Juego sucio: Empieza el partido Capítulo 15 #2
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Capítulo 15 #2

Cargamos las bolsas en el maletero de mi coche y nos pusimos en marcha.

Conocía un poco aquella zona, porque Mount Hood no estaba muy lejos de Portland , la ciudad en la que había nacido y vivido durante diecisiete años junto a mi familia.

A pesar de que el paisaje me resultara más o menos familiar, el viaje en coche fue largo, silencioso e incómodo a ratos.

Era un enero húmedo y con temperaturas menos frías de lo habitual, con poca nieve en altura; a medida que nos adentrábamos en la naturaleza, las carreteras se hacían más resbaladizas.

Sam se había acomodado en los asientos traseros para dormir, de hecho, se había quedado frita a los pocos minutos.

Madison , en cambio, iba en el asiento del copiloto.

Mascaba un chicle y se reía mientras pasaba el rato navegando con el móvil.

Parecía cualquier cosa excepto preocupada por su hermano. Cuando le pregunté si había vuelto a hablar con su hermano y si todo iba bien, respondió bastante vaga y se limitó a farfullar frases a medias. Pensé que, tal vez, ese comportamiento era su forma de mantener a raya la preocupación.

—¿Desde cuándo os conocéis? —me preguntó de repente, sin apartar la vista del teléfono.

—¿A quién te refieres? —Fingí que no sabía de quién hablaba en un intento desesperado por ganar tiempo, porque habría preferido tirarme del coche en marcha antes que conversar de Vince y de mí con la chica con la que se acostaba.

Madison hizo una burbuja con el chicle y dejó de usar el teléfono un momento.

— Vince y tú. —Me miró.

Tragué saliva y apreté el volante con más fuerza mientras el navegador me indicaba que debía girar a la derecha en el siguiente cruce.

—Desde que me mudé a Corvallis , hará unos cuatro años. Fue uno de los primeros amigos de mi hermano con los que empecé a hablar.

—Y luego, ¿qué pasó? —preguntó con el torso girado en mi dirección.

—¿A qué te refieres?

—No te había visto antes del otro día en la cafetería, por eso hice algunas preguntas sobre quién eres y qué relación tienes con Vince . Descubrí que erais amigos, pero ya no os habláis, nadie supo, o quiso, decirme el porqué. Como te imaginarás, eso no hizo más que aumentar mi curiosidad.

—No pasó nada.

—Oh, venga ya, no nací ayer.

—Yo tampoco —afirmé con el ceño fruncido.

El hecho de que hubiera decidido ayudarla no significaba que considerara que era la persona adecuada con quien hablar de ciertos asuntos.

Volvió a apoyar la espalda en el respaldo del asiento y cruzó los brazos con los ojos fijos en la carretera.

—¿Estuvisteis juntos? ¿O erais amigos con derecho a roce, pero luego uno de los dos se enamoró?

—¿Qué? ¡No! Nada de eso.

Madison suspiró.

—Algo tuvo que pasar.

—¿Por qué estás tan convencida?

—Porque eres la única persona de la que no quiere hablar. La experiencia me dice que esta es la primera de una serie infinita de señales que no deben ignorarse.

No respondí, porque no sabía qué decir. No la conocía y temía que pudiera interpretar cualquier respuesta que le diera para usarla en mi contra. Así pues, opté por el silencio.

No obstante, Madison no se rindió.

— Vince me gusta mucho, pero a veces no lo entiendo. —Se giró para mirarme de nuevo—. Quizá tú puedas ayudarme.

Madre mía, ¿cuánto tiempo más duraría aquella tortura? Comprobé la hora estimada de llegada en el navegador y descubrí que todavía nos quedaban más de cuarenta minutos de viaje.

Un paseo por el infierno sería más llevadero.

—No soy la persona más indicada para dar consejos amorosos —admití, pero ella pareció ignorarme.

—El viernes por la mañana discutimos porque supe que había invitado a una chica al partido, una tal Tiffany , y no a mí.

Él dijo que solo era una amiga, pero no me lo creí.

Discutimos; desde entonces no hemos vuelto a hablar.

Por la tarde no fui al pabellón; tenía la esperanza de que viniera a buscarme, pero no lo hizo.

Así que fui a buscarlo yo; al parecer no estaba en la residencia.

Entonces empecé a llamarlo —confesó, con una pizca de vergüenza en la voz—.

No me ha respondido. Esta mañana me he enterado de que se ha ido con sus compañeros del equipo a una especie de concentración fuera de la ciudad sin decirme nada.

En ese momento entendí por qué Ethan me había dicho que estaría fuera unos días y que no me iba a necesitar.

Después de la conversación que mantuve con Blake fuera del Marsy , me costaba imaginar a Ethan y Vince juntos en el mismo lugar.

—Mis amigas dicen que no debería presionarlo, porque los chicos suelen salir corriendo cuando se sienten acorralados. Pero si ha decidido acabar lo nuestro y acostarse con otra, al menos debería informarme de ello, ¿no te parece?

Madison me miró a la espera de que le diera mi opinión.

—¿Por qué crees que quiere acostarse con otra?

—Porque todo el mundo sabe que cuando el gato no está, los ratones bailan.

Tenía algunas dudas sobre eso. Vince nunca había tenido problemas para cortar con alguien y siempre lo había hecho con respeto. También era de sobra conocido que tenía facilidad para pasar de una chica a otra, pero ninguna de ellas se había quejado de falta de respeto.

—No sé qué decirte, Madison —me limité a decir.

—No estás negando que podría haber terminado conmigo, eso ya es una respuesta.

Me encogí de hombros y suspiré.

—Son jugadores de hockey jóvenes, atractivos y simpáticos, con un futuro brillante en la NHL ya escrito.

No puedes esperar otra cosa si decides estar con uno en este momento de su vida.

—Podía parecer una respuesta superficial, pero era la cruda verdad.

Esto era todo a lo que podía aspirar si salía con un deportista: algunas noches de pasión y nada más.

—¿Hablas así porque ya te pasó a ti? Por esto os dejasteis de hablar, ¿verdad? Te engañó.

Se me escapó una carcajada por su terquedad.

—No, no me engañó porque nunca hemos estado juntos.

—¿Cómo es posible? —exclamó, como si no me creyera—.

Encontré una foto vuestra en el cajón de su escritorio.

¡Llevabas su camiseta y estabais en su cama posando con la black mask!

Y cuando le pregunté por qué la tenía allí, lo único que supo decirme era que en ese cajón guardaba tantos trastos que se había olvidado por completo de su existencia.

Aunque me sentí afligida por cómo Vince había restado importancia a la foto, me parecía justo explicarle a Madison que había malinterpretado la situación.

—La camiseta que llevaba era de mi hermano —le expliqué—.

Viví en su fraternidad un año antes de empezar la universidad y conocí a Vince allí.

Junto a Blake y los demás. En aquella época yo estaba muy mal por culpa de un chico, él fue quien más me ayudó.

Y esa foto… —continué—, es solo un recuerdo de los muchos momentos que pasamos juntos.

Pero nunca hubo intercambios de saliva ni nos arrancamos la ropa.

«Por desgracia».

Frené en un semáforo en rojo y la miré.

— Vince no siente nada por mí, te lo garantizo.

No le han faltado ocasiones para demostrarme lo contrario.

Me ve como a una hermana, o me veía como a una hermana.

Si no hablamos como antes es solo porque…

—Busqué las palabras adecuadas para zanjar el tema definitivamente—, en algún momento me di cuenta de que íbamos por caminos distintos.

Mi respuesta pareció convencerla de algún modo, porque a partir de ese momento no dijo nada más.

El silencio nos acompañó durante el resto del viaje.

Seguí conduciendo para subir cada vez a más altitud a través de una serie de curvas que despertaron quejas en Sam , que seguía tumbada en los asientos posteriores.

Cuando llegamos a nuestro destino, la claridad del día estaba dejando paso a las primeras sombras de la tarde.

—Deberíamos haber llegado —afirmé cuando me adentraba en un largo camino de grava.

Conduje durante unos doscientos metros por el sendero que indicaba el navegador y llegamos hasta una cabaña de madera preciosa, de aspecto elegante y confortable, rodeada por completo de pinos y grandes claros salpicados de matorrales.

Justo detrás de la casa vislumbré un río, las montañas que había alrededor que daban nombre a aquel lugar estaban surcadas por grandes cascadas.

—¿Estamos en el sitio correcto? —pregunté a Madison , que se puso a trastear con el teléfono.

—Sí, es el sitio correcto.

Sam se despertó justo en ese momento, puntual. Se incorporó lentamente, con cara soñolienta, el pelo verde enmarañado y el rostro pálido.

—Bienvenida al mundo de los vivos. —Le sonreí—. ¿Qué tal la cabeza?

—He tenido días mejores —farfulló mientras se estiraba—. ¿Dónde estamos?

Madison no respondió, buscó un contacto en su agenda y se llevó el teléfono al oído. Yo me encogí de hombros. Nunca había estado en ese lugar. Después de varios tonos sin respuesta, Madison colgó irritada, con una mueca en los labios.

—¿Tu hermano no lo coge?

Miró a su alrededor y luego decidió bajar del coche.

—Voy a buscarlo.

—¿Necesitas ayuda? —le pregunté, pero ella negó con la cabeza.

Antes de que pudiera decir nada más, vi que caminaba hacia la puerta de entrada. Llamó como una loca. Las luces estaban encendidas, pero nadie abrió la puerta.

Sam y yo nos miramos extrañadas.

—¿Tú estás bien? No tienes muy buena cara —comenté.

—Qué va, tengo el estómago revuelto.

—Quizá deberías tomar un poco el aire.

—No creo que tenga fuerzas para sostenerme en pie.

Decidí bajarme del coche para ayudarla. Sam se apoyó con la espalda en un lateral y respiró la intensa brisa de montaña que soplaba entre las ramas de los árboles.

—Recuérdame que no vuelva a probar una gota de alcohol —me suplicó, desesperada.

—Lo que debes recordar es que no debes volver a mezclar alcohol —la reprendí yo con afecto.

De repente, oímos voces, risas y silbidos procedentes de la parte trasera de la casa.