Capítulo 19
Vince
—Eso que he visto en el piso de abajo, a través del suelo transparente del gimnasio, ¿es una piscina climatizada?
—preguntó Mads en cuanto volvió de la zona fitness.
Tenía el pelo mojado de la ducha y también vestía la ropa que había comprado Blake .
Le quedaba bastante grande, de lo que ya se había quejado alto y claro.
—Sí, fue un pequeño regalo que nuestros abuelos nos hicieron a mí y a mis primos —respondió Nate mientras tomaba asiento a la mesa.
Yo también acababa de volver; por desgracia, solo estábamos esperando a Ethan para empezar a cenar.
Bajó unos minutos más tarde, solo y con las manos vacías; deduje que Leila había aceptado el plato que le había preparado.
Aunque Ethan seguramente se habría atribuido el mérito, me alegré de que por fin pudiera comer algo.
Nos sentamos para cenar. Nate y Jackson ocuparon las cabeceras; yo me encontré entre Madison y Sam , que parecía haber depuesto las armas conmigo.
Después se sentaron los demás. Ethan pidió que dejaran un sitio libre a su lado, por si Leila quería cenar con nosotros.
—¿Una piscina climatizada la consideras un «pequeño regalo»? Jolín, qué dura es la vida de los ricos —ironizó Sam cuando empezábamos a servirnos.
—Eso lo dices porque no has visto el spa —intervino Zac , frente a nosotros.
Sam arqueó las cejas.
—¿Hay un spa? ¡¿Por qué no lo dijisteis en cuanto llegamos?!
—Bueno, también hay una sala de juegos —intervino Nate , masticando un bocado de pollo.
—Y una bolera —añadí, señalándolo con el tenedor.
Madison parecía incrédula. Sam no dejaba de parpadear, desconcertada.
—¿Dónde está todo eso? —preguntó Madison .
—En el sótano —expliqué antes de llevarme un poco de puré a la boca.
—¡Quiero probarlo todo! —exclamó Madison —. O sea, si voy a estar obligada a pasar aquí los próximos días, más vale que los disfrute al máximo, quién sabe cuándo se repetirá algo así.
—Sí, bueno, intentemos que no se repita nunca más, ¿vale? —bromeó Nate , lo que arrancó una carcajada en toda la mesa.
La cena transcurrió con tranquilidad mientras charlábamos.
Incluso Ethan parecía haber bajado la guardia en una especie de tregua.
Una vez terminamos de comer, Madison propuso que nos diéramos un chapuzón en la piscina.
Como la alerta meteorológica no nos permitía salir de casa y ninguno de nosotros quería acostarse pronto, todos aceptamos encantados.
O casi todos: Sam prefirió acurrucarse en el sofá y ver una película bajo una manta, mientras que Ethan subió al piso de arriba para irse con Leila .
Nos encaminamos a nuestras habitaciones para ponernos los bañadores y unos albornoces. Nate y Blake habían organizado el retiro a lo grande y estábamos bien equipados: las chicas encontrarían bikinis y bañadores en el armario de la hermana de Nate .
Antes de ir a cambiarse, Madison me llamó y me susurró al oído:
—¿Todo bien entre nosotros? —Eso me pilló desprevenido y no estaba del todo seguro de la respuesta, así que me limité a sonreír. Entonces, me tomó de la mano y me besó en los labios, contenta.
Cuando nos cambiamos, bajamos al sótano para entrar en la sala de la enorme piscina, donde nos perdimos entre chapuzones y risas.
Nate había encendido los altavoces, empotrados en la pared de piedra, y la música retumbaba en el espacio.
Para demostrar que no faltaba nada, había hasta un minibar, y la sala estaba iluminada por unas luces led sumergidas en el agua que creaban un juego de reflejos de tonos verdes y azules.
A pesar del ambiente distendido y alegre —me sorprendió ver a Madison charlando y riendo con los demás—, yo no estaba de humor; me sentía atenazado por mil pensamientos que no había podido procesar.
Decidí irme a la zona del jacuzzi para relajarme y concederme un momento de soledad.
Apoyé la espalda en el borde y extendí los brazos por encima, a los lados.
Eché la cabeza hacia atrás y observé el techo transparente, empañado por el vapor del agua caliente que nos envolvía.
Incapaz de controlar la mente, empecé a darle vueltas a todo lo que me preocupaba.
Sierra, el hockey, mi madre… Sí, mi madre.
La echaba de menos. No la veía desde hacía dos meses, antes de que suspendieran las visitas a la clínica privada tras una crisis nerviosa que sufrió durante el último encuentro con mi padre.
No sabía por qué motivo mi padre había ido a verla después de tantos años, ni cuál había sido el detonante de aquella nueva crisis, pero no dejaba de preguntármelo.
Mi padre se negaba a hablar del tema, y Janelle tampoco lo sabía.
Por supuesto, estaba descartado hablar de ello con Sierra u Olga .
Incluso la prensa, que no dejaba escapar ningún cotilleo sobre los políticos de nuestro país, guardaba silencio al respecto.
Los médicos de la clínica se mostraban herméticos cada vez que intentaba averiguar algo.
Pero no me rendiría; tarde o temprano descubriría qué le había pasado.
Cerré los ojos, perdido entre mil conjeturas, cuando de repente Madison se sentó sobre mis piernas. Hundió los dedos de ambas manos en mi pelo.
—¿Qué haces aquí, tan solo?
Abrí los ojos y la miré. Por un instante, pensé en decirle la verdad, pero cambié de idea enseguida. Jamás entendería lo que significaba fingir una felicidad que no acababa de sentir del todo.
Por ese motivo, volví a ponerme la máscara e hice lo que mejor se me daba.
Busqué una distracción.
Le besé el cuello, succionando su piel suave, y con una sonrisita en la comisura de los labios le dije:
—Te estaba esperando.
No resultaba para nada creíble, tal vez ni siquiera quería parecerlo.
Mads se rio y, un instante antes de que posara los labios sobre los míos, por el rabillo del ojo vi una sombra en la entrada de la sala.
Ethan y Leila aparecieron cogidos de la mano, con chanclas y albornoz; avanzaron hasta las tumbonas que había alrededor de la piscina.
El corazón se me subió a la garganta.
Madison empezó a besarme, pero yo fui incapaz de corresponderle.
Me quedé embobado, con los labios apoyados en los suyos y los ojos fijos en Leila , mientras seguía cada uno de sus movimientos.
Vi que Ethan se quitaba el albornoz y lo dejaba en una tumbona libre; Leila se sacó una pinza del bolsillo con la que se recogió el pelo.
Le caían algunos mechones sobre la cara.
—¿Qué te pasa? —me preguntó Madison , acunándome el rostro con las manos para obligarme a mirarla. Tuve que sacudir la cabeza para disipar cualquier atisbo de pensamiento que estuviera tomando forma en mi mente.
—Nada, es solo que…
—Los novios han decidido interrumpir su luna de miel para unirse a nosotros —bromeó Zac , que nadó junto con Blake hasta el jacuzzi para colocarse a mi lado, mientras Jackson y Nate se iban a la sauna, que estaba allí al lado.
En cuanto Madison se percató de la presencia de Leila e Ethan , frunció los labios en un gesto apenas perceptible, pero que me llevó a intuir sus celos.
Se bajó de mis piernas, ofendida o tal vez molesta, y yo no hice nada por impedirlo.
Estaba demasiado inquieto para pensar con claridad.
Mi estado de ánimo empeoró cuando Ethan se lanzó a la piscina y nadó hasta alcanzarnos; a continuación, se sentó delante de mí con la sombra de una sonrisa sádica en los labios.
—No nos parecía justo abandonaros de esta manera.
—Nadie se habría ofendido —respondí seco. Pero él sonrió todavía con más diversión.
— Ethan , aún no nos has confirmado si vendrás a la próxima cena —intervino Zac , en un intento claro de cambiar de tema y rebajar la tensión.
—¿Qué cena? —preguntó él, confuso.
—La que organiza la universidad para los jugadores de todos los equipos —explicó—. Habrá muchos patrocinadores. Del grupo de hockey hemos confirmado todos, solo faltas tú.
Ethan se frotó una ceja y luego se llevó el pelo mojado hacia atrás.
—Se me habrá pasado.
Mientras Zac lo ponía al día sobre la cena, yo dejé vagar la mirada hasta Leila .
Seguía en el borde de la piscina; la vi de espaldas mientras se desataba el nudo del cinturón del albornoz y se lo quitaba, descubriendo su cuerpo poco a poco.
Llevaba un bikini negro diminuto que dejaba poco lugar a la imaginación.
Mi atención quedó capturada por el tatuaje hipnótico de una serpiente negra, sinuosa y elegante, que le envolvía el muslo y se deslizaba por la parte alta de la cadera.
La lengua bífida, bajo la goma del bikini, rozaba su piel en un punto peligrosamente cercano a la ingle mientras la cola se enroscaba más abajo. Tragué saliva.
Estaba sexy de cojones.
Cuando se giró, me obligué a contemplar el agua con tal de no mirarla a ella.
Sin embargo, mi autocontrol no estuvo a la altura de las expectativas.
Incapaz de evitarlo, dejé que mis ojos recorrieran sus hombros, el pecho firme y armonioso, como su culo, con el que me había regodeado poco antes.
El vientre plano, las caderas estrechas, las piernas largas y tonificadas.
Una punzada me golpeó el bajo vientre.
La miré a la cara y ella me miró a mí; por un instante tuve la sensación de que el agua del jacuzzi de repente hervía.
Tragué saliva y tuve que sentarme mejor.
Mientras tanto, a mi izquierda, Blake me lanzó una mirada de advertencia: me pedía sin palabras que no hiciera estupideces; que se me cayera la baba por la novia de un compañero de equipo, con él ahí delante…
bueno, no era una decisión sabia. Leila bajó los escalones para entrar en la piscina y se sumergió hasta el pecho; luego avanzó hasta Ethan , que todavía hacía gala de esa sonrisa pretenciosa.
—Pensábamos que no ibas a salir de esa habitación durante los próximos tres días —bromeó Blake en cuanto se acercó a nosotros.
—Sí, bueno, esa era la intención —respondió ella a la vez que se mojaba el cuello con las manos.
—¿Y qué te ha hecho cambiar de idea? —preguntó Madison .