Juego sucio: Empieza el partido Capítulo 17 #2
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Capítulo 17 #2

—Sí, pero mientras tanto estarás aquí —insistió, con la mirada clavada en la mía—. Hoy con los chicos tenemos planeada una excursión por el bosque y, adivina, tú también vienes.

Se me escapó una risita nerviosa.

— Sam está enferma, Ethan . La redacción del periódico está patas arriba, las llaves de mi coche están en el fondo de un río y ¡yo estoy a más de doscientos kilómetros de casa! ¡No tengo ganas de pasear por el bosque!

—Pues lo harás —me dijo con un tono de voz que no admitía réplica—. Y te prometo que, en cuanto Sam se encuentre mejor, yo mismo os llevaré a casa —terminó e intentó sonar más conciliador.

Claro, el autobús era una opción, pero tardaríamos el triple.

Entrecerré los ojos y lo observé con atención.

—Estás mintiendo.

—No tengo motivo para mentir. ¿Recuerdas? Si tú me ayudas, yo te ayudo.

Crucé los brazos.

— Alyssa no está, no necesitas mi ayuda. Y Blake ha sido claro: esto es un retiro para vosotros, compañeros de equipo, los asuntos personales se quedan fuera.

—Es verdad, Alyssa no está; aun así tenemos que resultar creíbles a ojos de los chicos, si no te llevara conmigo sería raro. Estoy seguro de que Blake no tendrá nada que decir por un simple paseo.

Negué con desaprobación.

—No voy a dejar a Sam aquí sola para jugar a la parejita feliz contigo.

— Sam no es una niña y tú no eres su madre. Cuando Blake le traiga las medicinas, será capaz de cuidar de sí misma durante unas horas.

Qué falta de sensibilidad.

—No me mires como si fuera la peor persona del mundo, esta situación podría volverse ventajosa para los dos —afirmó.

—¿Para los dos? —exclamé, anonadada—. ¿Y qué ventajas habría para mí?

—No finjas que no lo entiendes. —Me lanzó una mirada astuta—. He visto cómo os miráis. —Cogió un paquete de chicles de menta del escritorio y se metió uno en la boca—. A lo mejor, si te ve conmigo, por fin espabila.

Hablaba de Vince .

—No necesito recurrir a jueguecitos de ese tipo —respondí tajante.

—Las mayores victorias se consiguen jugando sucio.

—En eso tú eres un maestro —repliqué.

—En mi deporte, si quieres destacar, tienes que abrirte paso a codazos. —Jugueteó con el paquete de chicles entre los dedos mientras mascaba haciendo ruido—. Es ley de vida, Leila . Aplasta si no quieres que te aplasten.

Suspiré frustrada, cerré los ojos mientras me pellizcaba el puente de la nariz.

Me sacaba de quicio todo lo que decía.

«Ochenta y cinco días. Solo ochenta y cinco días», me repetí como un mantra para infundirme valor.

—¿Has terminado de repartir píldoras de sabiduría? Porque, en ese caso, me gustaría irme. —Señalé la puerta a mi espalda con el pulgar.

—En realidad, hay otra cosa… —Me estudió desde debajo de sus pestañas espesas con aire precavido—.

Esta cosa entre Vince y tú… —Se sentó al pie de la cama y apoyó los codos en el colchón, listo para meter las narices en mi vida—, ¿qué pasó exactamente?

¿Le diste puerta? —conjeturó—. O tal vez, espera…

—Se presionó los labios con el índice—, ¿fue él quien te dio puerta a ti?

Rechiné los dientes por los nervios y me dispuse a salir de su habitación, pero mi movimiento no hizo más que confirmar sus sospechas.

—Fue eso, ¿verdad? Déjame adivinar, ¿su sentido de la lealtad hacia tu hermano fue más fuerte que las ganas de follarte? —se mofó—. Un duro golpe para alguien que nunca ha sido la primera opción de nadie, sino más bien el segundo plato.

Una oleada ardiente de humillación me arrasó de lleno.

Ethan había dado en el clavo: con aquella alusión pretendía sacar a flote mi experiencia con Travis Baker . Pasé semanas sin salir de casa de lo mortificada que me sentía. Y no volví a mirar a un chico a la cara durante meses por su culpa. Usar esa carta contra mí era mezquino.

Solté el pomo y, cuando me volví para mirarlo, advertí una expresión complacida en su rostro. Eso me enfureció incluso más. Di unos pasos para alcanzarlo y me planté ante él, a pocos centímetros de su cara.

—Te divierte muchísimo encontrar los puntos débiles de las personas y usarlos para tu beneficio, ¿verdad?

¿Lo haces porque te aburres? ¿Porque sientes un sádico placer al hacer sufrir a los demás?

¿O porque, tal vez, crees que eres intocable?

Te voy a contar un secreto: no lo eres. Solo eres un niño mimado, convencido de que tiene el mundo en la mano porque tu padre te lo ha hecho creer —solté, imparable.

Y ante la palabra «padre», capté una sombra que le oscureció la mirada—.

¿Qué pasa, no te gusta hablar de él? — Ethan no respondió, pero vi que se tensaba.

Bajé la cabeza y resoplé. Patético y previsible—.

¿Sabes lo que me decía el mío, mi padre?

Que se me daba bien leer los ojos de la gente.

¿Y quieres saber qué leo en los tuyos cuando te hablo de tu padre, Ethan ?

Rabia. —Toda la arrogancia que solía exhibir dio paso a un estado de ánimo más inquieto—.

Miedo —continué, despiadada, estudiándolo con tanta intensidad que acabó inclinando la cabeza—. Vergüenza.

—Déjalo ya. — Ethan me empujó con desprecio. Se levantó de la cama y me dio la espalda.

Bingo.

—Todos guardamos esqueletos en el armario —continué, dirigiéndome a su espalda, que subía y bajaba al ritmo de su respiración agitada—.

Pero si no quieres que yo saque los tuyos, entonces tú deja los míos en paz.

—Ignoré la reacción que mis palabras habían despertado en él, lo dejé atrás y salí de la habitación con los nervios a flor de piel.

En cuanto puse un pie en el pasillo, Vince y Madison , que estaban hablando en el umbral de la habitación de ella, se volvieron en mi dirección.

Advertí que Vince desviaba la mirada hacia la puerta de la habitación de Ethan . En un instante, su expresión mutó, se volvió más oscura y los músculos de la mandíbula se le contrajeron.

De repente, el aire se llenó de un silencio pesado, nadie volvió a hablar, al menos hasta que Madison intentó romper el hielo y dijo, con una sonrisa forzada:

—He oído que Sam se ha puesto enferma, lo lamento mucho.

Parecía sincera, pero yo estaba demasiado nerviosa como para aceptar una tregua.

—Haces bien en lamentarlo: si no nos hubieras traído aquí engañadas y si no hubieras tirado mis llaves al río, a estas horas Sam no estaría obligada a pasar la gripe en una cabaña perdida en el bosque, sin medicinas ni ropa adecuada para la montaña.

— Madison enmudeció. Fue Vince quien tomó la palabra.

— Mads ya está lo bastante abatida, no hace falta que le eches leña al fuego. Ve a ver cómo está Sam , aquí no necesitamos tus sermones. —La furia le incendiaba la mirada. Me quedé sin palabras.

¿De verdad la estaba defendiendo a ella y echándome a mí de allí?

Lo miré a los ojos, incrédula, porque desde la noche anterior me estaba mostrando un lado de su carácter que yo desconocía.

Nunca lo había visto tan enfadado, al menos… nunca conmigo.

Nunca me había mirado con tanta dureza.

Nunca me había tratado con semejante indiferencia o crueldad.

¿Había sido yo la que había sacado su peor versión?