Juego sucio: Empieza el partido Capítulo 15
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Capítulo 15

Leila

—¿Qué te parece este? —Salí del probador con un vestido ajustado de cuero negro, con unos tirantes finos cubiertos de pequeñas tachuelas y con un escote evidente.

—Mmm, sexy, te follaría ahora mismo en el probador —respondió Sam .

Dos señoras que pasaban a nuestro lado nos miraron indignadas. A duras penas pude contener la risa y le tiré a mi amiga la gorra que me había probado antes.

—Baja la voz, idiota.

—¿Por qué? ¿Tienes miedo de que puedan oír todas las cosas obscenas que quiero hacerle a mi chica traviesa, mala y ardiente?

— Sam alzó la voz al pronunciar esas últimas palabras.

Si pretendía herir la sensibilidad de las señoras, lo había conseguido: mientras se alejaban, las oí murmurar algo sobre la juventud descarriada.

Yo, en cambio, me eché a reír. Estaba muy acostumbrada a esas escenas. Sam no soportaba los prejuicios, sobre todo en lo que se refería a la orientación sexual.

Satisfecha con su actuación, se acomodó mejor en el sillón de terciopelo rojo donde estaba sentada y se puso la gorra que le había lanzado.

Se bajó la visera hasta los ojos, que ya estaban cubiertos por unas gafas de sol enormes con las que intentaba disimular la resaca de la noche anterior; se la había pasado bebiendo con Milo , su nuevo agente. Se hizo un ovillo.

—¡ Sam ! ¡No puedes echarte a dormir dentro de una tienda! —la reprendí en broma.

—Pero este sillón es comodísimo —murmuró—. Además, con toda esta luz me está entrando dolor de cabeza.

—El problema no es la luz, sino todo lo que te bebiste ayer con Milo .

—Sí, bueno, lo sé. Ya me siento bastante mal por ello, no hace falta que tú también me lo digas.

Decidí no insistir más porque, primero, ya lo había hecho la noche anterior y, segundo, porque me dio pena.

—De todas formas, no sabría cuándo ponérmelo —comenté mientras miraba el vestido y me observaba en el espejo—. Es bastante atrevido.

—Tú eres atrevida —replicó ella, que tenía un ojo abierto y el otro cerrado—. Despiértame cuando hayas acabado —farfulló antes de cerrar el otro.

Negué con la cabeza, pero antes de volver al probador para ver qué tal me sentaba algún vestido más sencillo, me abordó por la espalda la última persona que esperaba ver aquel domingo por la mañana.

—¡Lola! ¡Qué sorpresa! ¿Tú también por aquí? — Madison , la chica con la que había visto a Vince el miércoles en la cafetería, se detuvo ante mí con una sonrisa falsísima estampada en la cara.

— Leila —la corregí, saltándome los formalismos.

—Claro, Leila , perdona. —Miró el vestido que me estaba probando y abrió los ojos, sorprendida—. Vaya, menudo modelito, ¿tienes algún evento previsto?

Su actitud aparentemente cordial me confundía, no nos conocíamos en absoluto. Además, unos días antes, durante aquel breve encuentro, había sido cualquier cosa menos amable. A menudo, mi instinto no se equivocaba con la gente.

—No, nada previsto, solo me apetecía renovar un poco el armario —expliqué.

—Te entiendo, siento la necesidad de hacerlo al menos una vez al mes.

—Se arregló la manga de la blusa de raso que llevaba; cuanto más la observaba, más me parecía que representaba a la perfección el estereotipo de la chica americana guapa y popular: ojos azules, pestañas espesas, cabello rubio y voluminoso, piel luminosa, labios carnosos y dientes perfectos.

Seguro que en el instituto había sido capitana de las animadoras y reina del baile.

Un ruido detrás de ella hizo que se girara y se percatara de la presencia de Sam .

—¿Tu amiga está mal? —pregunté en voz baja, arrugando un poco la nariz.

—Estoy bien, solo intento recuperarme de una resaca monumental —respondió Sam con un tono de voz plano. No se inmutó y siguió con su siesta.

—Mi tía me enseñó un método infalible para combatir las resacas.

—¿Cuál? —La miré con curiosidad.

—Un batido de fruta fresca con un chorrito de whisky.

En ese momento, Sam encontró fuerzas para abrir los ojos.

—¿Lo dices en serio?

Madison asintió.

—Pruébalo y me cuentas.

En ese momento, Sam me miró en busca de confirmación, pero yo me encogí de hombros. De todos los remedios que había probado a lo largo de los años, aquel era nuevo.

—Será mejor que me vaya, mis amigas me están esperando. —Señaló a un grupito de chicas frente a un expositor de perfumes—. Han venido para ayudarme a encontrar el vestido perfecto para la cena de compromiso del padre de Vince . De momento nada nos convence.

¿Cómo?

¿Había dicho «cena de compromiso» ?

¿El padre de Vince se casaba?

Y, sobre todo, ¿ella iba a estar allí?

—No sabía que lo vuestro fuera algo serio. —Por lo que sabía, hacía bastante poco que se conocían. Me parecía absurdo creer que Vince quisiera estar acompañado de ella en un día tan importante.

—No lo es, al menos por su parte. Pero confío en que pronto lo sea, y quiero estar preparada.

—Oh… ya veo. —En realidad, no entendía nada; de hecho, me parecía un razonamiento propio de alguien que vive en una realidad paralela. La mirada cómplice que me lanzó Sam , mientras se bajaba un poco las gafas por la nariz, me hizo saber que pensaba lo mismo.

Cuando sus amigas la llamaron, Madison se despidió.

—Ha sido un placer verte, Lola. Que te mejores —añadió mirando a Sam antes de marcharse haciendo resonar sus tacones fastidiosos sobre el suelo de mármol del centro comercial.

Vi que mi mejor amiga intentaba contener una carcajada.

—Ni se te ocurra —le advertí al intuir el motivo de su diversión.

—¿Hacer qué, Lola? —En ese momento, estalló en carcajadas como una niña pequeña.

Suspiré resignada y regresé al probador.

—¿Qué opinas? —me preguntó Sam desde el otro lado de la cortina.

—¿Sobre qué? —Empecé a quitarme el vestido.

—Sobre lo que acabas de oír. —Hizo una pausa—. Su padre se casa.

Me quedé quieta con la cremallera a media espalda, y luego terminé de quitarme la ropa.

Nunca había sabido mucho de la vida privada de Vince .

No es que él no hablara o no confesara este tipo de cosas; más bien, era yo quien había evitado profundizar en temas personales por miedo a que él también me hiciera preguntas a mí.

A que descubriera cómo era mi familia realmente.

Por ese motivo y solo gracias a conversaciones a medias o frases que escuchaba de pasada cuando él hablaba con mi hermano o con los chicos, sabía que con el paso del tiempo la relación con su padre se había vuelto más bien tensa.

Sin embargo, no lograba imaginar cómo estaría viviendo esa nueva situación: hacía demasiado tiempo que él y yo no teníamos una conversación de verdad.

—Creo que no me incumbe —respondí al salir del probador para zanjar el tema con una falsa indiferencia.

—¿No te incumbe? —me preguntó ella con una ceja arqueada mientras la ayudaba a ponerse en pie.

—Lo dijiste tú, ¿recuerdas? Madison se ocupará de él.

Sam murmuró una especie de «claro», aunque no sonó convincente del todo.

Salí de la tienda con el vestido de cuero, dos vaqueros claros y unos leggings nuevos para correr. Tenía unos cuantos en el armario, pero para mí nunca eran suficientes.

Teniendo en cuenta el estado lamentable de Sam , hicimos un alto en el camino para tomar un batido energizante y una tostada; después seguimos de compras.

Aquel domingo no tenía grandes planes, nada de las clases con las que ponerme al día ni trabajo extra en la redacción. Pero seguía inquieta por lo que ocurrió el viernes en el Marsy , así que necesitaba distracciones.

Si me hubiera quedado en casa como había hecho el día anterior, habría empezado a darle vueltas a todo. Cuando rumiaba demasiado, siempre acababa tomando decisiones pésimas .

Justo como había pasado el día antes, cuando tuve la brillante idea de llamar a Vince para informarle del extraño encuentro que había tenido en los pasillos del pabellón, unos minutos antes de que terminara el partido. A modo de respuesta, rechazó mi llamada.

Me sentí estúpida, porque sabía que solo había buscado una excusa. Lo había llamado porque me sentía culpable. Quería oír su voz y justificar de algún modo la situación con Ethan .

Con el rechazo de mi llamada, me mandó un mensaje alto y claro: no quería saber nada más de mí.

Por eso, aquella mañana había sacado a Sam de la cama y la había obligado a que me ayudara a distraerme. La única nota positiva al final de aquella semana desastrosa había sido el mensaje que había recibido de Ethan la noche anterior: me dijo que estaría fuera de Corvallis durante una semana.

—¡Eh, chicas! ¡Esperad! —Reconocí la voz de Madison y, por un segundo, sentí la fuerte tentación de darme a la fuga. No obstante, decidí comportarme como una adulta, me paré y me giré en su dirección. Estaba jadeando, con las mejillas enrojecidas, arrastraba unas bolsas llenas de ropa.

—¿Qué pasa? —le pregunté.

—Bueno, sé que os parecerá una locura —respiró hondo—, pero necesito vuestra ayuda.

—Dejó las bolsas en el suelo y se abanicó el rostro con la mano—.

Mi hermano se ha metido en problemas. Necesita que vaya a recogerlo porque se le ha averiado el coche.

El problema es que lo ha dejado tirado en Mount Hood .

Yo he venido andando, mis amigas se han ido hace cinco minutos y no responden al teléfono —dijo del tirón.

—¿ Mount Hood ? Eso está a tres horas en coche solo la ida —intervino Sam .

—Sí, soy consciente, pero no sé qué más hacer. En transporte público es un lío y coger un taxi le costaría un ojo de la cara. Sé que vosotras tenéis coche, me haríais un favor enorme. Os pago la gasolina.

Desde luego, la idea de pasar seis horas encerrada en el coche con Madison no me entusiasmaba. Aun así, sabía lo que significaba acudir en ayuda de un hermano, por lo que no me sentí con ánimos de dejarla tirada.

—¿Te parece bien? —pregunté a Sam , porque no me veía capaz de afrontar aquel viaje sin ella.

—Siempre que me dejéis dormir, podemos ir donde queráis.

Miré a Madison con el ceño fruncido.

—Tienes suerte de que sea domingo y no tengamos nada mejor que hacer —dejé claro.

—¡Muchas gracias!