Juego sucio: Empieza el partido Capítulo 18 #2
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Capítulo 18 #2

—Montreal Canadiens contra Toronto Maple Leafs —le informó Zac —. ¿Te apetece acompañarnos? —le preguntó.

—Gracias, pero la cabeza todavía me duele demasiado como para estar delante de una pantalla —la oí responder.

Caminó hasta la cocina, se sentó en un taburete a mi lado y apoyó los codos en la isla antes de sujetarse la cabeza entre las manos.

Al igual que Leila , ella tampoco había recibido con entusiasmo la noticia de la tormenta, pero se encontraba demasiado mal como para protestar; se limitó a tomarse las medicinas que le había comprado Blake y había caído redonda hasta prácticamente ese momento.

—¿Tienes hambre? —le preguntó Jackson mientras servía alitas de pollo y verduras de guarnición.

—Me comería una vaca —respondió ella, que levantó la cabeza a duras penas.

—Es buena señal, significa que tu cuerpo está empezando a curarse —le indiqué. Robé otro trozo de zanahoria de la tabla de cortar de Jackson y se lo ofrecí.

Sam se quedó mirando la zanahoria unos segundos y me pareció ver cómo se le suavizaba la expresión, pero, en cuanto le sonreí, me fulminó con la mirada y me la arrancó de la mano.

—Entonces todavía te queda un poquito de humanidad —dijo con rencor, poniendo énfasis en sus palabras. Al principio me quedé descolocado, pero luego intuí que Leila debía de haberle contado cómo me había comportado.

Claro, ellas eran así.

Se lo contaban todo y actuaban como un equipo.

No había nada en el mundo que me asustara más que dos mujeres unidas contra un solo hombre.

Me froté la sien porque a ese paso la migraña se instalaría en mi cabeza también.

Me aparté de la barra y ayudé a Jackson a servir los platos de todo el mundo.

Blake empezó a poner la mesa en el comedor y colocó vasos y cubiertos de forma espartana.

De vez en cuando se detenía para echar un vistazo al televisor, mientras Zac e Ethan seguían viendo el partido y criticaban a los jugadores.

Oí a Nate charlando con Sam , le preguntaba qué había hecho para acabar en ese estado.

También le preguntó por Leila , pero Sam no dijo mucho, solo que quería estar a su aire.

Y la mirada cortante que me lanzó de reojo me hizo captar el mensaje.

Luego todos se pusieron a charlar de esto y aquello mientras yo me quedaba un poco al margen.

Entre la cocina y el comedor se creó un ambiente de alboroto general.

En un momento en el que nadie reparaba en mí, cogí un plato vacío y puse dos alitas de pollo.

Les quité la piel, porque sabía que a ella no le gustaba.

Añadí un poco de la salsa agridulce que había preparado Jackson y, al lado, coloqué un poco de verdura aderezada y una cucharada de puré de patata.

Tapé el plato con otro y, sin que nadie me viera, subí al piso de arriba y me detuve frente a su habitación.

Antes de llamar, pegué el oído a la puerta.

Al otro lado reinaba un silencio sepulcral.

Quizá dormía, pensé.

Era poco probable.

Leila sufría de insomnio.

A lo mejor solo fingía que estaba durmiendo porque no quería que la molestaran.

Y mucho menos si era yo.

Estaba casi seguro de eso.

Aunque había subido con una gran determinación, ahora me desanimé.

En lugar de llamar, pensé que dejaría el plato en el suelo, delante de la puerta.

Si no salía antes, Sam se lo llevaría cuando entrara en la habitación; al menos, eso le evitaría el tentempié de medianoche a base de sobras o de leche con cereales.

Dejé el plato en el suelo, pero no me dio tiempo a encaminarme hacia la escalera para regresar abajo porque, en ese momento, vi que Ethan subía. Se detuvo a unos peldaños de mí, y noté que echaba un vistazo por encima de mi hombro. Una sonrisa despectiva le curvó una comisura de la boca.

—Me estaba preguntando qué habías venido a hacer aquí arriba.

Suspiré; no tenía ganas de discutir. Él parecía querer lo contrario.

—No ha comido en todo el día y no saldrá de ahí hasta que nos hayamos ido todos a dormir.

—¿Y eso es problema tuyo?

—No, debería ser problema tuyo, pero estabas demasiado atareado viendo el partido como para preocuparte por tu chica.

—Has dicho bien, «mi chica». Así que gracias por traerle la cena, pero ahora ya me encargo yo de alimentarla. —Pasó por mi lado y me dio un empujón con el hombro, dispuesto a llegar hasta la puerta de la habitación donde se encontraba Leila .

Tuve que apretar los puños y respirar hondo para no echar a perder toda aquella payasada del retiro y volverme a mi residencia de la universidad.

—No tiene por qué ser siempre así entre nosotros, Ethan . —Se giró para mirarme.

—¿Y cómo tiene que ser?

—No lo sé; estamos aquí para descubrirlo, para dar un paso adelante, no cien hacia atrás. Si no…

—Se resentirá el equipo, ¿verdad? —acabó por mí.

Asentí.

—¿Acaso crees que me importa?

Fruncí el ceño.

—Espero que sí. Hasta donde yo sé, también es tu equipo y, si se hunde, tú también te hundes.

—¿Estás seguro de eso? —me preguntó con una mezcla de desafío y desprecio en los ojos que me hizo tomarme en serio su pregunta.

Sin añadir nada más, Ethan alzó una ceja y me dio la espalda. Satisfecho consigo mismo, fue hasta el cuarto de Leila , recogió mi plato y llamó a la puerta.