Capítulo 20
Leila
El corazón me latía en el pecho con tanta violencia que pensé que estaba a punto de asfixiarme.
En la penumbra de la habitación, me llevé una mano temblorosa al cuello, como si quisiera librarme de unas enormes cadenas invisibles.
El estruendo de la lluvia. El desgarro de los relámpagos en el cielo. El fragor de los truenos. Una vieja farola alcanzada por un rayo. El timbre de la puerta.
Cerré los ojos e intent é ahuyentar las imágenes aterradoras que se sucedían vertiginosamente como flashbacks.
La pérdida, el dolor, el horror estaban allí delante; podía verlos y tocarlos; todavía oía los gritos de mi madre. Veía a médicos y enfermeros correr por los pasillos. A mi hermano entre una maraña de cables, atrapado por las máquinas. Y Nathan , mi otro hermano…
«No estás allí, Leila . No estás allí».
Pero las sienes me palpitaban, los ojos se me habían nublado de lágrimas y mi mente empezaba a desvariar.
Me pareció volver a sentir el hedor estéril de la morgue, el frío despiadado de los pasillos, los sollozos de los familiares.
La cabeza me daba vueltas, me zumbaban los oídos, las piernas ya no me sostenían. Me puse en cuclillas, con la espalda apoyada contra la puerta de mi habitación. Las rodillas encogidas contra el pecho, el cuerpo empapado de agua y sudor frío.
«Es la tormenta, Leila . El evento que desencadena estos episodios de pánico. Pero si eres capaz de anticiparlo, también serás capaz de gestionarlo».
Recordé las palabras de la psicoterapeuta que me había tratado años atrás y me llamé estúpida, porque esa noche me había dejado distraer.
Si hubiera estado más atenta, me habría dado cuenta de que la tormenta era inminente; habría sabido que ya se había declarado la alerta y habría podido actuar como siempre.
«Concéntrate en algo que te haya hecho feliz, lo que sea», me había dicho la doctora, pero no tenía ningún recuerdo feliz al que aferrarme.
Ninguna excursión al campo con la familia.
Ningún primer beso arrollador.
Ningún abrazo cálido.
Nunca había saboreado la felicidad porque durante toda mi vida no había hecho otra cosa que intentar sobrevivir, intentando arreglar los desastres de mi familia.
Apoyé las palmas de las manos en el parqué; necesitaba tocar algo real.
Intenté recuperar el control de los latidos de mi corazón.
Inspiré por la nariz, despacio, contando hasta cuatro.
Como me había enseñado a hacer la doctora.
Contuve el aire siete segundos, luego lo solté por la boca y conté hasta ocho.
Repetí el mismo ejercicio un par de veces, hasta que sentí que la tensión se aflojaba en mis hombros y los pensamientos estaban un poco menos enredados.
Miré a mi alrededor para retomar el contacto con la realidad. La tormenta arreciaba, pero los truenos empezaban a parecerme menos amenazadores, hasta que alguien llamó a la puerta con insistencia.
Abrí los ojos de par en par y tragué saliva.
No quería que nadie me viera en esas condiciones.
Me sentía demasiado vulnerable.
Así que no respondí.
Entonces, la persona al otro lado habló.
Aquella voz, su voz…
Fue capaz de provocarme alivio y desequilibrio al mismo tiempo.
—Ley, abre la puerta, por favor… —Su voz suplicante no bastó para convencerme.
¿Qué quería ahora?
Durante dos días no había hecho más que tratarme con frialdad y evitarme, ¿y ahora estaba preocupado por mí?
No necesitaba su compasión.
Ni tampoco quería que se interesara por mí.
Podía arreglármelas sola, como siempre había hecho.
Como seguiría haciéndolo.
Reuní fuerzas para ponerme en pie, a pesar de que todavía temblaba.
Me ajusté el albornoz y me levanté para cerrar la puerta con llave.
Me sentía cansada y afectada, vacía por dentro. Me quité el albornoz húmedo, me puse un chándal que Blake había comprado, de tejido técnico cálido y suave, y luego me metí en la cama.
Deseé con todas mis fuerzas descansar al menos un poco; lo necesitaba. Me obligué a cerrar los ojos y relajarme, cont é de nuevo las respiraciones y traté de controlar los pensamientos.
El cielo estaba cubierto de nubes grises que dejaban pasar una luz tenue; el aire era húmedo y estaba impregnado del olor a lluvia. Había basura acumulada en las esquinas de las calles, las ventanas de las casas que nos rodeaban estaban casi todas rotas o bien cubiertas con plásticos negros.
Thomas lanzó un tiro, pero la pelota rebotó en el aro oxidado de la canasta y acabó lejos.
Nathan , nuestro hermano pequeño, corrió a buscarla. Mientras tanto, yo me encendí un cigarrillo y me acomodé mejor sobre el asfalto irregular y lleno de grietas de la pista en la que estaba entrenando Thomas .
—¿Dónde estuviste anoche?
—Fuera.
—¿Fuera, dónde?
Mi hermano me miró mal. No soportaba los interrogatorios, pero me daba igual. Se acercó a mí, me arrancó el cigarrillo de los labios y lo tiró lejos de allí.
—No fumes.
—No bebas —repliqué, consciente de que había pasado la noche emborrachándose. Una risita burlona escapó de sus labios, negó con la cabeza. Nathan volvió y le dio la pelota, Thomas encestó de un salto.
—Mamá no ha pegado ojo en toda la noche, estaba esperando a que volvieras —seguí hablando. Aunque fingía ignorarme, sabía que en realidad escuchaba cada palabra.
—Confirmo. — Nathan se tumbó en el suelo a mi lado, apoyó la cabeza en mis piernas y siguió admirando a nuestro hermano.
Yo no sabía mucho de baloncesto, pero a Nathan le brillaban los ojos cada vez que veía jugar a Thomas .
—Mamá no ha pegado ojo porque tenía miedo de que Joe se despertara —rectificó Thomas .
Sí, en parte era cierto.
—En cualquier caso, deberías dejar de pasar tanto tiempo fuera de casa, metiéndote en quién sabe qué líos. La gente habla.
—Que se joda la gente, ¿no tiene nada mejor que hacer? —Botó la pelota un par de veces y volvió a encestar con una precisión envidiable.
— Thomas , cuando papá se entere de que robaste en aquella tienda, se pondrá como loco.
—Que se joda él también —me interrumpió, sin dejar de tirar—. No necesita un motivo para ponerse como loco, ya lo hace todos los días.
—Estoy de acuerdo —intervino Nathan , siempre dispuesto a defender a nuestro hermano—. Por cierto, me debes diez dólares —anunció, de repente, mientras se incorporaba y alargaba la mano hacia Thomas .
—¿Qué? —dijo él con el ceño fruncido.
—Cinco dólares por cada palabrota, ¿recuerdas? —le refrescó la memoria con una gran sonrisa estampada en la boca.
—No he dicho ninguna palabrota —se defendió Thomas .
—Has dicho dos —le hizo ver Nathan —. Solo porque no seas consciente no significa que no las hayas dicho.
Thomas lo miró unos segundos, no estaba nada convencido. Luego me observó a mí; con una mirada divertida asentí, poniéndome de parte de Nathan .
—Que os den por culo a los dos, no es verdad —ladró Thomas .
—Quince dólares —replicó Nathan , y me arrancó una risa.
Mi hermano frunció los labios y respiró hondo por la nariz mientras Nathan le hacía un gesto con los dedos para pedirle que soltara la guita. Gracias a esa pequeña regla había llenado su hucha en pocas semanas.
A regañadientes, Thomas sacó quince dólares de su cartera y se agachó para ponérselos en la mano abierta.
—Encontraré el modo de recuperarlos.
—Eso dices siempre —se mofó Nathan , que con extrema satisfacción abrió los billetes en abanico, como si fueran las cartas de una baraja. Por mucho que se esforzara, Thomas no pudo contener una sonrisa.
Le revolvió el pelo a Nathan . Cuando retiró la mano, vi que la tenía manchada de sangre.
El pánico me invadió; parecía que mis hermanos no se habían dado cuenta de nada. Tomé la mano de Thomas , pero se desvaneció ante mis ojos.
Miré hacia abajo y vi que una mancha de sangre se extendía por mis pantalones, justo donde Nathan había vuelto a apoyar la cabeza. Lo llamé, pero no respondió; seguía ocupado mientras jugueteaba con los billetes, con una sonrisa deslumbrante en los labios.
—¡ Nathan , Nathan ! —grité su nombre varias veces. Luego intenté levantarlo de mi regazo; en cuanto lo toqué también desapareció.
Miré a mi alrededor horrorizada: ya no quedaba nadie, solo yo, en aquella pista vacía y descolorida, engullida por un torbellino de terror y desesperación.
Me desperté sobresaltada, empapada en sudor y con el corazón golpeándome el pecho.
No sabía cuánto había dormido. Fuera seguía oscuro, llovía a cántaros y yo estaba muerta de miedo.
Me senté en el borde de la cama. Cogí el teléfono para mandarle un mensaje a mi hermano y asegurarme de que estaba bien.
A menudo me ponía en contacto con él en plena noche por culpa de mis pesadillas. Thomas lo sabía y siempre me tranquilizaba.
Como siempre, respondió enseguida:
Thomas : Duerme, C. J., estoy bien.
Solté un suspiro de alivio. Dejé el móvil sobre mis piernas y me agarré la cabeza entre las manos, a la espera de que los latidos de mi corazón recuperaran un ritmo más regular.
Tenía la garganta seca y una sed terrible.
Iba a dejar el teléfono en la mesita de noche y bajar al piso de abajo cuando me di cuenta de que tenía un mensaje sin leer de parte de Sam .
¿Por qué me había escrito?
Me giré y comprobé que su lado de la cama estaba vacío. Fruncí el ceño. ¿Dónde estaba?
Abrí su chat y tuve que leer el mensaje dos veces antes de creer lo que veían mis ojos.
Sam : Te quiero, amiga, pero, joder, me has dejado encerrada fuera. Dolly-Dolly me ha cedido su habitación, que sepas que me debes una.
Pero ¿qué decía…?
De repente, recordé que Vince había llamado a la puerta; en lugar de abrirle, había cerrado con llave y me había metido en la cama.
Cerré los ojos, avergonzada.
No podía creerlo.
Al día siguiente me disculparía; tal vez podría prepararle su desayuno favorito.
Antes de dejar el teléfono, volví a leer el mensaje; había algo que no cuadraba. Madison le había cedido la habitación. Un gesto amable, pero eso significaba que ella… estaba compartiendo cama con Vince .