Juego sucio: Empieza el partido Capítulo 22
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Capítulo 22

Vince

—¿No os parece que en esta casa huele a hierba? — Zac , sentado a la mesa mientras desayunaba, olfateó el aire como un perro trufero y luego nos miró a cada uno de nosotros con recelo en los ojos, pero lo ignoramos.

Durante la noche había dejado de llover y ahora la cabaña estaba iluminada por la luz de la mañana de un día despejado por fin sin nubes. Los chicos nos habíamos despertado temprano y nos habíamos reunido en la cocina para comer antes de decidir cómo pasaríamos la jornada.

Nate y Jackson hablaban entre ellos de las tácticas que debían poner en práctica en el partido del sábado contra los Bulldogs de Yale . Ethan seguía en su habitación y Blake estaba sentado a mi lado y me enseñaba fotos de una mujer en una app de citas.

—Intuyo que con esa boca me haría soñar.

—¿No es un poco mayor para ti? —Di un mordisco a mi tostada francesa y observé las arrugas en las comisuras de los ojos de la mujer, que sonreía a la cámara.

—Cuanto más maduras, más expertas —murmuró Blake , que me dio un codazo cómplice. Reí y negué con la cabeza.

—Bueno, ¿alguien me escucha aquí dentro? —estalló Zac .

—¿Qué te pasa? —le preguntó Nate , que interrumpió la conversación con Jackson . Blake dejó el teléfono sobre la mesa y lo miró.

—Huelo a hierba, a mi hierba, en toda la cabaña —explicó.

Los chicos se encogieron de hombros.

—Yo creo que lo has soñado —respondió Jackson .

—Yo no huelo nada —afirmó Blake . Pero Zac no parecía convencido; se levantó de golpe de la silla, fue hasta el mueble de la cocina donde guardaba su reserva y abrió la puerta.

—¡Lo sabía! —Nos enseñó la lata vacía—. Os la habéis fumado.

—Amigo, ¿por qué demonios escondiste la hierba en el aparador de mis abuelos? — Nate lo miró, perplejo.

—Esa no es la cuestión. — Zac cerró la lata y la dejó sobre el mueble a su espalda—. Ahí dentro estaba el último trozo bueno, lo estaba guardando para disfrutarlo en los próximos días, pero a alguien le ha parecido buena idea servirse sin mí. Quiero saber quién ha sido.

—¿Acaso te parecemos los tipos que te roban la hierba y se la fuman sin ti? —protestó Jackson . Todos asintieron.

—Seríais unos infames si hicierais algo así.

Mientras tanto, seguí desayunando como si nada.

—Nadie se ha fumado tu hierba —lo tranquilizó Blake —. Además, ¿cuándo se supone que lo habríamos hecho? Hemos estado juntos todo el rato.

—Ayer por la tarde aún estaba toda y esta mañana, por arte de magia, ha desaparecido. — Zac volvió con nosotros, apoyó las palmas en la mesa y nos miró—. Sea quien sea el culpable, se la ha fumado esta noche pensando que se iría de rositas.

—Somos nueve aquí dentro, ¿vas a interrogarnos a todos, detective? —se burló Jackson .

—Estás montando un drama, solo es un poco de hierba, seguro que tienes más —intervino Nate .

—Pero esa era la mejor, por eso la escondí —replicó él, irritado.

Con la esperanza de pasar desapercibido, me levanté y fui a buscar un poco de zumo a la nevera.

Tragué un montón de vitaminas, un par de pastillas para el dolor de cabeza que sentía que estaba a punto de llegar y, cuando enjuagué el vaso bajo el chorro del fregadero, noté un silencio repentino y extraño a mis espaldas.

Me giré y vi que todos tenían los ojos clavados en mí.

—¿Qué pasa?

—Has sido tú, ¿verdad? —me acusó Zac —. No has dicho ni una sola palabra al respecto, eso no es propio de ti.

No habría tenido ningún problema en decir la verdad si no existiera el riesgo de meter a Leila en el asunto, porque entonces la pregunta ya no sería «¿Has sido tú?», sino «¿Por qué la estabais fumando juntos?».

Me encogí de hombros y fingí indiferencia.

—No he dicho nada porque estoy de acuerdo con Nate , estás montando un drama por nada. —Esperé que mis palabras lo convencieran, pero provocaron el efecto contrario, porque Zac enderezó la espalda, se cruzó de brazos y entornó los ojos.

—Has hecho esa cosa con los hombros —me dijo.

Arqueé una ceja.

—¿Qué cosa con los hombros?

—Ese movimiento casi imperceptible que haces cada vez que mientes.

Joder, yo no hacía ningún movimiento con los hombros cuando mentía.

¿Verdad?

Blake también empezó a mirarme con el ceño fruncido, como si estuviera dándole vueltas a algo.

—Amigo, si hubiera sido yo me habría despertado con una sonrisa en la cara, y no como si alguien me hubiera metido un palo por el culo —dije para intentar escabullirme.

Era una verdad a medias: aquella mañana me había levantado con el pie izquierdo.

El origen de mi mal humor estaba encerrado en una habitación en el piso de arriba—.

Voy a darme una ducha. —Me marché y, al pasar a su lado, Blake me lanzó otra mirada recelosa.

En realidad, era otra verdad a medias: no iba a meterme en la ducha de inmediato; antes quería hablar con Leila .

Después de lo que había pasado la noche anterior, quería asegurarme de que las cosas entre nosotros estaban bien, o, al menos, de que no habían empeorado. Tenía mis dudas al respecto.

Me había dejado llevar con ella y la había cagado.

No solo porque cada vez que cedía a mis deseos la voz de su hermano resonaba en mi oído para recordarme la promesa que le había hecho, sino sobre todo porque no podía permitirme distracciones de ningún tipo.

Mi sueño de jugar en la NHL se volvía cada vez más real, el campeonato terminaría en unos meses, llegarían las eliminatorias de la Frozen Four , me graduaría y me marcharía de Corvallis para siempre.

No echaría raíces allí, con nadie.

Aquella ciudad solo representaba un lugar de paso antes del destino final: Míchigan y los Detroit Red Wings . Uno de los equipos más prestigiosos de la liga profesional.

Cada entrenamiento, cada sacrificio que había hecho, era un paso hacia ese objetivo.

Un objetivo que me había marcado desde niño, cuando vi a los Red Wings deslizarse sobre el hielo como si bailaran y decidí que algún día yo también estaría entre ellos.

Jugaría en el Joe Louis Arena vistiendo los colores de su equipación y levantaría la Copa Stanley ante una multitud de aficionados que corearía mi nombre.

Era un futuro que quería ganarme por mérito propio, sin la injerencia de mi padre: él podría meterme en cualquier equipo con sus contactos; pero no, lo conseguiría gracias a mi esfuerzo, con el sudor de mi frente.

Así que no había espacio para nada ni nadie en mi vida: solo el hockey, mi hermana y algún polvo ocasional.

Leila no sería esa persona con la que me divertiría de vez en cuando; la respetaba demasiado y quería que lo entendiera.

Cuando llegué arriba, fui a llamar a su puerta, pero Blake me agarró del hombro y me sorprendió. Estaba tan inmerso en mis pensamientos que no me había dado cuenta de que me había seguido.

—¿Qué haces? —susurró y me fulminó con la mirada en cuanto me volví.

—Nada… Solo quiero asegurarme de que está bien, ya sabes, después de anoche —intenté justificarme, pero él me lanzó otra mirada afilada—. ¿Qué pasa?

—He oído voces esta noche —me dijo—. Sinceramente, esperaba que fuera una alucinación, pero erais vosotros dos, ¿verdad?

Inspiré y me pasé una mano por el pelo y luego por la nuca. La expresión con la que me miraba me hizo desistir de la tentación de volver a mentirle.

—No podía dormir y, por lo visto, ella tampoco.

Blake abrió los ojos; parecía incrédulo.

—¿Y pensasteis que colocaros era una solución?

—La única que se me ocurrió. —Me encogí de hombros.

—¿Y luego qué hicisteis, eh? ¿Follasteis con Ethan y Madison a un paso de vosotros? ¿Se te ha frito el cerebro?

Me golpeé el pecho con la mano.

—¡No! Nosotros no… no hicimos nada —dije en voz baja, porque tanto Ethan como Madison seguían en sus habitaciones.

Blake negó con la cabeza y se le escapó una risita. No me creía, lo que no era una sorpresa.

—Lleváis dos días bajo el mismo techo y ya habéis estado a punto de mandar a la mierda este retiro. Sabes que estamos aquí para entrenar y recuperar la sintonía entre nosotros seis.

—No ha pasado nada —insistí con un tono de voz más firme—. Paré antes de que…

—¿De verdad esperas que te crea? —me interrumpió.

—No, pero es que tú no me crees nunca. —Gesticulé con los brazos pegados al cuerpo, nervioso—. Ninguno de vosotros confía lo más mínimo en mí, joder.

Seguían viéndome como un idiota incapaz de valorar las consecuencias de sus acciones. Por más que me esforzara en demostrar que era maduro y alguien en quien se podía confiar, nunca me tomaban en serio.

Era frustrante.

La expresión de Blake se oscureció.

—Perdona, tío, solo intento evitar una catástrofe.

—Créeme, yo también lo intento.

Blake se pasó una mano por la cara, me agarró del brazo y me arrastró un poco más cerca de las escaleras.

—Escucha, sabes que la quiero y odio tener que decirlo, pero no puede quedarse aquí.

—No es culpa suya; insistí yo y no debería haber…

—No importa —me interrumpió—. Estamos caminando por el borde del precipicio, Vince . No podemos permitirnos que pasen cosas de ese tipo aquí dentro, mucho menos fuera de aquí. Ahora es la novia de Ethan , te guste o no, y no puedes, joder… —Suspiró y me miró a los ojos—. No puedes permitírtelo.

—Lo sé —dije entre dientes.

—La alerta meteorológica ha remitido, la tormenta de esta noche ha causado menos daños de los previstos, así que las chicas pueden volver a casa.

Me pellizqué el puente de la nariz y suspiré con exasperación.

—Vale —me limité a responder.

No quería echarla, tampoco que se sintiera indeseada. Ya lo había hecho bastante. Pero mantener las distancias era la decisión más sensata para todos.

De pronto, la puerta del baño frente a nosotros se abrió lentamente. Salió una columna de vapor que reveló a Leila , envuelta en una toalla blanca enrollada con fuerza contra su pecho. Sus ojos, dos charcos de esmeralda, nos miraban mortificados, el pelo mojado le caía sobre los hombros.

Blake y yo nos quedamos atónitos.

Mierda… ¿nos habría oído?