Juego sucio: Empieza el partido Capítulo 20 #2
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Capítulo 20 #2

La punzada que sentí en el estómago al imaginarlos en la misma cama, a pocos metros de mí, me pilló desprevenida. La maldije, porque no quería sentir nada de eso por Vince , y mucho menos por Madison .

No quería seguir pensando en ello o me volvería loca. Aparté la manta y me levanté; necesitaba beber un poco de agua para deshacer el nudo que tenía en la garganta. Intenté encender la lámpara de la mesita, pero no dio señales de vida, así que avancé a tientas por la habitación a oscuras.

Una vez en el pasillo, me di cuenta de que estaba iluminado por una pequeña luz de emergencia. La corriente no había vuelto todavía, qué mala pata.

Sujetándome a la barandilla, bajé con cuidado las escaleras y llegué al piso de abajo. Me maldije por no haber cogido el móvil.

Fui a la cocina, iluminada tan solo por una vela consumida a medias. Me llené un vaso de agua del grifo y me lo bebí de un trago. Luego respiré hondo y me puse el pelo detrás de las orejas.

Me acerqué a la ventana y miré más allá del cristal, contra el que la lluvia golpeaba con fuerza, mientras me frotaba los brazos con las manos.

—¿No puedes dormir? —La voz de Vince me sorprendió a mi espalda y di un respingo.

Me giré de golpe, pero no vi a nadie en la cocina. Caminé hasta el umbral que daba al salón, agucé la vista para entrever algo en aquella oscuridad absoluta y solo entonces me pareció distinguir a alguien tumbado en el sofá.

—¿ Vince ? —Intenté controlar el temblor de mi voz, pero fracasé.

—Perdona, no quería asustarte —dijo en un susurro.

¿Qué hacía allí? Creía que estaba en su habitación con Madison .

—¿Por qué duermes en el sofá?

No respondió.

Oí el leve crujido del sofá, después unos pasos, al principio titubeantes, como si no supiera si acercarse. Otro crujido más cerca, esta vez del parqué. Cuando llegó ante mí percibí su respiración tranquila y profunda. Una ráfaga de su perfume me envolvió y me encogió el estómago.

—Prefiero dormir solo, tengo el sueño ligero.

Ahora, a pocos centímetros de mí, la luz de la vela se reflejaba en su rostro y por fin pude verlo.

El corazón empezó a latirme con más fuerza, pero intenté que no se notara.

—Entiendo, pues buenas noches.

Pasé junto a él, dispuesta a subir las escaleras, pero me sujetó con delicadeza por la muñeca y me lo impidió.

—Espera, Ley.

Me solté de su agarre y di medio paso atrás: tenerlo tan cerca podía hacer que bajara la guardia. Era bueno en eso, siempre conseguía ser justo lo que necesitaba. Lo que buscaba.

No podía permitirme correr semejante riesgo.

—¿Qué pasa?

—¿Estás bien? Antes, cuando te has ido, parecías alterada. —En sus ojos azules vi un velo de preocupación.

—Oh, ¿entonces por eso vuelves a hablarme? —Se me escapó una risa amarga—. ¿Porque te doy pena?

—¿Qué? No, solo estoy preocupado.

—Creía que tu única preocupación era perderme de vista lo antes posible.

Vince soltó un suspiro pesado, cerró los ojos y se pasó una mano por el pelo. Cuando volvió a abrirlos, en ellos advertí la sombra del arrepentimiento.

—No es así —admitió tenso en voz baja.

—¿Y entonces? —lo desafié mientras el sonido de la lluvia llenaba el silencio.

Antes de que pudiera abrir la boca para responder, un trueno estalló en el cielo y lo hizo con tanta fuerza que las paredes de la casa temblaron.

Me estremecí, pero intenté mantener la calma.

Me rodeé el cuerpo con los brazos. Mi reacción no pasó desapercibida a ojos de Vince porque inclinó ligeramente la cabeza y me estudió con atención.

—¿Qué te pasa?

—Nada.

— Sam dice que te dan miedo las tormentas. ¿Es verdad?

Me había limitado a decirle que me aterraban los relámpagos y los truenos, sí. Pero lo mío no era una mera fobia, sino que tenía sus raíces en algo mucho más complicado que, desde luego, no iba a explicarle en ese momento. Y menos a él.

—No has respondido a mi pregunta —le señalé.

—Tú tampoco —replicó con una sonrisita insolente visible en la comisura de su boca.

Entrecerré los ojos.

—¿Qué haces, Vince ?

O sea, ¿adónde quería llegar? ¿Por qué, de pronto, se comportaba como si entre nosotros no hubiera pasado nada?

Vince parecía inseguro.

—No lo sé, solo quiero… —farfulló y se interrumpió, como si buscara las palabras adecuadas—.

Sé que me he comportado mal y que no he sabido gestionar de la mejor manera la historia entre tú e…

Ethan . —Pronunció su nombre como si le costara—.

Pero no puedo ignorar el hecho de que estés tan alterada como para no poder dormir, no puedo quedarme de brazos cruzados.

—La aflicción sincera que percibí en sus palabras me golpeó de lleno en el pecho.

Aun así, no había nada que pudiera hacer para evitarme ese sufrimiento.

Nadie podría hacerlo jamás.

—Te agradezco que te preocupes, Vince , pero no quiero tu ayuda, no la necesito. —Me apresuré a erigir de nuevo esa maldita barrera de hielo que, al parecer, Vince se había empeñado en derribar. Pero él no parecía dispuesto a rendirse: dio un paso hacia mí para anular la distancia que nos separaba.

La respiración se me quedó atascada en la garganta. Me posó un dedo bajo el mentón y lo alzó para que encontrara su mirada penetrante incluso bajo la tenue luz de la vela. Un gesto simple y delicado, pero capaz de conseguir que todo mi cuerpo se estremeciera.

—Si pudieras dejar a un lado el odio que sientes por mí solo esta noche, ¿me permitirías hacer algo por ti?

Fruncí el ceño, preocupada, pero debía admitirlo: también estaba un poco intrigada.

Me habría gustado decirle que no lo odiaba en absoluto.

Que sí, estaba enfadada y herida, pero jamás podría odiarlo, de hecho, tenía miedo de que fuera él quien me odiara a mí.

Sin embargo, me limité a tragar saliva y me humedecí los labios secos.

Durante una fracción de segundo, sus ojos se posaron en mi boca.

—¿Qué quieres hacer? —le pregunté, titubeante.

Sus labios se curvaron en una sonrisa perezosa y luego, sin decir nada más, me rodeó y entró en la cocina.

Se sacó el móvil del bolsillo y usó la linterna para abrir una puerta del aparador.

Rebuscó en el interior. Sacó una lata. Cuando vi lo que sostenía, arqueé las cejas.

Vince volvió a cerrar la lata y la dejó en su sitio.

Cogió el mechero que había junto a la vela y lo puso sobre la isla.

Me acerqué a la encimera y apoyé los codos mientras observaba con atención lo que me ofrecía.

—¿Así es como piensas ayudarme? ¿Colocándome con un poco de hierba? —Casi me entró la risa.

—Una excepción, solo por hoy.

Lo miré a los ojos y valoré su propuesta.

Podía permitírmelo.

Solo esta noche.

Una forma espontánea de alejar los pensamientos oscuros.

Mañana todo volvería a la normalidad y nadie se enteraría.

Sí, podía funcionar.

Vince debió de intuir que me había convencido, porque empezó a extender la mezcla de hierba y tabaco sobre el papel y lo enrolló con destreza. Levantó la mirada hacia mí y pasó la punta de la lengua con cuidado para humedecer el borde y sellarlo.

Una punzada me recorrió el vientre.

—Solo unas caladas —susurró y se volvió a colocar a mi lado—. Para aliviar la tensión.

Volvíamos a estar cerca, demasiado cerca, el corazón me latía muy rápido. Vince me tendió el porro y, cuando me lo llevé a los labios, fue él quien lo encendió. Retuve el humo, sabiendo que así haría efecto antes, luego lo solté despacio hacia Vince .

—¿Qué tipo de tensión?

Él sonrió, me quitó el porro de los labios y se lo llevó a los suyos.

—Cualquier tipo.