Juego sucio: Empieza el partido Capítulo 5 #3
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Capítulo 5 #3

Lo miré a los ojos, incapaz de decir nada.

No quería líos, solo quería… quería hablar con ella.

Durante el último año había echado de menos nuestras charlas, verla de nuevo en las gradas había desencadenado un sentimiento de nostalgia.

Si volver a ver un partido después de tanto tiempo era su forma de decirme que también me había echado de menos, entonces quería saberlo.

—Él confía en ti. — Blake siguió hablando con el tono de voz de quien me sugería que actuara con sensatez.

Thomas me había confiado a su hermana convencido de que, entre todos, yo sería el único capaz de cuidar de ella como un hermano.

Consideraba que podía fiarse de mí: era lo bastante prudente para protegerla y lo bastante responsable para no meterme en la cama con ella.

Así, desde el día en que se había mudado a San Francisco, me había limitado a ser sus ojos y sus oídos por respeto a la amistad que nos unía.

Honraría ese pacto pasara lo que pasara.

—Lo sé —dije serio—. Pero esta situación no me gusta. Míranos, estamos en el mismo local y nos comportamos como dos desconocidos. Nuestra relación se había reducido a eso: saludarnos por compromiso, frases banales, sonrisas de circunstancias.

No lo soportaba.

—A mí tampoco me gusta, pero ahora las cosas son así, y sea lo que sea lo que haya pasado entre vosotros…

—No ha pasado nada, nunca —lo interrumpí bruscamente. Mi fama de mujeriego me precedía, pero me dolía que un amigo pensara que era incapaz de cumplir una promesa.

—Mejor así, entonces. —Levantó las manos en señal de rendición; la mirada poco convencida que me lanzó dio por zanjada la conversación.

Me levanté de nuevo, derrotado, y me dirigí al baño.

Tenía que ir de verdad, pero Blake no se equivocaba.

De hecho, en lugar de volver con él, al salir fui a la barra a pedir una última cerveza antes de dar por terminada la noche y regresar al apartamento del campus.

Ya no tenía ganas de estar allí. Mientras esperaba, me senté en un taburete y eché un vistazo a la mesa de billar.

Inclinada sobre uno de los extremos estaba Leila , que se preparaba para romper el triángulo de bolas de colores.

Sabía jugar, en el pasado incluso me había ganado alguna vez, pero, por algún motivo, el tiro que hizo fue vergonzosamente débil, tanto que los dos chicos se rieron a su espalda.

«Idiotas».

Maggie me sirvió la cerveza y di un trago.

Me reacomodé apoyando un pie en el reposapiés y el otro en el suelo; seguí observándola desde la distancia sin que ella se diera cuenta, demasiado concentrada en la partida.

Después de otros dos golpes poco eficaces, uno de los chicos dijo algo que hizo reír al otro y eso pareció ponerla nerviosa.

Cuando llegó de nuevo su turno, Leila se inclinó sobre la mesa para apuntar bien y los dos no desaprovecharon la ocasión para mirarle el culo.

El tipo más bajito, pelirrojo, se colocó detrás de ella, tan cerca que sentí un hormigueo nervioso en la palma de la mano, pero justo antes de que el taco colisionara con la bola, Leila lo golpeó sin querer entre las piernas.

Una carcajada espontánea brotó entre mis labios.

Estaba negando con la cabeza, divertido ante la escena, cuando Ethan entró en el local.

Lo vi al instante, con su aire fanfarrón.

Lo vi pasarse una mano por el pelo y mirar alrededor, como si buscara a alguien.

Seguí su mirada y me di cuenta de que se había posado en Leila mientras jugaba, para luego cruzarse con la mía.

Por algún motivo, cuando se percató de mi presencia, esbozó una sonrisa torcida.

Se quitó la chaqueta deportiva y se acercó a pedir algo de beber.

—¿Habéis venido a celebrar la victoria? —preguntó con un deje burlón.

—¿No has venido tú por el mismo motivo?

—En cierto modo. —Se apoyó en la barra con los antebrazos, de espaldas a la mesa de billar—. Aunque, a decir verdad, conozco formas mejores de celebrarlo. —Sus ojos azules, ocultos en parte por los rizos negros, brillaban con diversión.

—Me alegro por ti —me limité a responder, antes de volver a mirar a Leila mientras seguía jugando.

Cuando la cerveza estuvo lista, Ethan se la bebió de un trago. Pidió otra enseguida, pero no se la bebió. La cogió y, con una sonrisa que no supe interpretar, me dijo:

—Mira y aprende.

Confundido, lo vi dirigirse a la mesa de billar.

Saludó a Leila , que estaba de espaldas con el taco apoyado en el suelo esperando su turno, y le entregó la cerveza.

Pero no fue el tipo de saludo que habría esperado entre dos personas que, hasta donde yo sabía, apenas se conocían.

Sobre todo, cuando vi a Ethan ponerle una mano en la cadera y apretarla con fuerza, lo bastante como para que diera un respingo.

Preso de un instinto que no supe controlar, me puse en pie, pero me detuve en cuanto ella lo miró a los ojos y, aunque parecía sorprendida, le sonrió.

Él le dijo algo, luego se acercó a ella y… la besó.

Vi su lengua colarse en la boca de Leila y vi que ella respondía al beso como si no hubiera esperado otra cosa durante toda la noche.

Me quedé contemplando aquella escena aterradora como un auténtico idiota, mientras dentro de mí solo podía pensar que eso tenía que ser una puta broma.