Capítulo 21
Leila
Media hora más tarde, estábamos sentados en el suelo con la espalda apoyada en el mueble de la cocina.
Habíamos dado dos caladas, tres como mucho, antes de que una sensación de ligera euforia nos envolviera por completo.
En el exterior la lluvia seguía cayendo, dentro la vela se iba consumiendo y, sin la luz del móvil, el ambiente a nuestro alrededor era sombrío.
Sin embargo, al fin notaba el cuerpo relajado y la cabeza más ligera.
Tenía la impresión de estar dentro de una burbuja tan delicada como impenetrable.
Como una nube de algodón de azúcar flotando en el aire.
—¿Cómo te sientes?
—Mejor —admití.
—Bien, al menos mi derrota habrá merecido la pena.
—¿Tu derrota?
—Cuando Zac descubra que me he fumado la hierba de su reserva, querrá patearme el culo.
Con una ceja arqueada, incliné la cabeza a un lado y observé el mueble de la cocina del que Vince había sacado la hierba.
—Debería haberla escondido mejor, si no quería que la usarais. Además, no era tan difícil de encontrar.
— Zac está convencido de lo contrario.
Empecé a reír, primero bajito, pero luego ya no pude parar, como si Vince hubiera dicho la cosa más graciosa del mundo.
—Una vez, Thomas trajo a casa una bolsa de hierba triturada tan fina que se confundía con las especias que mi madre usaba para cocinar; le encantaban —empecé a contar entre risas—.
Thomas se la olvidó en la cocina por error; cuando ella la encontró, pensó que era un detalle de su parte para disculparse porque esa mañana habían discutido.
—Me reí tanto que me dolía el estómago, Vince tampoco podía parar de reír—.
Cuando se sentaron a la mesa, con un plato de risotto delante, mi madre le dio las gracias y le dijo que las había usado para aliñar la cena.
Dijo que eran las mejores hierbas aromáticas que había probado en su vida.
Yo tenía doce años, pero recuerdo como si fuera ayer la cara que puso mi hermano cuando entendió a qué se refería.
—¿Y luego? —me preguntó Vince , temblando por las carcajadas.
—Se puso como loco, cogió los platos y lo tiró todo a la basura. A mi madre casi le da un telele cuando al final, mientras despotricaba, mi hermano le explicó lo que había pasado. Por suerte, mi padre no estaba en casa aquella noche.
Nos reímos tanto que casi acabamos uno encima del otro.
Cuando por fin recuperamos el aliento, me sequé los ojos húmedos, apoyé la cabeza contra el mueble de la cocina y miré a Vince .
Su risa, más baja y ronca, llenaba el espacio oscuro entre nosotros.
Me gustaba. Me gustaba hacerle reír, porque normalmente era él quien me hacía reír a mí, aunque ya no recordaba cuándo había pasado por última vez.
De repente, pensar que aquel instante efímero, en el que todo parecía haber vuelto a la normalidad, terminaría y al día siguiente volveríamos a ignorarnos arrasó con toda la alegría.
—¿En qué piensas? —me preguntó Vince .
—En nada. —Negué con la cabeza y di otra calada antes de pasarle el porro—. Cuéntame algo.
—No hay nada interesante que contar. —Percibí un matiz amargo en su tono—. ¿Qué quieres saber?
Vince siempre intentaba mantener ese aspecto despreocupado de alguien que no tiene grandes problemas en la vida.
Sin embargo, la noche anterior se le había escapado que durante el último año había tenido algunos problemas, Blake me lo había confirmado esa misma mañana.
Así que le hice la pregunta más banal que se me ocurrió:
—¿Estás bien?
—Yo siempre estoy bien —respondió Vince , que apoyó un brazo en la rodilla.
—Mentiroso. —Me giré con el torso hacia él—.
¿Qué me dices de la novia de tu padre? ¿Te cae bien?
—No conocía a la niñera de su hermana, tampoco había visto nunca a Sierra, con la excepción de algunas fotos en el móvil de Vince cuando todavía pasábamos tiempo juntos.
Esperaba que aquella mujer fuera inteligente, atenta y cariñosa con la pequeña.
Vince se aclaró la garganta, parecía incómodo.
—Es buena gente.
—Y tu madre, ¿cómo está? —Lo oí suspirar, casi me arrepentí de habérselo preguntado. Desde que lo conocía, no había sabido muchas cosas sobre la familia de Vince : de su madre solo sabía que llevaba unos años ingresada en una clínica, pero el motivo era un misterio y el tema, un tabú.
—Sinceramente, no lo sé —confesó. Apag ó el porro en el cenicero que había entre nosotros.
¿Cómo era posible que no lo supiera?
Recordé la frase de Blake : «Han suspendido las visitas a su madre…».
—¿No hablas con ella? —me atreví a preguntar.
—Desde hace dos meses —admitió Vince . No pude evitar abrir mucho los ojos.
Era muchísimo tiempo.
—¿Qué ha pasado?
—Tuvo una crisis nerviosa después de ver a mi padre. Desde ese momento los médicos suspendieron las visitas.
—¿Pueden tomar esa decisión?
—Ellos no, pero mi padre sí.
Fruncí el ceño.
—¿Crees que él está detrás?
—Según él, no. Pero no pondría la mano en el fuego —se limitó a decir, resentido.
Me supo muy mal. Sabía lo que significaba tener un padre incompetente. El mío lo había sido toda la vida; el de Vince , en cambio, había empezado a decepcionarlo y a hacerle daño con el tiempo.
El senador Callum Rise era un hombre poderoso; como tantos hombres poderosos, no tenía escrúpulos.
Aunque la prensa solía hablar de él como un político de comportamiento ejemplar —si dejamos de lado algún que otro cotilleo sobre sus escarceos amorosos—, por lo que Vince me había contado parecía que la realidad era muy distinta.
—Ahora que lo pienso, hay algo que no te he contado —le dije, y volví a captar su atención—.
El viernes, un poco antes de que terminara el partido, escuché sin querer una llamada entre tu padre y un hombre de negocios, creo.
O tal vez fuera un ojeador. Hablaban de ti, de que no estabas jugando bien.
Y luego, ese hombre dijo que, en cualquier caso, el partido estaba ganado.
—Probablemente, si logré contárselo con tanta ligereza fue solo gracias a la hierba.
—¿Qué significa eso de que en cualquier caso el partido estaba ganado? —preguntó él con rencor.
Me encogí de hombros; no tenía ni idea.
—El hombre se dio cuenta de que yo estaba por allí cerca y no dijo nada más, colgó.
Vince suspiró a pocos centímetros de mí, en la cocina sumida en la penumbra.
—Estoy demasiado colocado para pensar en esto ahora.
Sí, lo entendía. Yo también me sentía demasiado colocada para plantear hipótesis.
Permanecimos en silencio unos minutos, hasta que empecé a sentir los párpados pesados. Pero todavía no estaba lista para volver a mi cuarto. Quería saber una cosa. Me acerqué un poco más, hasta que nuestros hombros estuvieron en contacto, y le pregunté:
—¿Jugaste mal por mi culpa?
Alcé la vista y vi que él ya me estaba mirando. Bajo la débil luz de la vela, capté su clásica sonrisa perezosa y sexy.
Maldita sea, era atractivo incluso cuando iba colocado.
¿Cómo era posible?
—¿Crees que tienes tanto poder?
—¿Lo tengo? —Mi voz fue poco más que un susurro.
Me miró. Sus ojos claros parecían querer decirme un millón de cosas, confesiones que tal vez no habría oído nunca.
—Llevaba un año sin verte en las gradas, solo estaba sorprendido.
—El delantero de los Huskies casi acaba contigo, deberías aprender a gestionar mejor las sorpresas —bromeé, aunque luego añadí, seria—: ¿Habrías preferido no verme?
Vince permaneció en silencio unos segundos que me parecieron interminables, hasta que respondió sin ningún tipo de duda en la voz:
—Habría preferido no saber que estabas allí por él.
Se me encogió el corazón en el pecho y tuve que hacer un esfuerzo inmenso para parecer impasible.
Habría querido decir algo, pero, en lugar de eso, me quedé clavada en el suelo, incapaz de hablar, mientras la intensidad de la mirada de Vince incrementaba el sentimiento de culpa que sentía. Bajé la mirada, me aclaré la garganta y luego hice lo que mejor se me daba: contraataqué.
—Estoy segura de que encontraste consuelo rápido, no te faltan admiradoras en las gradas. —Me maldije al instante por haber hablado de esa forma y permitirle pensar que estaba celosa.
Porque, bueno, sí, lo estaba, pero Vince no debía saberlo.
Él resopló, divertido.
—Es la mejor amiga de Vanessa , no hay nada entre nosotros, solo somos amigos.
Sonreí y le di una palmada afable en el hombro.
—Solo porque ella no quiere algo más.
«Cállate, idiota, estás empeorando la situación».
—No, es porque me importan mis pelotas, Ley. Si me atreviera a intentarlo en serio, me encontraría con una cría que mide lo mismo que mi hermana plantada en la puerta de mi dormitorio, lista para recordarme la fuerza de sus derechazos.
La imagen de Vanessa dándole una paliza por no haber sabido mantener sus partes en los pantalones me hizo sonreír. Pero su respuesta me dejó un sabor amargo. Acababa de admitir que la única razón por la que no lo intentaba con Tiffany era el miedo a perder los genitales.
Me ensombrecí y, sin darme cuenta, empecé a morderme nerviosa las pieles del labio inferior; cuando él intentó retirarme con delicadeza un mechón del rostro, me aparté. Vince se quedó inmóvil un instante, con el brazo suspendido en el aire, pero luego se atrincheró tras una expresión imperturbable.
—Bueno, se ha hecho tarde —dije—. Será mejor que vayamos a dormir. —Intenté sonar neutral, sin rencor, pero no estaba segura de haberlo conseguido.
Sin añadir nada más, Vince se levantó del suelo. Yo hice lo mismo, pero la cabeza me dio vueltas y tuve que apoyarme en el borde de la encimera.
—Ups, aquí dentro todo está girando —me reí, señalándome la cabeza.
—Te acompaño. —Intentó sostenerme, pero retrocedí, cabezota como siempre.
—No hace falta, puedo yo sola. —Intenté dar un paso, pero fue como si caminara sobre arenas movedizas. Entonces, Vince me rodeó la cintura con un gesto más firme e insistió:
—Te acompaño. —Esta vez, su tono no admitía réplica.
De algún modo, conseguimos subir, aunque ya no sabíamos quién sostenía a quién.