Capítulo 8
Vince
No podía creer que me hubiera hecho algo así.
Mantenerme al margen de la vida de Sierra ya era lo bastante grave, pero hacer que sus hombres me espiaran y sobornar a los ojeadores para que reconsideraran su opinión sobre mí era… joder, era una locura. Además de ilegal.
Iba en contra de todo lo que era y de lo que quería ser.
Sabía que había jugado mal, pero ya había asumido mi responsabilidad. De ese modo, cualquier resultado que obtuviera a partir de entonces quedaría manchado para siempre por la corrupción de mi padre.
Me sabía mal el espectáculo que habíamos —que había— dado delante de Sierra.
Debería volver con ella y disculparme, pero en ese momento estaba demasiado nervioso.
Tenía el pulso acelerado y me sentía la cara ardiendo mientras me internaba en el bosque que se extendía unas dos hectáreas desde la parte trasera de la villa.
Me dirigía a la vieja cabaña que mi abuelo, un hombre que había pasado su vida en los marines, había transformado en una especie de búnker con campo de tiro incluido.
De pequeño me llevaba allí todos los domingos a disparar; cuando crecí, empecé a ir por mi cuenta cada vez que necesitaba desahogarme.
Al llegar a la puerta tecleé el código de acceso y entré. Encendí la luz y bajé los escalones de piedra que me conducirían al campo de tiro. Allí abajo el aire era frío y húmedo, tanto que me recorrió un escalofrío. A pesar de todo, aquel ambiente me gustaba.
Me coloqué en posición, me puse los auriculares y las gafas protectoras, cargué mi Glock y me concentré en apuntar.
El primer disparo impactó en el hombro del blanco.
Aunque estaba un poco oxidado, con la detonación y el retroceso del arma sentí enseguida cómo la adrenalina me recorría el cuerpo y mis pensamientos se evaporaban.
Los siguientes tiros fueron al pecho y la cabeza.
Seguí así hasta vaciar tres cargadores; el olor a pólvora se había extendido por todas partes y yo había conseguido descargar la tensión que me atenazaba desde la noche anterior.
Eché un vistazo al reloj y me di cuenta de que habían pasado un par de horas desde que había salido de la casa. Sabía que la presentación del proyecto sería por la tarde, pero Sierra no me había dicho a qué hora exactamente. Tenía que volver y comprobar que estuviera bien, quería apoyarla.
Cuando regresé, la mesa estaba vacía y Olga me informó de que mi padre se había encerrado en su despacho. Aliviado ante la idea de no cruzármelo enseguida, fui hacia la habitación de Sierra y llamé. Entré y encontré a Janelle sentada en la cama de mi hermana, haciéndole trenzas.
—Eh, Terremoto, ¿ya te estás preparando?
Sierra me sonrió y corrió a abrazarme.
—¿Dónde has estado? Apestas a quemado —me preguntó Sierra, que me miraba con suspicacia.
—Ah, nada, solo he dado un paseo por el bosque. —Sierra ignoraba la existencia de aquel búnker. Si lo supiera, con lo curiosa que era, seguro que acabaría husmeando por allí, y, desde luego, no era un lugar adecuado para niños.
—El chófer pasará a recogernos en treinta minutos —me informó Janelle . Sierra volvió con ella y yo me dirigí a mi habitación para cambiarme.
Cuando estaba duchándome en el baño en suite, oí sonar el teléfono. Maldije en voz baja. Salí de la ducha y me envolví una toalla alrededor de la cintura. Con otra más pequeña me froté el pelo y fui a coger el móvil; dejé el suelo lleno de gotas.
Me quedé petrificado en cuanto leí en la pantalla «Iceberg» , el apodo con el que había guardado el número de Leila .
Ensombrecido, empecé a hacerme mil preguntas.
Una parte de mí quería contestar, hablar con ella, saber qué quería —seguramente, justificarse—, pero el orgullo no me lo permitía.
La verdad es que no tenía ganas de oír sus excusas, si es que las tenía, sobre cómo se había dejado embaucar por Ethan y había acabado «por error» en su cama, como en el más clásico de los clichés.
Por eso, rechacé la llamada. Y por un momento me sentí bien, satisfecho con mi decisión. Sin embargo, justo entonces, un nudo empezó a cerrarme la garganta. Una sensación extraña se instaló en mi interior, difícil de expulsar.
Solté un suspiro que no sabía que había estado conteniendo y fui a sentarme a los pies de la cama.
Me quedé allí, con el móvil apretado entre los dedos, presa de la indecisión. ¿Debía devolverle la llamada? ¿O dejarlo estar? De una cosa estaba seguro: si la llamaba, me mandaría a la mierda por haberle colgado, por algún motivo esbocé una sonrisa ante esa idea.
Mientras miraba la notificación de su llamada perdida, indeciso sobre qué hacer, mi mente voló lejos, al momento en que había guardado su número en mi teléfono tres años antes.
—¿Iceberg? ¿Como la… lechuga? Por favor, Vince , es horrible. — Leila me había arrebatado el teléfono con la intención de cambiarlo, pero yo había conseguido quitárselo de las manos y guardármelo en el bolsillo.
—Iceberg como el bloque de hielo que hay en medio del océano —había aclarado.
—Sigue siendo horrible, ¿te das cuenta?
—A mí me parece fascinante —había respondido mientras estábamos sentados en un banco frente a un puesto de dulces del parque de atracciones, comiendo nubes a la espera de que su hermano volviera del puesto de bebidas.
De los icebergs me fascinaba que solo se viera una pequeña parte; la más peligrosa permanecía oculta bajo la superficie del mar. Para mí, ella era así.
—Si ese es el motivo, también te parece fascinante un pez en un estanque.
—Los peces son fascinantes —había dicho con orgullo, y la había hecho reír.
—Entonces, ¿es así como me ves? ¿Como un enorme bloque de hielo perdido en medio del océano? No parece un cumplido.
—Puede que no pretenda serlo.
Leila se había incorporado y me había dado un empujón con aire ofendido.
—Que te den, Rise .
Ahora me tocaba reír a mí.
Había mordido otra nube. Añadió:
—Iceberg, porque así imagino tu corazón, Ley: frío e indestructible.
—O así quería que la vieran. Lo había intuido por las sonrisas reprimidas, los abrazos esquivados, las palabras no dichas.
No se abría con facilidad, igual que su hermano.
Y si alguien intentaba acercarse, ella se cerraba en sí misma y huía.
La conocía desde hacía pocos meses, pero enseguida entendí que éramos polos opuestos.
La mayoría de las veces me costaba comprender sus silencios o sus reacciones.
—¿Mi corazón? —había repetido en un susurro apenas audible.
Había apartado la mirada hacia un punto vacío frente a ella y había permanecido en silencio. Y yo también me quedé callado ante aquella reacción.
Parecía casi… dolida.
¿Había dicho algo que no debía?
Entonces, presa del pánico, me obligué a pensar en algo para cambiar de tema, cualquier cosa con tal de romper aquel silencio incómodo que se había instalado entre nosotros.
—¿Te gustan los ositos de peluche?
¿Qué clase de pregunta era esa?
Leila me había mirado confusa, tal vez incluso más que antes. No pude evitar llamarme idiota mentalmente, otra vez.
—Nunca he tenido uno —se limitó a decir.
Levanté una ceja, escéptico.
—¿No es una de esas cosas imprescindibles en la habitación de una chica?
Se encogió de hombros y mordió una nube.
—Cuando creces compartiendo tu habitación con un hermano apasionado de los motores, el espacio para los peluches es bastante limitado.
Aunque lo dijo con una sonrisa en los labios, percibí una especie de melancolía en su voz.
Había muchas cosas de ella que no entendía y que quizá jamás llegaría a entender. Pero lo dejé pasar. En aquel momento, el objetivo era quitar hierro al ambiente sombrío.
—Ven, te consigo uno. —Me levanté del banco y la invité a que me siguiera con un gesto de cabeza. Ella no parecía muy convencida.
—No quiero un peluche.
No sabía si estaba enfadada, triste o simplemente confundida.
—¿Por qué no?
—Porque no creo que sean para mí. —Casi se le escapó una risa.
—¿Cómo puedes saberlo, si nunca has tenido uno?
—Bueno… —Lo pensó durante unos segundos—. Lo sé y punto. Además, mi hermano llegará en cualquier momento, no podemos alejarnos mucho.
—Tu hermano nos encontrará, no iremos lejos.
—Le tomé la mano y la ayudé a levantarse sin esperar más.
Era alta, quizá medía unos quince centímetros menos que yo.
Me gustaba su figura estilizada, pero no se lo diría nunca.
Después de la experiencia con Travis Baker unos meses antes, estaba convencido de que detestaba a los hombres lo bastante como para no querer saber nada de nosotros durante una década—.
¿Ves aquel puesto al fondo? —Señalé una caseta no muy lejos de allí, repleta de peluches de todo tipo y tamaño—. Elige uno y será tuyo.
—Oye, para ganar uno de esos tienes que saber disparar —dijo con una expresión casi desafiante.
—¿Crees que no soy capaz? —Fingí que sus palabras me habían ofendido.
—No estoy del todo segura de que sepas sostener una pistola.
Alcé una comisura de la boca ante su falta de confianza.
—Iceberg, no temas, estas manos saben sostener cualquier cosa. —Bajé la mirada hacia su cuerpo y, por un instante, me costó volver a concentrarme.
Leila debió de captar la insinuación, porque abrió mucho los ojos y sus mejillas se tiñeron de rojo. Luego, tras recuperar el control, me dio un puñetazo en el hombro izquierdo y apenas logré contener un quejido.
—No intentes hacerte el pervertido conmigo —dijo a medio camino entre la indignación y la diversión.
—Mensaje recibido. —La tranquilicé y me masajeé el hombro.
Joder, yo era corpulento; desde el instituto, el hockey me había acostumbrado a recibir golpes de verdad, pero ella sabía pegar.
—Además —añadió—, si es verdad lo que dices, demuéstralo.
Cogió la bolsa de nubes y me dejó atrás con una sonrisa sagaz en los labios rojo fuego. Vi cómo se dirigía al puesto; mi atención se desplazó a sus piernas envueltas por los vaqueros de forma involuntaria. Eran firmes y largas, y sus caderas… bueno, también me gustaban.
Negué con la cabeza, me metí las manos en los bolsillos de la chaqueta deportiva y fui tras ella. Al llegar a la caseta, cumplí mi promesa: gané un oso panda con veinte disparos que dieron en el blanco.
Leila no había dejado de mirarme ni un segundo, pero fingí no darme cuenta.
—¿Cómo es posible? —preguntó escéptica.
—¿El qué?
—Que no hayas fallado ni una lata.
—Ya sabes lo que dicen, ¿no? La suerte del principiante.
—Chorradas, disparas como un francotirador. ¿Quién demonios eres, el hijo de James Bond ?
—Si revelara mi secreto, me temo que luego tendría que matarte. —Le guiñé un ojo y ella puso los ojos en blanco.
No tenía nada que ocultar, pero admitir que descargaba tensión a base de disparar, sobre todo cuando estaba cabreado, podía sonar un poco psicópata.
—Bueno, en cualquier caso… gracias. —Apretó el panda entre las manos y lo miró con una ligera sonrisa—. Se parece un poco a ti.
Me quedé quieto y fruncí el ceño.
—No me parece un cumplido.
Curvó un lado de la boca y, con un brillo en los ojos, dijo:
—Puede que no pretenda ser un cumplido.
Afilé la mirada, sorprendido.
Touché.
—Pongámosle un nombre —propuse.
—¿Un nombre?
—Sí, un nombre. A los peluches siempre se les pone nombre —respondí, y le rodeé los hombros con un brazo.
Ante ese contacto, noté que Leila se tensaba.
Yo siempre había sido un tío expansivo, de mucho contacto físico.
Me gustaba abrazar a los demás, quizá para transmitir ese calor que me había faltado de pequeño.
Ella, en cambio, no parecía apreciarlo. Por eso, aunque no se apartó, decidí liberarla del abrazo.
—Primero habría que averiguar si es macho o hembra —se limitó a decir.
—Es macho.
—¿Cómo lo sabes?
—Has dicho que se parece a mí. —Le lancé una mirada insinuante que la hizo reír.
—Muy bien, entonces… déjame pensar… ¿Mancha?
—Demasiado obvio para un panda. —Metí la mano en la bolsa de nubes, saqué una y la mordí.
—¿Tobías?
Lo examiné con atención.
—No tiene cara de Tobías.
—¿Y cuál es la cara de Tobías? —preguntó, arqueando las cejas.
—No lo sé, pero desde luego no la suya.
—Entonces, ¿ Franklin ?
—¿ Franklin el panda? No, no suena nada bien.
Leila suspiró y me miró resignada.
—Entonces elígelo tú, así terminamos antes.
Lo pensé unos segundos y entonces se me encendió la bombilla.
—¡Arturo!
—¿Arturo?
—Sí, Arturo.
—Es horrible, igual que Iceberg. Tu capacidad para poner apodos es, como mínimo, discutible.
—Mis apodos son excepcionales y Arturo es un nombre perfecto. Joder, este panda lleva el nombre de un rey, más vale que sus amiguitos lo recuerden.
Leila negó con la cabeza sin poder contener la risa.
—Eres un tío raro, Vince .
—¿Raro en el sentido de que te doy miedo o raro en el sentido de que podrías enamorarte? —la reté con una expresión satisfecha en el rostro.
Dejó de mirar al panda y me estudió unos segundos antes de apartar la vista y concentrarse en la dirección en la que caminábamos.
—Solo… raro y basta.
Siempre era críptica, pero ya me estaba acostumbrando.
—Entonces, ¿apruebas el nombre de Arturo? —le pregunté.
—Lo apruebo, ¿contento?
—Tú deberías estar contenta. A partir de ahora, siempre tendrás algo que abrazar cada vez que me eches de menos.
—¿Y por qué motivo debería echarte de menos? —preguntó con el ceño fruncido.
—Porque soy fantástico —respondí con fanfarronería.
Leila me miró y estalló en una carcajada sonora tras un segundo de silencio. Parecía una niña, pero estaba seguro de que si se lo decía, me daría una patada en las pelotas.
Así pues, preferí callar y disfrutar del momento, feliz de haberle devuelto la sonrisa.
—Eres un auténtico idiota, Vince .
—Un idiota que te hace reír.
La miré por última vez; bajo el cielo negro iluminado por las luces del parque de atracciones, me pareció volver a ver sus mejillas ligeramente sonrojadas. Podía contar con los dedos de una mano las veces que la había visto así.
Luego apartó la mirada y, en cuanto vio a su hermano a lo lejos, aceleró el paso para alcanzarlo antes de que él nos viera.
El ruido de unos golpes en la puerta me devolvió a la realidad.
Levanté la vista de la pantalla y me di cuenta de que seguía sentado a los pies de la cama, con el teléfono en la mano y la respiración acelerada.
Me daba la sensación de que habían pasado horas, pero apenas habían transcurrido unos minutos desde que había rechazado la llamada de Ley.
—¡Viiince, el chófer nos espera delante de casa! —me avisó mi hermana desde el otro lado de la puerta.
—¡Ya voy! —Solté el móvil y todos aquellos pensamientos y me puse lo primero que encontré en el armario.