Juego sucio: Empieza el partido Capítulo 18
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Capítulo 18

Vince

Estaba tumbado en mi cama con los brazos cruzados bajo la cabeza mirando el techo y reprochándome cómo la había tratado.

No solo antes, en el pasillo, sino desde nuestro encuentro nocturno en la cocina.

Cuando regresé a mi cuarto, no pegué ojo; me pasé toda la noche reprimiendo las ganas de volver con ella y pedirle perdón, tragarme cada palabra que le había dicho.

Lástima que mi orgullo herido me lo impidiera.

Aquel retiro, que debía ser la oportunidad para recuperar la armonía del equipo, había empezado con mal pie: Ethan ya había digerido mal mi presencia; con la llegada de Leila y Madison , supe que todo se iría de madre.

Por el bien común, me propuse no morder el anzuelo de las provocaciones constantes de Ethan , incluso haría el esfuerzo de aceptar la historia que había entre él y Leila , que mencionaba a la mínima ocasión.

Lo que fuera, con tal de recuperar ese clima de paz y unión que habíamos perdido hacía tiempo.

En el fondo, estábamos en Mount Hood justo por eso.

Para recuperar el equilibrio.

Se lo había prometido a los chicos y siempre cumplía mi palabra.

Pero encontrármela allí, de repente, a pocos pasos de mí, había hecho resurgir la misma tortura que había sentido tres días antes, cuando la vi entre los brazos de Ethan en el Marsy .

No dejaba de repetirme que, en el fondo, esa relación no debería molestarme tanto. Pero lo cierto era que lo hacía.

Me molestaba muchísimo, joder.

Una cosa era aceptar que estuvieran juntos, y otra, verlos juntos.

Lo peor había llegado hacía unas horas, cuando la había pillado saliendo de la habitación de Ethan con las mejillas encendidas, la respiración acelerada y un sentimiento de culpa tan grande como una casa estampado en la cara en cuanto se percató de mi presencia.

Era evidente lo que acababan de hacer, tan evidente que no pude evitar volcar toda mi frustración sobre ella, hasta llegué a defender a Madison . Sin embargo, después de herirla, me sentí más vacío y derrotado.

Suspiré y me senté en el borde de la cama, donde había pasado toda la tarde. Mientras, el viento soplaba cada vez más fuerte: la antesala de una tormenta. Apoyé los codos en las rodillas y me masajeé los párpados.

De todas las personas que formaban parte de mi vida, Leila había sido la única que nunca me había hecho sentir mal.

Podía ser fría y desconfiada, sobre todo cuando se sentía juzgada o arrinconada, pero jamás me había hecho sentir como si no fuera digno de su presencia.

Yo, al contrario, desde que había llegado a la cabaña, la había tratado como si fuera una invitada indeseada.

De forma pasiva, con una mirada, una palabra, incluso con silencio.

Quería castigarla porque me sentía traicionado por ella y herido por sus decisiones; en vez de hablar con ella, había decidido comportarme como un crío estúpido, cobarde e inmaduro.

Imbécil.

Me levanté de la cama y salí de la habitación porque, si me hubiera quedado a solas con mis pensamientos un rato más, habría acabado dándome bofetadas.

Cuando bajé, ya era la hora de cenar. Ethan , Blake y Zac estaban tirados en el sofá comentando un partido viejo de hockey que echaban en la tele de pantalla plana.

En la mesita había algunos aperitivos esparcidos y varias latas de cerveza vacías.

Me fui con Nate y Jackson , que estaban en la cocina, de donde emanaba un aroma delicioso.

Jackson estaba cortando verduras con una destreza asombrosa, mientras que Nate , a su lado, removía un puré de patata en una olla grande.

La encimera estaba llena de ingredientes y, aun así, parecía que ellos dos habían encontrado una sintonía perfecta, se movían con una coordinación que me dejó alucinado.

Me senté en la barra de la isla, robé un trozo de zanahoria de la tabla de cortar de Jackson y me lo llevé a la boca.

— Jacky , ¿se puede saber por qué no nos has contado nunca que te gusta cocinar?

—Porque, si lo hubiera hecho, vosotros, cabrones, os habríais aprovechado.

—Nah… —También birlé una cucharada de una salsa agridulce. Estaba buenísima. Me vi obligado a rectificar—: Bueno… tal vez solo un poco. Esto está brutal, ¿quién te ha enseñado a cocinar tan bien?

—Mis abuelos tienen un restaurante.

—¿Qué? ¿Desde cuándo?

—Desde siempre.

Miré a Nate , perplejo.

—¿Tú lo sabías?

Nate se encogió de hombros y negó con la cabeza.

—Por fin has salido de la cueva —dijo Blake cuando se unió a nosotros en la cocina. Él también se sentó en la barra—. ¿Dónde has dejado a tu chica? —se burló y me arrebató la cucharilla de la mano para mojarla en la salsa agridulce.

—Te arranco la mano y la aso para cenar —lo amenazó Jackson , que le dio un manotazo en el dorso.

—Creo que ha ido a entrenar al gimnasio. Y no empieces, ya sabes que no es mi chica —añadí, aunque mis amigos tenían muy claro cuál era mi situación con Madison .

—La única que tiene las ideas confundidas al respecto es ella —comentó Nate , que soltó una risita junto con los otros dos mientras sacaba del horno dos bandejas de alitas de pollo.

—La tía ya tiene listo el vestido de novia —añadió Blake , pero yo me limité a sonreír.

En realidad, la mayoría de las veces no me gustaba la ironía con la que hablaban de las mujeres con las que se liaban; no iba a reprochárselo, porque sabía que no era más que eso, ironía.

Madison y yo no éramos pareja, yo lo sabía y ella lo sabía.

El numerito del día anterior, presentándose en la cabaña a mis espaldas, confirmó todavía más la idea que tenía de ella: estaba fuera de control.

Llevaba unas semanas con esa sospecha: mil llamadas al día, memorizaba cada uno de mis movimientos de forma casi obsesiva, se había entrometido en mi vida. Incluso había llamado a mi padre a escondidas, después de encontrar su número, y se había presentado como mi futura prometida, joder.

Era demasiado. Me había convencido de que salir corriendo y dejar de responder a sus llamadas y mensajes era la solución adecuada, al menos hasta encontrar la manera de poner límites.

No quería ser insensible con ella, Madison también tenía cualidades positivas. Era una chica guapa e inteligente, y podía ser simpática cuando no sacrificaba esa parte de sí misma por una fachada más tonta y frívola.

Y en la cama era una locura.

Sí, decirlo no me honraba, pero era la verdad.

La última vez que había estado tan a gusto en la cama con una chica había sido con Janelle .

Al menos Janelle no era morbosa conmigo ni se hacía ilusiones con un futuro juntos. Nos usábamos mutuamente para escapar de lo que nos rodeaba, nos iba bien así.

¿ Madison pensaría lo mismo?

Aquella mañana había ido a hablar con ella a su habitación para disculparme y explicarle que, en ese momento de mi vida, no podía darle nada más que simple diversión ocasional. Ella aseguró que le valía y que intentaría ser menos invasiva. Pero no sabía si de verdad sería capaz.

—Y la otra novia, ¿dónde está? —me preguntó Jackson , que me sacó de mis pensamientos.

La mirada que le lancé bastó para hacerlo callar.

—Un momento, ¿quién diablos es la otra novia? —quiso saber Nate , confuso.

—¿No lo sabes? —metió baza Blake , burlón—. Nuestro rompecorazones favorito tiene a todas las que quiere, solo debe elegir. Veamos, ¿quién será la siguiente? ¿La profesora Kendra ? ¿La «muñequita» de cuarto, con ojos de cervatillo y el pelo cobrizo? ¿O tal vez nuestra camarera favorita?

Mi respuesta consistió en enseñarle el dedo corazón; eso le hizo reír. Me echó un brazo por encima de los hombros y me susurró al oído:

—En ese caso, yo quiero participar… como en los viejos tiempos.

Me giré para mirarlo y sonreí.

Ese era nuestro secreto. En el pasado, se había dado el caso de compartir a la misma mujer, o a varias a la vez, en la misma cama.

—¿Me equivoco o en este momento tienes un voto de castidad que te impide follar? —le susurré yo.

—No te preocupes, tengo mis ases bajo la manga.

«Por supuesto».

—¿De qué habláis vosotros dos? —nos interrumpió Nate , intrigado.

—De nada. — Blake me dio un golpecito en el hombro y se apartó. Fue a por una cerveza a la nevera—. ¿Decíamos? Ah, sí, la pequeña Collins … ¿qué ha sido de ella? —Clavó los ojos en mí y bebió dando grandes tragos con una sonrisita de auténtico cabrón.

Me bastó con oír su nombre para notar cómo regresaba la misma sensación de desaliento.

Desde que Blake nos había dicho que por culpa de la alerta meteorológica estarían obligadas a quedarse aquí al menos los tres días siguientes, Leila se había puesto como loca.

Solo se calmó un poco cuando encontró la manera de organizar el trabajo de la redacción del periódico a distancia.

Se dio un baño caliente y se cambió de ropa para ponerse la que había comprado Blake .

Luego se encerró en su habitación y no volvió a salir, ni siquiera para comer.

Sabía que Ethan había hecho una breve incursión en su cuarto para asegurarse de que ella y Sam estuvieran bien y tuvieran lo que necesitaban, pero tampoco le había dado mucha comba a su «novio».

La noche anterior también se había negado a cenar con nosotros, hasta que la pillé devorando un tazón enorme de cereales con leche en mitad de la noche.

Convencido de que mi cercanía la turbaba, una idea que yo detestaba, aquel día opté por comer deprisa y subir a mi cuarto, donde me quedé atrincherado toda la tarde.

Quería darle la oportunidad de comer sin miedo a encontrarse conmigo.

Según lo que me contaron, no se había dejado ver por nadie.

A diferencia de su mejor amiga, que justo en ese instante estaba bajando las escaleras.

—Oh-oh, mirad a quién tenemos aquí —fue Zac quien habló desde el sofá que había junto a la escalera, con la cabeza algo inclinada hacia atrás—. ¿Cómo te encuentras?

Me asomé a la puerta y vi que Sam bajaba el último escalón con una mano en la cabeza y los dedos hundidos entre el pelo revuelto.

—He tenido días mejores. ¿Qué estáis viendo? —Apoyó las manos en el respaldo del sofá y se concentró en la pantalla del televisor.