Capítulo 12
Leila
Cuando volví a casa, me di una ducha mientras Sam pedía la cena, comida china. De nuestro restaurante favorito. Unos cuarenta minutos después, nos encontramos con la mesa llena de comida y música jazz de fondo, que procedía del vinilo de Sam .
—¿Sabes? Llevo toda la tarde dándole vueltas —dijo ella, antes de hincarle el diente a un rollito de primavera—. Si no quieres meter a tu hermano en esto, podrías involucrar a Vince .
Levanté la cabeza de mis fideos de soja y la miré.
—¿Perdona?
—En el fondo, es su capitán, y estoy segura de que si supiera lo que te ha dicho Ethan , no se quedaría de brazos cruzados.
—Ni hablar. —Negué con la cabeza con decisión—. No quiero meterlo en esto. Se encargaría del problema y lo resolvería por mí.
—¿Y no es eso lo que queremos? ¿Resolver el problema? —intentó decir Sam , confusa.
—No gracias a él —respondí como si fuera evidente—.
Este es su último año, el más importante.
Está ocupado con los partidos, el papel de capitán, la NHL, los exámenes, la graduación.
No quiero ser otro quebradero de cabeza y estropearle los planes.
Además, volver a hablarle después de un año sin hacerlo solo para pedirle ayuda es…
—¿De oportunistas? —terminó.
—Joder, sí. —Enrollé los fideos de soja con los palillos y me metí unos cuantos en la boca—.
Mira, hoy ya hemos hablado demasiado de Ethan , no merece tanta atención.
¿Y sabes quién sí la merece? —La apunté con un palillo—.
Tú. Ha llegado el momento de soltarlo: ¿qué ha pasado?
¿Te has casado en Las Vegas con un desconocido después de ganar la lotería?
Sam se rio.
—Mucho mejor.
—Guau, soy toda oídos. —Me recosté contra el respaldo e, intrigada, le presté toda mi atención.
—¡He encontrado una nueva agencia de moda dispuesta a representarme!
—Lo celebró juntando las manos y con una sonrisa de satisfacción en la boca.
La mía, en cambio, empezó a apagarse—. El mánager ya me ha conseguido dos trabajos para el mes que viene: un desfile en un sitio pequeño y una sesión de fotos en Cannon Beach para el lanzamiento de una marca de bañadores.
El sábado por la noche me lleva a un local exclusivo fuera de la ciudad para que conozca a las otras modelos con las que trabajaré .
Parpadeé un par de veces, no sabía qué decir.
O, más bien, sabía lo que tenía que decir, lo que ella esperaba oír, pero no pude cumplir sus expectativas. No conseguí alegrarme por ella como habría querido.
Sabía muy bien cuánta podredumbre se escondía en ese mundo camuflada bajo una capa de brillo.
Todo giraba alrededor de los flashes. De la aprobación.
De la exhibición. De la conquista. Ser modelo era su sueño, lo tenía todo para lograrlo: era guapísima y encajaba al milímetro en esos cánones estéticos dementes que exigían.
Hacía unos meses había asistido al inicio de su obsesión con las calorías y los números de la báscula, mientras renunciaba a salir por la noche conmigo y con nuestros amigos para aguantar el ritmo agotador de pruebas y desfiles.
Se había tratado solo de unos pocos trabajos, pero fue un alivio ver que volvía en sí cuando retomó su vida de mera estudiante universitaria.
Sam me observaba a la espera de mi reacción, una palabra, un gesto de aprobación que tardaba en llegar.
—Es… es… magnífico —fue mi única respuesta.
—¿Solo magnífico? ¡Ley! ¿Has oído lo que te he dicho?
—Sí, es solo que… no tenía ni idea de que hubieras decidido intentar volver a subirte a la cresta de la ola. —Me obligué a mostrar una sonrisa de oreja a oreja; luego, cogí una nube de dragón y empecé a comer como si nada.
—Ya, es que no lo había decidido, pasó todo por casualidad.
—Ella también siguió comiendo y empezó a explicármelo—: Hace dos semanas, fui de compras al centro comercial y, mientras pasaba de tienda en tienda, un tipo con una cámara de fotos colgada al cuello me paró y me preguntó si estaría dispuesta a dejarme hacer algunas fotos para sus perfiles en redes sociales.
Lo primero que pensé fue que era un pervertido, así que comprobé los perfiles de los que hablaba.
Cuando vi que solo era un fotógrafo freelance inofensivo, acepté.
Sin esperarlo, esas fotos se hicieron virales y llamaron la atención de Jeff Benson , un mánager bastante importante que tiene contactos directos con las mejores marcas, estilistas, agencias de publicidad y prensa del sector.
Se puso en contacto conmigo y me preguntó si me interesaría trabajar con él, decía que tengo potencial para triunfar.
No te dije nada porque sabía que te ibas a preocupar.
Pero ahora que ha llegado una propuesta de trabajo, sé que van en serio y que puedo fiarme.
Bebí un sorbo de agua y tragué.
—Es increíble, Sam , increíble de verdad.
«Mentira».
La perspectiva de volver a verla víctima de ese mundo hacía que me entraran ganas de agarrar a Jeff Benson por las pelotas y ordenarle que se dedicara a la hípica.
Habría querido advertirla, hacer que pensara en ello, pero Sam no soportaba que pusieran en duda su criterio.
Por eso, me mordí la lengua y le pregunté:
—¿Y tú… tú eres feliz?
Menuda pregunta más idiota. La felicidad se le veía en los ojos.
—¡Felicísima! —Me ofreció una sonrisa amplia y luminosa—. Nunca he creído demasiado en esa historia de que lo mejor llega cuando menos te lo esperas, pero tal vez podría cambiar de opinión.
De repente, me sentí mal por haber sido tan poco solidaria con ella, aunque tuviera mis motivos.
Así pues, intenté apartar mis miedos y ponerle remedio. Le cogí una mano entre las mías y le dediqué una sonrisa afectuosa con la que quería transmitirle todo mi apoyo.
—Enhorabuena, Sam . Sé lo importante que es esto para ti y estoy segura de que llegarás muy lejos.
—Eso espero. Gracias —me respondió con dulzura.
—Pues, llegadas a este punto, ¡solo nos queda celebrarlo! —exclamé. Me puse en pie e invité a Sam a hacer lo mismo. Como siempre, fui al aparador de la cocina y saqué la botella de tequila. Serví dos vasos, le ofrecí uno a Sam y lo choqué contra el mío—. ¡Por ti y por esta nueva aventura!
Nos lo bebimos de un solo trago y un escalofrío incandescente me recorrió la espalda.
—Uf, lo necesitaba —exclamó Sam , que se limpió la boca con el dorso de la mano.
—Ya ves —respondí con las mejillas ardiendo. Nos concedimos una segunda ronda, el peso que sentía en la boca del estómago desde aquella mañana empezó a aligerarse. Pero, antes de que pudiéramos llegar a la tercera ronda, alguien llamó a la puerta.
Quería ir a abrir, pero Sam me detuvo.
—Déjalo, ya voy yo, es Wesley .
Me llevé una mano a la frente.
—Ah, claro. La cita para cortar. —No me sabía mal por Wesley , al contrario; esperé con todas mis fuerzas que esta vez fuera la definitiva, pero sabía que aun así era una situación delicada—. ¿Quieres que me vaya a dar una vuelta?
—No, nos vamos nosotros, no te preocupes.
—De acuerdo. —Le di un abrazo para animarla y le susurré al oído que era lo correcto.
Ella suspiró y asintió, seria.
Se puso su chaqueta, fue a la puerta y, cuando abrió, Wesley fue a saludarla con un beso en la boca que ella esquivó antes de ofrecerle la mejilla.
Vi que Wesley se sorprendió y le preguntó si todo iba bien.
Sam , en lugar de contestar, le propuso que fueran a dar una vuelta por el jardín del campus.
Por la cara que puso Wesley , estaba claro que intuía por dónde iría la conversación, pero aceptó. Antes de marcharse, los dos me saludaron desde el umbral y yo me despedí de ellos.
Cuando me quedé sola, cambié la música jazz por pop-rock y empecé a recoger la mesa.
Tiré a la basura todos los envases de comida vacíos, barrí el apartamento y lavé los platos.
Habrían pasado unos diez minutos cuando alguien volvió a llamar a la puerta.
Me quité los guantes con los que estaba fregando los platos y fui a abrir.
—Madre mía, Sam , has sido más rápida que…
No pude acabar la frase porque la persona que había en el umbral no era mi compañera de piso.
Ni de lejos.
—Se te ha acabado el tiempo, jovencita. —La voz de Ethan sonó clara y acusadora.
—¿Qué demonios haces aquí? —¡No podía creer que ese idiota se hubiera presentado en mi puerta!
—Teníamos un trato.
—No, tú pretendías algo, pero yo fui muy clara al respecto.
Inclinó la cabeza y me estudió con gesto intimidante.
—Estás empeorando tu situación, Leila . Más de lo que ya la empeoraste anoche.
Me habría encantado usar su cara merecedora de un guantazo para fregar el suelo.
—Te comportas como si fueras el único que ha perdido algo, ¡pero no es así! ¡Echaste por tierra la única oportunidad que tenía de conseguir unas prácticas en uno de los periódicos más importantes de Estados Unidos por un estúpido capricho!
—¿Treinta y cinco mil dólares te parecen un estúpido capricho? —replicó.
—Para mí no, pero para ti sí, no nos engañemos.
Ethan suspiró con desprecio y se metió las manos en los bolsillos.
—En mi mundo, quien rompe paga. Además, no te habrían seleccionado. No tienes madera para ese trabajo, me sorprende que nadie te lo haya dicho todavía. No aguantas la presión de una noche en vela, así que olvídate de sobrevivir en una redacción llena de tiburones dispuestos a devorarse entre ellos.
Quería contestar a esa crítica defendiendo mis capacidades, mi trabajo y mi pasión, pero, por algún motivo, no pude. Sus palabras hicieron mella en mis puntos débiles y despertaron inseguridades que me hicieron dudar de mí misma.
—La verdad duele, ¿eh? —rio haciendo gala de una sonrisa pérfida en los labios.
Reprimí las ganas de darle una patada en sus partes, respiré hondo y me pellizqué el puente de la nariz en busca de una solución que pusiera fin a toda esa historia. Quería que Ethan desapareciera de mi vista para siempre.