Capítulo 25 #2
Una oleada de su perfume me arrolló y se me encogió el estómago.
Hypnotic Poison de Dior, el único que usaba desde que la había conocido: una fragancia que hizo aflorar los recuerdos de la noche en la que acabamos rodando por su cama y yo apoyé las manos a ambos lados de su cabeza mientras mi excitación presionaba contra su vientre.
De cuando sus labios se acercaron a los míos y mis manos descendieron por sus muslos.
Estuve a punto, por fin, de poder hacerle todo lo que llevaba años fantaseando, pero en aquel momento cometí el error de clavar la mirada en la suya, en aquellos estanques verdes y profundos, y la imagen de su hermano se materializó en mi mente.
Volver a pensar en él bastó para apagar cualquier pulsión que sintiera en aquel instante.
—Vas a celebrar la victoria de un partido que ni siquiera has visto. —La voz me salió más ronca de lo que pretendía; pensé que debía de parecer un pervertido o alguien desesperado. En realidad, estaba del todo desesperado.
—No era importante —se limitó a responder ella.
Arqueé las cejas.
—¿No te parece importante apoyar a tu novio cuando se enfrenta a uno de los mejores equipos del campeonato?
Si hubiera sido mi novia, habría querido verla sentada en primera fila y animándome vestida con la camiseta con mi dorsal.
Leila se giró por completo hacia mí. Vi destellar algo en sus ojos, pero no sabría decir qué era.
—Pensé que era mejor evitarlo. No quería…
—¿Crear problemas?
Asintió lentamente.
—A nadie.
Levanté la vista hacia la pantalla del ascensor: todavía quedaban dos pisos.
Pensé rápidamente en algo más que decir. Quería pasar más segundos, o minutos si fuera posible, en aquel ascensor ella y yo solos, antes de que se fuera con Ethan a hacer vete a saber qué. Pero estaba demasiado confundido y permanecí en silencio.
Un solo piso.
«Mierda».
El instinto tomó el control; extendí la mano hacia el panel de los botones y pulsé el rojo antes de que llegáramos a la séptima planta. El ascensor se detuvo de golpe y la pequeña sacudida que se produjo en ese momento hizo que nos tambaleáramos.
Sin esperárselo, Leila perdió el equilibrio y la bolsa de comida se le escapó de la mano. Le rodeé la cintura con firmeza; no sabía si lo había hecho para evitar que se cayera al suelo o si solo necesitaba tenerla cerca.
Su cuerpo se tensó bajo mis dedos y Leila alzó los ojos hacia mí, desconcertada. Entreabrió los labios con un pequeño jadeo. Tuve que hacer un esfuerzo para apartar la mirada de su boca.
—¿Estás bien? —pregunté; intenté sonar lo más neutro posible.
Asintió y se zafó de mi agarre.
—¿Qué haces?
Pues sí, buena pregunta.
«¿Qué coño estaba haciendo?».
—Yo, nada, es que… —Parpadeé un par de veces mientras trataba de formar una frase sensata, pero lo que acababa de hacer no tenía nada de sensato—. No hemos vuelto a hablar desde la noche en la cabaña.
Me di cuenta de que, de nuevo, la había pillado a contrapié, porque Leila parpadeó un par de veces antes de disimular la sorpresa con un encogimiento de hombros.
—No hay mucho que decir —respondió.
Fruncí el ceño.
—¿Ah, no?
Se colocó tras la oreja algunos mechones de pelo que se habían escapado de la coleta y retrocedió un poco.
—No pasó nada.
—Estoy bastante seguro de que lo que hicimos no puede definirse como «nada» —repliqué mientras me rascaba la nuca.
Leila suspiró. No sabía si no quería hablar de ello porque se ponía nerviosa o porque en realidad consideraba que lo que había ocurrido entre nosotros había sido insignificante.
—Fumamos un poco y estuvimos a punto de ir más allá. Pero no pasó; no tienes nada por lo que preocuparte. A no ser que sientas la necesidad de hablar con todas las chicas con las que estás a punto de acabar en la cama.
Mi expresión se ensombreció todavía más.
—No, pero, Ley…
—¿Lo ves? —me interrumpió, resuelta; no me dio la ocasión de decirle que, para mí, ella no era como las demás—. Créeme, no tiene sentido seguir hablando del tema.
Algo en sus palabras, en el modo en que las había pronunciado, me irritó especialmente.
Yo también di un paso atrás y me pasé una mano por la cara mientras me preguntaba por qué coño había empezado aquella conversación.
Volví a mirarla, pero fue inútil. Era un libro cerrado, casi tanto como su hermano.
Eso no jugaba a mi favor. Odiaba no saber qué se le pasaba por la cabeza, no saber cómo comportarme con ella.
—¿De verdad prefieres fingir que no pasó nada? —probé de nuevo. Entrecerré los ojos para estudiarla con atención.
Ella asintió. Extendió el brazo para volver a poner en marcha el ascensor, pero se lo impedí.
—No te creo.
Leila reprimió una carcajada sarcástica. Me puso una mano en el hombro y me dio unas palmaditas amistosas.
—Es tu ego el que habla, ya se te pasará.
¿Creía que ese era el problema? A la mierda, sabía encajar un rechazo y, desde luego, no necesitaba creer que todas las chicas con las que me acostaba se enamoraban de mí para sentirme más hombre.
No se trataba de ego ni de orgullo. Se trataba de nosotros dos.
No podía creer que lo que había pasado entre nosotros no tuviera ninguna importancia para ella.
La conocía; no era una chica que se dejara llevar con facilidad. Aquella noche, sin embargo, si no me hubiera echado atrás, ella lo habría hecho. Encima con su novio a pocos metros de nosotros. ¿Y ahora quería hacerme creer que estaba todo bien?
Decidido a conseguir la verdad, me acerqué y volví a apoyarle una mano en la cintura. Ante mi contacto, vi que tragaba saliva y exhalaba un suspiro tembloroso.
Aquella reacción bastó para confirmarme que mentía.
No era un idiota; sabía muy bien cuál era la causa de su actitud distante. Cualquier hombre se habría arrancado un brazo con tal de tenerla en su cama, mientras que yo había tenido la oportunidad y la había rechazado.
Dos veces.
Leila podía ser incluso más testaruda y orgullosa que yo.
Ya era mucho que no me hubiera dado una buena bofetada.
En especial, porque los motivos de mi rechazo no habían cambiado.
Solo que… Dios mío, ni siquiera sabía qué quería de ella en aquel momento, ni por qué no dejaba de tocarla.
Lo único que sabía era que no podía parar.
—Lamento lo que oíste en el pasillo la mañana en que os marchasteis. —Si quería tener una conversación constructiva, primero necesitaba disculparme—. Nadie, ni yo ni mucho menos Blake , quería echarte; solo intentábamos evitar que la situación empeorara.
—Lo sé. —Lo decía con sinceridad y me sentí aliviado al ver que no me había malinterpretado.
—Respecto a lo que pasó entre nosotros dos… —continué hablando.
— Vince —volvió a interrumpirme. Desde luego, no quería escucharme.
—Me gustó, Ley. —Le acaricié la cadera. Sus ojos saltaron hasta los míos, inseguros, casi hasta sorprendidos—. Me gustó cada segundo. Pero…
—Le debes lealtad a mi hermano —concluyó en mi lugar con un deje de frustración en la voz.
—No es solo eso. Dentro de unos meses me graduaré y me marcharé para siempre de Corvallis . Tengo que pensar en el hockey, en mi hermana y en mi madre.
Y luego estaba Ethan , aunque, la verdad, había algo en toda aquella historia que no me cuadraba. Leila era una persona fiel y detestaba a los que ponían los cuernos; aun así, aquella noche se dejó llevar. Íbamos un poco colocados, es cierto, pero sabíamos lo que estábamos haciendo.
—¿Habría valido la pena? —Llevé dos dedos a su barbilla para invitarla a levantar la cabeza—. ¿Mandarlo todo al traste para pasar una noche juntos? ¿Y luego qué? Ya me conoces, en mi vida no hay espacio para una mujer.