Capítulo 12 #2
—Mira, no tengo ese dinero, Ethan , y no pienso perder más tiempo intentando que lo entiendas. Pero reconozco que cometí un error y, por eso, estoy dispuesta a llegar a un acuerdo. Dime en qué puedo serte útil.
—No hay nada para lo que puedas serme útil —afirmó, engreído como siempre.
—¿Qué me dices de tu nota media? Sé que está en peligro por Literatura. A mí se me da bien, puedo echarte una mano.
—Me suda la polla la nota media, mi padre ya encontrará el modo de convertir esos suspensos en sobresalientes.
Se me escapó una risa amarga.
Por supuesto…
—Eres un tío turbio, Ethan , y juegas sucio. A mucha gente en este campus le has dado motivos para detestarte; estoy segura de que habrá algún favor que pueda hacerte. Cualquier cosa, con tal de zanjar este asunto —dije, enervada.
Ethan pareció reflexionar un instante y afiló la mirada para estudiarme con atención.
—¿Cualquier cosa?
Asentí, aunque con cierta cautela, que aumentó cuando vi que sus ojos claros se iluminaban con una luz hostil.
—Ahora que lo dices, en efecto, hay algo.
Imaginé mil favores absurdos: tráfico de armas, robos, estafas, tráfico de drogas y un sinfín de cosas ilegales. Ante esas opciones, me di cuenta de que tal vez me había pasado.
—Quiero que finjas que eres mi novia.
Lo miré horrorizada.
¿ Me estaba tomando el pelo?
—¿Has perdido la cabeza?
—Hay una loca que no para de seguirme y molestarme; no acepta que lo nuestro se haya acabado y ya no sé qué más hacer para quitármela de encima. Lo he intentado todo, créeme, pero es imposible. Quizá, si me ve con otra, asuma que lo nuestro se acabó —explicó como si nada.
—No.
—Tienes una deuda que saldar, te estoy ofreciendo una forma de pagarla.
—No —insistí.
—Entonces ya puedes ir soltando los treinta y cinco mil dólares, ahora mismo.
— Ethan , lo que me estás pidiendo es simplemente…
¡absurdo! —Seguíamos en el umbral y alcé la voz, frustrada, pero con eso llamé la atención de una estudiante que volvía a su apartamento.
Agarré a Ethan de un brazo, lo metí dentro y cerré la puerta—.
Obligarme a saldar una deuda llevándome a la cama… joder, ¡podría denunciarte!
Frunció el ceño y negó con la cabeza, como si hubiera dicho una blasfemia.
—¿Quién ha hablado de meternos en la cama?
—¡Bueno, tú! —puntualicé, agitando la mano—. ¡Con ese acuerdo psicópata, baboso y cabrón como lo que eres!
Siguió mirándome como si habláramos dos idiomas distintos; luego señaló el sofá y dijo:
—Muy bien, ahora te sientas y te calmas.
—Quiero quedarme de pie —sentencié con los nervios a flor de piel.
—Entonces me sentaré yo. —Se quitó la chaqueta y se acomodó en el sofá. Apoyó los codos en las rodillas y entrelazó las manos—. Aquí nadie ha hablado de ir más allá de las apariencias.
Lo escuché sin entender nada.
—Me has pedido que sea tu novia —recalqué—. Y las novias, con sus novios, hacen cosas que contigo no haría ni en mis peores pesadillas.
Por algún motivo, mi frase le arrancó una risa.
—Eres guapa, Leila , pero no eres mi tipo.
—Entonces ¿por qué me lo pides justo a mí? ¿No puedes buscarte una novia de verdad que sea de tu gusto y pedirme un favor menos desagradable para los dos?
—No estás en posición de pedir nada —respondió, lapidario.
Suspiré y me froté la frente. Si aceptaba, me quitaría de encima un problema que no podía permitirme tener.
Era absurdo que me lo planteara siquiera, pero…
—¿Cuánto?
—¿Cuánto qué?
—¿Cuánto tiempo tendría que fingir que soy tu novia? —aclaré.
Se levantó del sofá, casi sorprendido de que estuviera considerando de verdad su propuesta.
—No lo sé, lo suficiente para que Alyssa se convenza de que tiene que dejarme en paz.
—Podría necesitar un mes o un año, y no pienso quedarme atrapada de por vida. Así que, si tenemos que hacerlo, quiero que nuestro pacto tenga una fecha de caducidad.
Ethan se lo pensó y, tras encogerse de hombros, propuso:
—Cinco meses, hasta finales de junio. Cuando termine el curso.
—¿Cinco meses? Ni hablar, es demasiado.
—Una pareja empieza a parecer sólida a ojos de los demás al cabo de unos cinco o seis meses —afirmó con una convicción que me llevó a arquear una ceja.
—¿Dónde has leído eso? ¿En la revista Se nace gilipollas?
Me ofreció una expresión indignada.
—Pues tres, pero no menos que eso.
Era un lapso de tiempo más aceptable.
Tragué saliva y le di vueltas. Me estaba pidiendo que fingiera que era su novia, pero sin cruzar esa línea que para mí era innegociable.
Si aceptaba, en unas semanas toda aquella maldita historia quedaría atrás y él no volvería a molestarme en la redacción o en el campus.
Además, no haría falta meter ni a Vince ni a Thomas en todo este asunto.
¿Sería capaz?
¿Podía fingir que era su novia durante noventa días?
Se me revolvió el estómago solo de pensarlo.
—Y bien, ¿tenemos un acuerdo? —Me escrutó con una comisura de la boca levantada, como si me estuviera leyendo la mente.
Crucé los brazos y evité su mirada. No iba a decirlo en voz alta.
Me daría asco a mí misma.
Sin embargo, él debió de interpretar mi silencio como un sí porque se frotó las manos, satisfecho, y sonrió.
—En primer lugar, no se lo puedes decir a nadie, ni siquiera a tu compañera de piso, porque si llegara a oídos de Alyssa , no habría servido de nada y tú seguirías con una deuda que pagar.
Segundo, no puedes escaquearte de tus obligaciones de novia.
—Tuvo que notar que mi mirada se endurecía, porque rectificó—: En público, claro.
No nos acostaremos, pero las personas de nuestro entorno tendrán que creer que lo hacemos.
—Qué asco—. Tendrás que aceptar llamadas, besos, caricias y peticiones sencillas como la que voy a hacerte ahora.
Y tendrás que aceptarlas encantada. —Más que un acuerdo, parecía un pacto con el diablo—.
El viernes jugamos contra los Huskies de Connecticut —dijo mientras se ponía la chaqueta, listo para irse—.
Alyssa estará en la grada, ya me lo ha dicho; quiero que tú también estés allí, animándome.
Abrí los ojos, alarmada.
—Espera un momento, Ethan . No… no puedo hacer eso. No puedo ir al partido y animarte a ti.
—¿Por qué?
—Porque… bueno… si mis amigos me vieran, creerían que estoy loca.
Era verdad, pero esa no era la razón de mi renuencia.
—Creerán que estás loca igualmente cuando sepan que sales conmigo. Es el precio por no haber sabido controlar tu impulsividad. —La sonrisa que me dedicó hizo que me entraran ganas de echarlo de mi apartamento de una patada en el culo.
Pero no andaba del todo desencaminado, y eso me inquietó todavía más. ¿Cómo se lo iba a explicar a Sam , a mis amigos o a… Vince ?
Madre mía, me odiarían.
—¿Está todo claro?
Su voz me sacó de mis pensamientos.
Lo miré y, por un instante, deseé que todo aquello fuera una terrible pesadilla.
Pero era la realidad, y yo no sabía cómo salir de esa situación. Asentí con un nudo en la garganta que amenazaba con ahogarme.