizo un gesto con la cabeza para saludarme y luego siguió hablando con el hombre que tenía al lado. Le devolví el saludo justo antes de que el silbato del árbitro sonara para convocar a ambos equipos. Para aquel partido le había pedido al entrenador que me enviara a mí al saque inicial.
Tenía una estrategia en mente, aunque no estaba seguro de que fuera a funcionar, pero debía hacer todo lo posible para que las cosas salieran como quería.
Después de situarnos en nuestras posiciones, el árbitro colocó el disco en el círculo central.
Me miró primero a mí, luego levantó la cabeza y lanzó un vistazo fugaz a Kyle Trent , el rival con el que me disputaría el puck , que me estudió con una expresión burlona.
—Buena suerte —me dijo—. Vas a necesitarla.
Yo tenía la espalda inclinada hacia delante, las piernas ligeramente flexionadas, el palo sujeto entre las manos enguantadas y las cuchillas de los patines bien clavadas en el hielo, listo para moverme en cuanto sonara el silbato del árbitro.
—La suerte es para los incapaces, Trent .
Soltó una risita y bajó la mirada hacia el disco, preparado para pelear igual que yo.
Había sacrificado demasiado como para dejar el resultado de nuestros partidos en manos de la suerte.
El hockey era todo lo que me mantenía en pie, lo único sobre lo que podía ejercer algún control.
Estaba seguro de que, tarde o temprano, todas las tardes agotadoras que había pasado en el gimnasio, los entrenamientos interminables sobre el hielo perfeccionando hasta el mínimo movimiento, las noches sin dormir por culpa de dolores atroces para estudiar nuevos esquemas de juego y estrategias y la distancia de las personas que quería valdrían la pena.
«Si quieres ser el mejor, tienes que estar dispuesto a sacrificar todo lo que tienes o alguien te robará tu lugar». Mi padre me había repetido esas palabras tantas veces desde que era niño que, al final, yo también había empezado a creerlo.