Juego sucio: Empieza el partido Capítulo 14
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Capítulo 14

Leila

Mi estado de ánimo no era el adecuado para ir al Marsy , pero quería alejarme del Dixon Center antes de que la multitud eufórica llenara los pasillos, así que me dirigí a la salida y pensé que dar un paseo me ayudaría a despejar la mente.

No sería como salir a correr, pero me bastaría.

Media hora más tarde, entré en el local aterida y con la mente algo más despejada.

El Marsy ya estaba a reventar y había mucho ruido, como siempre después de los partidos de los equipos de nuestra universidad.

Me di cuenta de que aquella noche, además del equipo de hockey, también estaban celebrando la victoria los chicos de baloncesto.

Saludé a Matt , a Finn y a los demás antiguos compañeros de mi hermano, con quienes había jugado mientras estuvo en la universidad.

El ambiente estaba invadido por el olor a cerveza y a patatas fritas; hacía un calor espantoso.

Sam no vendría para estar conmigo; se había ido con Tiffany y Alex a echar una partida de bolos.

Ethan , en cambio, me había escrito que llegaría al pub en cualquier momento, por desgracia.

No me dio tiempo ni a mirar alrededor, tal vez en busca de la famosa Alyssa , cuando unos gritos llamaron mi atención.

Me giré hacia la dirección de la que procedía el alboroto y descubrí que los responsables eran Nate y Jackson , que estaban jugando a los dardos con dos chicos de su equipo.

Allí cerca, sentados alrededor de una mesa repleta de comida y jarras de cerveza, estaban Blake y Vince .

En un instante, sus ojos se deslizaron para posarse en mí. Blake seguía hablándole, pero parecía que él lo ignoraba.

Noté un nudo en el estómago.

No estaba nada tranquila ante la idea de que, dentro de poco, me vería con Ethan . Pero intenté aferrarme a las palabras de Sam y me recordé a mí misma que no le debía nada, aunque en el fondo sabía que no era así.

Me aclaré la garganta y le dediqué mi habitual sonrisa de compromiso. Antes de que él pudiera o no devolvérmela, un compañero de clase se acercó a mí y se plantó delante. Se llamaba Mark , solíamos pasarnos los apuntes y, de vez en cuando, comentábamos algunos temas.

—¿Tú también por aquí? ¿Has venido a celebrar la victoria del equipo?

—Algo así —respondí.

—¿Te puedo invitar a algo? —propuso.

—Encantada, aunque tal vez debería invitarte yo. Te debo una por la respuesta que me chivaste en el examen de Historia del periodismo —respondí mientras lo seguía hasta la barra.

—Ah, déjalo estar, solo te devolví el favor. —Zanjó el asunto haciendo un gesto con la mano y pidió a Maggie dos cervezas de raíz.

Nos quedamos allí un rato, bebiendo y hablando del partido de hockey de aquella noche, del gol que había marcado Vince en el último segundo y que les había dado la victoria.

Por cómo lo contaba Mark , tenía que haber sido una jugada extraordinaria; sentí una punzada de arrepentimiento por habérmela perdido.

Luego me señaló a dos amigos suyos que estaban en la mesa de billar. El primero se llamaba Andrew y estudiaba Ingeniería Informática. El segundo, con una mata de rizos pelirrojos y pecas, se llamaba David.

Mark debió de notar el destello de interés que se encendió en mis ojos, porque me propuso que echáramos una partida con ellos.

—¿Sabes jugar al billar?

Asentí.

—Estoy un poco oxidada, pero se me da bastante bien. —Todavía no había ni rastro de Ethan , por lo que más valía aprovechar una distracción.

Mark sonrió y me guio hasta la mesa. Me presentó a sus amigos y propuso una partida a cuatro, una vez que terminara la que estaban jugando. Me miraron titubeantes, pero aceptaron. Tal vez pensaban que no estaba a la altura, pero iban a llevarse una sorpresa.

Estábamos a punto de empezar cuando Mark recibió una llamada. Se apartó con una sonrisa enorme en la cara. Cuando volvió, estaba visiblemente eufórico.

—¿Qué pasa? —le preguntó Andrew .

— Piper , la chica con quien estuve charlando ayer en clase —respondió él, alegre. Sus amigos lo miraron con curiosidad—. Nos hemos intercambiado el número y me ha invitado a tomar algo en un local ahora mismo —explicó Mark .

—Entonces, ¿nos dejas por una chica? —intervino David.

—No una chica, «la» chica —replicó Mark —. Está buenísima.

Sus amigos rompieron en una carcajada; luego, Mark se volvió hacia mí:

—No te importa si me voy, ¿no?

—Qué va, vete y diviértete —respondí. Me quité la chaqueta y la dejé en un taburete cercano.

—No me dejéis en ridículo con ella —advirtió en broma a sus amigos antes de irse.

—A ver, Leila , ¿sabes jugar a bola 8? —me preguntó Andrew mientras frotaba la tiza azul en la punta del taco.

David se inclinó sobre la mesa para apuntar y resopló antes de meter una bola.

—Venga, Andrew , es una chica, no la pongas en un aprieto con semejantes preguntas.

Alcé una ceja y crucé los brazos.

—Hace falta bastante más que una simple partida de billar para ponerme en un aprieto, David.

Por lo menos mi padre me había enseñado una cosa: a jugar al billar. Y, mira tú por dónde, bola 8 era mi variante preferida.

Podía ganar a los dos chicos con los ojos cerrados.

—Eh, no es nada personal. —Alzó las manos en señal de disculpa—. Es solo que, normalmente, las chicas tienen otros intereses.

—¿Por ejemplo? —Quería ver hasta dónde era capaz de llegar.

—No sé, hacerse la manicura, peinarse o ir de compras. —Se carcajeó como un adolescente y le dio un codazo a Andrew , que intentó contener la risa sin éxito.

Estuve a punto de mandarlos a la mierda e irme, pero luego pensé que darles una paliza en un juego en el que se creían superiores solo por ser hombres supondría una satisfacción mayor.

—Bueno, ¿jugamos o no? —los apremié, cansada.

David sacó las bolas de las troneras y las colocó en el triángulo en el centro.

—Como somos tres, te concedemos el honor de elegir a quién quieres enfrentarte primero —dijo Andrew , que me pasó un taco nuevo.

—Elijo a Pelo de Zanahoria. —Con un gesto de la barbilla señalé a David. Por cómo frunció el ceño, deduje que el apodo no le había gustado mucho.

—Has firmado tu sentencia, baby —exclamó él, y avanzó con chulería—. Soy un maestro en este juego.

Alcé una comisura de la boca.

Pensaba divertirme haciéndole creer eso.

—¿Cara o cruz para ver quién empieza? —propuse, pero él negó con la cabeza.

—¿Por quién me tomas? Soy un caballero. —Retiró el triángulo y, con un gesto elegante de la mano, me cedió el honor.

Me incliné sobre la mesa y apunté bien, pero golpeé la bola blanca con tanta suavidad que apenas moví las demás. Detrás de mí oí cómo disimulaban una risa con un poco de tos; los ignoré.

David se quedó con las rayadas y metió tres. Yo, en cambio, fallé a propósito los siguientes tiros hasta que me vi con todas mis bolas todavía sobre la mesa, mientras a él le quedaban solo dos.

—Podría darte unas clases. Tienes potencial, pero te falta técnica.

Lo ignoré.

Cuando llegó mi turno de nuevo, di la vuelta alrededor de la mesa para estudiar cada posible jugada, tanto las mías como las de mi rival.

En cuanto encontré la trayectoria perfecta, me detuve.

Había llegado el momento de terminar aquella partida y hacerle cerrar la boca de una vez por todas.

Restregué la tiza por la punta del taco y canté la bola que iba a golpear.

David y Andrew se colocaron detrás de mí para mirar. Me incliné sobre la mesa y, en ese momento, oí que David soltaba un silbido para piropearme. Cerré los ojos e inspiré hondo.

Idiota.

Deslicé el taco adelante y atrás un par de veces y luego, en lugar de golpear la bola blanca, retiré el taco hacia atrás para darle a David entre las piernas. Su gemido de dolor fue música para mis oídos.

—Ups, perdona, pelo de zanahoria, no pensé que estuvieras tan pegado a mi culo —dije, con la cara girada ligeramente en su dirección.

Oí que Andrew le murmuraba un «Te lo has buscado» y negué con la cabeza antes de volver a centrar mi atención en el tiro.

Concentrada, di un golpe firme a la bola blanca, que metió en la tronera de la esquina las bolas 4, 6 y 7. Me incorporé y me regodeé con las caras de asombro de los chicos.

—Me toca otra vez —dije, y me coloqué al otro lado de la mesa. Concentrada en la partida, metí también la 2 y la 3. Volví a estudiar la mesa y, con otro toque, metí la 1 y la 5.

Sonreí, complacida. Ahora llegaba lo bueno: en la mesa solo quedaban las bolas de mi rival y la número 8.

Desde el punto en el que me encontraba, meter la 8 era bastante improbable, pero siempre podía mandarla contra la banda para que rebotase y entrara directa en la tronera de la derecha.

Como por arte de magia…

—O ha sido un golpe de suerte o… —murmuró Andrew .

—O ha ido de farol —concluyó Pelo de Zanahoria.

—No lo sé, baby, ¿tú qué dices? —repliqué, divertida, y apoyé el taco en el suelo—. ¿Una chica no sería capaz?

Andrew negó con la cabeza y se frotó la ceja con un dedo. Más allá de la humillación, me pareció ver un atisbo de admiración en sus ojos. David tenía la expresión de quien acababa de recibir una tarta de nata en plena cara.

—¿Dónde has aprendido a jugar tan bien? —me preguntó Andrew .

No me dio tiempo a contestar porque la voz de Ethan sonó a mi espalda, lo que me pilló por sorpresa.

—Joder, ¿no os habrá ganado una mujer?

Perfecto, ahora el trío de machistas ya estaba al completo.

—Ha sabido jugar bien sus cartas —comentó David, mientras recogía las bolas.

Por cómo se saludaron, descubrí que Ethan ya los conocía. Cuando David y Andrew salieron a fumar, nosotros dos nos quedamos solos.

Ethan me dio una cerveza y, en voz baja, me dijo:

—No has cumplido el pacto.

No parecía nada contento.

—Tienes razón, pero…

—Pero lo arreglarás ahora —me ordenó, tajante.

Me rodeó la cintura con un brazo y me atrajo hacia él.

Por instinto, intenté apartarme, pero él me apretó más—.

Alyssa nos está mirando. —Una vez más , Ethan me mantuvo pegada a él cuando intenté girarme para localizarla—.

No la mires o pensará que lo hacemos a propósito.