Capítulo 7
Vince
Al día siguiente, cuando desperté, Sierra seguía durmiendo, tal y como había dicho Janelle . Me aseé con rapidez y me puse una camisa blanca que encontré en el armario y un par de pantalones beige antes de entrar en su habitación y encontrarla en la cama, bajo las sábanas.
El sol de la mañana inundaba toda la habitación; me acerqué a las ventanas para cerrar las cortinas. Vi a Janelle nadando unos largos en la piscina climatizada del jardín trasero. Pensé que la vida de rica le iba como anillo al dedo.
Corrí las cortinas y salí de la habitación de Sierra. Me bastó verla dormir tranquila para volver a sentirme de buen humor. Bajé las escaleras mientras le enviaba un mensaje a Blake para asegurarle que volvería a tiempo para el entrenamiento del lunes.
Crucé el comedor y enseguida vi la gran mesa rectangular repleta de todo tipo de comida: huevos, pan, tablas de quesos y embutido, fruta y una variedad tan grande de dulces que solo con mirarlos te subía el azúcar.
Entré en la cocina, cogí una manzana del frutero y, antes de que pudiera darle un mordisco, Olga , el ama de llaves de mi padre, se me plantó delante.
—Buenos días, señor Rise , qué alegría verlo de nuevo por aquí. —Aunque estaba muy atareada, Olga me sonrió. Empezó a colocar las tazas para el té y el café en una bandeja.
Detestaba ese tipo de formalidades que ella, sin embargo, seguía respetando.
—Hola, Olga .
Me senté junto a la encimera y di un bocado a la manzana. Ella entraba y salía de la cocina como un disco de hockey rebotando de un área a la otra, no entendía el motivo de tanto vaivén.
—¿Nos acompañará alguien más esta mañana? —pregunté en cuanto volvió a entrar en la cocina.
Olga dejó la tetera sobre la encimera, se frotó las manos en el delantal blanco planchado a la perfección y me miró con perplejidad.
—No, señor Rise . Solo usted, su padre, la señorita Gomez y la pequeña Sierra.
La miré atónito.
—Entonces, ¿quién va a comerse todo esto?
—Usted y su familia —repitió, como si fuera obvio, antes de volver a sus tareas.
No tuve tiempo de pensar nada más porque un grito de alegría resonó desde la escalera.
Mi hermana se había despertado.
—¡ Olga , Olga ! —Oí el ruido de sus pasos cada vez más cerca de la cocina; me puse en pie y me preparé para volver a ver a mi pequeño terremoto.
—¡Mi hermano ha vuelto! ¡Su coche está en el cami…! —Cuando Sierra asomó por la puerta y me vio, sus ojos azules se abrieron de par en par y otro grito salió de su boca—. ¡Has vuelto de verdad! —Corrió hacia mí y saltó para colgarse de mi cuello.
La punzada en el costado provocada por el moratón me arrancó un gemido de dolor, pero intenté reprimirlo para no preocuparla.
—Terremoto, te he echado de menos. —La abracé con fuerza y le di un beso en el pelo rubio, igual que el mío—. ¿Me lo parece a mí o has crecido otros cinco o seis centímetros?
—Puede que tú te hayas encogido porque cada vez estás más viejo —se burló.
—¿Cómo? ¿Viejo yo? —repliqué, consternado—. ¡Retira esas palabras ahora mismo!
—Mira, hasta te han salido canas. —Señaló un punto indeterminado de mi cabeza mientras se reía. Empecé a hacerle cosquillas y ella se retorció como una loca.
Olga asomó la cabeza para comunicarnos que el brunch estaba listo. Dejé a mi hermana en el suelo y la hice girar para que el vestido de Elsa que llevaba se le arremolinara alrededor de las piernas. Era un gesto que le encantaba, la hacía sentir como una princesa. Caminamos juntos hasta el comedor.
— ¡Pueden ir tomando asiento, su padre y la señorita Gomez llegarán en unos minutos! —nos invitó Olga .
Puse los ojos en blanco y me senté al lado de mi hermana.
Ella empezó a hablarme de los innumerables dibujos que había hecho para mí durante todos aquellos meses en los que no nos habíamos visto, me prometió que después del brunch me los enseñaría y me los explicaría uno por uno, junto con la miríada de regalos que había recibido por Navidad hacía ya un mes.
Luego me habló de una pequeña discusión que había tenido con una compañera de clase.
Me explicó que el vestido de Frozen que papá le había comprado unos días antes se había convertido en su preferido oficial: no se lo había quitado ni siquiera para dormir.
Para lucirlo mejor, Sierra se levantó y se marcó un arabesco que me hizo reír.
También me contó que su profesora de danza clásica le había hecho un montón de cumplidos en la última clase, aunque ya no estaba tan segura de querer seguir con las lecciones.
Habló a raudales durante al menos diez minutos y no la interrumpí ni una sola vez: me habría quedado escuchándola durante horas.
—¿Quieres saber una cosa superguay? —exclamó radiante mientras miraba de reojo las bandejas de dulces que había sobre la mesa.
No me pregunté cuándo había empezado a usar palabras como guay; al fin y al cabo, ella también estaba creciendo. Le respondí:
—Cuéntamelo todo.
—Esta noche he tenido un sueño premonitorio, he soñado que volverías a tiempo para el proyecto de ciencias que presentaré esta tarde, ¡y ahora estás aquí!
Me quedé de piedra.
¿De qué proyecto hablaba?
¿Por qué no sabía nada?
—¿El… el proyecto de ciencias?
—¿No lo sabías? —Su tono de voz se volvió más bajo e indeciso, perdió ese matiz de entusiasmo que lo caracterizaba—. Papá prometió que te lo diría.
Pero no lo había hecho, y algo me sugería que no había sido un mero olvido.
Y aunque me habría gustado echarle toda la culpa, sabía que yo tampoco había estado impecable. Janelle tenía razón, durante el último año apenas había pisado esta casa. Me había concentrado tanto en el hockey que todo lo demás había quedado en segundo plano. Sierra incluida. Maldición.
Mi hermana bajó la mirada hacia las piernas mientras unos mechones de pelo le cubrían los lados de la cara, casi rozando el borde de su plato aún vacío.
Un velo de tristeza había sustituido el brillo de alegría en sus ojos y sentí que me moría por dentro.
Me levanté de la silla y me arrodillé para ponerme a su altura.
Llevé un dedo a su mentón para que me mirara y le sonreí.
—Claro que lo sabía. Estoy aquí por eso, no me lo habría perdido por nada del mundo.
Solo se me había ido de la cabeza un momento.
En el fondo, tú misma lo has dicho, ¿no?
Me hago viejo. —Con la esperanza de resultar convincente, intenté hacerla reír, pero sabía que Sierra no se dejaba engañar fácilmente.
Acababa de cumplir siete años y era una niña despierta. Mucho más que algunas de su edad.
Esbozó una sonrisa y asintió. Habría querido pedirle que me hablara del proyecto, pero no me dio tiempo porque nuestro padre se presentó en el comedor gritando al teléfono.
Llevaba uno de sus trajes de corte clásico, la corbata al cuello con el nudo flojo y el aire exaltado típico de cuando alguien no cumplía sus exigencias.
—Estamos en plena campaña electoral, no podemos permitirnos pasos en falso —le dijo a la persona con quien estaba hablando mientras intentaba arreglarse la corbata con la mano libre, sin lograrlo.
Olga reapareció en el comedor con una bandeja de bebidas calientes, yo volví a sentarme junto a Sierra.
—El fiscal del distrito no será un problema, pero la prensa sí, los tenemos pegados al cogote —continuó mi padre—.
Tengo que revisar los libros contables del último trimestre hoy mismo, y exijo hacerlo personalmente.
—Se apartó el teléfono de la oreja y le hizo un gesto nervioso a Olga para que le arreglara la corbata. Lo consiguió en unos pocos movimientos.
—Me importa una mierda lo que pienses, Bobby .
Te pago para que resuelvas mis problemas.
Si no eres capaz de hacerlo, entonces deberías buscarte otro trabajo.
—En ese momento, colgó con brusquedad. Luego cerró los ojos y se masajeó las sienes—.
Olga —pronunció con un suspiro, mientras se guardaba el móvil en el bolsillo—, dígale a Arnold que está mi hijo.
—Fruncí el ceño, confuso, pero entonces mi padre añadió—: Y que limpien el agua de la fuente.
—Por supuesto, señor Rise . Oh, antes de que se me olvide, la señorita Gomez ha dicho que no la esperen para empezar el brunch —le informó antes de salir al jardín en busca de Arnold .
Negué con la cabeza resignado por el hecho de que la fuente seguiría siendo la prioridad de mi padre, incluso ante una catástrofe natural.
—Hola a ti también, Callum —lo saludé; él respondió con un gesto de la cabeza—. ¿Cómo te va?
—Podría ir mejor, pero no hay nada que no se pueda arreglar. —Se sentó a la cabecera de la mesa, abrió la servilleta y se la colocó sobre las piernas.
—O maquillar —añadí, sin ocultar el tono sarcástico de mi voz.
Mi padre me miró con una sonrisa ladeada, los codos apoyados en la mesa y las manos entrelazadas.
—El resultado no cambia. —Se sirvió zumo de naranja en el vaso y dio un sorbo—. Janelle me ha dicho que llegaste anoche. ¿Qué buen viento te trae por aquí?
—Solo quería pasar tiempo con mi hermana y asistir a la presentación de su proyecto de ciencias. —Le dediqué una sonrisa cómplice a Sierra, luego cogí dos tortitas de una bandeja y le pasé una, que ella cubrió de inmediato con sirope de arce.
—Podríamos haber organizado algo más elaborado si nos hubieran avisado con tiempo de tu llegada —respondió, sin hacer ninguna referencia a la boda ni al proyecto de ciencias.
—¿Más elaborado que un brunch capaz de alimentar a todas las familias del barrio?
Mi padre soltó una risita mientras se llenaba el plato con una mezcla de fruta, embutidos y quesos.
—¿Por qué condujiste por la noche? ¿Ha pasado algo? —me preguntó, sin demasiado interés aparente.
—No ha pasado nada. —Bebí un sorbo de café y empecé a desayunar.
¿Cuántas veces se lo tendría que repetir?
—Pues no entiendo qué haces aquí. —Echó un vistazo distraído al Cartier de su muñeca y volvió a centrarse en el plato.