Capítulo 11
Leila
Los miércoles no tenía clase; volver a trabajar después de aquel encontronazo fue más difícil de lo que esperaba. Por eso, durante la pausa del almuerzo acepté quedar con Sam en la cafetería y se lo conté todo.
—Mándalo a la mierda —me dijo mientras engullía un bocado de pollo.
—Ha amenazado con contárselo todo a su padre, Sam . O sea, a nuestro rector.
—Seguro que era un farol.
— Ethan no va de farol, nunca. ¿Recuerdas lo que le pasó a Malcolm ?
—¿ Malcolm Lang ? —Se limpió las manos con una servilleta, y yo asentí con firmeza—. Oí rumores, pero no llegué a entender qué pasó.
Apoyé los codos en la mesa y me incliné hacia delante.
— Malcolm era el tesorero del club de teatro desde hacía dos años, pero cuando el año pasado Ethan descubrió que Malcolm se había acostado con su novia, la recaudación de su última función desapareció como por arte de magia.
El rector acusó a Malcolm de negligencia; lo expulsaron del grupo de teatro y perdió los créditos extra que necesitaba.
—Madre mía… — Sam me miró, horrorizada—. Esta universidad es un nido de psicópatas.
—Y que lo digas. La cuestión es que, incluso sin pruebas, consiguieron que Malcolm pareciera culpable a ojos de todo el mundo, nadie se atrevió a mencionar que tal vez había conflicto de intereses.
—No me lo puedo creer… Entonces, ¿qué piensas hacer?
—No lo sé. —Me dejé caer contra el respaldo con un suspiro amargo y cerré los ojos.
—¿Y las prácticas? ¿Cómo ha ido la llamada con la secretaría del proceso de selección?
Negué con la cabeza, abatida.
—Cuando Ethan se ha marchado he intentado volver a llamar, pero seguían comunicando; a la una en punto han cerrado oficialmente el proceso de selección. Y pensar que mi currículum entre tantos otros les había llamado la atención…
—Lo siento muchísimo, Ley. —Me ofreció una mirada solidaria.
—No pasa nada, la próxima vez será. —Pronuncié esas palabras con una indiferencia fingida, pero por dentro a mí también me sabía mal.
Esas prácticas eran fundamentales para mí, para mi carrera y para mi futuro…
un futuro que ahora veía incierto. Llevaba mucho tiempo esperando ese día, Ethan lo había mandado al traste en pocos segundos.
—A lo mejor deberías decírselo a tu hermano —sentenció Sam . La mirada de reproche que le lancé dejó claro que prefería que me expulsaran antes de plantearme esa opción—. Me parece que es el único capaz de sacarte de este lío y poner a Ethan en su sitio —se justificó.
—En todo caso, es el único capaz de convertir este lío en otros cien.
—No hace falta que corra la sangre, bastaría con asustarlo un poco, bajarle los humos.
—Mi hermano no entiende de medias tintas. Si supiera que ese idiota me ha amenazado, Ethan acabaría con una mesa de mezclas nueva estampada contra el cráneo.
Sam puso los ojos en blanco.
—Exageras, como siempre.
—No, créeme, no conoces a mi hermano. — Sam y yo nos hicimos amigas cuando Thomas ya se había mudado a San Francisco; de él solo conocía las anécdotas que yo me veía obligada a contarle porque le parecían divertidas, aunque ese no era el adjetivo más apropiado para los desastres que liaba mi hermano—.
Encontraré una solución, me apañaré yo sola.
—Podrías probar suerte en una mesa de blackjack —dijo tras un momento de silencio.
La miré con una ceja alzada.
—¿Eso es todo lo que vas a recomendarme?
Sam captó el sarcasmo en mi voz y sonrió.
—Bueno, también podrías desvalijar una tienda de electrónica o atracar un banco, pero los dejaría como planes B y C.
Me reí, me pellizqué el puente de la nariz y negué con la cabeza.
Cuando levanté la mirada, vi entrar en el comedor a Vince con su bolsa al hombro y la chaqueta deportiva abierta.
Estaba acompañado de Blake , Nate , Jackson y dos chicas que no había visto nunca con ellos.
A juzgar por el pelo húmedo, acababa de salir de la ducha tras el entrenamiento.
Me enderecé en la silla; de repente, me sentía inquieta.
Sam siguió mi mirada y empezó a abanicarme delante de los ojos con una de las revistas de moda que siempre llevaba encima.
—¿Tengo que recordarte la regla número dos? Si te lo encuentras delante, lo ignoras.
Era más fácil decirlo que hacerlo, pensé.
—¿Quiénes son esas?
Fue más fuerte que yo, no pude contenerme cuando vi que una de las dos chicas se sentaba junto a Vince y compartían la misma botella de agua. Luego le dedicó una sonrisa coqueta que me revolvió el estómago, sobre todo porque él se la devolvió.
Madre mía, ese chico se acostaba con cualquiera que tuviera vagina, excepto conmigo.
Su amiga se sentó al lado de Blake . Nate y Jackson ocuparon las últimas sillas alrededor de la mesa.
—No lo sé y no me interesa, y a ti tampoco debería interesarte —me riñó Sam .
Suspiré otra vez y bebí un sorbo de agua.
—Será mejor que nos vayamos.
—Ni hablar —declaró ella—. Regla número tres: no eres tú quien se va, es él quien no debe entrar. —Con una mirada hostil intenté comunicarle que aquella regla era ridícula, además de injusta. Estábamos en un comedor, era impensable que no viniera a comer tan solo porque yo estuviera allí.
—Tú has terminado de comer, ya no tenemos motivo para seguir ocupando esta mesa —intenté convencerla.
—¿Quién ha dicho que he terminado? A lo mejor me apetece tomar postre —dijo, y enderezó los hombros con una expresión soberbia.
—Nunca tomas postre.
—Entonces, ¿hay algún día mejor que hoy para empezar?
Tonterías, solo estaba buscando una excusa para aplicar la «regla número tres».
Un año antes, cuando le conté a Sam que por fin había tenido el valor de declararme a Vince siguiendo su consejo y que él me había rechazado, Sam me adiestró como es debido y preparó un listado de reglas para conseguir que se arrepintiera de esa decisión todos los días de su vida.
La frustración y la humillación que había sentido en el coche de Vince me habían llevado a hacerle caso, pero después lo dejé estar porque no quería jugar sucio con él.
Aunque me hubiera dolido, le tenía cariño.
— Sam , tengo que volver a la redacción, tengo muchísimo trabajo atrasado —le dije y me levanté—. No me marcho por él, sino porque me necesitan en otra parte, al menos de momento —ironicé, pensando en la amenaza de Ethan . Lo decía en broma, pero en realidad estaba preocupada.
Sam puso los ojos en blanco y negó con la cabeza.
—Tú misma.
Agarró sus revistas junto con la bandeja vacía y la acompañé a dejarla. Yo no tenía nada que devolver porque no había comido. El encuentro con Ethan me había cerrado el estómago.
Sam aprovechó la ocasión para ponerme al día de su situación sentimental. Muy orgullosa, me dijo que esa noche tenía una cita con Wesley con el único objetivo de cortar con él de una vez por todas: ella estaba segura de que había llegado el momento de romper por centésima vez.
—Además, tengo novedades mucho más importantes, pero te las contaré durante la cena, ahora no tenemos tiempo —me dijo con un brillo eléctrico en los ojos.
—¿De qué se trata? —pregunté, curiosa.
—No te lo digo, y no insistas, tendrás que esperar hasta esta noche —replicó, divertida.
Cuando llegamos al carrito de las bandejas, que, por desgracia para mí, estaba al lado de la mesa de los chicos, recé hasta el último segundo para que ninguno de ellos nos viera. Pero la voz de Nate arrasó con mis esperanzas, porque nos saludó y nos invitó a que nos sentáramos con ellos.
—No, gracias, tenemos cosas mejores que hacer —respondió Sam con un tono de voz demasiado altivo.
—Oh, venga, no os hagáis de rogar —insistió él.
El instinto me llevó a posar la mirada en Vince en busca de un permiso que temí no encontrar.
No estaba segura de que me quisiera allí, en la mesa con sus amigos, obligado a fingir una normalidad que ya no era propia de nosotros desde hacía mucho tiempo.
Pero la intensidad de su mirada cuando se cruzó con la mía me golpeó tan fuerte que aparté la vista antes de poder interpretar cualquier matiz.
Por desgracia, la chica sentada a su lado me fulminó con la mirada. Se arrimó todavía más a él y le rodeó el antebrazo con la mano, como si quisiera marcar territorio.
Por instinto, ese gesto de celos me llevó a aceptar la invitación de Nate . Dediqué una sonrisa a Sam para pedirle de forma tácita que me siguiera el juego. Ella estaba encantada, claro.
—Hola, chicos, ¿cómo estáis? —Ofrecí una sonrisa a todos sin detenerme demasiado en la única persona sentada a esa mesa capaz de hacerme sentir como un mar embravecido.
—Genial. ¿Se puede saber dónde te metes? Hace tiempo que no te vemos. — Nate me dejó sitio en el banco, y Jackson , al otro lado, hizo lo mismo con Sam . De esa forma, acabé sentada casi frente a Vince y su nueva amiga.
—Bueno, es una época un poco ajetreada. El periódico, las clases, las prácticas… ya sabes, lo de siempre. —Aunque me obligara a no mirarlo, sentía los ojos de Vince clavados en mí con cada palabra que pronunciaba.
—¿Sabes qué pareces? Alguien que está soltando un montón de trolas, pequeña Collins . — Jackson me lanzó una patata frita y yo le devolví el favor riéndome.
En cualquier caso, no andaba del todo desencaminado: desde la noche en que las cosas entre Vince y yo se torcieron, dejé de ir a ver los partidos e, inevitablemente, también reduje el contacto con ellos. No había sido una decisión intencionada, solo… una consecuencia.
—Igual es que no sois una buena compañía, ¿alguna vez lo has pensado? —los pinchó Sam , bromeando, para sacarme del apuro de tener que dar una respuesta más creíble.
—Quien desprecia, comprar quiere —intervino Blake , con su habitual sonrisa de superioridad en el rostro.
—Y quien compra puede pedir el reembolso —replicó Sam , que puso los ojos en blanco—. Preferiría estar en un laboratorio diseccionando órganos antes que en compañía de atletas fanfarrones como vosotros —añadió, refunfuñando. Blake respiró hondo, pero lo dejó pasar.
—Vale, vale. Ahora intentemos calmar los ánimos. Vince , ¿sales a fumar?