Juego sucio: Empieza el partido Capítulo 22 #2
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Capítulo 22 #2

Caminó hasta nosotros y se detuvo a nuestro lado. Primero me miró a mí y luego a Blake . No parecía enfadada, quizá más bien herida. No supe descifrar qué le pasaba por la cabeza, pero me entraron ganas de estrecharla entre los brazos ante su evidente vulnerabilidad.

—No quería arruinaros las vacaciones —dijo con voz firme.

A pesar de su compostura, percibí un velo de remordimiento—.

Lo siento si te he despertado esta noche —continuó, dirigiéndose a Blake , que no dijo nada—.

Pero no os preocupéis: Milo , el representante de Sam , está de camino para venir a recogernos.

Nos marchamos hoy mismo. —Vi que tragaba saliva, incómoda—.

Gracias por habernos comprado la ropa. Ha sido muy amable por tu parte —concluyó, observando a Blake .

Alzó ligeramente la barbilla y supe que la conversación terminaba allí.

Me miró durante un segundo, luego apartó la vista y frunció los labios. Con un sabor amargo en la boca, la vi entrar en su habitación. Aunque sentía la tentación, no intenté detenerla, porque la conocía lo bastante como para saber que quería estar sola.

El resto del día transcurrió con el ambiente propio de un funeral. Por la mañana fuimos con los chicos al palacio de hielo para el primer entrenamiento del retiro. Por suerte, parecía que Ethan no se había dado cuenta de nada.

Después almorzamos en un silencio relativo, con Sam y Leila encerradas de nuevo en su habitación.

Por la tarde llegó Milo , que también había conseguido la llave de repuesto del coche de Leila .

Se marcharon todos juntos: Milo y Sam en un coche y, en el otro, Leila y Madison , que daban la sensación de que habían adoptado una actitud distante pero civilizada entre ellas.

Antes de irse, Leila le había dado las gracias a Nate por la hospitalidad y, una vez más, a Blake por la ropa que le había comprado, pero se cuidó muy bien de no dirigirme siquiera un saludo.

Nuestras miradas no se cruzaron ni por casualidad.

Una vez nos quedamos solos, los chicos hicimos todo lo posible por cumplir el propósito de Blake y aprovechar aquellos pocos días como una oportunidad para trabajar en el juego de equipo.

Nate y Jackson se adueñaron de la cocina, en cada comida se divertían preparando recetas que estaban para chuparse los dedos siguiendo los consejos de Martha Stewart ; todos nos dejamos arrastrar por su entusiasmo, con la excepción de Ethan , que prefirió mantenerse al margen para juzgarnos.

Su mayor aportación fueron algunos comentarios esporádicos mientras veíamos los partidos de hockey que emitían en la tele.

Entrenamos en el palacio de hielo todas las tardes que nos quedaban. Sin rivalidades ni rencores, solo hockey.

Nos esforzamos al máximo para estudiar pases y jugadas eficaces; por primera vez en mucho tiempo, nos divertimos de verdad.

Allí, en Mount Hood , Blake había reunido a los titulares del equipo —a nosotros seis nos consideraban los veteranos—, mientras que en Corvallis el entrenador Turner continuaba los entrenamientos regulares con los otros dieciséis jugadores del roster, los que solían sustituirnos en los cambios de línea.

Habíamos mantenido el contacto con el entrenador en todo momento para ponerlo al día sobre los esquemas que estábamos probando.

El jueves, durante el último entrenamiento antes de regresar a Corvallis , Jackson y Nate pulieron una serie de pases y, tras una jugada perfecta, los cinco chocaron sus torsos para celebrarlo.

Lástima que, en la jugada siguiente, Ethan le entró a Jackson con tanta violencia que por su culpa se estrelló con fuerza contra el hielo.

A pesar de las protecciones que llevaba, se dio un golpe tan fuerte en la espalda que su rostro se contrajo en una mueca de dolor, mientras el disco se deslizaba para alejarse de ellos.

Preocupados, corrimos enseguida para ayudar a Jackson , que se retorcía mientras se sujetaba el hombro y ahogaba gemidos.

—Tío, ¿estás bien? —le preguntó Nate , agachado a su lado junto a Zac .

—No, para nada, no puedo moverlo —gimió Jackson . El sudor le perlaba la frente.

Blake y yo intentamos incorporarlo, pero, en cuanto lo rozamos, Jackson apretó los dientes por el dolor. Miré a Blake , preocupado por la gravedad de la lesión.

—Creo que será mejor que vayamos al hospital para que lo miren —dijo Nate .

—¿Al hospital? —exclamó Zac con un matiz de pánico en la voz—. ¿Crees que es tan grave?

—No lo sabemos, pero no podemos correr el riesgo —le respondió, y tenía razón.

Blake , Zac y yo hicimos lo posible por ayudar a Jackson a levantarse sin agravarle el dolor en el hombro. Nate , en cambio, se abalanzó contra Ethan , que había presenciado la escena desde la distancia, sin mostrar el menor interés.

—¿Se puede saber qué coño te pasa? —le gritó a un suspiro de su cara.

—Nada, solo estábamos jugando, me parece obvio. — Ethan se ajustó el puño de la manga.

—¿A eso lo llamas jugar? — Nate señaló a Jackson , al que sosteníamos para llevarlo hacia la salida de la pista.

—El hockey es así, tío, no hace falta que te lo explique yo: si no puede aguantar un golpecito como ese, entonces quizá debería dedicarse al ajedrez.

Todavía estábamos lo bastante cerca como para oír las gilipolleces de Ethan . Cerré los ojos, resignado; me di cuenta de que había conseguido estropearlo todo otra vez.

Vi que Nate le lanzaba con fuerza su palo a los pies de Ethan y respiraba hondo por la nariz. La tensión en el aire era palpable. En ese momento, Zac se separó de nosotros y se acercó a ellos para intentar calmar los ánimos.

—Eres un capullo —continuó Nate —. ¡Dentro de dos días tenemos el partido contra Yale y es posible que hayas lesionado el hombro de uno de nuestros mejores defensas!

Fue un instante fugaz, pero en los ojos de Ethan me pareció ver un destello de remordimiento. Luego lo disimuló con una risa nerviosa y se pasó una mano por el pelo.

—Estoy seguro de que no será tan grave, apenas lo he rozado.

Nate cerró los puños junto a sus costados y redujo los ojos a dos rendijas.

—Déjalo, Nate . — Zac lo apartó de Ethan —. Ven, llevemos a Jackson al hospital.

Por suerte, Nate no se resistió y vino con nosotros.

Tardamos mucho, pero conseguimos salir del pabellón y meter a Jackson en el coche.

Tras una hora de carretera, llegamos a urgencias del Legacy Mount Hood Medical Center .

Le hicieron una radiografía y una ecografía.

La noticia que nos dieron tuvo el mismo impacto que un disco lanzado a toda velocidad contra los dientes.

—Señor Whitmore , tiene una lesión de segundo grado —dijo la doctora tras revisar los informes—. La buena noticia es que no será necesario realizar una intervención quirúrgica, la mala es que tendrá que mantenerse lejos del hielo entre cuatro y seis semanas.

Luego empezó a desgranar indicaciones sobre el periodo de reposo, los antiinflamatorios que debía tomar, el cabestrillo que tendría que llevar para el hombro, la fisioterapia y la rehabilitación.

Sin embargo, ninguno de nosotros la estaba escuchando de verdad.

Nos habíamos quedado clavados en aquellas ocho palabras: lejos del hielo entre cuatro y seis semanas.

En nuestro deporte no era raro sufrir lesiones, pero en pocos días nos enfrentaríamos a Yale , luego nos esperaban los North Dakota Fighting Hawks , el final de la temporada regular, el torneo de conferencia, el objetivo de alcanzar las eliminatorias de la Frozen Four …

Tendríamos que afrontar el resto del campeonato sin un jugador titular, conscientes de que las tácticas que habíamos trabajado en Mount Hood entre los seis ya no servirían de nada.

No hacía falta decirlo en voz alta porque nuestras caras dejaban claro que todos pensábamos lo mismo: estábamos jodidos, muy jodidos.