Juego sucio: Empieza el partido Capítulo 7 #2
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Capítulo 7 #2

—Ya te he dicho por qué estoy aquí. Además, esta también es mi casa, supongo que puedo venir como y cuando quiera, ¿o me equivoco?

—Mi tono resultó más acusatorio de lo que pretendía.

Sierra me apretó el brazo con su manita y, con una mirada que conocía bien, me pidió que no discutiera con nuestro padre.

Detestaba nuestras peleas, que en los últimos años se habían vuelto cada vez más frecuentes.

—Esa no es la cuestión, lo sabes —continuó él—. Solo pienso que no deberías emplear tu tiempo en acudir a reuniones familiares, sino que deberías dedicarlo al…

—Al hockey —terminé la frase por él y me apoy é contra el respaldo de la silla, aburrido.

Mi padre frunció el ceño.

—¿No estás de acuerdo?

Intuí el rumbo que iba a tomar la conversación y suspiré.

—Ya me estoy concentrando en el hockey, prácticamente no hago otra cosa.

—No lo parece, teniendo en cuenta cómo jugaste ayer.

—Cómo jugué ayer… —repetí, casi como si fuera una maldición. Pero en ese momento una sospecha se abrió paso en mi mente—. ¿Qué sabes tú de cómo jugué ayer?

Mi padre cogió unos granos de uva y me fulminó con la típica mirada de quien siempre lo sabe todo.

—Le pedí a Kennedy que echara un vistazo desde las gradas. Me fue informando en tiempo real.

Dejé el tenedor sobre el plato y lo miré a los ojos.

—¿Mandaste a uno de tus esbirros a verme jugar?

Mi padre asintió y, con la boca medio llena, dijo:

—Sí, y da gracias al cielo de que lo hiciera, Vincent .

—Tragó y continuó—: Había ojeadores sentados en primera fila, tipos importantes, y diste pena.

—Bajó la mirada al plato y negó con la cabeza con amargura, como si hubiera sufrido la peor de las humillaciones.

Me señaló con el dedo—. Tuve que garantizar la admisión de sus hijos en una de las universidades más prestigiosas del país para convencerlos de que reconsideraran la opinión que se habían formado del capitán del equipo de hockey de los Beavers .

Ante esas palabras, me levanté de golpe y la silla chirrió contra el suelo.

—¿Qué has hecho?

—Por favor, Vince . —Mi hermana murmuró mi nombre a modo de súplica, un aviso para que mantuviera la calma.

Intenté contener la rabia, pero la sangre me latía en los oídos.

Mi padre siempre había controlado cada aspecto de mi vida, ya estaba harto.

Mi única victoria había sido la universidad: nada de Ivy League para mí, sino una universidad pública a trescientos kilómetros de casa.

Había elegido una ciudad donde no tuviera contactos de ningún tipo, para así apañármelas yo solo.

Con el inicio de la universidad, había creído que la distancia le impediría seguir moviendo los hilos.

Sin embargo, me había dado cuenta de que no existía distancia capaz de frenar sus maniobras de titiritero.

—Te he salvado la cara —respondió, resoluto.

—No te lo pedí —dije entre dientes—. Igual que tampoco te pedí que me vigilaras con Kennedy ni que me dejaras al margen de la vida de Sierra.

En ese momento vi cómo se le tensaban los hombros y los ojos se le abrían imperceptiblemente.

Ahí estaba, su mala conciencia. No íbamos a abordar ese tema delante de mi hermana, pero quería que el mensaje le llegara alto y claro.

Tenía que dejar de controlar mi vida y de arrogarse el derecho de eliminar todo lo que se interpusiera en el camino del hockey.

Lo conocía lo bastante como para saber que, según él, el proyecto de ciencias de Sierra me impediría machacarme la espalda en la pista con los entrenamientos, así que la solución había sido ocultármelo.

—No arruinemos la mañana con estas tonterías, siéntate y haz feliz a tu hermana, le importa mucho este brunch —me ordenó antes de cortar los granos de uva del plato como si no hubiera pasado nada, lo que me enfureció aún más.

A mi padre no le importaban ni el brunch ni estropearle la mañana a nadie, solo recordaba que tenía familia cuando le convenía. Solo le importaba engordar su patrimonio a través de cualquier medio posible, hijos incluidos. Lo sabía desde hacía tiempo, pero eso no significaba que doliera menos.

—Perdón por el retraso, estaba en la piscina y he perdido la noción del tiempo.

—La llegada de Janelle no sirvió para relajar el ambiente.

Yo seguía mirando fijamente a mi padre, que me ignoraba.

Sierra me dio un tirón suave de la manga de la camisa, como si quisiera distraerme—.

Hoy hace un sol fantástico y, por Dios, estas mermeladas tienen una pinta deliciosa —continuó Janelle , que se sentó a la izquierda de Callum .

Miró alrededor con entusiasmo, pero le bastaron dos o tres segundos para darse cuenta de la tensión que flotaba en el aire—. ¿Va… todo bien?

—Todo de maravilla, excepto que se me ha pasado el hambre —dije—. Salgo a fumar un cigarrillo.

—¡ Vincent ! —me llamó mi padre. Yo lo ignoré y salí del comedor.

En realidad, no quería fumar, solo quería hacérselo creer, con la esperanza de que aquellas malditas uvas lo atragantaran.

A lo lejos oí a Sierra levantarse de la silla, pero mi padre le ordenó que se quedara en su sitio. Un instante antes de que abriera la puerta que daba al camino, mi padre apareció a mi lado. Me agarró del brazo y me miró a los ojos.

—Estás montando una escena del todo inútil.

—¿Inútil? —Lo fulminé con la mirada—. ¿Por qué no me hablaste del proyecto de Sierra? Sabes lo mucho que le importan estas cosas.

Lo vi vacilar ante una pregunta tan sencilla, lo que resultaba poco habitual en alguien como él, siempre tan entero. En cualquier caso, enseguida recuperó su habitual aire de suficiencia.

—Porque solo es un proyecto escolar. Hará otros en el futuro, incluso mejores, y tú, en cambio, tienes cosas más importantes de las que ocuparte ahora.

Es tu última temporada en la liga universitaria, ¿quieres o no una carrera profesional?

Este es el momento en el que los equipos de la NHL seleccionan a los jugadores y les ofrecen contratos. Eso es lo más importante ahora.

Suspiré y negué con la cabeza. Tenía razón: estaba dispuesto a privarme incluso del tiempo con mi hermana con tal de convertirme en un trofeo que exhibir.

—Sierra es importante. Todo lo que tiene que ver con ella es importante.

—¡Pero tu carrera en el hockey lo es más! —exclamó con una vehemencia inexplicable.

Lo miré con una tristeza infinita durante unos segundos.

—Para ti, sin duda. —Me zafé de su agarre y me marché.