Juego sucio: Empieza el partido Capítulo 6
16%

Capítulo 6

Vince

Lo había besado.

Leila había besado a Ethan Grant delante de mis narices.

Tenía los nervios a flor de piel con el volante en las manos mientras me imaginaba que lo que había bajo mis dedos era la cabeza de ese cabrón. Y cuanto más pisaba el acelerador, más rugía el motor y más sentía hervir la sangre en las venas.

Sabía que no tenía ningún derecho sobre ella, mucho menos sobre sus decisiones personales, pero aun así me sentía profundamente traicionado. Y no se trataba de celos, como había insinuado Blake poco antes de que me marchara del Marsy .

Era una cuestión de principios.

Leila era consciente de todas las cabronadas que Ethan me había hecho a lo largo de los años para ponerme las cosas difíciles en el equipo.

Se había comportado igual con cualquiera que hubiera amenazado sus objetivos, aunque solo fuera un poco.

Ella lo despreciaba tanto como yo. Entonces ¿qué coño le había pasado por la cabeza?

Y, sobre todo, ¿desde cuándo duraba aquello?

Pisé todavía más el acelerador. Salí de Corvallis , sin darme cuenta siquiera; al cabo de unas horas crucé la frontera de Olympia , en Washington.

Cuando detuve el coche frente a la verja de una mansión que conocía demasiado bien, me di cuenta de adónde me había llevado el instinto.

La verja se abrió gracias al reconocimiento facial y me adentré en el camino que conducía a la casa.

Cuando apagué el motor, el silencio me envolvió durante un largo rato.

Una infinidad de preguntas, para las que no sabría encontrar respuesta, me atestó la mente mientras volvía a ver en bucle la imagen de sus lenguas enredadas.

Apoyé la nuca en el reposacabezas y cerré los ojos a la vez que intentaba deshacerme de la tensión que me oprimía el pecho.

Volví en mí cuando escuché la melodía de mi móvil.

Aflojé el agarre del volante y me saqué el teléfono del bolsillo de los vaqueros.

El nombre de Blake apareció en la pantalla.

Era la tercera vez que me llamaba desde que me había subido al coche; supuse que quería saber dónde estaba, teniendo en cuenta que me había marchado del Marsy sin avisar a nadie.

También ignoré esa llamada; no tenía ganas de dar explicaciones.

Saqué de la guantera el paquete de tabaco que guardaba allí para casos de extrema necesidad, me bajé del coche y volví a guardarme el móvil en el bolsillo.

Me apoyé en la puerta y me llevé a la boca un Chesterfield azul.

Empecé a fumar, inmóvil en mitad del camino flanqueado a ambos lados por un jardín impecable.

Observé la fachada imponente de la jaula dorada en la que había crecido: el porche, los amplios balcones de la primera y la segunda planta, las altas ventanas en forma de arco iluminadas por la luz de la luna.

Sonreí con tristeza.

No había lugar en el mundo en el que me sintiera más solo e infeliz.

Pero, entre aquellas paredes, también vivía la única razón por la que siempre volvía: mi hermana.

Sabía que a esas horas no estaría despierta, pero al día siguiente la sorprendería con mi presencia allí. Estaba seguro de que se alegraría, y verla feliz me hacía feliz a mí. En ese momento necesitaba su sonrisa como nunca.

El aire frío y cortante de aquella noche de finales de enero empezó a hacerme tiritar. Apagué el cigarrillo y lo tiré a la fuente de mármol de tres niveles que había en el centro del camino de grava y que lanzaba unos chorros altos de agua.

Imaginé que, al día siguiente, como siempre, me caería una buena bronca por echar allí la colilla. Mi padre había prohibido fumar en casa y en los espacios exteriores; pero su principal objetivo era que yo no fumara nada en absoluto. Afectaba a mi rendimiento deportivo.

A pesar de ello, saltarme sus normas era más o menos mi segunda cosa favorita después del sexo, por lo que no tenía intención de dejarlo justo en ese momento.

Avancé hasta el imponente portón de entrada adornado con cristaleras de remates elegantes y dirigí la vista hacia uno de los muchos jarrones carísimos expuestos a los lados.

No tenía las llaves encima, pero Sierra siempre me dejaba un juego de repuesto bajo el jarrón de cerámica Ming para mis visitas improvisadas.

Bajo la mirada de las cámaras de seguridad, metí la llave en la cerradura sin preocuparme por no hacer ruido.

Cerré la puerta a mi espalda y me sumergí en la oscuridad del amplio vestíbulo silencioso.

Miré a mi alrededor, entre los techos altos y el suelo de mármol pulido; habían pasado meses desde la última vez que había puesto un pie en esa casa.

Algunos muebles decorativos que recordaba desde la infancia habían sido reemplazados por otros más modernos; no obstante, la sensación de frialdad en el ambiente, que no tenía nada que ver con la temperatura exterior, era la misma de siempre.

Me dirigí a la cocina vacía, cuyas puertas acristaladas daban al jardín trasero; me quité la chaqueta de hockey y la dejé sobre la península.

Me senté en un taburete y me agarré la cabeza con las manos.

La rabia que me había arrollado unas horas antes había menguado y dejado espacio a una sensación incluso más desagradable, que jamás habría pensado que asociaría con ella: la decepción.

Me sentí un estúpido por haber creído que había venido a ver el partido por mí.

En realidad, lo había hecho por él.

—¿ Vince ?

La voz de Janelle me llegó desde atrás. Me giré y la vi ahí, de pie, alta y con sus rizos oscuros que le llegaban a media espalda.

Llevaba años en Estados Unidos, pero su belleza evocaba sus orígenes brasileños: piel de ébano y un cuerpo sinuoso.

Vestía una bata corta de seda lila que dejaba entrever el escote, atada a la cintura con un lazo flojo.

Me pasé una mano por la cara y suspiré.

—Hola, Janelle .

—He oído ruidos en el camino de entrada y he bajado a comprobar la cámara. Tu padre está durmiendo.

—Perdona, no quería despertarte, vuelve a dormir —la tranquilicé. Ella no me hizo caso: fue a buscar dos vasos, los dejó sobre la mesa junto con una jarra de agua que sirvió para los dos y se sentó frente a mí.

—No te esperábamos, ¿ha pasado algo?

—Nada grave.

Me miró entornando los ojos y bebió un sorbo de su vaso antes de decir:

—¿Por qué será que no te creo?

—¿Por qué será que eso no es una novedad? —Yo también bebí un trago de agua.

Respiró hondo y me dedicó una sonrisa amable.

—En cualquier caso, tu padre se pondrá contento cuando sepa que has venido.

Se me escapó una risita sarcástica, pero no contesté.

Janelle apoyó una mano sobre la mía para invitarme a mirarla a los ojos.

—Él te quiere.

Bajé la vista hacia sus dedos delgados y vi el anillo de compromiso. Brillaba más que un flash directo a los ojos. Alcé una comisura de la boca y con el pulgar le acaricié el dorso.

—Enhorabuena.

Janelle dio un pequeño respingo y retiró la mano, incómoda. Se colocó un mechón de pelo detrás de la oreja, pero no dijo nada.

—Imagino que tendrás muchas preguntas —susurró poco después.

—Ninguna que tenga que ver contigo o con mi padre, honestamente.

Los pensamientos que se arremolinaban en mi cerebro aquella noche iban en otra dirección.

—¿De verdad no tienes nada que decir?

—¿Sobre el hecho de que te casas con mi padre? — Janelle asintió mientras hundía los dientes en su labio. Bebí otro sorbo de agua y levanté el vaso, como si le propusiera un brindis—. Que seáis muy felices y comáis perdices.

—Venga, Vince —me apremió.

—¿Qué quieres que diga? Se te ha presentado una oportunidad y la has aprovechado, lo entiendo.

Janelle frunció el ceño, contrariada.

—No es así.

—¿Ah, no?

—Te lo creas o no, le tengo mucho cariño a tu padre, y él siente lo mismo por mí.

No pude reprimir otra risita, pero eso solo consiguió irritar todavía más a Janelle .

—Soy consciente de que es difícil de creer —continuó—. Pero soy feliz con él, Sierra se alegra de tenerme aquí, y tú podrás…

—¿Podré llamarte mamá? —me mofé mientras dejaba caer la mirada al escote que se abría sobre su pecho y recordaba viejos tiempos.

—Déjalo ya —me reprendió, y se cruzó de brazos—. Lo que hubo entre tú y yo…

—Se acabó —la interrumpí de nuevo. Me recoloqué en el taburete y la miré—.

Mira, me da igual si te tiras a mi padre por amor o por estatus.

Eres… mejor dicho, eras la niñera de mi hermana.

Nos lo pasamos bien alguna vez, y no me arrepiento de nada, que quede claro, pero no eres tú en quien pienso por la noche antes de dormir.

Janelle tensó los hombros y levantó la barbilla. Imaginé que mis palabras y la indiferencia con que las había pronunciado habían herido su orgullo de algún modo, pero los dos sabíamos que había dicho la verdad.

—Entonces, ¿te parece bien? —preguntó—. ¿No tienes nada en contra de esta boda?

—No tengo nada en contra —afirmé.

Janelle me escrutó la cara con atención, casi como si buscara una señal que traicionara mis palabras; luego negó con la cabeza y me despachó con un gesto de la mano.

Se bajó del taburete e hizo ademán de irse.

Antes de alejarse, sin embargo, me levanté en un gesto dictado por el instinto y la agarré por la cintura.

—¿Por qué te importa tanto lo que yo piense? —murmuré a un suspiro de sus labios.

Janelle se quedó en silencio. Solo vi que contenía el aliento. Decidí arriesgarme. Deslicé la mano por su muslo, muy despacio, para darle tiempo a detenerme si hubiera querido. Me dejó hacerlo, lo que confirmó mis sospechas.

—No has decidido casarte con mi padre por sus cualidades, porque no las tiene.

Ni por su encanto irresistible, porque, seamos sinceros: has tenido cosas mejores.

Tampoco has decidido casarte con él por el «gran cariño» que dices que sientes.

—Le aparté un mechón de pelo de la cara y continué—.

El único motivo que te llevará al altar es que sabes que casarte con un hombre americano, rico y poderoso te permitirá conseguir la ciudadanía y una vida mucho más cómoda que la que podría ofrecerte cualquier otro hombre.

—Observé sus labios entreabrirse—. Y él…

bueno, él ha encontrado otro trofeo que podrá lucir en sus cenas de gala.

Sentí que se tensaba entre mis manos y vi que fruncía los labios carnosos en una línea dura.

—Así me ofendes.

—Y tú me ofendes a mí si pretendes que me crea lo contrario. —Solté su cuerpo para obligarla a retroceder medio paso y luego volví a sentarme.

Janelle podía hacer lo que quisiera con su vida, pero no dejar ía que me tomara por tonto contándome cuentos chinos sobre afecto y sentimientos honestos. Era pura y simple conveniencia.

—No te permito que me hables así. —Se acercó y me habló con una voz más firme—: No todo el mundo tiene la suerte de tener por padre a un hombre blanco, rico y poderoso.

Algunos tenemos que luchar con uñas y dientes para conseguir derechos y reconocimiento que a otros les sirven en bandeja de plata —replicó .

Pensé que tenía razón. Yo había crecido rodeado de lujo y de privilegios infinitos, pero en el pasado, si hubiera tenido la oportunidad, habría cambiado toda la fortuna de mi padre por un poco de su afecto.

O por recuperar a mi madre. Janelle no entendía que todo ese bienestar, esa vida perfecta en apariencia, no significaba una mierda sin alguien auténtico a tu lado con quien poder compartirlo todo—.

Así que no vengas a darme lecciones —continuó—.

Hace más de un año que no te dejas ver. Has reducido incluso las visitas a tu hermana.

No puedes presentarte aquí en mitad de la noche y juzgarme porque, mientras tú te dedicas al hockey y a las chicas, nuestras vidas han seguido adelante.

Me masajeé la frente y suspiré, agotado. No quería discutir. Y tampoco hacerle daño. En realidad, solo quería irme a dormir.

—Perdona. No quería meterme en tu vida ni juzgar tus decisiones, solo estoy… cansado, físicamente agotado por el partido y nervioso por mis cosas.

—No te preocupes, no pasa nada —dijo ella, inspirando hondo.

Luego volvió a sentarse en un taburete a mi lado y se quedó mirándome, en silencio.

Fruncí el ceño.

—¿Qué pasa?

—Estoy intentando entender.

—¿El qué?

—Qué te ha llevado a ponerte al volante de tu coche y conducir hasta aquí en una noche en la que deberías estar celebrando la victoria del equipo con tus amigos.

—¿Cómo sabes que hemos ganado?

—Sierra —gesticuló con la boca como si fuera obvio—. Sigue todas las noticias por internet con mi móvil. ¿Sabes?, hasta pide que le traigan ejemplares en papel del Daily Barometer .

Se me formó una sonrisa espontánea.

—Hemos ganado, sí, pero no ha sido un buen partido. He jugado mal.

—Déjame adivinar: ¿el motivo por el que has jugado mal es el mismo por el que estás aquí?

La miré y, por un instante, me pregunté si sería conveniente hablarlo con ella. Al fin y al cabo, teníamos la misma edad. Podía entenderme y tal vez captar matices de todo aquel asunto que a mí se me escapaban. Pero algo en mi cabeza sugería que no sería buena idea.

—Es tarde. —Finiquité el asunto, me levanté del taburete y cogí la chaqueta—. Necesito dormir.

—Oh, sí, claro… —Se incorporó en un gesto involuntario, pero era evidente que mi respuesta la había descolocado. Le dediqué una sonrisa amable y pasé a su lado.

—Mañana por la mañana hemos organizado un brunch —me informó antes de que cruzara el umbral de la cocina—. Estoy segura de que todos se alegrarán de tenerte con nosotros.

—¿Un brunch? —Me giré, confundido.

Janelle asintió.

—Solemos hacer uno todos los sábados.

Arqueé una ceja.

—¿Desde cuándo?

—Desde hace unas semanas. Empezamos con esta costumbre antes de las vacaciones de Navidad. Una forma como otra de estar en familia, teniendo en cuenta que cada vez tenemos menos ocasiones de reunirnos.

El concepto de familia con el que yo había crecido distaba bastante de lo que Janelle me había pintado para el día siguiente.

Lo máximo a lo que podía aspirar de niño era a una mesa llena de manjares, sí, pero rodeado de silencio, porque yo era el único presente con la gobernanta que se encargaba de servirme la comida.

—¿Estará Sierra?

—Ha sido idea suya. Después de asistir a un brunch en casa de una amiga suya decidió que nosotros también deberíamos hacerlo.

Los fines de semana duerme hasta tarde, así que tómatelo con calma, nos vemos a las once en el comedor.

Sierra se alegrará mucho, cada vez se pone un modelito distinto —rio, y yo lo hice con ella.

—Pues ahí estaré. —Le di las buenas noches y subí a la planta de arriba.

Mi dormitorio estaba al final del pasillo, bastante lejos del de Sierra y, sobre todo, del de mi padre, en la segunda planta. Me dejé caer sobre el colchón y me quedé dormido al instante.