Capítulo 13
Leila
Estaba sentada en la cama de mi dormitorio, a oscuras, iluminada solo por las farolas del campus, con las piernas cruzadas y la espalda derecha.
El móvil reproducía una serie de sonidos que se suponía que debían relajarme la mente y reducir el estrés que desde hacía dos días se había apoderado de mi cuerpo, pero nada parecía surtir el efecto deseado.
Ni siquiera la meditación.
No solía practicarla, pero estaba lo bastante desesperada como para intentarlo.
A la cuarta interrupción por las llamadas de Sam , que hasta aquel momento había ignorado, suspiré y decidí responder.
—¿Qué pasa?
—Pero ¿dónde te has metido?
—Estoy en la residencia, en mi habitación —respondí con demasiada inocencia.
—¿En la residencia? ¡Ley! ¡El partido casi ha terminado! —me riñó.
—Lo sé, pero… ya no estoy segura de querer hacerlo.
Se produjo un breve silencio antes de que Sam volviera a hablar.
—No creo que puedas elegir, ¿recuerdas?
Aunque Ethan me había dicho que no se lo podía contar a nadie, le expliqué nuestro acuerdo a Sam , y la obligué a prometerme que mantendría la boca cerrada a cal y canto.
Me conocía demasiado bien; jamás se habría creído que de repente me interesara Ethan .
Por otra parte, sabía que Sam era leal; se llevaría cualquier secreto a la tumba.
—He cometido un error, no tendría que haber llegado a un acuerdo con Ethan .
—Sí, ya hemos hablado de eso, pero es inútil llorar sobre la leche derramada, no puedes echarte atrás.
—¿Por qué no?
—Porque la alternativa es darle treinta y cinco mil dólares que no tienes.
Claro.
Suspiré y cerré los ojos.
—¿Qué problema hay? —preguntó al intuir lo que no decía.
Me llevé una mano a la frente y clavé la vista en un punto indefinido al otro lado de la ventana.
—Ya no me parece buena idea.
—Nunca lo ha sido —puntualizó—. Pero se trata de fingir solo un tiempo, no eres su novia de verdad.
—La cuestión es que…
—¿Qué?
Dudé.
—No puedo hacerle esto.
—Pero ¿de quién estás habl…? —La oí suspirar—. Déjame adivinar, te refieres a Vince , ¿verdad?
Me bajé de la cama de un salto y empecé a caminar por la habitación, tensa.
—No me lo perdonará nunca. Sabes que es así.
—No tienes elección, Ley. Lo digo en serio; de lo contrario, no estaríamos manteniendo esta conversación.
—Lo sé, pero eso sería un golpe bajísimo. Él siempre ha sido leal conmigo y yo…
—Tú nada —me interrumpió Sam con brusquedad—. No le debes nada, y él no te debe nada a ti. Madison o cualquier otra chica a la que se haya tirado este último año son la prueba, ¿no crees?
Eran unas palabras difíciles de digerir, pero, en cierto modo, me ayudaron a recuperar la lucidez que a veces perdía cuando se trataba de él.
—Además, si te preocupa que a Vince pueda molestarle verte allí por Ethan , que sepas que ha removido cielo y tierra para convencer a Tiffany de que viniera al partido. Tendrá otras cosas en la cabeza.
Aquella noticia me pilló desprevenida y tuve que tragar saliva antes de conseguir responder con un atónito:
—¿Qué has dicho?
—Esta tarde estaba en la cafetería para hacer un descanso y me he cruzado con Tiffany . Estaba hablando por teléfono con una amiga y le mencionaba el partido de esta noche y que Vince había insistido mucho para que fuera. Por lo visto, ella ha aceptado solo para librarse de cenar con sus padres.
Me obligué a tragarme el nudo de celos que se me formó en la garganta y me recordé que el interés de Vince por Tiffany no era ninguna novedad. Aun así, me dolió saber que quería tenerla allí, animándolo.
Hacía un tiempo, la única chica que quería ver en la grada era yo.
Decía que yo era su amuleto, que mi presencia le garantizaba la victoria. Me parecía lo más absurdo del mundo, pero me gustaba creer que era cierto.
Por eso, el año anterior no me había perdido ni un solo partido suyo; al menos hasta que estar allí fue más doloroso que no estar.
Las cosas habían cambiado.
—¿Estás bien? —La voz de Sam me sacó de mis pensamientos.
Me pasé una mano por el pelo y suspiré.
—Sí, estoy bien. Tienes razón —admití—. Yo no le debo nada a él y él no me debe nada a mí.
—Claro que tengo razón, siempre tengo razón. —Su tono engreído me arrancó una sonrisa—. Así que mueve el culo, sal de esa habitación y cumple con tus obligaciones —se rio.
Eché un vistazo al reloj de mi muñeca.
—¿Dónde estás ahora?
—Estoy fuera del Dixon Center , ¡llevo media hora llamándote hasta que por fin te has dignado a responder! Después de clase he pensado en pasarme para comprobar si estabas en el partido y, cuando no te he visto por ninguna parte, me he preocupado.
¿Creía que no cumpliría el trato con Ethan ? Bueno, cómo culparla…
—Venga, date prisa, le he pedido a Tiffany que nos guarde dos sitios. Si vienes, al menos podremos ver el tercer tiempo —me apremió mi amiga.
Me preocupó que sentarme al lado de Tiffany fuera un poco raro, pero la verdad era que no tenía nada contra ella. En el fondo, no era culpa suya gustarle al chico por el que yo llevaba tiempo sintiendo algo contradictorio.
También tuve que reconocer que, sin saber nada, más de una vez había querido dejar claro delante de mí que no estaba interesada en Vince .
Quizá intuía más de lo que demostraba.
—Vale, dame unos minutos y vengo.
Colgué y me puse algo de ropa que fuera adecuada tanto para el partido como para ir luego al Marsy .
De hecho, esa mañana Ethan me había dicho, bueno, me había exigido, que nos viéramos allí cuando terminara el partido.
Era habitual que los chicos fueran al Marsy después de cada victoria o derrota, y estaba segura de que aquella noche también estaría Alyssa , la chica misteriosa que al parecer lo acosaba.
Cogí una camiseta blanca y unos pantalones de cuero negros del armario, me puse mis botines de siempre y, en menos de cinco minutos, estaba frente al espejo del baño arreglándome el pelo y aplicándome una fina capa de pintalabios rojo.
Cogí la cazadora y el bolso y fui al encuentro de Sam .
Me esperaba impaciente, con una cara de «más te vale no volver a liarla» y algunos aperitivos en las manos.
Mientras nos colábamos entre las gradas del pabellón abarrotado de aficionados que coreaban a su equipo preferido, eché un vistazo al marcador y comprobé con gran satisfacción que íbamos ganando.
Encontramos a Tiffany al lado de Alex y nos unimos a ellos para repartir aperitivos y bebidas.
—Los Beavers les están dando una paliza a los Huskies de Connecticut . Estamos dominando el partido —nos puso al día Alex .
Empezaron a charlar y a seguir el partido, entusiasmados, pero yo estaba demasiado alterada como para sumarme a ellos.
Di un sorbo al Sprite y dejé vagar la mirada por la pista.
Había pasado mucho tiempo desde la última vez que había estado allí, pero, por debajo de la tensión que toda aquella situación surrealista con Ethan me provocaba, noté una sensación familiar.
Excitación en estado puro.
Me gustaban las gradas con aficiones desatadas, el olor a palomitas mezclado con el aroma limpio y frío del hielo que se percibía en el aire, el volumen ensordecedor de los altavoces, la pasión que exudaban los jugadores dispuestos a escupir sangre con tal de llevarse a casa la victoria.
—Oh, oh, alguien se ha dado cuenta de que has venido —me susurró Sam al oído, con la vista puesta en el centro de la pista. En ese momento me di cuenta de que Vince me estaba mirando mientras sus compañeros y los rivales pasaban a su lado como alma que lleva el diablo.
Parecía que se había quedado inmóvil en mitad de la acción. Me daba miedo que mi presencia lo distrajera, pero no imaginé que pudiera hacerlo hasta ese punto.
Intenté saludarlo de forma amistosa para cortar de raíz su mal humor.
Yo no estaba allí para desestabilizarlo y quería que lo supiera.
Pero, contra todo pronóstico, en ese momento todo se fue al traste. Un delantero del Connecticut derribó a Vince sobre el hielo con una entrada tan brutal que di un respingo.
No era la primera vez que veía un choque como ese; sabía que en hockey era frecuente, pero, cuando se trataba de Vince , no toleraba tanta violencia.
Lo miré con angustia, con el estómago encogido.
Menos mal que, al cabo de unos segundos, vi que se levantaba con dificultad.
Volvió a centrarse en el partido, pero el delantero del Connecticut ya se había hecho con el disco.
Fue Ethan quien evitó que marcara, con lo que se ganó una ovación de los seguidores de los Beavers .
Probablemente, ese habría sido un buen momento para celebrarlo, pero todavía estaba demasiado preocupada por Vince . Él siguió jugando tan mal que el público lo abucheó.
Fallaba los pases, no acertaba en los tiros a portería; estaba desubicado. Tenía la cabeza en otra parte.
Por si fuera poco, cuando faltaba poco para que terminara el partido, Ethan y él acabaron en el banquillo durante unos minutos por culpa de una penalización.
—Pero ¿qué coño le pasa? —protestó Tiffany .
Alex y Sam se sumaron a los comentarios. Yo, en cambio, permanecí en silencio. Me mordí el labio y agité el pie como un resorte, nerviosa. Me sentía culpable.
No era idiota.
Íbamos ganando y, evidentemente, Vince había empezado a jugar mal cuando me había visto. Estaba claro que el problema era yo; no sabía si aquel pensamiento me provocaba más rabia o más dolor.
Tiempo atrás, mi presencia le infundía seguridad; ahora parecía perjudicarlo.
—Quizá debería irme —le susurré a Sam al oído.
Se volvió a mirarme como si hubiera dicho un disparate.
—¿Por qué motivo?
—¿No es evidente? —Señalé la pista con un gesto de la cabeza, más en concreto, el banquillo donde Vince estaba con la cabeza entre las manos, inquieto y cabreado, mientras cumplía la penalización.
—Venga ya, ¿no creerás que es por tu culpa?
—Estoy casi segura de que es así.
Sam dejó de mirar a Vince y se fijó en mí, preocupada.
—Me parece absurdo —exclamó, como si ya le hubiera sembrado la duda—. Pero no puedes irte. ¿Qué le explicarías a Ethan ? Vuestro trato incluía que vinieras al partido. Ya has llegado tardísimo, imagínate si encima te fueras ahora.
Bufé. Ethan era la última de mis preocupaciones.
—Ya pensaré en ello más tarde —dije, y me levanté.
—Ley, venga… — Sam intentó agarrarme la mano para que no me marchara, pero la miré de un modo que no admitía réplica.
—No pasa nada, nos vemos luego —la tranquilicé.
Alex y Tiffany me miraron preocupados. Me inventé una excusa ridícula y, por suerte, fueron lo bastante amables como para no hacer preguntas.
Me abrí paso por la fila y pedí perdón a las personas que estaban sentadas. Justo cuando llegué al pie de la grada, estalló una ovación entre el público. Me giré hacia la pista de hielo.
Desde mi posición tenía una visibilidad un poco limitada, pero aun así distinguí al jugador de los Beavers que llevaba el dorsal número seis lanzarse hacia la portería rival, zigzagueando entre los jugadores de Connecticut .
Vince había abandonado el banquillo; parecía que volvía a ser él.
Por un lado, fue un alivio, aunque no me quitaba de la cabeza la idea de que yo había sido la causa de toda esa confusión. Rendida, me dirigí hacia la salida y me marché.
El estruendo del pabellón llegaba amortiguado al pasillo que había bajo las gradas. Durante unos instantes, solo oí el eco de mis tacones resonando entre las paredes, hasta que la voz de un hombre llamó mi atención: había dicho el nombre de Vince .
Seguí la voz hasta la esquina que conducía a la zona de vestuarios.
Agucé el oído e intenté escuchar lo que decía.
—Señor Rise , no se preocupe. Estamos actuando con la mayor diligencia posible.
Fruncí el ceño. ¿Señor Rise …? ¿El padre de Vince ?
—Su hijo hoy no está mostrando su mejor versión, pero ya hemos arreglado el asunto —dijo el hombre en voz baja—. Pase lo que pase, le garantizo que este partido ya está ganado.
Se quedó callado un momento, seguramente para escuchar a su interlocutor, y luego volvió a hablar. Justo entonces sonó mi teléfono, alto y claro, en el pasillo vacío.
¡Joder!
—Señor Rise , tengo que colgar —oí gruñir al hombre mientras yo me apresuraba a sacar el móvil del bolso para silenciarlo.
Apenas llegué a ver el nombre de Sam parpadeando en la pantalla cuando el hombre apareció de golpe por la esquina y di un respingo.
—¿Necesita algo? —Con una mirada dura y desconfiada, se guardó el teléfono en el bolsillo interior de la chaqueta elegante que llevaba.
—No, nada —respondí, e intenté controlar el tono de mi voz.
El hombre entornó los ojos para estudiarme con atención. Abrió la boca, pero el estruendo del estadio y los cánticos triunfales de los seguidores de los Beavers lo hicieron negar con la cabeza. Pasó junto a mí con aire desdeñoso y resoplando.
Vi cómo se alejaba y sentí que una extraña sensación crecía en mi pecho. No pude evitar preguntarme quién era aquel hombre y qué quería de Vince .