Capítulo 11 #2
Ignoré el pinchazo en el pecho que el sonido de aquel nombre me provocó y me puse a juguetear con los colgantes de la pulsera que llevaba.
—Ahora no me apetece —respondió, tranquilo en apariencia. Aun así, noté una inflexión especial en su voz que dejaba entrever algo más.
Blake negó con la cabeza y salió solo, y yo me permití mirar a Vince por un instante. Entonces me di cuenta de que ya me estaba observando. El corazón me empezó a latir más deprisa y dejé de oír cualquier conversación que se estuviera produciendo en la mesa.
Tenía la mandíbula apretada, los ojos profundos, esa leve arruga que se le formaba en la frente cuando miraba con atención.
Era todo como siempre y, al mismo tiempo, todo había cambiado.
Le sonreí ligeramente, porque estaba en su mesa y no quería comportarme como una niña malcriada.
Si añadía el hecho de que no había dicho ni media palabra desde que había llegado, eso significaba casi con toda probabilidad que sentía la misma incomodidad que yo; por algún motivo eso me supo mal.
Él me devolvió el gesto alzando una comisura de la boca. La suya también era una sonrisa contenida y superficial, pero aun así noté el corazón palpitando.
Me pareció ridículo el modo en que mi cuerpo, incluso al cabo del tiempo, reaccionaba ante el chico que me había rechazado.
La chica sentada a su lado se aclaró la garganta y tendió la mano en mi dirección.
—No nos conocemos, me llamo Madison .
Me quedé un momento mirando su mano antes de estrechársela.
—Encantada, Madison , yo soy Leila .
—¿ Leila …? —repitió, y luego negó con la cabeza—. No, no me suena haber oído tu nombre nunca.
Por la forma punzante en que lo dijo, tuve la sensación de que quería ridiculizarme, hacerme sentir, de algún modo, una intrusa en aquella mesa.
—Yo tampoco he oído hablar nunca de ti… —Cogí una rodaja de manzana de su bandeja y, con una sonrisita desafiante, le di un mordisco—. Pero ya se sabe que las nuevas reclutas tienen que esforzarse el doble para dejar huella.
Me miró desconcertada, parecía que no había entendido del todo el comentario de mal gusto que le acababa de hacer.
Sam , Nate y Jackson , en cambio, contuvieron la risa.
Su amiga se removió incómoda a mi lado sin decir nada.
Vince bebió un sorbo de su botella y me lanzó de reojo una mirada penetrante que no supe descifrar.
Terminé de comerme el trozo de manzana y le di las gracias por su generosidad.
Madison parpadeó un par de veces, sin replicar.
Al menos había conseguido que se callara.
—El viernes por la noche tenemos el partido contra los Huskies . —La voz de Jackson rompió el silencio incómodo que se había creado—. ¿Vendréis?
Mi respuesta iba a ser que no, pero tampoco quería parecer borde. Además, me di cuenta de que a Vince se le tensaron los hombros; eso me llevó a pensar que tenerme en la grada no le hacía ninguna gracia.
Miré a Sam en busca de ayuda, ella no dudó.
—No podemos, Ley tiene una cita el viernes por la noche, y yo estaré fuera de la ciudad.
Me quedé de piedra.
Yo no tenía ninguna cita, a excepción de una con el sofá; ¿qué demonios estaba diciendo?
—Guau, ¿una cita romántica? —preguntó Nate con malicia, subiendo y bajando las cejas.
No me dio tiempo a negarlo porque Sam se me adelantó:
—Me parece evidente.
Seguí mirándola, confundida, pero ella me esquivaba.
—¿Y quién es el afortunado? —preguntó la amiga de Madison , a mi lado.
Todos me miraron rebosantes de curiosidad, a la espera de una respuesta que no tenía.
Forcé una sonrisa mientras pensaba en una mentira plausible y en al menos diez formas de decapitar a mi compañera de piso ahí sentada.
—Soy supersticiosa, prefiero no decir nada hasta la primera cita. —Como no insistieron, deduje que gracias a esa excusa me había salido con la mía.
Miré la hora y vi que llegaba unos minutos tarde.
—Maldita sea, tengo que irme —murmuré. Me levanté de la mesa y les dije a los chicos que tenía que irme volando a la redacción.
—Pues nada, suerte con los entrenamientos —les dijo Sam , que se levantó al mismo tiempo que yo.
—Sí, y mucha suerte para el partido —añadí. Miré sobre todo a Vince , que parecía absorto en algún pensamiento oscuro. Con un gesto de la cabeza saludé también a Madison y a su amiga, por pura educación.
—No desaparezcas, jovencita —me riñó Nate .
Me limité a asentir y le ofrecí una sonrisa cálida.
Cuando ya estábamos fuera, antes de que Sam pudiera escaquearse, la agarré del brazo.
—¡¿Una cita, en serio?!
—¡Eh, no te enfades conmigo! Lo he hecho por ti —se justificó.
Alcé las cejas y crucé los brazos.
—¿Por mí? Pues dime, ¿de qué forma se supone que me has ayudado?
—Bueno, a juzgar por cómo la expresión de Vince se ha ensombrecido en cuanto me ha oído, diría que he dado en el clavo.
La miré un instante sin decir nada. Estaba desvariando.
—La expresión no se le ha ensombrecido.
—Te digo yo que sí, pero tú estabas demasiado concentrada en ignorarlo como para darte cuenta.
Seguí observándola con cautela y empecé a pensar que tal vez sí, que tenía razón. Una pequeña sonrisa de satisfacción apareció en mis labios.
—¿Se le ha ensombrecido la expresión?
Sam puso los ojos en blanco y negó con la cabeza.
—Lo interpreto como «gracias», no hay de qué.
—Eres un genio. —Le cogí la cara entre las manos y le planté un beso en la frente—. Nos vemos esta noche.
La idea de que Vince se hubiera molestado ante la posibilidad de que pudiera tener una cita me mejoró el día.
Pero sin cambiarlo del todo, por desgracia.
Pasé el resto de la tarde en la redacción trabajando y consultando varias páginas web en busca de una mesa de mezclas barata que pudiera sacarme del lío en el que me había metido, pero no encontré ni un modelo que se acercara al de Ethan .
En un momento de extrema desesperación llegué incluso a informarme sobre la posibilidad de vender un riñón, y descubrí que su valor en el mercado negro podía rondar los doscientos cincuenta mil dólares.
Casi era una opción a tener en cuenta.
Al terminar el día, encontré un hueco para salir a correr.
Necesitaba desahogarme.
Intenté despejar la mente y analizar toda la situación con más lucidez, pero no lo conseguí. Madre mía, con el dinero que tenía su familia, podía comprarse otra mesa de mezclas solo con chasquear los dedos, no entendía por qué se había emperrado tanto.
Al final, llegué a la conclusión de que pensaría en ello al día siguiente, o al otro, o quizá no lo pensaría nunca, joder.
No soportaba a los hombres como Ethan : se creían dueños del mundo solo porque siempre tenían a alguien dispuesto a salvarles el culo en cualquier circunstancia.
Bueno, pues yo también quería que me devolvieran la noche en vela que me habían obligado a pasar. Lástima que eso no fuera posible.