Capítulo 23
Vince
Después de más de diez horas de viaje entre el trayecto de Mount Hood a Portland , el vuelo con escala, la recogida de equipaje y el traslado en lanzadera desde el aeropuerto de Hartford hasta el hotel, por fin conseguí apoyar la espalda en un colchón.
Al día siguiente jugaríamos el partido contra Yale , y no me sentía en forma, para nada.
Aunque durante los partidos los cambios de línea son frecuentes, aquellos días habíamos entrenado para salir más rodados al hielo; como era de esperar, la sustitución de Jackson había trastocado todos los planes.
Para colmo, el entrenador se había puesto histérico cuando se enteró de que había perdido un defensa.
Así que habíamos llegado a New Haven para que nos dieran por culo y lo sabíamos.
Como si toda esta situación no fuera ya lo bastante deprimente, en la habitación contigua a la mía se alojaba el cronista deportivo del Daily Barometer , el periódico de nuestra universidad, que había decidido traerse a Leila por algún motivo misterioso, y ella había querido que la acompañara Sam .
Me parecía estar viviendo una pesadilla con los ojos abiertos.
Yo intentaba mantenerme lejos de ella y me la acababa encontrando por todas partes.
No sabía cuál era su habitación, pero sí sabía que perdería la cordura si la volvía a ver en las gradas animando a Ethan .
Me pasé las manos por la cara. Necesitaba darme una ducha y comer algo, porque tenía el estómago vacío.
Me levanté de la cama, coloqué las bolsas y puse algo de música.
Opté por la única lista de reproducción que sabía que me ayudaría a relajarme y vaciar la mente: Sierra la había creado expresamente para mí con una selección de sus canciones favoritas de Olivia Rodrigo.
Cuando se enteraron, los chicos del equipo no se ahorraron las burlas previsibles, pero me daba igual; podía ser el capitán del equipo de hockey y también apreciar la voz y las letras de esa cantante sin que mi virilidad se resintiera lo más mínimo.
Puse «Happier» y me metí en la ducha. Cuando salí, al fin me sentía un poco mejor.
Me até una toalla a la cintura y vi en el espejo empañado que el moratón de la costilla se había atenuado un poco.
El dolor también había desaparecido por completo, así que no tenía excusas: mañana tendría que dar lo mejor de mí en el hielo.
Cogí otra toalla para frotarme el pelo, pero en ese momento me sonó el móvil en la habitación. Lo dejé todo y fui hacia la mesita de noche.
Cuando vi el nombre de Thomas parpadeando en la pantalla, no pude evitar esbozar una sonrisa sincera.
Ese cabrón nunca daba señales de vida; en realidad, no hacía falta: sabíamos que podíamos contar el uno con el otro en cualquier momento.
Sentado en la cama, estaba a punto de responder cuando una sospecha resquebrajó mi sonrisa: quizá Thomas se había enterado de lo que había pasado entre su hermana y yo y quería hacérmelo pagar.
Me tranquilizó la certeza de que, en ese caso, no habría perdido el tiempo y me lo habría dicho cara a cara, sin usar el teléfono.
Relajé los hombros, que seguían húmedos, y contesté.
—No me digas que te han echado de casa y necesitas un sitio donde quedarte, porque estoy en Connecticut y no puedo ayudarte —bromeé.
—Que te jodan. —Percibí el tono divertido detrás de su respuesta seca y familiar.
—Siempre es un placer oír tu voz, tío, ¿a qué debo el honor?
—Hace tiempo que no hablamos, ¿cómo te van las cosas?
Arqueé una ceja, escéptico.
—¿Has llamado para preguntarme cómo me van las cosas?
—¿Tan raro es?
—Bueno, teniendo en cuenta que eres la persona más antisocial que he conocido y que preferirías que te cortaran la lengua antes que mantener una conversación, diría que sí.
—Ser antisocial tiene sus ventajas, créeme. —Hizo una pausa—. ¿Qué estás escuchando? —La pregunta llegó poco después de la primera estrofa de « Favorite Crime ».
—Olivia Rodrigo —dije sin vergüenza. Hubo otra pausa, así que añadí—: Me relaja, ya sabes.
—¿Follar ha pasado de moda?
Apoyé la cabeza en la almohada y estiré las piernas sobre el colchón.
—Me temo que ni siquiera un polvo ayudaría.
—Joder, entonces es serio… ¿Mal día?
Mal año, habría querido responder, pero entonces tendría que explicarle el motivo, y no iba a ponerlo al corriente de las vicisitudes entre su hermana y yo.
No iba a hacerlo para proteger mi integridad física, claro.
—Mala semana. —Puse la mano libre bajo la nuca y alcé la vista al techo blanco de la habitación—.
Ayer, en un entrenamiento, Ethan golpeó a Jackson , que se lesionó el hombro y está descartado durante las próximas semanas.
Mañana tenemos que jugar sin un titular contra los Bulldogs, que se mueren de ganas de darnos una paliza.
El entrenador Turner ha perdido los nervios y el equipo es… un caos total.
—Estáis en la mierda —confirmó Thomas , como si necesitara que empeorara mi estado de ánimo.
—En una montaña de mierda, diría.
—¿Y qué piensas hacer?
—¿A qué te refieres?
—Bueno, no pensarás quedarte ahí quejándote y dejar que esos capullos de Yale os jodan, ¿no?
—En cualquier otra situación te diría que no, pero esta vez es distinto. «La unión hace la fuerza» es su lema. Nosotros, en cambio, estamos a la deriva. Lo único que nos mantiene unidos son las ganas de mandarnos a la mierda unos a otros.
—Que se jodan ellos y su eslogan buenista de mierda. Si su punto fuerte es la unión, significa que individualmente no son tan fuertes. Así que ganarles no será imposible.
De entrada, pensé que estaba diciendo una estupidez enorme: el hockey, como el baloncesto, se basaba en el juego en equipo. La sintonía era esencial para aspirar a la victoria; sin embargo, la astucia también desempeñaba un papel importante.
Los Bulldogs eran fuertes y lo sabían; encima jugaban en casa, con el apoyo de su afición, y eso no era algo menor.
Además, eran unos malditos creídos: al llegar al hotel, no se nos había escapado que habían decorado las calles y los alrededores de su campus con carteles en los que ya daban por sentada su victoria.
Pero tal vez Thomas no iba tan desencaminado.
Demasiada seguridad es un arma de doble filo: puede llevarte muy alto o hacerte caer con estrépito.
—Puede que tengas razón —admití, tras pensarlo—. Solo espero que Ethan no haga más tonterías.
—Yo no contaría con eso. Por cierto, ¿cuándo pensabas decirme que ese capullo se está tirando a mi hermana?
Me quedé en silencio.
La pregunta me dejó mudo.
Parpadeé un par de veces y me incorporé de golpe de la almohada para ponerme sentado.
—¿Tenía que decírtelo yo?
—Mejor que enterarme por la mejor amiga de Vanessa , durante una de sus llamadas, ¿no te parece?
—Creía que tu hermana ya te lo habría dicho.
—C. J. nunca me cuenta nada —se quejó, y justo cuando mascullaba un «Me pregunto por qué», Thomas me interrumpió—: Espera un segundo. —Tuvo que apartarse el móvil del oído, porque oí la voz amortiguada de Vanessa , que reconocería entre otras mil voces—. Ya est á. ¿Qué decías? —dijo justo después.
—Nada, nada… Oye, ¿cómo está mi chica favorita?
¿Ya se le ha pasado el flechazo que tuvo conmigo?
—Necesitaba ganar algo de tiempo porque no quería hablar de Leila con él: no se me daba bien mentir y, sobre todo, no quería hacerlo con Thomas .
Recurrí al único tema capaz de distraerlo.
Funcionó, porque Thomas dejó escapar un suspiro pesado; me imaginé sus ojos reducidos a dos rendijas, como cuando en el pasado me había amenazado con arrancarme la cabeza cada vez que bromeaba con su novia.
Tomarle el pelo era mi pasatiempo favorito desde que lo conocía. Echaba de menos poder hacerlo a diario.
—Ese flechazo nunca existió —precisó Thomas .
—Tío, es preocupante que, después de todo este tiempo, aún necesites decirlo en voz alta para creértelo —seguí bromeando y una risa baja se le escapó de la garganta.
—Bueno, está bien, más o menos. En realidad, no estoy seguro.
En unos minutos tenemos que ir a recoger a su madre al aeropuerto y parece que está al borde de un ataque de nervios.
Ya ha cambiado cuatro veces el mantel de la mesa, ha escondido todos los ceniceros de la casa y no para de ir de un lado a otro con una varilla de incienso que apesta un huevo.
Sabía que llevaban unas semanas viviendo juntos, desde que se marcharon del apartamento de Ryan . Deduje que la temible Esther White iba a visitarlos por primera vez a la casa nueva. Era un acontecimiento importante, al menos las chicas solían darle importancia a ese tipo de cosas.
—Yo también estaría aterrorizado; esa mujer da miedo.
—Los dos nos reímos y, de fondo, oí la voz de Vanessa preguntando si por casualidad nos estábamos riendo de su madre.
Thomas lo negó, pero sonó poco convincente—.
Dile que la echo de menos y que debería volver a casa un poco más a menudo —añadí con sinceridad.
— Vince dice que no te echa nada de menos —le soltó Thomas , lo que me arrancó otra risa.
Oí que ella también se reía, y luego su voz sonó alta y clara en mi oído.
—Me echas mucho de menos, lo sé —anunció después de arrebatarle el móvil a Thomas .
—No lo digas en voz alta o tu novio podría ponerse celoso —respondí con ironía, mientras ella reía por lo bajo.
—Oye, te estás comportando, ¿verdad? —Su tono inquisitivo me puso en alerta.
¿Por qué me lo preguntaba? ¿Se había enterado de algo sobre Leila y sobre mí?
Dios, toda esa historia acabaría por hacerme perder la cordura.
—Claro, como siempre. —Me levanté de la cama y empecé a caminar para relajarme un poco; sentía cómo la tensión se expandía dentro de mí.
—Mmm, he oído que invitaste a Tiffany al partido del viernes pasado.
Ah, se refería a eso. Era una situación que podía gestionar.
—Veo que las noticias vuelan —respondí y me pasé una mano por la nuca.
—Ya, pero más te vale que guardes cierta parte de tu anatomía dentro de los pantalones, porque si me entero de que tienes determinadas intenciones, iré en persona hasta allí para hacerte cambiar de idea.
—Juro solemnemente que no tengo malas intenciones —bromeé —. En serio, puedes estar tranquila, Joyita.
Era verdad: Tiffany me gustaba, sí, pero no quería que acabara desnuda en mi cama. No es que tuviera nada en contra; simplemente, me limitaba a disfrutar de su compañía.
Era agradable tenerla cerca, las pocas veces que dejaba a un lado la aversión que mostraba hacia mí por puro principio.
Vanessa le devolvió el móvil a Thomas . Si por un instante había pensado que me había librado del tema Ethan y Leila , me equivocaba.
—No has respondido a mi pregunta —dijo—. ¿Por qué no me dijiste lo de Grant y mi hermana?
—No creí que fuera tan relevante —solté.
—Hablamos del hijo de papá estirado de Ethan , claro que es relevante. No me gusta saber que está con mi hermana. Además, ¿desde cuándo dura lo suyo?
—Desde hace unos meses, creo; a decir verdad… —Suspiré y me pasé otra vez la mano por el pelo, exasperado—. No lo sé.
—Joder, pero ¿cómo es posible?
—Tío, no vivo con ella, no puedo saber lo que hace las veinticuatro horas del día —repliqué con más brusquedad de la que pretendía, pero empezaba a sentirme muy incómodo.
—Me refiero a cómo es posible que haya pasado, no a cómo es posible que tú no lo supieras. —Entre nosotros se instauró un silencio que duró varios segundos; me maldije por haber sido tan idiota—. ¿Qué te pasa? Suenas raro —añadió Thomas .
—No, nada… Es solo que a mí también me sorprendió, o sea, habría preferido que saliera con alguien mejor, pero si lo ha elegido a él, tendrá sus motivos. —Aquellas palabras me dejaron un regusto amargo en la boca, así que cerré los ojos y me pellizqué el puente de la nariz en cuanto las pronuncié.
Thomas soltó una risa burlona que no me sorprendió.
—¿Sabes lo que me importan a mí sus motivos? Cero, igual que mi tolerancia hacia ese idiota.
—No lo dudaba. —Me volví a sentar y miré resignado la puerta del baño abierta frente a mí.
—Hay algo que no me cuadra —añadió luego con tono reflexivo—. Ya averiguaré qué es, pero ahora no; ha llegado el momento de ir a recoger al mastín. Tengo que colgar. —Ese apodo me arrancó una risa. Se lo había puesto a Esther cuando la conoció, no había dejado de usarlo desde entonces.
—¡ Thomas , te he oído! —Fueron las últimas palabras que escuché de parte de Vanessa antes de que mi amigo colgara.
Solté el aire y me dejé caer otra vez sobre el colchón, exhausto.
Una parte de mí pensó que si conseguía salir de todo aquel asunto sin provocar daños, sería capaz de afrontar cualquier cosa.