Juego sucio: Empieza el partido Capítulo 19 #2
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Capítulo 19 #2

Antes de responder, Leila me observó, enlazó su mirada con la mía y entrecerró los ojos con desprecio.

Desde luego, el cabreo conmigo no se le había pasado.

—¿No es evidente? —Se volvió con una sonrisa hacia Ethan , que la rodeó por la cintura y la atrajo hacia sí.

Apreté la mandíbula y respiré hondo.

—Vais en serio, vosotros dos —comentó Zac .

—¿Por qué no deberíamos ir en serio? —replicó Ethan , extrañado.

—Yo qué sé, porque eres… tú. — Zac lo señaló con ambas manos—. No me malinterpretes, me alegro por vosotros, pero ha sido del todo inesperado. Bueno, ¿cuándo pasó?

Ethan se encogió de hombros en un gesto distendido.

—Todo empezó hace unos meses, en el Marsy —empezó a relatar; lo escuché con toda mi atención—.

Una noche la encontré allí sola, la invité a tomar algo, jugamos unas partidas al billar, charlamos un poco y surgió algo.

Al principio pensamos en mantenerlo en secreto para no crear problemas.

— Ethan me miró un instante y, por más que intentara que no se notara, ardía por la rabia—.

Pero llegó un momento en que ya no pudimos más.

—A veces las cosas más inesperadas acaban siendo las mejores —comentó Madison , a mi lado—. Cuéntanos, ¿qué te atrajo de él? —le preguntó a Leila , que se aclaró la garganta y se apoyó contra la pared de la piscina y enderezó la espalda.

—Oh, eh… ya sabes, él… bueno, sí, él… supo cortejarme.

Fue más fuerte que yo; no pude contener una carcajada mientras me rascaba la punta de la nariz.

—¿Que supo cortejarte? ¿Y cómo, a base de insultos y payasadas?

Blake y Zac estallaron en carcajadas; era de dominio público que Ethan solo conocía una forma de cortejar a las mujeres: haciéndolas sentir insignificantes.

La respuesta de Leila fue tajante.

—No, me ofreció mucho más —precisó, lo que aniquiló mis ganas de reír—.

Para responder a tu pregunta —prosiguió, dirigiéndose a Madison —, siempre he tenido debilidad por los chicos decididos que saben lo que quieren y no tienen miedo de ir a por ello.

—Me lanzó una mirada afilada—. E Ethan se mostró muy decidido.

Tragué aquel bocado amargo en silencio y me pregunt é si ese era el precio a pagar por haber puesto la amistad con su hermano por delante de mis propios deseos.

Ethan le tomó el mentón entre los dedos y la besó.

Ella correspondió al beso, pero antes de apartar la mirada de ellos —para ahorrarme más malestar— advertí que los ojos de Leila estaban clavados en mi boca mientras deslizaba su lengua para entrelazarla con la de Ethan .

Percibí vagamente los comentarios y silbidos de los demás.

Aunque sabía que lo mejor habría sido marcharme de allí, me quedé inmóvil, como bloqueado por una fuerza mayor contra la que no podía luchar.

Incliné la cabeza y la observé.

¿Qué hacía?

¿Me estaba desafiando?

¿Provocando?

¿O acaso era su manera retorcida de castigarme?

No tenía la menor idea, pero por algún motivo sentí que la polla se me tensaba entre las piernas y la adrenalina empezó a correrme por las venas.

Me vi obligado a rodear con un brazo a Madison y sentarla sobre mi regazo para evitar montar un espectáculo.

Mads interpretó mi gesto como una invitación a retomar lo que habíamos empezado antes de que llegaran. Entonces, me rodeó los hombros con los brazos y acercó los labios a mi oído:

—¿Sabes? Esta noche me gustaría dormir contigo en tu habitación —susurró antes de besarme el cuello—. Puede que Blake tenga algo que decir al respecto, pero qué más da —añadió, riendo contra mi piel.

Oí de fondo que Zac y Blake nos animaban a todos a irnos a hacerlo a nuestras respectivas habitaciones, y luego se levantaron para ir con Nate y Jackson , que estaban en la sauna.

Sonreí y me humedecí los labios secos antes de que Madison empezara a morderlos y besarlos.

Involuntariamente, mis ojos volvieron a posarse en los de Leila .

Vi que seguía observándome; su mirada ardía con un sentimiento imposible de descifrar.

Rabia, sí, pero había algo más. Algo oscuro.

Un deseo profundo que trataba de reprimir con todas sus fuerzas.

Ethan le mordió el lóbulo de la oreja y ella le clavó los dientes en el labio sin apartar la mirada de mí.

A nuestro alrededor, el aire olía a cloro, «Renegade» de Aaryan Shah sonaba por los altavoces, las luces led de la piscina se reflejaban en la penumbra de la sala y brillaban en nuestros rostros.

Fuera lo que fuera lo que Leila se había metido en la cabeza, estaba funcionando, porque los dedos me empezaron a hormiguear por el nerviosismo. Apreté las nalgas de Mads , que se movió despacio sobre mí.

Me estaba empalmando debajo de ella, pero no por ella, joder.

Justo cuando empecé a besarla, un relámpago iluminó la sala a través del suelo de cristal del primer piso y, al cabo de un instante, un trueno retumbó entre las paredes. Las dos chicas se sobresaltaron. Algo en la mirada de Leila cambió profundamente.

Vi que se apoyaba contra el borde de la piscina y me percaté de que se había puesto pálida.

Ethan le preguntó si todo iba bien, pero ella apenas pudo asentir.

Otro trueno la llevó a contener la respiración. Ahora parecía asustada.

Toda la tensión que nos había animado hasta ese momento desapareció en un abrir y cerrar de ojos.

Bajé a Madison de mis piernas, pero antes de que pudiera acercarme a Leila , otro trueno ensordecedor hizo saltar la corriente y las luces de emergencia se encendieron e iluminaron parte de la sala.

La lluvia empezó a caer con intensidad; se oía incluso desde el sótano en el que nos encontrábamos.

Los chicos salieron de la sauna y se acercaron al mismo tiempo que Sam llegó con la linterna del móvil encendida frente a ella.

—Creo que ha habido un apagón —anunció asustada. Todos empezaron a hablar sobre qué hacer.

Madison e Ethan salieron de la piscina, mientras que Leila se quedó allí, paralizada.

Con la respiración jadeante y la mirada perdida en el vacío.

— Leila —me limité a decir. Intenté cogerle la mano, pero ella se apartó ante mi gesto, como si hubiera roto el hechizo que la había inmovilizado; salió de la piscina. Se puso el albornoz y caminó deprisa hacia las escaleras.

—¡Ley, espera! —la llamó Sam , pero la ignoró y se marchó.

—¿Qué le pasa? —le pregunté a Sam mientras salía del agua.

—Le dan miedo las tormentas —se limitó a decir ella, pero, por cómo frunció los labios, supe que había algo más.

Ethan soltó una carcajada.

—¿Qué tiene, cinco años?

—Dime una cosa, por curiosidad: ¿naciste gilipollas o te has convertido en uno con el paso del tiempo? —lo acusó Sam , que me quitó las palabras de la boca y lo dejó mudo antes de ir tras su amiga.

Sentí la necesidad física de hacer lo mismo, pero mi maldito orgullo me mantenía clavado al suelo.

Nate fue a buscar todas las velas que pudo a la despensa.

Zac , Jackson y Blake fueron a por sus móviles para usar las linternas.

Ethan no me perdía de vista mientras se secaba el pelo con el gorro del albornoz, como si quisiera estudiar mi próximo movimiento.

Madison hacía lo mismo: esperaba mi reacción.

«Ve con ella».

«No te necesita, ya tiene a Sam ».

«Deja de ser un cobarde».

«No quiere verte».

«A la mierda».

Me até una toalla alrededor de la cintura y seguí a Sam por las escaleras.

—¿Adónde vas? —me gritó Madison .

No respondí.

En unas pocas zancadas alcancé a Sam , que ya estaba en la planta baja de la cabaña y se dirigía hacia los dormitorios, pero la detuve a tiempo.

—Espera, deja que vaya yo.

Me miró como si hubiera perdido la razón.

—Eres la última persona a la que quiere ver en este momento, te lo garantizo.

Un puñal clavado en el pecho habría dolido menos.

— Sam . —La detuve sujetándola del brazo—. Por favor.

Me miró profundamente unos segundos, con el haz de luz de la linterna entre los dos, como si intentara leerme los pensamientos. Luego se encogió de hombros, puso los ojos en blanco y dio un paso atrás.

—Como quieras, pero te lo he advertido.

Se lo agradecí con una leve sonrisa y subí al piso de arriba. Avancé a tientas por las escaleras y el pasillo, procurando no resbalar con las gotas de agua que marcaban el camino hasta su habitación.

Cuando llegué a la puerta, llamé con decisión, pero ella no respondió.

Volví a llamar con insistencia.

Solo quería asegurarme de que estaba bien.

No obtuve respuesta y, desesperado, hice un último intento miserable.

—Ley, abre la puerta, por favor…

En ese momento, oí un ligero crujido en el parqué y un débil sonido al otro lado de la puerta.

El corazón me latía con fuerza.

En lugar de que la puerta se abriera, oí el clic de la cerradura y supe que Leila se había encerrado con llave.

Apoyé la cabeza contra la madera de la puerta, derrotado.

Sam tenía razón: Leila no me quería allí.