Juego sucio: Empieza el partido Capítulo 9
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Capítulo 9

Vince

Unos minutos más tarde, estábamos sentados en la berlina conducida por el chófer personal de mi padre: Sierra, Janelle , Callum , que por suerte me ignoró, y yo.

Sierra llenó el trayecto con su habitual cháchara alegre; no me pasaron desapercibidas las miradas atentas que me lanzaba para asegurarse de que la discusión de unas horas antes hubiera quedado atrás.

Hice todo lo posible por tranquilizarla y mostrarme relajado, no quería arruinarle el resto del día.

Cuando llegamos al colegio privado al que asistía mi hermana, preparado por todo lo alto para la feria de ciencias, mi padre se peg ó al teléfono por asuntos de trabajo.

Janelle y yo dimos una vuelta con Sierra, que nos guio entre los distintos proyectos que habían presentado, puestos y laboratorios para niños y jóvenes.

Pasamos por la sección dedicada a la astronomía y por la de geología; entonces Sierra nos arrastró hasta su puesto antes de que pudiéramos detenernos a contemplar otros trabajos expuestos.

—Así que has trabajado en la fotosíntesis —observó Janelle .

Sierra asintió. Después, se me acercó al oído y susurró:

—Esa de allí es Olivia. —Señaló a una niña que se encontraba a pocos metros y me explicó que era la amiga con la que se había peleado en el colegio—.

El año pasado ganó el premio al mejor proyecto de primer curso y luego no paraba de presumir —nos contó a los dos—.

La semana pasada dijo que volvería a ganar, que yo no podía superarla, y discutimos. No la soporto. Nadie la soporta.

—Es comprensible —replicó Janelle , que la observaba de lejos.

—¿Su proyecto es sobre las galaxias? —Eché un vistazo a su puesto. En efecto, parecía que había cuidado hasta el más mínimo detalle. Me pregunté si era posible que niños de siete años ya tuvieran conocimientos tan avanzados.

—Sí, pero no es su proyecto en realidad, la han ayudado sus padres, aunque eso va contra las reglas.

Ah, ahora todo cobraba sentido.

Pasamos la tarde allí dentro, con el ir y venir de personas que admiraban las exposiciones y les otorgaban una puntuación.

Al final del día anunciaron a los ganadores de cada curso.

En segundo de primaria fue Olivia quien se llevó el premio.

Vi que sus padres lo celebraban como si lo hubieran ganado ellos mismos.

Cuando salimos del colegio, Sierra estaba desanimada.

Mi padre, que había estado ausente gran parte de la tarde, en lugar de consolarla, le soltó un sermón sobre la importancia de quedar en primer lugar siempre y a pesar de todo.

Tuve que hacer acopio de todo mi autocontrol para no arrojarlo por la puerta del coche en marcha en el que viajábamos.

Al llegar al camino de entrada de casa, mi padre y Janelle nos comunicaron que saldrían a una cena de trabajo y que Olga se encargaría de nosotros. Por la indiferencia con la que Sierra recibió la noticia, deduje que aquello ocurría a menudo.

—Eh, Terremoto —le dije a mi hermana justo antes de entrar—. Todavía no he tenido ocasión de preguntártelo, pero… ¿eres feliz con Janelle y papá? Quiero decir, ¿te parece bien que hayan decidido casarse?

Sierra se encogió de hombros.

—Soy más feliz cuando estás tú. —Lo dijo con una inocencia que me enterneció—. Papá siempre está fuera por trabajo y Janelle sigue haciendo lo mismo que antes, las cosas no han cambiado mucho.

—¿Y eso te parece bien? Si no es así, puedes decírmelo.

—A papá no le importa mucho lo que yo piense.

—Pero a mí sí. —La miré a los ojos, más serio que nunca.

Ella se encogió de hombros otra vez.

—Creo que sí, creo que me parece bien.

—Vale. Si por algún motivo cambias de opinión, me lo dices. —Si Sierra me lo pidiera, sería capaz de destrozar cada guirnalda, pétalo y ramo utilizado para decorar aquella ridícula boda el día del fatídico «sí, quiero».

Sierra asintió y aproveché la ocasión para decirle otra cosa a la que le había estado dando vueltas durante el trayecto.

—Respecto a lo que te ha dicho papá en el coche, quiero contarte un secreto: ganar no lo es todo. Existen los términos medios, existen los progresos y los resultados, y no siempre se definen con una victoria o una derrota.

Se mordió el labio y reflexionó sobre lo que acababa de decirle. No parecía convencida.

—¿Tú no juegas para ganar?

La pregunta me pilló a contrapié. La respuesta era… sí, jugaba para ganar.

Pero no era la lección que quería transmitirle.

Me arrodillé para ponerme a su altura y tomé sus pequeñas manos entre las mías mientras sus grandes ojos claros me miraban concentrados.

—Yo juego porque en la pista de hielo es donde la gente me ve tal como soy. —Era cierto, era uno de los motivos por los que amaba el hockey, aunque no el único—. Te has esforzado en tu proyecto y muchas personas lo han apreciado. Yo, el primero. Eso ya es un buen resultado.

—Pero no todos lo han apreciado.

—Bueno, el de Olivia tampoco lo han apreciado todos, solo la mayoría. Ser el más votado no significa necesariamente ser el mejor.

Sierra frunció el ceño.

—No lo entiendo.

Bajé la cabeza y suspiré, buscando las palabras adecuadas para que no me malinterpretara.

—Todas las personas que hoy han apreciado tu proyecto te han apreciado a ti. Tus ideas y tu trabajo. Quien ha premiado a Olivia ha premiado a sus padres, y créeme, tarde o temprano ella también se dará cuenta de eso.

—Pero mientras tanto habrá ganado muchos premios que no merecía y seguirá presumiendo de ello delante de todos.

—Es posible, el mundo está lleno de pequeñas Olivias y no podemos hacer nada por impedirlo. No obstante, alguien me dijo una vez que una victoria lograda gracias al mérito de los demás es la mayor de las derrotas, y tenía razón.

Vi que reflexionaba sobre mis palabras, mordisqueándose el interior de la mejilla.

—Entonces, ¿qué debería hacer?

—Tú preocúpate de hacer bien tu trabajo, nada más y nada menos.

—¿Y si eso no es suficiente? ¿Y si aunque me esfuerce no me premian? —preguntó con una vocecita débil.

—No se gana para los demás, Sierra, se gana para uno mismo. Aunque no te premien nunca, todo el esfuerzo te habrá formado y te habrá convertido en una persona mejor.

Permaneció en silencio unos segundos y luego me abrazó.

—Vale, haré lo que dices.

Sonreí, le devolví el abrazo y le di un beso en la frente. Cuando entramos en casa, Olga nos recibió con su habitual sonrisa cálida y nos informó sobre la cena.

Después de reconfortarnos con asado con patatas y ver Frozen por enésima vez, Olga acompañó a Sierra para que se duchara, se lavara los dientes y se pusiera el pijama. Eran casi las nueve y media y estaba muy cansada, aunque se negara a admitirlo.

Yo la esperé en su habitación, con la promesa de que le leería un cuento antes de dormir.

Mientras, me acerqué a la ventana que daba al camino de entrada, la abrí y me quedé observando el cielo negro.

Una ráfaga de viento desprendió las pocas hojas que aún colgaban de un árbol casi desnudo y cayeron sobre el techo de mi coche.

Una llamada me distrajo de aquel espectáculo.

Me apoyé con los codos en el alféizar y respondí.

—Hola, Blake .

—Hola, cabrón. Veo que estás vivo.

—¿Por qué no iba a estarlo?

—Quizá porque anoche desapareciste y desde entonces nadie ha vuelto a saber nada de ti, salvo el miserable mensaje que te has dignado a enviarme esta mañana.

Sonreí.

—Estoy bien, estoy en casa.

—Define casa.

—Mi casa. He venido a ver a Sierra.

El silencio que siguió me sugirió que no era la respuesta que Blake esperaba.

—Joder, tío, estás como una chota.

—Tenía ganas de estar con ella, la última vez que la vi había perdido su primer diente de leche.

—Yo también tengo ganas de ver a mi madre, pero no por eso me pego ocho horas de coche en plena noche después de un partido agotador como el de ayer.

Sabía que no andaba desencaminado, pero también sabía que jamás entendería cómo me había sentido.

— Corvallis y Olympia están apenas a tres horas. Ha sido como conducir para un partido fuera de casa —le resté importancia.

—Es una lástima que en los partidos fuera de casa no conduzcamos nosotros.

—Hizo una breve pausa y luego prosiguió—: Escucha, voy al grano porque no tengo mucho tiempo.

Lo que voy a decirte no te va a gustar, pero tienes que dejarme terminar, ¿vale?

—Me aparté de la ventana, tenso de repente.

Me puse serio—. He pensado mucho en toda esta situación entre tú e Ethan —empezó mi amigo.

Cerré los ojos y solté el aire porque me esperaba algo peor; sus palabras no dejaban presagiar nada bueno, pero tampoco era lo peor de lo peor.

—Podemos encontrar una solución —concluyó.

—¿De qué hablas? ¿Una solución para qué? —Cerré la ventana y apoyé la espalda en la hoja de cristal.

—Respecto a ti, Leila e Ethan .

Fijé la vista en un punto indefinido del suelo, apretando mi pobre móvil entre los dedos.

—Entre nosotros no pasa nada, ya te lo dije ayer.

—Sí, por eso te esfumaste del Marsy después de verlos devorarse como…

— Blake —lo interrumpí, furioso—. Dime por qué me has llamado.

—He hablado con los chicos y hemos llegado a la conclusión de que podemos, mejor dicho, debemos poner límites.

Suspiré.

—¿Qué clase de límites?

—Adoptar algunas reglas sencillas pero eficaces.

La primera es que Leila será un tema prohibido dentro del equipo.

La segunda es que no podrá asistir a los entrenamientos y mucho menos a los partidos, nunca.

No ha aparecido en un año, no supondrá un problema para ella seguir lejos de la pista. Y la tercera es que…

—No. —Lo interrumpí de nuevo antes de que terminara.

—¿No? —repitió, perplejo.

—No seré yo quien le limite la vida, Blake . Si Leila ha decidido… compartirla con él, es libre de hacerlo donde y como quiera.

Hubo una breve pausa, y luego Blake estalló en una carcajada para burlarse de mí.

—Vale, ahora que has dejado hablar a tu conciencia de chico bueno, podemos volver a razonar como los cabrones que siempre hemos sido, muchas gracias.

—Hablo en serio —le dije.