Juego sucio: Empieza el partido Capítulo 16
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Capítulo 16

Leila

Una pesadilla.

Eso estaba viviendo: una pesadilla con los ojos abiertos.

Las llaves de mi coche se habían perdido para siempre, y yo me encontraba atrapada en una cabaña en pleno bosque a más de doscientos kilómetros de Corvallis , obligada a compartir el espacio con mi falso novio, el tipo por el que me sentía atraída y la chica con la que se acostaba.

Estaba al borde de una crisis nerviosa.

Dejé de caminar de un lado a otro y me detuve frente a la chimenea encendida mientras pensaba en alguna solución.

Blake nos había invitado a entrar en la cabaña, que al parecer era de los abuelos de Nate .

En el exterior ya había caído la noche y los chicos necesitaban darse una ducha caliente antes de congelarse, mientras que nosotras teníamos que resolver aquel asunto.

Sam no se había recuperado del todo aún, pero desde que habíamos entrado en la casa no había dejado de despotricar contra Madison .

—¿Esta es la forma que tienes de pagar el favor que te hemos hecho? —estaba chillando.

—Ya he pedido perdón, ¡no sé qué más podría hacer! —respondió Madison .

—¡Has tirado sus llaves al río! ¡Da gracias de que no te haya empujado a ti para que las recuperaras!

—¡No quería hacerlo, ha sido un impulso incontrolable!

—¿Incontrolable? —A Sam se le escapó una risita histérica—. Lo que voy a hacerte yo como no cierres esa boca sí que será incontrolable.

Me di la vuelta porque temía la reacción de mi mejor amiga, pero Blake se me adelantó. Ya se había cambiado y vestía ropa cómoda y seca.

—Muy bien, ahora basta —intervino con la intención de calmar los ánimos—. Gritaros no os ayudará a encontrar una solución.

—¡No me parece que vosotros os estéis esforzando mucho para encontrar una! —le recriminó Sam ; no le faltaba razón.

Zac , Ethan y Jackson , que ya habían salido de la ducha, estaban tirados en el sofá con el móvil en la mano y parecían aburridos ante todo aquel asunto.

Vince , en cambio… bueno, todavía no había abierto la boca.

Estaba de pie junto a la ventana del fondo de la sala, dándonos la espalda, con los brazos cruzados, la mirada sombría clavada en algún punto al otro lado del cristal y la mandíbula apretada.

—¡No me parece que seamos nosotros quienes os hemos metido en esta situación! —farfulló Blake , dirigiéndose a Sam . Me giré para mirarlo—. Y no es fácil encontrar una solución, tal y como están las cosas —continuó.

—¿Por qué? —le pregunté.

—Porque solo tenemos dos coches disponibles —explicó. Tardé unos segundos en intuir lo que no había dicho: los coches en cuestión eran los de Ethan y Vince .

Dios santo, habría preferido volver andando antes que dejar que me llevara cualquiera de los dos. A pesar de todo, solo quería volver a casa, así que clavé los ojos en Vince casi por instinto. Sam siguió mi mirada.

Vince debió de sentirse observado porque se giró hacia nosotras. En cuanto intuyó nuestras intenciones, reaccionó resoplando.

—La respuesta es no. —Me miró a los ojos y añadió—: Ya se encargará tu novio de llevarte a casa.

Me quedé sin palabras.

¿Hablaba en serio?

—Sí, bueno, no nos vamos a quedar aquí. Ni siquiera tengo cepillo de dientes —protestó Madison , que fue alternando la mirada entre todos los presentes.

—Oh, ¿ahora quieres irte? —replicó Sam , mientras yo mandaba a Vince a tomar viento con la fuerza del pensamiento. Y estaba segura de que captó mi invitación silenciosa, porque me devolvió una mirada afilada.

—No contéis conmigo —dijo Ethan —. Es tarde, tengo hambre y no me apetece conducir seis horas entre ir y volver.

¿Me equivoco o estoy de vacaciones? —Se guardó el móvil en el bolsillo, se levantó del sofá y anunció que subiría a dejar sus cosas en la habitación que le habían asignado con una desenvoltura que me dejó boquiabierta.

Antes de pasar junto a mí, se detuvo a mi lado y me pellizcó la barbilla.

—Pásate a verme más tarde, me encontrarás en la habitación que hay al fondo del pasillo. —Lo dijo lo bastante alto para que lo oyeran todos; me estremecí ante la idea de pasar tiempo a solas con él.

Lo fulminé con la mirada antes de verlo desfilar por las escaleras hacia el piso de arriba. Aparté los ojos de Ethan y, sin querer, los posé en Vince , pero me arrepentí de inmediato.

Tenía una expresión fría, el rostro contraído por el desprecio. La rabia que irradiaba su cuerpo me cerró la garganta.

Madre mía, no sobreviviría mucho tiempo en aquella casa.

—Esta noche dormiréis aquí, las tres. Mañana buscaremos un modo para que volváis a casa —sentenció Blake , que le echó un vistazo a Nate para pedir su aprobación.

Reticente, él se encogió de hombros—. Os cederé mi habitación —prosiguió Blake , que nos señaló a Sam y a mí—.

En cuanto a ti… —suspiró; se dirigía a Madison —. Buscaremos algo.

—¿Algo? —repitió ella, irritada—. ¿No puedo dormir contigo? —le preguntó a Vince .

—En esta casa no faltan habitaciones —respondió él—. La mía está ocupada.

Se retiró de la ventana, cogió la chaqueta que había en el respaldo de un sillón y se dirigió hacia la puerta de entrada.

—¿Adónde vas? —le preguntó Blake .

—A comprar tabaco —soltó antes de cerrar de un portazo.

Oímos que el motor de su coche se encendía con un rugido y, por la ventana, lo vimos desaparecer a toda velocidad en la oscuridad de la montaña.

Blake se rascó la frente y suspiró hondo.

—Este retiro para el equipo no es más que un intento de recuperar los viejos equilibrios. Así que sería mejor que ninguna de vosotras durmiera con su respectiva pareja. — Blake nos miró a Madison y a mí para que el mensaje nos llegara alto y claro.

Ignoraba el hecho de que, para mí, aquello era un alivio infinito.

—Si tengo que pasar la noche aquí, espero que al menos haya un champú suave para mi pelo. — Madison se enrolló un mechón rubio alrededor del dedo y lo examin ó con atención—. He tardado años en conseguir este resultado, no lo voy a echar a perder por una noche.

Sam estuvo a punto de matarla, estaba convencida.

Blake , en cambio, volvió a suspirar y se pellizcó el puente de la nariz a la vez que negaba con la cabeza.

Ignoró por completo la petición de Madison ; junto con Nate , nos invitó a subir al piso de arriba para enseñarnos nuestras habitaciones.

Subí las escaleras sosteniendo a Sam , que seguía débil y pálida.

Yo me sentía igual de agotada, por lo que acepté a regañadientes: dormiríamos allí y, al día siguiente, huiría de aquella pesadilla.

Junto a la habitación destinada a Sam y a mí, Nate abrió la puerta de un cuarto vacío que le asignaron a Madison . Luego nos indicó las habitaciones de todos los chicos, y descubrí que la de Vince estaba justo enfrente de la nuestra.

Genial.

—Hay dos baños, uno en la planta de abajo y otro justo ahí —explicó Nate mientras mostraba una puerta que había allí cerca, a nuestra derecha, de la que se filtraba un hilo de luz—. En menos de una hora, Blake y yo empezaremos a preparar la cena; si queréis acompañarnos, sois bienvenidas.

Dimos las gracias a los chicos, pero en cuanto Sam y yo cerramos la puerta, decidimos quedarnos allí el resto de la noche. Ella seguía mareada, y yo no tenía ninguna intención de asomarme por la puerta.

No quería ser el motivo de más discusiones.

Sam , agotada y con dolor de cabeza, cayó rendida en cuanto se tumbó en la cama, abandonada en una postura antinatural que me arrancó una sonrisa.

En cambio, yo no conseguía pegar ojo. Me quedé tumbada en la cama, con las manos entrelazadas sobre el vientre, mirando el techo oscuro no sé cuánto tiempo antes de que Ethan me mandara un mensaje.

Ethan : Tenemos que hablar de tu presencia aquí, te espero en mi habitación.

Al principio pensé en ignorarlo, pero luego preferí dejar las cosas claras.

Leila : No hay nada de lo que hablar. Se trata solo de un contratiempo temporal.

Ethan : Un contratiempo que llega justo en el momento oportuno.

Leila : No sé qué tienes en mente, pero no pienso provocar más encontronazos, así que déjame en paz. Estoy cansada.

Ethan : Un trato es un trato, jovencita.

Reprimiendo un suspiro cargado de frustración, dejé de responderle. Luego vino a llamar una vez a mi puerta, para invitarme a bajar a cenar con ellos, en una interpretación del papel de novio atento. No respondí; fingí que estaba dormida. Por suerte no insistió.

En un momento dado, mi estómago empezó a rugir, pero no le hice caso. Se me daba bien aguantar el hambre. De pequeña tenía que hacerlo a menudo, aunque por motivos muy distintos.

Esperé hasta que estuve segura de que ya habían terminado de cenar y se habían ido a sus habitaciones.

Miré la hora en mi reloj; era poco más de la medianoche. La casa por fin estaba sumida en el silencio. Bajé al piso de abajo. Dejé atrás el comedor y me dirigí a la cocina.

Intenté hacer el menor ruido posible. Busqué algo para comer en la despensa y en la nevera, pero las sobras que encontré no tenían buena pinta.

Suspiré. Cogí resignada la garrafa de leche, serví una cantidad abundante en un cuenco y lo llené de cereales.

Fui a sentarme a la mesa. Doblé una rodilla contra el pecho y me llevé una cucharada a la boca.

Volví a pensar en mis llaves y en el hecho de que, una vez volviera a Corvallis , tendría que buscar la copia, porque no recordaba dónde estaba. Esperaba, eso sí, que no la tuviera Thomas .

Pensé en la ropa que llevaba puesta y en el frío que hacía en la cabaña, ahora que la chimenea se había apagado.

Pensé en el giro absurdo que había tomado el día, en las clases y el trabajo en la redacción que perdería al día siguiente, y luego pensé en…

Vince .

Delante de mí.

No era una visión. Era él, en carne y hueso.

Más carne que hueso, dado que en ese momento solo llevaba puestos los pantalones del pijama.

Lo miré incómoda, con la cuchara suspendida en el aire.

Pasó por delante de mí ignorándome, igual que se ignoran las cosas que no nos importan.

Fue hasta la nevera, cogió una botella de agua y se llenó un vaso bastante grande, que se bebió en unos pocos tragos.

Me pregunté qué debería hacer.

¿Irme?

¿O aprovechar la ocasión?

Sería un buen momento para hablar con él y decirle todo lo que había querido decirle en la llamada de la noche anterior. No podía colgarme en ese momento, tendría que escucharme.

Así pues, me levanté de la mesa, cogí mi cuenco de cereales con leche, lo llevé al fregadero y me coloqué a su lado.

—Hola —me atreví a decir, titubeante, al cabo de un instante de indecisión.

Hacía un año que no hablábamos, me pareció patético volver a hacerlo en una circunstancia como esa.

Vince no dijo ni una palabra; se limitó a endurecer la mirada y a meter el vaso en el lavavajillas.

—Espero no haberte despertado —seguí, empeñada en no permitir que me ignorara—. Los suelos de esta casa crujen un montón.

Impasible como nunca, me dio la espalda y se dispuso a marcharse, pero lo detuve agarrándolo del brazo.

— Vince … —lo llamé casi en una súplica para que me mirara. Él, sin embargo, se quedó inmóvil, con los puños apretados a los lados; los hombros subían y bajaban al ritmo de la respiración.

Cuando por fin se giró, tenía una mirada tan fría en sus ojos azules que me vi obligada a dar un paso atrás. Él, en cambio, avanzó con decisión. Se acercó tanto que sentí su aliento y, aunque yo era alta, tuve que levantar la barbilla para mirarlo a la cara.

—¿Has decidido arruinarme la vida? —me preguntó en un susurro letal.

—¿Qué? —pronuncié con un hilo de voz—. No, solo… solo quiero hablar contigo.

Resopló.

—Después de alejarme de ti durante un año, ¿ahora quieres que hablemos?

Fruncí los labios en una línea dura. Era injusto atacarme por ese frente.

Yo había tenido mis buenos motivos para alejarlo, y él debería saberlo.

Al parecer, todavía no los había entendido del todo.

Tal vez fuera mejor así.

Desvié la mirada hacia la ventana frente a nosotros, donde la luna llena iluminaba los árboles mecidos por el viento. Me aclaré la garganta.

—No quiero hablar de eso —dejé claro cuando volví a mirarlo—. Me he enterado de que tu padre se casa. —Cambié de tema porque no tenía ganas de recordar la noche en la que me humilló. Pareció funcionar, porque su expresión se tiñó de un velo de confusión—. Enhorabuena —concluí.

—¿Cómo te has enterado?

Miré hacia el piso de arriba.

—Tu chica.

—No es mi chica, lo sabes.

—Pues quizá también deberías decírselo a ella: ya se ha comprado el vestido para la cena de compromiso.

Vince frunció el ceño; luego negó con la cabeza y se masajeó los párpados, exasperado, como si en aquel momento no tuviera fuerzas para ocuparse además de ese problema.

—Sí, mi padre se casa con la niñera de Sierra.

—Oh… —Me quedé de piedra, no quise ni imaginar cómo se sentiría él al respecto—. ¿Y a ti te parece bien?

—Me enteré hace dos días. Todavía tengo que averiguar si me parece bien o no.

Dos días.

Era una noticia de última hora, aún tenía que digerirla. Puede que, entonces, no fuera buena idea contarle lo de la llamada que había oído el viernes, durante el partido.

—¿Quieres… quieres hablar de ello?

—Contigo no.

— Vince , no me rechaces así, solo quiero…

—¿Qué? —silbó.

Inspiré y solté el aire despacio. La conversación estaba resultando más difícil de lo previsto.

—Tú siempre has estado ahí cuando te he necesitado. Aunque ahora las cosas entre nosotros hayan cambiado… —Me percaté de que mis palabras desprendían tristeza—, quiero que sepas que siempre puedes contar conmigo.

—Te he necesitado varias veces durante este último año, pero tú no estabas ahí para mí.

—Una risa amarga se le escapó de los labios mientras se rascaba una ceja—.

Pero lo tendré en cuenta. Si alguna vez te necesito, solo tengo que llamar a tu puerta.

Aunque necesitaré andarme con cuidado para no encontrarme a Ethan ahí dentro.

Una puñalada en el pecho me habría dolido menos.

Habría querido contestarle, decirle la verdad, pero no podía correr ese riesgo.

Tragué saliva e hice como si nada.

Se me daba bien no mostrar mis sentimientos.

—Estás enfadado y herido, lo entiendo. Pero, lo creas o no, todavía me importas.

Esperé que mis palabras le ofrecieran algún tipo de consuelo, pero, en lugar de eso, Vince resopló con sarcasmo.

—Solo te importas tú misma.

Entorné los labios, incapaz de creer que hubiera dicho algo tan cruel.

—No hace falta que seas un capullo, solo intento ayudarte —respondí.

—¿Ayudarme? —repitió con dureza—. ¿De verdad quieres ayudarme, Leila ?

—Acercó la cara a la mía todavía más y, de repente, el aire entre nosotros se volvió más pesado.

Durante un instante fugaz, Vince bajó la mirada a mis labios y el aliento se me quedó atrapado en la garganta.

Cuando volvió a mirarme a los ojos, en su mirada vi tanta rabia y sufrimiento que me quedé petrificada.

—Aléjate de mí —dijo.

Me dio la espalda y se fue.