Capítulo 10
Leila
Cuatro días antes
Me levanté de la cama y observé el edificio de la fraternidad desde la ventana. Luces encendidas por todas partes, gente bailando, voces, risotadas y música.
En menos de cuatro horas sonaría mi alarma. Tenía una llamada telefónica de vital importancia, y aquellos idiotas habían montado una fiesta en martes.
En el patio distinguí a varios chicos pasándose porros y bebiendo cerveza. Subí la ventana e intenté que me oyera el único chaval cuyo nombre conocía. Era el hijo del fundador de una de las fraternidades que contribuía de forma regular con financiación a nuestra universidad.
—¡ Liam , es tarde y con todo el ruido que estáis haciendo no puedo dormir! —Él se giró en mi dirección y se puso a parlotear con sus amigos. Estallaron en carcajadas, probablemente porque se reían de mí; luego siguieron bebiendo y fumando.
Me quedé mirándolos, consternada.
Si se creían que iba a dejarlo pasar, se equivocaban a lo grande.
Sin pensarlo, me puse la sudadera que había dejado sobre el escritorio, me calcé las pantuflas y salí de la habitación. En el salón encontré a Sam , que todavía estaba despierta. No me sorprendió, ella vivía de noche.
—¿Adónde vas? —Se quedó congelada con la boca abierta y una galleta a medio camino. Estaba sentada en el sofá con las piernas cruzadas, una taza de leche entre las manos, viendo otro capítulo de La casa de papel proyectado en la pared de enfrente.
—A educar a algún capullo hijo de papá —dije, antes de salir y dar un portazo a mi espalda.
Una vez fuera, crucé a toda prisa el jardín que separaba las dos residencias y me cubrí la cara con la capucha de la sudadera para protegerme del viento. Subí los escalones del patio y aporreé la puerta hasta que un chico abrió. Me echó una mirada de arriba abajo.
—Guapa, te has equivocado, esto no es una fiesta de pijamas, es una…
—Cállate —lo interrumpí y lo aparté con un empujón.
En cuanto entré, eché un vistazo a mi alrededor y recorrí la casa en busca del dueño.
Las fiestas de las fraternidades eran todas iguales: ríos de alcohol y estudiantes pasados de rosca en cada rincón.
La idea de que algún día el futuro de nuestra nación estuviera en manos de aquellos inútiles me puso la piel de gallina.
De vez en cuando, intentaba parar a alguien para preguntarle si sabía dónde estaba Ramirez. Todos se encogían de hombros, por lo que me limité a pedir que bajaran la música, de nuevo.
—¿Qué dices? No te oigo —me gritó una chica a la oreja. Para hacerse oír ante semejante volumen.
—He dicho… —Inspiré hondo, intentando mantener la calma—. Que bajéis la música. Son más de las tres de la madrugada, y mañana tengo que…
—¡Te he dicho que no te oigo! Mira, bébete una cerveza y disfruta de la fiesta. Aquí hay espacio para todo el mundo. —Me encasquetó una botella helada entre las manos y me dejó allí, sola como una idiota.
Tenía los nervios a flor de piel. El insomnio me volvía irritable y no toleraba las faltas de respeto.
La música seguía perforándome los tímpanos.
Un chico que apenas se tenía en pie se me vino encima y casi me tiró al suelo.
En ese momento perdí la paciencia. Decidí arreglar el asunto a mi manera.
Me dirigí a la puerta del hueco bajo la escalera porque sabía que ahí estaba el cuadro eléctrico, pero tenía la llave echada.
Cerré los ojos y solté una maldición entre dientes.
Miré alrededor y pensé en una alternativa.
No me iría de aquella casa sin hacer lo que había ido a hacer.
La vista se me fue a una mesa de mezclas cuyos altavoces escupían música a todo volumen, y se me ocurrió una idea.
Una solución extrema, pero eficaz. Cogí una cerveza que encontré en una mesita allí al lado, la destapé junto con la que ya tenía en la mano, caminé hasta la mesa de mezclas y vacié ambas botellas sobre aquel aparato carísimo sin dudarlo ni un segundo.
La mesa empezó a zumbar y a emitir un chisporroteo suave, y después se instauró un silencio absoluto en toda la casa.
Por fin.
La gente a mi alrededor empezó a mirarse extrañada y confusa, como si no entendiera qué había pasado. Luego alguien me vio y, de inmediato, todos se volvieron hacia mí.
Ver cómo sus expresiones cambiaban a medida que comprendían lo que había hecho fue casi mejor que un orgasmo.
Dejé las botellas vacías sobre la mesa de mezclas y me lamí las gotas de cerveza que me resbalaban entre los dedos.
Estaba asquerosa.
—Madre mía, os gastáis un dineral en esta universidad, pero para emborracharos elegís cerveza de súper barata. —No pude evitarlo.
—¿Qué cojones has hecho? —gritó alguien desde el fondo.
—¿Te has vuelto loca? —añadió otro. Se alzaron murmullos de aprobación y protestas.
Levanté la vista hacia los chicos que se acercaban. Estaban bastante cabreados, en efecto. Pero ni de lejos tanto como yo.
—He apagado la música. Gracias por vuestra colaboración. —Me alejé de la mesa de mezclas y me dirigí hacia la salida mientras me abría paso entre el grupo que se había apelotonado a mi alrededor.
Puse la mano en el picaporte, pero los dos chicos de antes me bloquearon el paso y me obligaron a girarme.
—¿Adónde crees que vas? —preguntó el más alto de los dos.
—A dormir. —Sostuve sus miradas con toda la desfachatez que pude.
—¿Tienes idea de lo que cuesta esa mesa? Es de pros, no de críos —gruñó el otro.
Arqueé una ceja y ladeé la cabeza para mirarlos mejor.
—Lo siento por vuestro juguetito, pero he intentado pedíroslo bien y no ha servido de nada.
—No tienes ni idea de la gilipollez que acabas de cometer —habló de nuevo el primero.
—Ya lo asimilaré mañana. Buenas noches. —Abrí la puerta de par en par y me fui, dejando a esos tíos mudos a mi espalda.
Satisfecha, crucé el umbral y pasé junto a un par de chavales en los escalones del patio que aún no se habían enterado de lo que había pasado.
Cuando volví a casa, Sam seguía donde la había dejado. Me miró horrorizada.
—No me lo puedo creer, has conseguido que apagaran la música.
—Una vez mi hermano me dijo que si alguien no te respeta lo suficiente como para escuchar tu voz, entonces tienes que darle un motivo para odiar tu presencia.
De vez en cuando, sus enseñanzas me vienen bien.
—Le conté brevemente lo que había pasado y, si antes estaba horrorizada, ahora me miraba con incredulidad.
—Espera, cuéntame bien qué cara han puesto, quiero saber con pelos y señales qué te han dicho —insistió, ávida de detalles.
—Ahora estoy muerta de sueño, Sam . Mañana te lo cuento todo —le dije antes de ir a refugiarme bajo la manta, donde por fin me quedé dormida.
A la mañana siguiente, intentaba ponerme al día con el trabajo atrasado de la semana anterior, con los ojos clavados en la pantalla del ordenador y el teléfono encajado entre el hombro y la oreja, porque había tenido que quedarme en casa por la gripe.
Pero no era el único problema del que tenía que ocuparme: también necesitaba conseguir unas prácticas, a ser posible en un periódico prestigioso.
Al año siguiente me graduaría y tenía la intención de ampliar mi currículum.
Unas prácticas en un periódico importante marcarían la diferencia, aunque sabía que conseguir una plaza sería difícil, si no imposible.
Después de consultarlo con Vanessa , que tenía más experiencia en el tema, mi objetivo era el Washington Post .
Ya había enviado la candidatura y esa mañana iban a hacer una criba adicional mediante entrevistas telefónicas.
Me dijeron que llamara a partir de las ocho y que cerrarían el proceso a la una del mediodía, pero la línea estaba comunicando desde que lo había intentado a las ocho en punto. Llevaba horas en espera.
Pero no pensaba rendirme. Me pasaría el día con el móvil pegado a la oreja si era necesario y sacaría adelante la redacción al mismo tiempo.
— Peter —llamé a mi compañero en cuanto vi que sonaba el teléfono fijo de mi mesa—, línea ocho para ti en tres, dos, uno…
—Desde el fondo de la sala me hizo un gesto de asentimiento y vi cómo cogía el teléfono para hablar con la redacción de la Universidad de Stanford : tenían que comentar un proyecto en el que estábamos trabajando conjuntamente sobre el desperdicio de comida en los comedores universitarios.
—Lance, necesito las fotos de los campamentos de personas sin hogar antes de las once. Son las diez y cincuenta y tres —le recordé, alzando la voz para imponerme al caos habitual que se creaba cada mañana.
—Termino la posproducción y las tendrás en tu correo en un momento —me respondió. Solté un suspiro de alivio.
Mientras seguía a la espera en el móvil y ya empezaba a odiar la musiquita de fondo, el teléfono de mi mesa sonó. Me lo llevé a la otra oreja, agotada.
—Necesito una autorización para empezar las indagaciones periodísticas sobre Jay-Z.
—¿Qué indagaciones? —pregunté desconcertada a Dylan , un compañero que se encargaba de la sección de sucesos.
—Esas de las que habla todo el mundo —replicó—. Acabo de enterarme de que los redactores del Daily Illini están investigando el asunto. No podemos quedarnos atrás.
Claro, ¿cómo no había pensado en ello? La noche en blanco me había dejado aturdida y la inmensa cantidad de trabajo pendiente no me dejaba pensar con claridad.
Pero confiaba en Dylan : llevaría a cabo su trabajo con el tacto adecuado; le envié la solicitud al coordinador para conseguir el visto bueno y volví a trabajar en el artículo que tenía a medias.
Activé el altavoz del móvil y empecé a hacer cambios y los recortes necesarios para maquetarlo.
De pronto, dos manos se apoyaron con fuerza sobre mi mesa y lo hicieron vibrar todo. Ante mí apareció un chico alto, imponente, con la chaqueta de hockey de nuestra universidad y los ojos azules entornados, de los que se desprendía una furia inhumana.
—Hola, Ethan —lo saludé con cierta cautela. Me pregunté por qué demonios se había plantado en la redacción, en mi mesa. Él no era la persona más agradable con la que tenía que lidiar, y, desde luego, era la última con la que yo deseaba tratar—. ¿Qué quieres?
—¿Qué quiero? —repitió entre dientes, con los puños apretados y los pómulos encendidos. Sí, estaba cabreado—. Destrozaste mi mesa de mezclas.
Parpadeé; no entendía nada. Tardé unos segundos en caer en la cuenta.
Oh, mierda.
Era su mesa de mezclas.
Me quedé callada mientras medía qué decir.
Si se hubiera tratado de cualquier otro, lo habría mandado al cuerno, teniendo en cuenta la noche infernal que me habían hecho pasar.
Pero era Ethan Grant , una palabra equivocada y estabas acabada: su padre era el actual rector desde hacía algo más de un año, después de que el señor Campbell hubiera dimitido tras el escándalo de Logan Fallon ; Ethan no se cortaba un pelo a la hora de usar esa carta contra cualquiera que osara entrometerse en sus asuntos.
—Lo siento —me obligué a decir. Fue muy difícil pronunciar esas palabras; la verdad era que no lo sentía en absoluto—. No sabía que era tuya. Pero nadie me escuchó. Eran las tres de la madrugada, quería dormir. Es mi derecho, ¿no crees?
—¿Tienes la menor idea de lo que cuesta?
«Seguramente menos que la paga que tu querido papi te ingresa en el banco cada semana».
—No entiendo de electrónica —me limité a responder.
—Bueno, pues a partir de hoy vas a ser una jodida experta, porque la quiero nueva, antes de esta noche.
No pude evitar reírme en su cara.
—¿Has terminado? Porque tengo trabajo. —Para mí, la conversación podía zanjarse ahí. No le compraría otra ni bajo tortura.
Volví a concentrarme en la pantalla del ordenador e intenté retomar el artículo donde lo había dejado.
Me informaron por el altavoz del móvil de que era la siguiente en la línea y, por fin, respiré aliviada.
Pero justo cuando estaba a un paso de la meta, Ethan , sin darme tiempo a anticipar su movimiento, cogió el móvil de la mesa y colgó.
Abrí los ojos de par en par y, en un acto reflejo, me puse en pie y le arrebaté el teléfono de las manos.
No me lo podía creer. Estaba tan en shock que me quedé en silencio mirando la duración de la llamada en la pantalla: dos horas y cincuenta y seis minutos, todo ese tiempo anulado en un segundo por aquel cabrón.
—Más te vale que me tomes en serio, Leila —repitió, mirándome a los ojos—. Porque no he venido aquí a perder el tiempo.
—Si quieres que te tomen en serio, entonces compórtate en serio —le respondí con el mismo tono de voz—.
No soy yo quien ha montado una fiesta en plena noche un martes cualquiera impidiendo dormir a la gente.
¡ Así que no es mi trabajo comprarte otra mesa de mezclas!
—solté. Volví a llamar, pero la línea estaba ocupada.
«¡Joder!».
—Quiero que te quede clara una cosa —continuó, bajando la voz, a pocos centímetros de mi cara—.
Me importa una mierda tu apellido y las excusas que te inventes para justificar la gilipollez que has hecho.
Me debes treinta y cinco mil dólares. Tú eliges cómo devolvérmelos: en efectivo o…
—Me lanzó una mirada insinuante, alzando una comisura de la boca—.
Pero quiero hasta el último centavo. Si no, estás fuera de esta redacción, de tu residencia y de la universidad.
—Se incorporó y fingió que se quitaba una mota de polvo de la manga de la chaqueta—.
Estoy seguro de que en el gueto donde naciste no te costará encontrar clases nocturnas y garantizarte un futuro detrás del mostrador de un restaurante de comida rápida asqueroso.
Lo miré atónita. Jamás podría reunir treinta y cinco mil dólares, y sabía que su familia tenía todos los medios necesarios para hundirme.
El año anterior su padre ya había conseguido amargar la vida a dos estudiantes con los que, como siempre, Ethan no se llevaba bien. Si no encontraba una solución rápido, me haría lo mismo.
—No me gustan las amenazas —susurré, conteniendo una furia cada vez más difícil de domar.
—Y a mí no me gustan las niñatas impunes que se niegan a pagar sus deudas. —Se sacó un paquete de chicles de menta del bolsillo, se llevó uno a la boca y dio un paso atrás con una sonrisa torcida—. Esta noche, Leila . Ni un día más.
—No tengo todo ese dinero —dije con ímpetu.
Pero él se encogió de hombros, insolente como siempre.
—Te las apañarás para conseguirlo —se limitó a decir antes de marcharse de la redacción.